Juguetes filosóficos

Un niño, probablemente de origen mexicano, se acerca al circo Barnum y deposita una moneda de un cuarto de dólar en una máquina maravillosa que no engaña y cumple —a diferencia de otros artefactos de Barnum— con lo que promete. Es la fabulosa máquina de desaparecer dinero.

Cerca de ahí, en una botica, el niño no podrá comprar el encargo de su madre porque ha perdido el dinero. La mujer necesita sedar a su hijo menor, de apenas unos meses de nacido; requiere de una dosis de Godfrey’s Cordial —que contiene opio.

En las boticas —no importa si se trata de las farmacias de Nueva York o de la ciudad de México— también hay medicamentos para el resfrío común, cuya fórmula tiene como ingrediente principal cocaína. Durante el siglo XIX cualquier persona tenía acceso a gran parte del arsenal médico de la humanidad (muchos de esos medicamentos son drogas hoy prohibidas: heroína, marihuana, morfina) contra la tos y el asma, extracto de cannabis y de opio, opio en polvo, láudano Rousseau, láudano Sydenham, éter. Estos y otros genéricos compartían espacio con una larga lista de específicos psicoactivos: jarabe de heroína —remedio para los morfinómanos y los asmáticos— del doctor Bayer o, si se prefiere, del doctor Madariaga; jarabe de hachís bromurado del doctor Jimeno; licor Montecristo de hachís; licor de cáñamo indiano de Queralt; cigarrillos indios de Grimault & Cía., de cannabis índica; pastillas de cocaína de Amargós. La invención de la jeringuilla hipodérmica en 1850 facilitó la aplicación de sustancias como la morfina y heroína.

El boticario no dudará cuando la madre de ese niño tenga un ataque de histeria. Acudirá presto a la casa de la familia y, con mano firme, introducirá un vibrador manual en la vagina de la mujer. No hay mejor remedio.

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SB-Gigante

Los hermanos Orrín se enfrentan a un nuevo monstruo. El recién llegado acapara la atención del público, se lo roba al circo. Un momento: no es uno, son al menos cuatro. En los entresuelos de las droguerías, en los bajos de los palacios de la ciudad de México, se resguardaban —y compartían espacio con la drogas— el kinetoscopio, el kinetófono, el floroscopio, el vitascopio, hasta que llegó el que habría de desplazar a todos, incluido el circo: el cinematógrafo de los hermanos Lumière.

Todo comenzó en la calle de Plateros (hoy Madero) donde por 50 centavos se contemplaban “vistas” de escenas cotidianas. En las calles, poco a poco, germinaron dispositivos visuales y otras maravillas: el barco de vapor, la locomotora, el estetoscopio, la transfusión de sangre, el impermeable, los cerillos, las latas de conserva, la fotografía, la máquina de coser, el revólver, el dirigible, la pasteurización, la dinamita, la máquina de escribir, la radiografía, varios juguetes sexuales y otros prodigios —hijos del siglo XIX— fueron desplazando a los asombros del circo de Barnum.

Quizá no todo estaba perdido. Los hermanos Orrín podrían utilizar las nuevas tecnologías para mejorar el negocio familiar. Habría que crear nuevos engaños para el ojo, trompe d’oeil.

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Vicente Quirarte asegura que en “los últimos años del siglo XIX la fe en la técnica y la revolución industrial hacían de cada invento un pequeño dios con su universo propio, y los escritores incorporaban elementos de ese nuevo vocabulario”.1 Y era verdad: el cronista Ángel de Campo, Micrós (ciudad de México 1868-1908), quien, fascinado por los avances tecnológicos de su tiempo, escribía una columna para El Universal titulada “El Kinetoscopio”. A propósito, Blanca Estela Treviño nos dice: “En México, primero el kinetoscopio y luego el cinematógrafo, complacieron a los círculos literarios y científicos porque no engañaban ni mentían y captaban, además, “la realidad”. Sin la necesidad de tanto artificio producían la ilusión de verdad”.2 Las invenciones decimonónicas se daban a conocer al público como si se tratasen de fenómenos de feria, lo que devenía en una “visión optimista del porvenir”.

Avasallado por la velocidad, Micrós escribió:

La máquina de hoy es el relámpago; es por decirlo así, el complemento de este hombre contemporáneo, que usa sombrero con ventillas, lentes para la miopía, dentadura postiza, faja de gimnasta y monta en bicicleta, como si las piernas fuesen despreciables órganos de locomoción.3

Indudablemente, el aire en la ciudad de México adquirió nuevos olores y sonidos. En lo que Ángel de Campo llamaba “la sinfonía del trabajo en las babeles industriales” sobresalían:

Silbatos de fábrica, trepidación de máquinas, poleas y volantes; pulsaciones de locomotoras, zumbido de dínamos, respiración de calderas a domicilio usadas para mover elevadores o engendrar electricidad; chirridos de luz eléctrica, aumento de tranvías, carros y otros vehículos, timbrazos de bicicletas, anuncios declamados, cantados, silbados o aullados, campanas de iglesias, talleres, bombas y buques de río, resonancias en los sótanos, multiplicación de pianos, furor de estudiantinas, y un marcado cambio en el acento de la voz humana que necesita esforzarse para ser audible, cada uno de esos ruidos en sí vale poco, pero sumados todos ellos, forman un total de trabajo para el nervio auditivo, que produce no sólo sorderas intermitentes, sino vértigos y neuralgias.4

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Cual si se tratase de brujería, el general Porfirio Díaz pega un brinco al escuchar la voz de Thomas Alva Edison. Se habían conocido en Nueva York, cuando el científico comenzaba a masificar el uso de la electricidad en los hogares. Desde ese momento el general lo admiró. Ahora, al escuchar la voz del genio estadunidense, pero no ver su imagen, el presidente de México se siente ofuscado. ¿De dónde sale el sonido, cómo es posible escucharlo tan cerca si el inventor se encuentra a miles de kilómetros de distancia?

Alva Edison acababa de inventar el fonógrafo —que servía lo mismo para grabar que para escuchar—. Poco antes del cumpleaños número 80 del presidente mexicano, le mandó una felicitación, con su propia voz grabada, al general.

Era 1909, Porfirio Díaz, entre la emoción y el asombro, decidió responder a la cortesía: grabó también un saludo para el inventor. Con una voz en la que se distingue la fascinación, Porfirio Díaz llamó a Edison “héroe del talento” y le agradeció por sus “atrevidos experimentos” que generaban tantas “fuentes de felicidad” y que acercaban la voz de los seres amados. Enaltece a Franklin por robar el rayo eléctrico a los cielos —como Prometeo robó el fuego— y a Edison por subyugarlo con las leyes de la física.

El primer mexicano en dejar plasmada su voz en un cilindro de cera dejó también testimonio de su fe en un “grandioso porvenir de la ciencia”.

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Casi tan famoso como el general Porfirio Díaz, el payaso Ricardo Bell era la máxima atracción del circo de los hermanos Orrín. A falta de fenómenos humanos, la plazuela de Villamil se llenaba de acróbatas, malabaristas y funambulistas, pero era Bell, con un número sencillo, dirigido sobre todo a los niños, quien atraía al público.

Manipulador de títeres —aunque sin ser ventrílocuo—, el payaso Bell aconsejaba a los niños que se portasen bien, que no mortificaran a sus padres.

Bell aludía al viejo poder adivinatorio de las marionetas, herencia de aquellos otros oráculos —cabezas prófugas de sus cuerpos— que hablaban todos los días, excepto los viernes: las cabezas parlantes.

Genuinas cabezas humanas, que fueron cortadas y puestas a hablar por obra de hechicería, o cabezas mecánicas  —truqueadas, fraudulentas— para ponerse en comunicación con otros mundos. El primer registro que se tiene de una de ellas se remonta al siglo XIII, con Alberto el Grande —primero acusado de magia negra, después reconocido como el genio creador de los antecedentes de la mecánica moderna.

Entre el siglo XIII y el siglo XVIII, cabezas parlantes inundaron Europa. El mismo Miguel de Cervantes Saavedra, en Don Quijote de La Mancha (capítulo LXII de la segunda parte) relata “La aventura de la cabeza encantada”.

Una mujer es llevada a la guillotina. Espera paciente su turno. Días antes trató de huir de París, pero ahora no hay escapatoria. A las diez y media de la mañana, en un día soleado (16 de octubre de 1793), rueda la cabeza. La testa es levantada y abofeteada por el verdugo, quien a su vez es mordido e insultado por el casco de su víctima: era la reina María Antonieta, quien —ya decapitada— se queja por la ofensa. La sangre derramada, la sangre de la otrora reina, con todo y su cabeza parlante que chilla ante su propia muerte, da nacimiento al siglo XIX, da paso a las invenciones modernas y entrada a la ciencia y a la democracia. No existirá más mecenazgo para los artistas, tendrán que enfrentarse al nuevo sistema que en los años siguientes los hará morir de hambre: el capitalismo. Se acabó la magia y la hechicería (o al menos eso se alega). Llega el positivismo.

Un muñeco de madera que milagrosamente tiene pensamiento y voluntad se enfrenta a un hombre creado con retazos humanos. Pinocho, el muñeco creado a partir de un leño mágico, compite con el ser creado por Victor Frankenstein y pierde la partida.

El monstruo de Frankenstein fue, al menos para la literatura, quien marcaría el nuevo rumbo: los autómatas no serían de nuevo máquinas de madera con triquiñuelas ocultas. El científico, no el artista, sería el único semejante a Dios y el que, como tal, podría crear vida. La ciencia, la única capaz de dotar al autómata de ánima. Contradictorio, sí, pero la ciencia se compone de extraños delirios.

La historia de los autómatas comienza con la historia de la humanidad: primero Adán, hecho de barro e insuflado de vida. Después, el Adán judío podría hacer lo mismo que había hecho su creador: crear un ser de barro, escribir en su frente el nombre de la divinidad y dotarlo de voluntad. Así surgió el Golem. La diferencia entre Adán y el Golem es la posesión de un alma. Sólo Dios dará espíritu; Adán está facultado para dotar únicamente de voluntad.

Pero el inicio de los autómatas mecánicos —no mágicos, no divinizados— (lejos de la mitología, pero cercana a la política, a la invención y al ingenio) se remonta a los primeros años de nuestra era, en Egipto, cuando las estatuas de ciertas deidades emanaban fuego de los ojos y pronunciaban dictámenes.

Máquinas con forma humana que eran capaces de dibujar, escribir, e incluso ¿razonar?

En la corte de la emperatriz María Teresa de Austria, alrededor de 1770, apareció uno de los grandes fraudes de la historia —fraude que se extendería a lo largo del siglo XIX—: un autómata jugador de ajedrez que nunca fue vencido.

Encima de una caja de un metro y 20 centímetros de largo, 90 centímetros de alto y 60 de ancho estaba insertado un maniquí masculino vestido con túnica y turbante. Si se abría la caja podía verse un intrincado sistema de engranajes. En cuanto el mecanismo era “encendido”, la máquina era capaz de ganar los partidos disputados contra los mejores jugadores de Austria. Conocido como “El Turco”, la fabulosa máquina fue creada por Wolfgang von Kempelen,5 asesor de la corte de Viena y compañero de juego de la emperatriz.

Tras la muerte de su creador, en 1804, El Turco comenzó su gira por Europa. Se cuenta que ganó incluso una partida a Napoleón Bonaparte. Años después, en 1820, El Turco viajó a América; recorrió Estados Unidos, Cuba y parte de Sudamérica sin ser derrotado jamás. El gran fraude se descubrió después de 1854, cuando El Turco fue destruido por un incendio: en la caja había una cavidad pequeña, pero de tamaño suficiente para que un hombre cupiera. Gracias a un ingenioso sistema de espejos e imanes, El Turco era manipulado desde su interior por un humano —a lo largo de su existencia se calcula que fue operado por 15 grandes ajedrecistas— que movía los engranajes para dar la ilusión de que todo era mecánico.

Precursores, quizá, de la ventriloquia —el arte de hablar con el estómago, sin que se note el movimiento de los labios—, los autómatas cedieron su lugar de magia y hechicería, a la ciencia.

Tras el cierre del circo Orrín, en los primeros años del siglo XX, compañías titiriteras, como la de Rosete Aranda, habrían de buscar su lugar en las calles de la ciudad de México, desprendidos del augurio, únicamente para el entretenimiento.

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En la terminología científica hay una palabra con gran fuerza: la palabra “dispositivo”, descrita como “artificio dispuesto para producir una acción prevista”. Los dispositivos decimonónicos recibieron nombres extraordinarios que hacían soñar: “rueda animada”, “besotiscopio”, “maravilla giratoria”,  “fenaquistiscopio”, “gafas de inversión”.

Entre los dispositivos creados en el siglo XIX, los  más comunes fueron las máquinas de mirar. La “maravilla giratoria” o “traumatopo” era un juguete óptico, inventado en 1824 por el médico inglés John Ayrton Paris. Consistía en un círculo de papel que por un lado tenía un pájaro dibujado y por el otro una jaula; en cada lado del disco había un trozo de cuerda. Al girar rápidamente el círculo, estirando la cuerda entre los dedos, se creaba la ilusión de que el pájaro estaba adentro de la jaula. Las maravillas giratorias se popularizaron en la Inglaterra victoriana y se solían incluir pequeños versos para acompañar las imágenes.

El fenaquistiscopio, que quiere decir “espectador ilusorio”, fue creado en 1829 por Joseph-Antoine Ferdinand Plateu. Se construye con varios dibujos de un mismo objeto en posiciones diferentes alrededor de una placa circular. Cuando la placa se gira frente a un espejo (el espejo es un elemento importantísimo, al que me referiré más adelante) se crea la ilusión de una imagen en movimiento. Gracias a este aparato los primeros cineastas comprendieron que debían usar 16 imágenes por segundo para que las tomas no se vieran cortadas.

También los adultos exploran el mundo jugando, dice Werner Nekes, coleccionista de juguetes filosóficos. Y ese jugar nos convierte en gabinetes de curiosidades; hace que en cada uno de nosotros residan todos los objetos raros y misteriosos que pueden encontrarse en el mundo —dispositivos que esconden figuras ocultas o imágenes reversibles, incluidos.

Las máquinas de mirar fueron llamadas “juguetes filosóficos” porque nos permiten tomar conciencia de nuestra propia relatividad, de la relatividad de nuestras percepciones y nuestros sentidos; nos hacen situarnos dentro de las distorsiones de lo que vemos, para así comprender que es preciso colocarnos en la posición correcta —ninguna máquina de mirar nos sorprenderá si estamos parados en el ángulo equivocado—. Estos juguetes filosóficos están hechos para que reflexionemos sobre lo que significa VER; nos remontan a la caverna de Platón. Pero no sólo sucede con el mirar, pasa con toda acción sensorial  —y yo, por extensión, bautizo con el mismo nombre a todos los dispositivos decimonónicos: autómatas, juegos de espejos, dispositivos visuales, dispositivos auditivos—  que logran la confusión de los sentidos, el engaño en la apreciación del mundo para, después, sorprendernos.

Varias de las máquinas de mirar surgieron de la inspiración que dieron los teatros de sombras —probablemente procedentes de China—. Y mientras ahora son sólo siluetas negras, originalmente —se dice— utilizaban sombras de colores.

En los dispositivos que encubren imágenes —como en la magia, en el ilusionismo, como en ciertos rituales religiosos—, sólo unos cuantos, los iniciados, tienen acceso a lo representado de forma oculta. Sólo algunos afortunados conocen el truco —un verdadero mago jamás usaría la palabra “truco”, se usa la palabra “magia”—, pueden ver lo que hay detrás, ya sea mediante un juego de espejos o colocados en un ángulo determinado.

Los espejos son parte fundamental de la magia —también de muchos mecanismos que engañan y complacen a nuestros sentidos— y es común decir que nos confrontan con nosotros mismos, pero cuando son utilizados por los ilusionistas no lo hacen en un sentido tradicional. Un mago que se precie de serlo, ayudado por cabinas con juegos de espejos —distorsionados o no—, sitúa a su público dentro de múltiples espacios en una sola temporalidad. Ante las imágenes infinitas de nosotros mismos, nos desdoblamos y sólo el tiempo —que permanece estable— nos mantiene unidos; así, quien es reflejado piensa en el lugar que ocupa en el mundo; deja de pensar sólo en ser, para pensar también en dónde ycuándo. Es un asunto de sentidos: el espacio lo vemos, lo atravesamos al movernos, pero ¿con cuál de nuestros sentidos percibimos el tiempo? Enfrentados con nuestra condición efímera, somos presa fácil para cualquier ilusionista.

 

Para lee más sobre los Juguetes filosóficos, visita este enlace: http://www.nexos.com.mx/?P=leerarticulo&Article=2204410.

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Publicado en: Crónica