El poeta chicano, mexicano, mexicano-americano o simplemente americano Iván Argüelles tiene una obra sin igual, cuya riqueza poética han paladeado pocos conocedores con gran privilegio. El siguiente ensayo seguido de cinco traducciones nos da a entender por qué.
Presentación y versiones de Arturo Dávila
Iván Argüelles: las imágenes expansivas
Se afirma comúnmente que en la literatura americana el surrealismo nunca despegó. Los experimentos con la forma de e. e. cummings o de Gertrude Stein fueron más gestos personales que tendencias deliberadas hacia alguna estética. Simplemente vibraron al son de su tiempo, al Zeitgeist que les tocó vivir. Acaso los Beatniks estuvieron cerca de los esfuerzos surrealistas y Ginsberg, Ferlinghetti y Diane de Prima, entre otros, frecuentaron sus dispositivos formales. Hubo otros casos aislados. Philip Lamantia sí adoptó las pautas poéticas señaladas por Breton y sus amigos. Cantó las bellezas del tacto, de la mano de su musa, Blue Grace. No obstante, cuesta trabajo encontrar más ejemplos de surrealismo americano sin recurrir a archivos digitales o manuales académicos. Tal vez el inglés tiende más hacia la expresión de las ideas —la logopea que Pound alababa en T. S. Eliot— que hacia los deleites sonoros y las sinestesias —la melopea y el calambur lingüístico, que poblaron la poesía hispanoamericana del siglo XX.
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En España y en la América heredera de Rubén Darío, el surrealismo y las técnicas oníricas e inconscientes parecen haber preexistitdo y cayeron en suelo fértil. Algunos miembros de la Generación del 27 y poetas latinoamericanos como Neruda, Huidobro, Vallejo, Gabriela Mistral, Lezama Lima, Octavio Paz (y muchos más), llevaron la imagen y la metáfora a espacios donde los mismos surrealistas franceses se detuvieron. Lo mismo sucedió en la pintura —pensemos en Picasso (el amigo de Éluard) o en Dalí— y ejemplarmente en el cine, donde Buñuel fue surrealista y vidente hasta la última secuencia de su última película.
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En el caso de Iván Argüelles el surrealismo es connatural, con una facilidad absoluta y como su única forma de ser. Pienso en uno de sus primeros poemarios, La invención de España, libro fundacional de 1978, piedra de toque de su visión poética: ahí, Argüelles declara su ideograma de lo bueno y escribe sendos poemas que evocan a Miguel Hernández, Federico García Lorca, César Vallejo, J. V. Foix, Emilio Prados, autores que leyó ampliamente y que lo ligan a nuestra tradición. Aunque su idioma creativo es principalemente el inglés, Argüelles se define como poeta mexicano, chicano, mexicano-americano, nativo-americano, o simplemente americano. Todas las etiquetas le favorecen. Es, a su decir, “poeta poliliterato”, cosmopolita, lector y escritor de todos los tiempos y los espacios. Su color favorito es el azul. Se licenció en letras clásicas y el aprendizaje de las lenguas es su pasatiempo favorito.
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Iván Argüelles y su hermano gemelo, José, fueron concebidos en México, pero nacieron el 24 de enero de 1939, en Rochester, Minnesota, la tierra de su madre americana, Ethel, quien padecía de tuberculosis y encontró un sanatorio para tratársela en esas latitudes. Desgraciadamente, allí pasó mucho tiempo, ausente de sus hijos. Su padre, Enrique, trabajaba para la policía mexicana. Era, además, músico y pintor, sin mucha suerte. Afiliado a ideas de izquierda, fue uno de los primeros convocados a la casa donde yacía asesinado León Trotsky. “Nunca había visto tantos sesos juntos”, les contaba a sus hijos, azorados.
Los Argüelles vivieron los primeros cinco años de su vida en el Distrito Federal. Después se mudaron de manera permanente al invierno glacial de Minnesota. Iván nunca olvidó el shock del hielo y el aislamiento. “El primer día que asistimos a la Lincoln School, los muchachos nos dijeron, a mi hermano y a mí, que no éramos americanos, sino indios”. Iván siempre se sintió desterritorializado, un extranjero sin patria alguna. De ese vertiginoso sentimento helado nace gran parte de su poesía.
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Vivió en muchas direcciones y trabajó en Manhattan por diez años, como empleado de la Biblioteca de Nueva York. Finalmente, aterrizó en California, en 1978, con su esposa Marilla, en la calle de Walnut en Berkeley. Ese mismo año, su hjo Max adquirió trágicamente encefalitis, lo que cambió y marcó la vida de sus padres, quienes lo cuidaron amorosamente hasta su muerte cercana, en 2018. Iván Argüelles señala que la enfermedad de su hijo impactó para siempre su vida y su poesía, debido a “la gran lección cósmica del azar” que tuvo que aprender.
Instalado en las costas doradas de California, pasó los siguientes veinte años en la biblioteca central de UC Berkeley, “cautivo de la visión del paraíso”, como llamó a su tercer libro, en 1983.
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La primera vez que conocí a Iván fue en aquellos años ochenta del siglo pasado. Probablemente fue Neelie Cherkovski quien me sugirió contactarme con Iván, poeta mayor y bibliotecario políglota de UC Berkeley. Neelie me dio un ambiguo retrato: afirmó que llevaría una chamarra de mezclilla azul y el pelo alborotado sobre la frente, con un copete cayendo lacio sobre los anteojos. Esa imagen no ha cambiado en casi medio siglo.
No lo he olvidado. En el caudaloso río de estudiantes que cruzaban la explanada central del campus, vi a una persona que caminaba lentamente, libro en mano, leyendo. Lo que más me impresionó fue que pudiera caminar y leer a la vez, sin alterar el tráfico estudiantil. Un ojo al gato y otro al garabato. Era Iván Argüelles.
Hoy en día, los jóvenes manejan y textean, atienden a una clase y mandan correos electrónicos y selfies al mismo tiempo. Se jactan de ser la generación de los delfines, que pueden mantener cinco conversaciones simultáneas y estar atentos a todas, inmaculados. En aquella época, éramos distintos. Nuestros padres nos educaron al ritmo de adagios como: “El que come y canta, loco se levanta”. “Concéntrate”. “Una cosa a la vez. Lo demás es caos”. Tal vez Iván Argüelles se adelantó a su tiempo o, más bien, siempre ha sido atemporal. Maneja con destreza sorprendente muchas lenguas: griego, latín, sánscrito, hindi y bengali, inglés, español, francés, portugués, italiano, alemán, catalán, rumano, etcétera. Y piensa en todas ellas, sin mengua. Alguna vez le pregunté cómo podía sostener su conocimiento de tantos idiomas. Me comentó sin inmutarse que todos los días leía un poema o fragmentos en cada una de las lenguas que conocía. Es una costumbre que guarda desde que lo conozco.
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Jack Foley escribió en 2010: “Iván Argüelles es uno de los más finos poetas de este siglo; sin embargo, sólo lo conocen unos cuantos de sus apasionados partidarios. Su obra es ‘difícil’, pero no más difícil que la de otros poetas más conocidos, y su poesía es mejor que la de ellos”. Su estética se ancla en la imagen vertiginosa, anacrónica, multidireccional y explosiva. John M. Bennett afrima que debemos leer la obra de Argüelles “con una manera nueva de pensar” / “with a new mind-set”. Y añade este fino consejo: “Uno debe dejarse llevar, ‘ahogarse’ en el océano de esta sorprendente y proteica obra, y ser receptivo a todas las ambigüedades y contradicciones que contiene”. En muchas instancias, Argüelles se vale de monólogos dramáticos –siempre con una especie de máscara—y una suerte de conciencia surrealista desnuda que_(afirma con acierto Jack Foley) deliberadamente busca, como Yeats, “the face I had / Before the world was done”.
El método de Iván Argüelles es inmediato, asombroso y visceral. Hay que captarlo antes de entenderlo e incluso “no entenderlo”. Su poesía es panóptica y diacrónica: es decir, puede referirse, sin cortes transversales, al Gilgamesh y a olvidadas diosas fenicias, o recordar a su hermano gemelo subiendo las gradas de la pirámide de Teotihuacan, monologar con Caballo Loco, retratar a Dante, invocar los ojos de Elizabeth Taylor, silbar una tonada de Elvis Presley o un concierto de Mozart, o meditar sobre la nave de David Bowie que acaba de dejar el planeta y estallar en medio del polvo sideral. Sus imágenes son desaforadamente despegadas del significante y las palabras resuenan en múltiples lenguas, lanzadas sin sentido hacia inesperadas direcciones, como en una erupción gramatical de lava incontenible que, a sus 82 años, todavía arde y no se detiene.

Iván Argüelles en los años ochenta. Fotografía de: Arturo Dávila
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who can explain the geography of the forehead
—“Dada Dolor”, Iván Argüelles
Afirmé que su poesía es panóptica y diacrónica. Lo reitero. En aquel primer almuerzo del siglo pasado, en Larry Blakes, uno de los templos del blues desaparecidos, Iván Argüelles me regaló varios de sus poemarios; entre ellos Instamatic Reconditioning – Recondicionamiento instamático (1978), un título que todavía hoy no alcanzo a comprehender de manera cabal. Ahí encontré un poema admirable que ejemplifica los adjetivos que menciono. Se trata de “Antes de que llegara el Buda”. En esa visión panóptica hay algo misterioso que mueve fibras sensoriales arcaicas. Hoy se habla de memoria ancestral o información genética. El lector tiene la sensación de que Iván Argüelles estaba allí, en la más recóndita prehistoria, entre las primeras manadas de seres humanos, colgado de una rama, en espera del Avatar que otorgó conciencia al mundo. Tal es la plenitud y convicción de sus palabras.
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Busco otro ejemplo memorable. En la revista Audubon, de mayo-junio de 1997, apareció un ensayo de Doug Peackok, “La masacre de Yellowstone”, lamentando la muerte de cerca de dos mil búfalos acusados de transmitir una bacteria que produce brucelosis y pone en peligro la vida de sus predadores bípedos pensantes. Las fotos de William Campbell que acompañaban la denuncia congelan la imagen de guardias forestales, armados de rifles de alto poder, en motocicletas equipadas con esquíes para la nieve, recorriendo los campos nevados, disparando sobre los voluminosos bisontes, que caen ensangrentados sobre la inmensa blancura.



“La masacre de Yellowstone”. Las tres fotografías son de: © William Campbell
Aquella secuencia de imágenes, solitaria y cruel, me llevó a otro libro de Iván, sintomáticamente lllamado Manicomio (1984), y a otra experiencia diacrónica.
Cabeza de Vaca, perdido en lo que hoy es el sur de los Estados Unidos, entre 1528 y 1536, fue el primer europeo que vio y admiró a un búfalo. En la época de Richard Cody, “Buffalo Bill”, corrían por la praderas norteamericanas aproximadamente treinta millones de esos bisontes. Para finales del siglo XIX, sobrevivían sólo unos cuantos miles. “¡Maten a cuantos búfalos puedan! Cada búfalo muerto, es un indio menos”, había sentenciado un coronel a las huestes cazadoras de Cody. El monólogo plural de este poema personifica los sentimientos de la manada de bóvidos americanos, les otorga una agónica voz, y da cuenta de ese hecho lamentable.
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how empty are the streets of tenochtitlan
—Iván Argüelles
Si la pandemia lo permite, la editorial La Tinusa y Laguna Press Prods darán a conocer, este año, una primera antología de poemas de Iván Argüelles en español. Su obra es enorme y expansiva. Compartimos cinco poemas del autor. Son sólo unos cuantos ejemplos de una gama temática mucho más vasta y extensa. Intentan redimir una deuda antigua y merecida que tengo con Iván Argüelles y su poesía. Desde hace muchos años he querido compartirla. Ojalá que este esfuerzo por traducirlo al castellano, también llegue a ser expansivo.
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Antes de que llegara el Buda
había muchos de ellos
durmiendo en los árboles
o despiertos tan sólo mirando desde una
distancia plateada las espaldas relucientes
de animales
como si prepararan la idea de la caza
caras compuestas de aspirina y piel
dientes como peines clavados en
los hombros de sus compañeros
dibujando un fluido lento como un sueño
con el que pisar la luna nueva
han olvidado al testigo oscuro
de las estrellas
menguando ahora como orbes de polvo
en la mente oculta del cielo
han bajado al suelo
para pasar años dentro de las pieles
de lo que han matado
pronto serán personas
inventando unidades de pensamiento o
describiendo seres paralelos con los cuales
puedan explicar el extraño inconveniente
de morir
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Búfalo
bajo nuestros pies
la hierba ha dejado de rodar
un solo cigarrillo deshace las hojas
el metal aparece sin razón alguna
donde necesitamos dormir
el horizonte desaparece en un zipper
nuestros cascos se hunden en millas de papel
una fina flama que nos atraviesa
flanco a flanco
cataloga la función de nuestra piel
en un estanque tranquilo
en algún lugar al lejano oeste de aquí
un dios con mandíbulas azul cielo
con tacones de creosota
con ojos de celuloide
con una magnífica solapa de hojalata
y un boleto de tren que funciona como un reloj
se está comiendo al último de nosotros
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Mi fantasma
no puedo entender lo que el fantasma
en mi muñeca está diciendo
tengo cinco años otra vez
vistiendo el azul de los hospitales y soplando barcos
de celofán que hacen un mar en la laguna del parque
no yo he muerto girando mi brazo
por un pedazo de piedra
me acuesto en el fondo del río formando
agua para el paso de mi pelo
escucho los ecos de mi familia
que todavía está encerrada el viernes por la noche
mirando el cielo brillante y el alfabeto de las estrellas rugientes
no hay ninguna pequeña ceremonia para esta muerte
sólo una cuerda de zapatos y un cuernito de hojalata
y los tristes ojos sin lágrimas del fantasma
mientras toma su almuerzo solitario
lejos en una península de gas
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El principio de la historia de México
el inventario de la gracia
aún no ha llegado por acá
a nuestro alrededor cruje el mar de latón
y salpican el cielo velas fantasmales
con su pasaje aún no recibido
el cielo se convierte en una cúpula
de un amarillo que escurre y anticipamos
la lluvia de oro
qué vacías están las calles de tenochtitlan
las banderas aúllan con una rabia simple
y la flecha del médico
encuentra su objetivo en el órgano humeante
dientes de plata tiemblan en fragmentos
párpados de correo enroscado se cierran las
camas están apiladas para la eternidad
y los muertos con su dulce olor
a centeno moreno en contenedores oscuros
están dispuestos para que todos los vean
su ciudad se balancea sobre un pedestal de cobre
y los miles de címbalos de su sueño
provocan que las montañas color naranja
retrocedan como una llama de pluma
en la taberna los leopardos devoran
a una madre congelada en mezcal y
un cigarro salvaje enciende
los inmensos campos del maíz drogado
pronto aparecerá el primer caballo
con sus flancos glaciales
negro como el hielo del infierno supremo
y su jinete de metal imperdonable
agitando el sombrero azur de san miguel
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la muerte de garcía lorca
la poesía nace pero nace tarde
en una tormenta de alas incandescentes
que cargan el vacío con sombras inmensas
los motores del corazón se alimentan de tensión
lo más cercano al romance es la distancia
ya la persona que dijo esas cosas
se ha preparado para el pelotón de fusilamiento
ángeles líquidos llorando lágrimas de oro
descienden sobre él borrando primero los pies
luego sus rodillas con las que rezaba
luego su sexo con el que rezaba
luego su sexo con el que dinamitaba metáforas
luego su cintura inventada por el hielo
luego su pecho que apuntaba como una brújula
hacia la fuente de sangre
luego su garganta con sus discos fonográficos robados
luego su cara tan parecida a la física de una nube
luego su cabello violento como el mar
luego su nombre
luego su nombre
asediado por armas opuestas
abrazando la pared por última vez
sus ojos capturados por remolinos blancos
en sus pantalones estrellas vertiginosas bailando
sus zapatos separados uno del otro
como si fueran pan y agua
recibe el acento amargo de la justicia
Arturo Dávila
Escritor, doctor en Lenguas y Literaturas Romances por la Universidad de Berkeley. Tantos troncos truncos (Casa Vacía, 2020) es su último libro de poemas.
Nota editorial: Agradecemos a William Campbell por permitir a nexos reproducir sus fotografías.