Juzgar sin ser juzgado

Los límites entre los géneros literarios suelen ser motivo de discusiones. Son borrosos, permisivos. Sobre todo, cuando se trata de esa línea que separa al cuento de la novela. El asunto de la extensión no basta. El argumento alrededor del número de anécdotas se vuelve demasiado impreciso, toda vez que sería necesario diferenciar a éstas de cierto tipo de acciones. Nos acostumbramos, entonces, a saber cuándo un texto es una cosa y cuándo otra. Sobre todo, porque en la mayoría de los casos, la discusión no encuentra un territorio fértil.

A veces, sin embargo, la confusión se hace presente. Sobre todo, cuando suceden un par de hechos simultáneos. El primero es que no se discuta entre un cuento y una novela sino entre un libro de cuentos con una temática común y puentes comunicantes, y una novela. El segundo, cuando se parte de la idea de que, hoy en día, casi cualquier cosa cabe dentro de lo que llamamos novela. Entonces los argumentos se vuelven interesantes.

pecado

Justo eso sucede con Pecado, el libro más reciente de Laura Restrepo (Bogotá, 1950). Hay quienes podrían asegurar que son siete cuentos más un relato breve dividido entre el prólogo y el epílogo y quienes, como la propia autora, prefieren clasificarlo como novela. Las posturas se pueden apuntalar con hechos duros que validarían lo uno y lo otro. Más allá de la discusión, vale la pena adentrarse al libro.

Cada uno de los siete textos gira en torno al pecado, como hace suponer el título pero no hay que caer en la tentación, no se corresponden con los capitales. El lector puede leer cualquiera de ellos por separado, sin seguir el orden en el que están acomodados y prescindiendo del resto, lo que abona a la hipótesis del libro de cuentos. Al margen de esta elección, es necesario decir que los siete textos son muy diferentes. Incluso en extensión. Uno de ellos casi alcanza las cien cuartillas mientras que otros abren y cierran en menos de veinte. Algunos comparten personajes o nombres; acaso lugares. Otros tienen guiños hacia el lector que sólo podrá activar si ha leído el resto.

Más allá de esas breves coincidencias, hay dos grandes hilos conductores. El primero es “El jardín de las delicias”, del Bosco, que aparece, descrito o sugerido, en cada uno de los textos. El otro es el pecado. Es, en este punto, donde adquiere fuerza el libro de Laura Restrepo. Ella no se conforma con el planteamiento pecaminoso. Mucho menos se erige como juez de las acciones. Al contrario, sabedora del enorme caudal de sus recursos narrativos, hace un planteamiento mucho más complejo. Así, el lector se irá adentrando a un mundo que, decadente o venturoso, pronto se verá confrontado por el pecado en turno.

Entonces los pecados trascienden al hecho que los generan. Sí, es cierto, el pecado existe como también existen sus causas. No es un hecho aislado sino una acción que afecta al contexto donde se llevó a cabo. La pérdida del Paraíso es evidente. Una pérdida en el más puro sentido trágico, la que implica la alteración del mundo conocido aun cuando éste haya sido poco amigable. Desacostumbrarse es una forma de ceder. Si a ello se suma que la familia suele estar involucrada, que el cuerpo se rompe en un sentido literal o figurado, resulta inevitable pasar de una parte a la otra del tríptico del Bosco.

Laura Restrepo es una narradora probada. Lo demuestra cada uno de sus textos, sean cuentos o capítulos. En cada uno de ellos plantea la estrategia narrativa justa. No se conforma con una voz cómoda sino que busca al narrador ideal, la mejor manera de contar la historia que tiene entre manos. Tal vez por eso vuelve a sus relatos de una cercanía rayana en lo familiar, pese a las distancias evidentes. Leer su Pecado abre la puerta a enfrentarse a situaciones difíciles en donde la mejor salida es no juzgar. De hacerlo, uno terminará siendo parte de lo que se juzga. Algo que suele interesar a la buena literatura.

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Publicado en: Ciudad de libros