Javier Cercas: La obsesión por la verdad


Javier Cercas es originario de Ibahernando, Cáceres y actualmente radica en Barcelona. Inició su carrera como escritor con la colección de relatos El móvil, en 1987, y dos años después publicó su primera novela, El inquilino. Desde entonces ha publicado seis novelas y diversos artículos, crónicas y ensayos. Es investigador de literatura española en la Universidad de Girona y colaborador habitual del diario El País. 

 

Como parte de su investigación para Anatomía de un instante, Javier Cercas entrevistó a dos hombres en Madrid. Por  las mañanas conversaba en una cafetería con un ex agente del servicio secreto. Por las tardes se trasladaba a otra cafetería, a menos de 100 metros de distancia, para conversar con el hombre denunciado por ese ex agente. Después de una semana de escuchar dos versiones de una misma historia, el escritor español llegó a la conclusión de que la denuncia había sido una venganza personal.

“Una de las cosas de las que me siento más orgulloso es que yo exculpé a un hombre que era realmente honesto, un constitucionalista, no golpista, no franquista”. Por ahora Cercas no menciona nombres; incluso, si la entrevista fuera para un medio español, dice que ni siquiera contaría la anécdota. Son los pactos de quien escribe historias reales.

Algún día podrá contar a detalle el making of el libro sobre el fracasado golpe de estado de 1981 contra la presidencia de Adolfo Suárez, una obra de no-ficción que describe como “un ensayo en forma de crónica o una crónica en forma de ensayo”. Por ahora, en entrevista exclusiva para Nexos después de ofrecer un seminario en la Universidad de Cambridge, Javier Cercas prefiere reflexionar en torno al diálogo como método para buscar la verdad.

“Espero que no suene vanidoso pero yo sé escuchar, me divierte más escuchar que hablar. Es la única virtud que me he atribuido: preguntar y escuchar. Si tú te empeñas y escuchas a la gente, cruzas datos, contrastas lo que dicen, les miras a los ojos, ves cómo hablan y de qué hablan, al final la verdad sale.”

El resultado de este ejercicio se concreta en lo que él mismo ha denominado “novelas sin ficción” o “relatos reales”. Una prueba es su más reciente libro, El Impostor (2014), en el cual cuestiona las posibilidades de ficción de una vida: la del barcelonés Enrico Marco, quien engañó al mundo haciéndose pasar por un superviviente de los campos nazis.

El autor, sin embargo, no sólo escribe acerca de las verdades que lo obsesionan sino sobre el proceso de su búsqueda. Soldados de Salamina (2001), su novela más reconocida internacionalmente, gira en torno a la imposibilidad de reconstrucción de una memoria de la Guerra Civil Española, pero también permite que el lector acompañe al escritor en la investigación de los hechos, aunque los límites entre el autor y el narrador se borren constantemente.

La narrativa de Cercas, por lo tanto, se posiciona en un lugar ambiguo, fronterizo, entre la historia y la ficción. Desde ese lugar da inicio esta conversación.

 

Tu obra puede inscribirse en un reciente auge editorial de literatura basada en hechos reales, ¿qué implica utilizar el testimonio de alguien entrevistado para escribir novelas?

Hay una sacralización de la víctima, lo que llamo “el chantaje del testigo”. No sé si se está haciendo uso o no del testimonio, haces uso cuando lo necesitas, si estás escribiendo acerca de asuntos reales es fundamental, pero hay que ser crítico con el testigo; no hay que aceptar nada acríticamente. No puede ser que aceptemos lo que dice un testigo como si fuera la verdad absoluta. El testigo es una parte de la verdad, pero nosotros aspiramos a más verdad y el testigo puede distorsionarla e intentar engañarte.

En México se está publicando mucha no ficción…

Quizá porque la ficción no es lo suficientemente interesante.

¿O porque están pasando cosas más interesantes en la realidad?

Siempre ha habido demasiadas cosas. José Carlos Mainer, un historiador de la literatura al que respeto mucho, decía que así como el punto de referencia de la novela del siglo XIX era la ciencia, ahora el punto de referencia de la novela es la información. Me parece que es algo que hay que tener en cuenta porque hay un hecho indudable: disponemos de más información que en toda la historia de la humanidad. Disponemos de toneladas de información y vivimos en un mundo (obviamente esto no es un descubrimiento mí), que está totalmente dominado por los medios de comunicación. Los medios de comunicación no sólo reflejan la realidad, la crean. Aquello que no ocurre en los medios de comunicación no ocurre.

¿Cómo equilibras la información con la narración? ¿cómo hacer para no perderte entre tantos datos?

 Yo busco un sentido. Dispongo de toneladas de información, con esa información busco, primero, una verdad, y en esa verdad un sentido, y el sentido está en la propia escritura. Yo no sé formulártelo bien porque todavía estoy en ese proceso, si pudiera formulártelo bien a lo mejor ya no podría seguir escribiendo estas cosas. Yo puedo conjeturar que tal vez pudo ocurrir esto o lo otrocuando no llega la información. El periodista no se puede permitir esto, el historiador menos, pero el novelista sí. Es una operación que consiste en buscar la verdad de la historia y la verdad literaria, es decir, buscar la verdad de los hechos: qué le ocurrió a este hombre. Pero también buscar al mismo tiempo una verdad literaria: universal y moral. Y esa verdad universal sólo se obtiene a través de la forma, de la batalla con las palabras, con la escritura. Quizá por ese motivo he llegado a la narrativa sin ficción, al relato real.

 ¿La ficción no te da esa posibilidad de verdad?

Yo he escrito dos novelas sin ficción y en ambos casos por determinadas razones, pero no estoy diciendo ni que la ficción esté muerta y mucho menos que la novela esté muerta, o que no se puede escribir ficción, ni que no me interese. Cada caso es distinto y en ambos casos creí que la manera de abordar la cuestión adecuada era prescindir de la ficción.

¿Por qué?

En el caso de Anatomía de un instante, porque después de tres años de trabajo en un asunto –que es el golpe de estado del 23 de febrero– en una novela con ficción, una novela convencional, llegué a la conclusión de que me había equivocado, que el golpe de estado era una gran ficción colectiva construida a lo largo de 30 años a base de teorías insensatas y leyendas, como el asesinato de Kennedy. De manera que me pareció que era redundante escribir una ficción sobre otra ficción. Lo que tenía que hacer era desenterrar la realidad de todo ese alud de ficciones que habían caído encima y contar la realidad.

En el caso de El impostor me ahorré tres años de trabajo y desesperación. Lo primero que supe es que eso iba a ser una novela sin ficción, un relato real, porque Marco en sí mismo ya era una mentira ambulante, un tipo que había mentido toda su vida. Hubiera sido literariamente irrelevante escribir una ficción sobre otra ficción. Lo que había que hacer era poner a dialogar a la ficción con la realidad, ahí estaba el sentido verdadero del libro.

¿La decisión de escribir un relato real parte del deseo del autor por explorar un tema específico o de una necesidad colectiva por informarse de una manera diferente?

No creo que se trate de una cuestión de información, al contrario, me gusta la idea de que sea una batalla contra el exceso de información. A diferencia del periodismo, la literatura no sólo sirve para informarse, es una construcción de la realidad, una rebelión contra la realidad, un instrumento de conocimiento. Es muchas cosas, pero no sólo es para informarse.

Escribir una novela es formular una pregunta de la manera más compleja posible. La primera virtud de la novela como género, tal como la escribió Cervantes, es la libertad. Pero extrañamente nos hemos conformado con un solo modelo en los últimos dos siglos, con muchas variantes, pero es un modelo del XIX. Yo no digo que ese modelo esté muerto pero hay muchas otras formas de usar la novela como género y una de ellas es prescindir de la ficción.

Considerando el actual contexto de violencia en América Latina, o la preocupación española por revivir la memoria su pasado reciente, ¿es casual que la literatura en español esté prescindiendo de la ficción ahora?

Esto siempre ha ocurrido; siempre ha habido violencia, gente que recuerde el pasado. Quizá soy muy formalista, pero creo que lo que define a la literatura es que la forma es el fondo.

¿Esa sería la diferencia entre el periodismo y la novela sin ficción?

Creo que sí. La novela sin ficción pretende una operación imposible en teoría y por eso es interesante: combinar esas dos verdades, la verdad de la historia y la verdad de la literatura. Como decía Faulkner: “Un escritor sólo puede aspirar a un fracaso honorable, pero hay que intentar”. Esa es la diferencia, que en la literatura la forma es el fondo. A través de la forma podemos llegar a una verdad, en la forma ya hay verdad. En este sentido, el periodismo puro no es literatura, es un recuento de hechos. Me refiero al periodismo a secas, al grado cero del periodismo, aunque el periodismo luego puede hacer otras cosas.

Aún así, para El impostor los medios de comunicación fueron una fuente de información importante…

Sí, pero fueron la principal fuente de mentira.

¿Cómo tratas toda la información de la que dispones para una novela?

Distinguiendo entre mentira y verdad. Hay un leitmotiv fundamental en este libro: las grandes mentiras se construyen con pequeñas verdades. La mentira pura no se la cree nadie. Las buenas mentiras son aquellas que tienen sus granitos de verdad, pero en las que la combinación entre verdad y mentira es la justa y adecuada. ¿Cómo averiguas cuál es la verdad en medio de las mentiras? Investigando, compulsando, contrastando fuentes y testigos.

Lo que un periodista debería hacer…

Debe de hacerlo, pero no tiene tiempo. Yo hago lo que el periodismo no hace: tomarme cuatro años para escribir sobre el 23 de febrero o diez para escribir sobre este asunto [la vida de Enric Marco en El impostor].

También está el asunto de la extensión, tal vez no te podrían publicar esas historias en un diario.

Bueno, pero las publico en un libro entonces. Lo que no puedo hacer es que, como tengo mucha prisa, cuento mentiras o mentiras mezcladas con verdades, eso no puede ser. Hay una urgencia en el periodismo que es anti-periodística. Y yo no soy periodista, nunca lo he sido, pero me interesa la verdad.

Aunque los narradores de tus libros sí realizan una tarea periodística.

Sí, siempre son así. Aunque yo más que periodistas los veo como detectives. Un periodista es un detective, un filósofo es un detective y un filólogo es un detective, es el hombre que busca la verdad.

¿Consideras entonces que los libros siguen siendo el lugar para encontrar la verdad? Pese a los avances de la tecnología que nos hacen sentir que estamos informados en todo momento.

Ahí hay datos, pero los datos no son la verdad. La verdad surge de la interpretación, de la conexión de los datos. Yo siempre trabajo con cosas que han pasado hace tiempo porque ya se han asentado, el polvo de la batalla ha caído y entonces se ve mejor. Si todavía hay testigos voy a hablar con la gente, ver qué ha pasado, pero no tengo prisa. No creo que los seres humanos cambiemos tanto. Sí, internet es brutal, está cambiando muchas cosas, pero no lo esencial.

¿Cómo te informas de lo que sucede en México? ¿lees no-ficción latinoamericana?

He leído a Leila Guerriero, Fabrizio Mejía y Juan Villoro, no estoy tan al tanto de los más jóvenes. Mi conocimiento de México, como de Latinoamérica en general, es muy escaso; me informo por la prensa. No soy una persona muy bien informada pero de lo que estoy informado estoy muy bien informado. Estar informado de todo es no estar informado de nada. Sigo la política española porque es lo inmediato y me preocupa, pero también sigo lo que pasa en Europa y lo que pasa en América.

¿Crees que hay una distancia, una diferencia, entre lo que se escribe en América Latina y en España?

No lo creo. Yo soy un escritor en español, no soy un escritor español. Para mí Borges o Rulfo pertenecen a mi tradición. Yo cuando voy a Latinoamérica no me siento un extranjero, aunque no lo conozca es como si lo conociera. No creo que haya diferencias esenciales entre lo que se hace en España y en Latinoamérica, y de hecho en lo que se hace en occidente. Un escritor inglés puede tener más qué ver conmigo que un español, por ejemplo. No soy nacionalista literariamente, tengo más qué ver con escritores mexicanos, argentinos, norteamericanos o franceses, no leo tanta literatura española.

javier cercas

 

 

 

 

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Publicado en: Ciudad de libros