El pasado 28 de diciembre falleció el escritor, editor y crítico Juan José Reyes. Seis escritores lo conmemoran aquí. Seis de sus colaboradores cercanos que, en cierta manera, representan su legado intelectual y cultural en México.

¿Qué estará pensando Juan José?

Fueron muchas las preguntas que Juan José supo responder. Disfrutaba orgullosamente atender mi cansina necesidad de respuestas, supongo que ahí radicó el cimiento de esta admiración que duró veinte años y que sigue elevándose en todas sus dimensiones.

Me pregunto qué diría sobre los últimos acontecimientos, él, que se fue en pleno recrudecimiento de esta pandemia que hoy tiene al mundo de luto, al pueblo y a presidentes en cama.

Escucho las risas de los albañiles que trabajan en una obra que avanza a buen paso junto a mi casa. Escuchan una estación que se llama “La comadre”. Emite canciones melancólicas y de ritmos alegres. La música y el sensible encargado de la programación radiofónica mandan un mensaje cifrado: ánimo, te comprendo, sé lo que estás pasando.

En un afán solidario las personas llaman por teléfono a la cabina durante un programa en vivo y les dejan palabras amorosas a sus familiares y amigos que están lejos. Juan José, pienso, tendría una reflexión certera y entrañable en torno a este fenómeno de la radio popular. Luego suena una estrofa: “tan pequeña es, tan frágil es…” ¿Por qué achacarle esos diminutivos quebradizos a una mujer?, pienso. Quizá Juan José hubiera respondido, por estúpidos, las mujeres no son frágiles, al contrario, son flexibles. Ahora sólo me queda imaginar sus respuestas.

Yo también envío mensajes a mis amigos, ¿Estás bien?, pregunto. Ellos me contestan, bien, Rowena, gracias. La última vez que envié esa pregunta a Juan José me respondió con una discreta emoción; comprendía el sentido tácito de esa pregunta: me importas. Dos días antes de su muerte marcó mi número en la madrugada para avisarme que yo estaba muerta; sí, según el Facebook. Ambos bromeamos, reímos discretamente. Habían hackeado mis cuentas mientras yo huía del rojo que persiste, encapsulada en mi auto hacia tierras ignotas, donde los semáforos conservan su color verde o amarillo y la densidad poblacional es baja. Manejaba con el corazón ensombrecido por la pérdida de tantas personas, pero iluminado por la belleza milagrosa que se desplegaba ante mí en la larga carretera hacia Yucatán. México es el país que más admiró Juan José y tuvo razón. Templadamente mostró su amor por lo que le gustaba en todas sus dimensiones.  Audazmente habló también sobre lo que no le gustaba. Su voz temblaba durante las cápsulas radiales en las cuales desplegaba su erudición sobre esas mismas cosas: su lenguaje y sus libros, su cine, su vida, las calles y edificios de las ciudades que fueron hogar de sus muchos autores mexicanos, siempre amados y nunca suficientemente reflexionados.

Rowena Bali y Juan José Reyes. Fotografía, cortesía de Rowena Bali

Era un crítico mordaz pero nunca desleal. Disfrutaba la conversación inteligente con amigos —muchos de ellos escritores de distintas edades, artistas, periodistas, intelectuales— en algún café de la colonia del Valle, la Roma, la Juárez, en el Centro, en años más recientes en un café que se encontraba en la esquina de Quebrada y Quemada, en la colonia Narvarte, donde solía pedir una coca light y unas enchiladas. Escribía crítica únicamente sobre las obras que admiraba, ¿para qué perder el tiempo en escribir sobre libros malos? Es mejor comentarlos con sutil malicia durante el almuerzo, reír discretamente o indignarse francamente por la mala literatura, que, por su propio peso o ligereza, caerá o se esfumará.

Pasan por mi cabeza escenas inconexas de nuestra amistad, los muchos años en la revista, las caminatas por las calles de la CDMX, los múltiples relatos, datos, escenas del pasado que él como nadie sabía recordar, mientras sus pies se movían a paso firme por rumbos que eran como la palma de su mano; las visitas semanales a las librerías de viejo, a las hemerotecas, a los viejos cafés, las juntas de trabajo, las conferencias, las presentaciones, las clases en el aula, las bromas ingeniosas, las palabras generosas a mi obra. Tanto agradecimiento, tantas respuestas.

Ahora que han pasado varios días de su muerte; que he recibido, día a día, pena tras pena la notica de más muertes, agradezco que aquel hacker me hiciera esa horrible broma. Sin saberlo permitió que mi amigo Juan José y yo pudiéramos despedirnos entre risas discretas y agradecidas de haberse encontrado en una buena conversación.

—Rowena Bali

Una figura flaubertiana

En la pequeña oficina, bañada por la luz de otra época, Pepe de la Colina y Juan José Reyes tenían los escritorios enfrentados y esa disposición espacial representaba los dos polos de nuestra experiencia con ellos, editores del semanario en que colaborábamos.

Pepe podía ser comedido, pero también abrupto, incluso irascible. Cara con cara, Juan José hacía el papel exactamente contrario y resultaba la estampa misma de la contención, sobre todo si su jefe se desbordaba en aludes que a veces eran terribles al grado de llevarse todo a su paso.

Frío ante el calor de Pepe, escéptico frente a sus chistes, impermeable a sus arrebatos de cólera, Juan José servía de contrapeso a los excesos y los entusiasmos del hispánico director del suplemento. Su abolengo de familia emparentada con las letras nacionales, su moderación de formas, su desapego de todo lo que fuera éxito o fracaso, incluso esa renuncia suya a intentar ningún proyecto personal de largo alcance, daban a su silencio, sobre todo en presencia de Pepe, que no dejaba de revolverse, una hondura que nos hacía sentir por su persona un respeto inmediato, y al poco tiempo un sincero cariño.

Todo cuanto decía Pepe, para bien o para mal, recibía la mirada oblicua, cargada de suspicacia, de Juan José, quien a veces todavía dedicaba un guiño de ojo, inadvertido para el señor que peroraba enfrente, a quienes presenciábamos, divertidos, la escena.

Pepe y Juan José eran parte de una familia a la que nos invitaban a sumarnos todas las semanas, y en la que Pepe hacía las veces de tío recién llegado de España y Juan José de nuestro primo más querido.

Con su aire inconfundible de morsa bondadosa, y su figura flaubertiana de pies a cabeza, Juan José estuvo a la puerta de una de las casas donde moraba esa familia, abriéndola de par en par para nosotros, que llegábamos por vez primera a ella, con su sonrisa desengañada y un tanto triste, propicia siempre y siempre generosa.

—Fernando Fernández

Juan José Reyes, 1991. Fotografía de Miguel Ángel Merodio. Archivo de la revista Viceversa. Cortesía de Fernando Fernández

Mi despedida de Juan José

Durante un tiempo pensé que Juan José pertenecía a alguna familia del famoso exilio español. Abonaba a mi confusión un libro que había en mi casa, uno de cuyos capítulos era obra suya: “Escuelas, maestros y pedagogos”. Cuando lo conocí en la oficina del Semanario Cultural de Novedades me contó que había estudiado en el Colegio Madrid con mi hermano Jordi y desde entonces lo sentí muy cercano. En un texto muy hermoso que se llama “Vidas paralelas”, publicado en la revista Siempre!, Juan José cuenta sobre su padre, Salvador Reyes Nevares, intelectual prominente, miembro del grupo “Hiperión”, y de la narradora policiaca María Elvira Bermúdez, su abuela; de esta raigambre provenía él, siempre curioso, irónico, erudito en muchos temas y excelente ensayista. Me perdí de las tertulias del bar Negresco donde se reunían la plana mayor y los colaboradores del Semanario, tantos amigos que no caben aquí, pero siempre conté con su amistad y su apoyo. En cafés y desayunos compartimos las peripecias de los muchos trabajos en que coincidimos después, desde la editorial Clío, donde publicó su hermoso Cuestión de suerte, en Letras Libres, Nexos, en el Fondo de Cultura. Muchas veces me salvó de la ingenuidad, pues él era ya un escritor de larga carrera desde que fue fundador de la revista Textual y conocía muy bien al medio y a sus gentes. Nuestros cafés se espaciaron en los últimos años, no así las llamadas telefónicas y las invitaciones a colaborar en Cultura Urbana; para Juan, lo que me pidiera. Hace un año nos encontramos en el velorio del amado Pepe de la Colina, con buena parte de los colaboradores del Semanario; cómo imaginar que un año después lo estamos extrañando. Quisiera pensar que no se lo llevó el desánimo y ahora está en algún lugar, diciendo sus ironías y despertando ingenuos.

—Ana García Bergua

El aperitivo con Juan José

A finales de la década de los ochenta, Juan José Reyes y yo coincidimos trabajando en la Secretaría de Comercio. Durante un par de años, dos o tres días a la semana íbamos a tomar un aperitivo, antes de que él, religiosamente, marchara a comer a su casa. En esos lapsos, de una hora y un par de copas, asistí a uno de los diálogos intelectuales más fecundos que recuerde. Juan José era un escritor dueño de una sólida formación (de esas que, además de forjarse personalmente, se heredan de una ilustre progenie intelectual) y de muy variados intereses. Con su esmerada urbanidad y su sentido del humor, Juan José Reyes contagiaba sus entusiasmos y ejercía un discreto magisterio: los aperitivos con él no sólo abrían el apetito de comida, sino que, habitualmente, conducían a la librería o a la biblioteca y muchas de mis lecturas cruciales las debo a sus recomendaciones. Juan José no sólo invitaba a leer sino a escribir: como a muchos de mi generación, me abrió las puertas de El Semanario Cultural de Novedades, que dirigía José de la Colina y del que él era secretario de redacción y me invitó a las legendarias tertulias de los colaboradores, donde forjé otras amistades perdurables. Podría pensarse que Juan José Reyes fue un animador, más que nada oral, de la cultura; sin embargo, lo cierto es que escribió mucho, con soltura, calidad y oficio, y sólo su modestia, mezclada con su auto-exigencia, impidió que compilara en libros sus numerosos textos. En la escritura de Reyes, dispersa en infinidad de publicaciones, un investigador acucioso podrá encontrar de todo: piezas espléndidas de crítica literaria, estampas de historia filosófica, crónicas deportivas y, sobre todo, una prosa elegante y hospitalaria, fiel y obediente a sus propios ritmos e inclinaciones.

—Armando González Torres

Juan José Reyes y Rowena Bali. Fotografía, cortesía de Rowena Bali.

Una presencia regia

Como todos los hombres, Juan José Reyes fue muchos hombres; y fue también una tradición. No evocaré al ensayista de prosa educada ni al crítico amable pero estricto; tampoco al cronista memorioso de una urbe de acelerada decadencia; mucho menos al erudito y epígono tardío del grupo “Hiperión”. Siendo tales facetas las más notorias del escritor y editor, otros mejores que yo las tratarán con autoridad. Prefiero conmemorar al discreto maestro que concentraba la tertulia en torno suyo, sin imponer su presencia, gravitando únicamente.

Aunque nos conocimos en la redacción de El Semanario Cultural de Novedades, en realidad lo conocí en el Negresco, bar situado frente a sus oficinas, a donde Juan José acudía a apurar una copa en los intervalos de sus labores. O, ya más relajados y sin afanes, en el Salón Palacio. Vestía saco oscuro pero con trama, una camisa blanca de cuello abierto, con la cabellera de hebras ya canas sobre sus hombros, la palma de la mano izquierda reposando en el el dorso de la derecha. Aún cultivaba el bigote flaubertiano que después afeitaría. Por problemas de salud, caminaba poco, de modo que para llegar a ese oasis tabacalero, a pocas cuadras de Novedades, regularmente tomaba un taxi.

Si para el Reyes mayor —don Alfonso—, sabor y saber eran indisociables y su obra es un alarde tanto de erudición como de fruición, en el caso de nuestro Reyes, el saber fue un complemento del beber, al menos en aquellos años. Juan José escuchaba, sonreía con los ojos y con el mohín de los labios, aprobaba o disentía; siempre más gestual que verbalmente. Agradezco haber compartido y bebido de su sabiduría; y, sobre todo, haberme empapado de su modestia, ironía e inteligencia. El mejor homenaje sería convocar a sus discípulos de entonces y sus amigos de siempre para levantar la copa y pronunciar un brindis a la salud y sapiencia de uno de nuestros últimos reyes de la pluma y de la cortesía.

—José Homero

Impronta de Juan José Reyes

Durante al menos cuatro años, al menos una vez por semana, compartí tertulia con Juan José Reyes. Como muchos de sus colaboradores en El Semanario Cultural de Novedades, era frecuente irlo a encontrar en El Negresco, la cantina frente al Novedades, donde la leyenda quiere que José Revueltas y Pedro Garfias emprendieron largas borracheras. El Negresco fue donde Pepe de la Colina bautizó a por lo menos cinco o seis de sus más continuos colaboradores, quienes recibimos la beca para jóvenes creadores del Fonca entre 1992 y 1995, como sus “Golden Boys”. (Teníamos nuestra contraparte, las Golden Girls, las frondosas meseras del Negresco, siempre de minifalda, siempre diligentes y simpáticas). Ahí, y luego en El Palacio, la cantina que está en la esquina de Amparan y Guerrero, debo haberlo visto decenas de ocasiones, ordenando su bebida preferida. Esa escena se volvió mítica en el medio literario mexicano, pues incluso se reprodujo —muy fielmente— en un performance que ahora no recuerdo a propósito de qué hicieron varias amigas y amigos en El Hijo del Cuervo, en Coyoacán, donde María Luisa Vázquez Martín salía en el papel de Christopher Domínguez, con unos anteojos inmensos e imitando la voz gangosa del ensayista. Era la parodia de una presentación en un bar: al lado de María Luisa estaba otra actriz, quien interpretaba a Juan José, y a ella le tocó decir la frase mágica: “Mesero: un vodka con un hielo”, como seis veces, hasta que caía desplomada al piso.

No me malinterpreten: Juan José se volvió un personaje mítico porque fue un heterodoxo muy singular. En él se concentraron la agudeza del filósofo —no hay que olvidar que eso estudió en la Universidad—, la sólida cultura literaria de un escritor, el oficio de un periodista cultural dotado de una pluma muy solvente y la inusual generosidad de un editor riguroso y amigable. En virtud de su apoyo y estímulo, por lo menos quince autoras y autores nacidos en la década de los 1960 tuvimos diversas plataformas para colaborar constantemente y aprender los gajes de la crítica, el ensayo y la crónica en nuestros años de formación. Además de El Semanario, Juan José abrió la puerta de El día de los jóvenes, de Textual y más tarde de Cultura urbana a muchos de los que ahora no dudamos en reconocer su magisterio como algo que, para mala fortuna de todos, será muy difícil que se repita en la cultura literaria mexicana. Nunca dejaremos de extrañarlo.

—Héctor Orestes Aguilar

 

Algunos textos y reseñas de Juan José Reyes publicados en nexos:
• “Imagen de Juan
• “Una historia a sus anchas
• “Mitos, modas, mitotes
• “El juego ha comenzado
• “Una pálida sombra
• “Lo que traza la vigilia

 

[Nota editorial: agradecemos a Héctor Orestes Aguilar por la recopilación de estos testimonios. Fotografía de portada: Miguel Ángel Merodio. Archivo de la revista Viceversa. Cortesía de Fernando Fernández.]

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