Isla de perros: la humanidad más allá de su propia voz

Isla de perros, la más reciente cinta de Wes Anderson, cumple con la estructura de la odisea de sus personajes, pero en toda esta expedición, además de la lucha contra fuerzas exteriores antagónicas, el ritmo es entrecortado y avanza con pequeños tropezones.

Isla de perros (Isle of Dogs)
Año: 2018
País: Estados Unidos
Dirección: Wes Anderson
Guión: Wes Anderson (historia de Roman Coppola, Kunichi Nomura, Jason Schwartzman y Wes Anderson)
Música: Alexander Desplat
Fotografía: Tristan Oliver
Reparto: con las voces de Bryan Cranston (Chief), Koyu Rankin (Atari), Konuchi Nomura (Kobayashi), Edward Norton (Rex), Bob Balaban (King), Bill Murray (Boss), Jeff Goldblum (Duke), Tracy Walker (Greta Gerwig)
Productora: American Empirical Pictures / Indian Paintbrush / Scott Rudin Productions / Studio Babelsberg

 

“¿Qué sucedió con el mejor amigo del hombre?”, pregunta el profesor Watanabe a un público que parece no entender las lágrimas que resbalan por su rostro. No importa el discurso reconciliador ni las imágenes de perros famosos por su fidelidad dentro la cultura pop porque la decisión está tomada: estos animales no tienen cabida dentro de nuestro mundo y deben ser exiliados.      

La pregunta del profesor Watanabe da aliento a la nueva película de Wes Anderson, Isla de perros (2018): los perros, los mejores amigos del hombre, son puestos a prueba en el momento más álgido de la crueldad humana cuando, en un futuro distópico ubicado en Japón, una epidemia los enferma de gripa y que, sin tratamiento, los convierte en seres lamentables que desatan el temor entre la población.

La idea de la enfermedad es el pretexto ideal para conocer de cerca a todos los personajes que habitan este mundo: por un lado, tenemos al gobernador Kobayashi (Konuchi Nomura), un ser autoritario que desprecia la vida en cuatro patas; su contraposición: un grupo de científicos liderados por el profesor Watanabe, convencidos de poder encontrar la cura; el movimiento Pro Dogs, liderado por la rebelde Tracy Walker (Greta Gerwig); y Atari (Koyu Rankin), un niño de 12 años, sobrino de Kobayashi que busca a Spots, su fiel perro guardaespaldas. Al final de la espiral están las víctimas de este infierno: los perros.

Aislados y convertidos en paria, los perros habitan la Isla de la Basura, un desolado lugar que solo agrava su enfermedad. Desde este lugar, Anderson nos presenta a Chief (Bryan Cranston), Rex (Edward Norton), Boss (Bill Murray), Duke (Jeff Goldblum) y King (Bob Balaban), una manada que toma decisiones a través de la democracia y el voto, pero donde Chief es el único que no desea regresar a ser domesticado por el hombre. Con la estructura de una buddy love, en la que la amistad es el eje rector que mueve a sus elementos, estos personajes incompletos y aparentemente contrarios entre sí aprenderán a salir de su zona de confort con la llegada del pequeño Atari a la isla.

A partir de este momento, las decisiones de Anderson para que cada personaje acepte su destino son, esencialmente, endebles. Con este background de cada uno, estos puntos de quiebre (como el renegado Chief decidiendo ayudar a Atari) se resuelven de la manera fácil y sin la profundidad necesaria que ya vimos en otras películas del director estadunidense. Las motivaciones de cada personaje se transforman en menos de un minuto, evitando así que cada uno se vuelva entrañable, una característica esencial en el cine de Anderson.

Estas decisiones alejan a la película de la buddy love y la dirigen a una de aventura y a una road movie dentro de la isla. Cuando la banda de perros acompaña a Atari en su misión por localizar a Spots, Chief experimenta el viaje del héroe hasta comprometerse con la misión de Atari y convencerse de que tal vez no todos los humanos son terribles como los de su pasado y ese terrible presente. Hasta este punto, Isla de perros cumple con la estructura de la odisea de sus personajes, pero en toda esta expedición, además de la lucha contra fuerzas exteriores antagónicas, el ritmo es entrecortado y avanza con pequeños tropezones.

Anderson no sabe aprovechar al 100% el mundo luminoso que pueden proporcionar la naturaleza y los animales, esos seres que siempre hemos creído inferiores pero que dentro de sí guardan historias valiosas y conmovedoras. El uso de perros como protagonistas desperdicia el concepto de la fidelidad más allá de la obediencia a un ser humano. Los perros de Anderson no son animales que definen su destino sobre los golpes que reciben (quizá sólo Chief) y los enmarca en el perfil clásico de los seres domesticados que anhelan las comodidades básicas como la comida enlatada, y aunque eso puede definir el timing cómico (los perros actúan como perros y la única propiedad humana es que pueden hablar), que la película se venda como una historia esencialmente canina es un error. Isla de perros es, irónicamente, el viaje de un humano, Atari, aderezado con la transformación de Chief. No existiría diferencia alguna si, en lugar de perros, cinco niños humanos acompañaran a Atari. La pregunta que hace el profesor Watanabe, con toda su emotividad implícita, queda rezagada.

A diferencia de sus otras películas, en las que había armonía entre forma y fondo, con una inmersión frágil en el tema, sería injusto no mencionar el sobresaliente despliegue visual que hace Anderson en ésta, su segunda película animada (antes fue Fantastic Mr. Fox en 2009), y que además comparte colaboradores de experiencia como Tristan Oliver, su director de fotografía, Adam Stockhausen y Paul Harrod como sus directores de arte y Jason Schwartzman, Roman Coppola y Kunichi Nomura, las mentes que le ayudaron a desarrollar la historia.

Con un equipo familiar, el sello Wes Anderson es incuestionable. Construidas como una caja de monerías, una tras otra, sus películas saben unirse al mundo que exploran: en Isla de perros, Japón es representado como un lugar distópico (con cierto aire del mundo tecnológico decadente de Blade Runner) pero que distingue la tradición y la veneración que tiene el país nipón hacia la naturaleza y los animales. Para representarlo, Anderson no satura de una misma gama de colores a la película: en el entorno urbano, Isla de perros prefiere las grandes construcciones, los rojos y azules que terminan por dar una atmosfera oscura y misteriosa que se ensambla con los encuadres perfectamente simétricos, inconfundible del estilo de Anderson.

En el caso de la isla, las tonalidades grises se unen a los fierros oxidados y a la suciedad, mientras que el blanco abre grandes espacios que coloca a los personajes como elementos minúsculos frente a un lugar que es desalmado y hostil con sus habitantes. Estas decisiones estéticas no tendrían cabida sin la animación en esta odisea canina que toma referencias al arte nipón como el Ukiyo-e, una serie de grabados que resaltan escenas cotidianas de la vida a partir del siglo XVII; en ellos, los intereses del director estadunidense tienen eco (además del uso de los colores) en la representación de los paisajes y la naturaleza, elementos destacados en Isla de perros. Para muestra, en la película hay una divertida reapropiación de La gran ola de Kanagawa, de Katsushika Hokusai, donde el agua es el compañero de cientos de perros.

Estos homenajes a Japón y al cine de Kurosawa (el enfrentamiento entre bandadas de perros) y Miyazaki (la fantasía y el mundo posible esperanzador), que Anderson ha mencionado en diferentes entrevistas, también se unen a las declaraciones de considerarla su obra “más política”:1 el tirano, los parias, la conciencia y la búsqueda de justicia. Con todo su encanto y su belleza, sus desvíos narrativos hacen posible que la metáfora de nuestra época quede rezagada.

Como buen ejemplo bastaría mencionar la subtrama que se construye alrededor de Tracy Walker, la estudiante de intercambio que lidera el movimiento Pro Dog. Como en otras de sus películas, volvemos a tener al personaje femenino que encarna la rebeldía. Si en Moonrise Kingdom Suzy Bishop es la aventurera que está a contracorriente, aquí Tracy es el elemento de empuje que “despierta” a sus contemporáneos para actuar contra el exilio de los perros. Tracy es el elemento narrativo que conecta a la problemática de la isla con la de la ciudad, sin embargo, esa fiereza femenina que cautivó en otras producciones aquí se vislumbra como un pretexto para tener la imagen de la niña cool, revolucionaria, extranjera, que debe enseñarle a sus compañeros de clase a luchar por sus ideales. Sin la visión del extranjero, ¿qué haríamos los demás?

Y sí, Isla de perros es una película con la fantasía suficiente que justifica la visión de Anderson, sin embargo, en esta decisión de homenajear a Japón desde sus directores, su animación y su percepción de la vida, en ocasiones hace que los personajes de la isla (tan llenos de estereotipos) parezcan extranjeros en su propia ciudad, y los espectadores, extranjeros en una realidad que les es absolutamente familiar y cercana.

Con la urgencia política actual es normal el interés de lo audiovisual por inmiscuirse en temas así. La alegoría en Isla de perros se ahoga con la belleza del diseño de producción, y aunque es admirable la intencionalidad de representar todo el horror a través de la mirada de otros seres vivos, bastaría recordar una película del 2014, White Dog, de Kornél Mundruczó, en la que, a través de la búsqueda de Hagen, su perro, una niña, Lili, se enfrenta a la crueldad humana hasta descubrir que la verdadera humanidad está en esos seres de cuatro patas. La humanidad, justo eso, eso es lo que hace falta en Isla de perros, una humanidad que esté más allá de la habilidad de poder hablar como un humano. Si su idea era representar la pérdida de los valores en un mundo distópico y el dejo de esperanza a través de los perros, Anderson falla.

 

Arantxa Luna
Crítica de cine.
Twitter: @_loquefuimos.


1 Javier Yuste, 28 de febrero de 2018. “Hemos llevado el stop motion al límite” en El Cultural

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Publicado en: Permanencia voluntaria