Introducción a Los reconocimientos de William Gaddis

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Presentamos la introducción a Los reconocimientos de William Gaddis —libro publicado por Sexto Piso—, un ejercicio de ficción crítica escrito por William H. Gass. Los reconocimientos es una de las obras maestras de Gaddis y, como han señalado escritores de la talla de Gass o Jonathan Franzen, anticipó gran parte de la literatura que estaba por venir (Pynchon, Heller, DeLillo, Foster Wallace, etc.). Objeto de culto, así como de polémica —es célebre el caso de Jack Green y sus artículos incendiarios defendiendo el libro—, la novela cimentó la leyenda del escritor.


Había sido jefe de sección en Bloomingdale’s. Ése era uno de los rumores. En la actualidad, escribía bajo el pseudónimo de Thomas Pynchon. Ése era otro. Había tenido que pagarle a la editorial Harcourt Brace para que publicara Los reconocimientos y después, decepcionado y molesto por la recepción del libro, había hecho que destruyeran los ejemplares que no se habían vendido. Había muerto de disentería o alguna otra enfermedad humillante y turística a los cuarenta y tres años y lo habían enterrado bajo un árbol retorcido, en España, sin ninguna lápida. Uno de los más absurdos era el que sostenía que había trabajado como asistente de maquinista en el canal de Panamá y que había participado como mercenario en una pequeña guerra en Costa Rica. No parecía tener ninguna fuente de ingresos. Lo que hacía era vagar de un sitio a otro. Se convirtió en un personaje de libros firmados por un vagabundo. No. Trabajó para el ejército y se dedicaba a escribir los textos de los manuales de campo. No. Hizo guiones para películas que contaban/mostraban cómo desmontar y limpiar una escopeta. Algunos, con muy poca amabilidad, sugerían que había estado empleado en The New Yorker, donde su labor era comprobar que lo que contaban los artículos era cierto. Para nada, decían otros, es un autónomo innato. Y se convirtió en un fantasma que se infiltró en varias corporaciones mientras reunía el material para una novela sobre América y el dinero que tenía la intención de escribir algún día. Cuando John Kuehl y Steven Moore editaron una recopilación de ensayos sobre él, el autor homenajeado se volvió artista y, para la portada, se dibujó con un elegante traje y un vaso alto en la mano, pero sin cabeza.

En 1976, cuando su segunda novela, Jota Erre, ganó el National Book Award, sus admiradores, confundidos por el anonimato anterior de William Gaddis (que encaja tan bien con los diversos rumores ya mencionados), por lo juicioso de la fumata blanca y por los balbuceos habituales en los cócteles celebratorios, con frecuencia felicitaban a otro hombre, más gordo. Incluso The New Yorker, tocando fondo, atribuyó su tercera novela, Gótico carpintero, a esa misma persona, cuyo nombre es tan parecido al suyo. Sí. Tal vez William Gaddis no sea B. Traven, después de todo, ni J. D. Salinger, ni Ambrose Bierce, ni Thomas Pynchon. Tal vez sea yo.

Cuando me felicitaban, siempre me mostraba muy amable. Cuando me atribuyeron su libro por error, me sentí honrado.

Todas estas identificaciones equivocadas parecen formar parte de la escritura de William Gaddis, en la que la realidad ya ha sido secuestrada, pues ¿qué puede ser cierto en un mundo hecho de farsantes, apropiaciones indebidas, fraudes y patrañas? Sólo esto: que si tuviéramos dos puertas, en una habría un santón hipócrita y en la otra un charlatán disfrazado de estadista; que entre las reliquias más valoradas de nuestra tierra, si las hubiera, descubriríamos que el pulgar conservado en formol del santo de la localidad perteneció, en origen, a un borracho que vivía en el barrio y no tenía ni un céntimo, que el cuadro más estimado del museo es una falsificación, que las monedas antiguas que hace tiempo que coleccionamos son falsas y que el magnífico coche que acabamos de comprar es robado. Lo que escribió Rainer Maria Rilke sobre Auguste Rodin puede aplicarse sin ninguna duda al hombre que aparece en ese boceto sin cabeza: “Rodin era un solitario antes de que lo alcanzara la fama, y después quizá se volviera más solitario todavía. Y es que la fama, al fin y al cabo, no es más que la suma de todas esas equivocaciones que se reúnen en torno a un nombre nuevo”. En nuestro tiempo, extrañamente clamoroso a la vez que silente, ser un escritor famoso consiste en ser desconocido en todo el mundo. Del mismo modo, Los reconocimientos, la obra que envolvió a William Gaddis en una nube de confusiones cuidadosamente alumbradas, es un libro del que se oye hablar a menudo y con reverencia, pero que apenas se lee. Parece tener, como un faraón en su tumba, una vida subterránea, presumiblemente rodeado por otras cosas preciosas y protegido por una maldición.

Como Bajo el volcán, la excelente y oscura obra de Malcolm Lowry, Los reconocimientos necesitaba devotos que lograran que su existencia siguiera siendo conocida hasta que llegara el momento en que pudiese aceptarse como un clásico; pero convertirse en un libro de culto no es lo mejor que le puede pasar a una obra, pues en algunas ocasiones eso hace que se crea que sólo pueden admirarla quienes tienen un gusto especial. En este caso, se temía que se lo considerara una locura de libro con unos fans chiflados. De hecho, fue surgiendo un cierto culto, un culto en el mejor y más antiguo sentido del término, ya que lo formaban lectores a los que el encuentro con el libro les había alterado la conciencia, que habían percibido algo más que su evidente excelencia artística y que no reaccionaban ante la escasa atención que había suscitado meramente con la rabia resignada que suelen sentir quienes leen bien y mucho y desean que se trate a los buenos libros con justicia; se trataba de lectores que notaban desde lo más profundo de su ser que esta novela era un auténtico reconocimiento y podía producir esa célebre conmoción: que revelaba los mecanismos internos del mundo social como si éste fuera un reloj de níquel; que combinaba el pesimismo de sus percepciones con las afirmaciones del arte que, al mismo tiempo, él mismo modificaba y hacía progresar; y además, que su autor, aunque aquél fuera su primer libro, se preocupaba lo suficiente por sí mismo, sus objetivos y sus capacidades como para crear una obra maestra contracorriente y, por supuesto, contra todo pronóstico.

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Comenzado en 1945 sin saber realmente para qué ni por qué, y escrito a rachas a partir de 1947, Los reconocimientos se publicó a mediados de los cincuenta, una década tan arrebatada por el éxito que no pudo percibir las señales de morbidez que el libro mostraba. Se dice que un compositor tipográfico se negó a continuar trabajando con ese texto y buscó el consejo de su sacerdote, quien le dijo que tenía razón en desistir. Como es natural, la novela ganó un premio por su diseño cuando fue publicada.

Su salida fue debidamente anunciada por cincuenta y cinco periódicos y revistas. Sólo cincuenta y tres de estas reseñas fueron estúpidas. En cualquier caso, las reacciones de los críticos ante el libro confirmaron su carácter y su calidad, ya que no sólo lo declararon ilegible y fluctuante y agotador y confuso, sino que participaron en las mismas artimañas que el texto documentaba y escenificaba. Habría sido pedir demasiado que leyeran, comprendieran y elogiaran una obra de ficción de la que formaban parte. También usted puede dejar su ejemplar, sin haberlo leído, sobre alguna mesa bien visible. Unos cuantos críticos confesaron que sólo pudieron llegar a la conclusión de la novela saltándose páginas. Bueno, ¿cuántos han llegado realmente a la última página de Proust, o han terminado Finnegans Wake? Y de todos modos, ¿qué significa terminar de leer Moby Dick? No empiece este libro con esa clase de esperanzas. Éste es un libro del que debería hacerse amigo. Lo acompañará durante toda su vida. Cuando lo termine, sólo será para empezarlo de nuevo.

Era un error, para alguien joven, ser tan ambicioso, pensaron los críticos; el resultado, sin duda, tendría que ser pretencioso, y se notaría la tensión por el gran esfuerzo. Si el autor se esfuerza para escribir su obra, el lector quizá también tenga que hacerlo para leerla, mientras que si el primero se dedica a pasar el rato con las palabras, el segundo puede relajarse y leer tranquilamente. Bueno, Los reconocimientos pesa demasiado como para que alguien pueda echarse la siesta con él en el regazo. (¿Cuánto pesa el que tiene usted entre las manos? Puede compararlo con la primera edición que, con sus 956 páginas, sale al ring con un kilo y cien gramos de peso, para descubrir cuánta sustancia le han extraído. Súmele unos treinta gramos por esta introducción).

Bueno, desde luego, era ambicioso, denso, largo, complejo. Su autor es un romántico, en ese sentido, y es evidente que está preocupado por crear una obra maestra; ¿cómo lograr la excelencia, sino intentando lograrla? No es habitual que uno comience a hacer un castillo de arena, una apacible mañana de verano —relajado, junto a una laguna azul— para —¡por Dios!— concluir —gracias a una serie de arenosos azares— una Alhambra llena de estanques al atardecer. El libro hablaba de embaucadores, de eso se daban cuenta hasta los más lerdos, y por lo tanto se veían a sí mismos, y por ello lo dejaban. No se trataba de un pasatiempo soporífero de una tarde larga y perezosa, sino de una denuncia de su falta de decencia.

Copiaron lo que decía la contraportada. Plagiaron las reseñas que habían salido antes. Cometieron miles de errores. Condenaron el tema, aunque no entendieron cuál era; detestaron la erudición, que consideraron pedantería; rechazaron el tono, aunque no lograron captarlo; criticaron con furia su punto de vista, cuyos propósitos criminales sospechaban. Uno tras otro alabaron a Joyce, un escritor que, según decían, era el verdadero McCoy, mientras que… Y sin embargo, si se hubieran visto transportados al pasado, habrían sido los primeros en lapidar al autor dublinés.

Hay quien cree que hay que mejorar la crítica, pero yo opino que la culpa es de la especie, que se rodea de mentiras y llama a esas mentiras cultura, del mismo modo que las ardillas construyen sus nidos con ramitas cortadas y hojas secas y después se esconden dentro. En cualquier caso, como observó el filósofo alemán Lichtenberg, cuando un lector se duerme sobre un libro y al chocar su cabeza con él suena a hueco, no siempre es el libro el que carece de cerebro.

Tras la confusión de su recepción inicial, Los reconocimientos fue dejado de lado salvo por unos pocos felices pero furiosos que habían descubierto que esa ficción sobre la naturaleza, el significado y el valor de “lo verdadero” era, en sí mismo, lo verdadero. Se rumoreaba que el propio William Gaddis había publicado un panfleto vituperando a los reseñistas de su libro y citando sus ilicitudes una por una. La verdad, cuando se encuentra rodeada de mentiras, como las falsedades, calumnias y tergiversaciones con las que he sazonado el comienzo de esta introducción (pues el “sí” se puede convertir en “no” pintándolo al óleo), va tomando su hedor y al cabo de poco tiempo no se puede distinguir de ellas. Gaddis se ganó la vida, en una época, comprobando la veracidad de lo que decían los artículos de una publicación. Trabajó en un barco bananero en América del Sur. No tendría ninguna importancia si no fuera porque los contextos corrompen. Los compañeros de cama muerden. Los chaqueteros son capaces de robar de sus propios bolsillos. El fraude es contagioso. Lo cierto es que un neoyorquino publicó, con el pseudónimo de Jack Green, tres artículos sobre los chapuceros reseñistas que dedicaron su talento a Los reconocimientos. Los llamó, sin andarse por las ramas, Fire the Bastards!,1 y Dalkey Archive Press ha sacado una cuidada reedición hace poco. Ahí, además de obtener muchos de los datos que ya he mencionado, me enteré de que uno de aquellos caballeros atribuyó el libro a William Gibson.

Un reducido grupo de admiradores mantuvo la obra a flote durante los siguientes veinte años, pero su rechazo, en mi opinión, fue debido a una serie de factores que tienen poco que ver con su supuesta dificultad o con la dudosa distinción de ser un libro de culto. Si uno quiere ser conocido dedicándose a la escritura, como los libros en sí mismos suelen tener una vida efímera, debe o bien cortejar a los medios y dejar que la publicidad actúe como su chulo, como hacía Truman Capote, o bien aferrarse como la hiedra a los muros de la academia, yendo de campus en campus como un canapé en una fiesta. Así, de un modo o de otro, uno puede aparecer en público con frecuencia y cosechar el aplauso de aquellos a quienes aplaudir no les cuesta nada porque no tienen otra cosa que hacer. Uno debe también leer su libro histriónicamente, o dar muestras de su trabajado ingenio y de su creciente comodidad, en programas de entrevistas televisivas. Y hacer reseñas. Sí, exacto, descender hasta las profundidades de los rivales, donde uno será considerado un tiburón más. Y participar en simposios, y dar entrevistas. Todo eso se va sumando a los textos escritos por uno y sobre uno que cualquier estudiante, crítico o estudioso debe consultar. Porque uno vale en función del número de entradas en que aparece su nombre en el catálogo de la biblioteca. Mientras tanto, también hay que enseñarles a los principiantes cómo ser un genio, apoyar profesionalmente a los alumnos más destacados e ir creando en torno a uno mismo, a lo largo de los años, un círculo de personas agradecidas cada vez mayor. De este modo, el prestigio de uno va creciendo con tanta firmeza como el tronco de un frondoso árbol.

William Gaddis, también conocido como Gibson, también conocido como Green, también conocido como Gass, no hizo ninguna de estas cosas que suelen hacerse para potenciar la propia carrera literaria, quedando, como dicen convenientemente los políticos cuando no quieren que algo los salpique, “al margen”. Fuera de foco. A un lado. Tampoco se dedicó a escribir un nuevo libro cada quince días sólo para demostrar lo fácil que es, ya que todos sabemos lo fácil que es, y lo deseable, puesto que de ese modo uno puede darle a sus nuevos amigos lo que están acostumbrados a recibir e ir a las fiestas, e incluso a las juergas, que organizan los editores, pues ¿acaso no somos todos viejos amigos?, y sus libros reciben cada vez más y mejores críticas. No hay que olvidar que los mismos chapuceros que condenan también están dispuestos a elogiar, por un precio.

El silencio se convirtió en su forma de estar y el exilio (como consecuencia) en su estatus. Consiguió salir adelante gracias a su astucia mientras iba recopilando material y construyendo otras tramas irritantes sobre la vileza de la gente, escribiendo otro largo libro sobre el mundo de los negocios y su obsesión por el dinero y su modo de funcionar basado en la manipulación y el engaño, componiendo un himno para Horatio Alger, una música hecha a partir de un discurso inane, confabulador, taimado, falso. Jota Erre funcionó más o menos bien en las librerías durante un tiempo y recibió el National Book Award, pero creo que fue menos leído que Los reconocimientos, menos disfrutado, y no causó, como es lógico, la misma sorpresa. Además, aunque resultaba evidente que era un producto de la misma sensibilidad y que expresaba un punto de vista similar, Jota Erre era tan distinta de la novela anterior como Joyce de James. Pero no deje lo que tiene entre las manos para ponerse a leer Jota Erre, aunque sea tan musical como Finnegans Wake, un torrente de palabras y una Torre de Papel, un potaje hecho de frases rotas y pensamientos —llamémoslos así— incompletos, porque aquí hay mucho que escuchar, porque siempre debemos escuchar al lenguaje, que es la primera señal que percibimos de encontrarnos con la escritura de un maestro; y cuando hacemos eso, cuando escuchamos, es porque primero hemos pronunciado las palabras y actualizado el texto, de modo que cuando escuchamos, oímos, nos oímos a nosotros mismos cantando lo que ahí se dice, y entonces somos verdaderos lectores, estamos participando en la creación, estamos modificando nuestra escucha en función de lo que va ocurriendo, porque nadie que ame la literatura puede seguir esos movimientos, esas frases, esas frases entrecortadas de William Gaddis durante mucho tiempo sin detenerse y levantar los brazos y gritar aleluya hay algo bueno en este mundo horrible y falto de dios.

Es casi sólo por eso que hacemos lo que hacemos.

Y eso da cuenta de la pureza de las intenciones artísticas de Gaddis, y de la realidad de su obra, ya que logra elevarse partiendo de lo que es tan falso que produce asombro. Además, el paso de las preocupaciones de Los reconocimientos a las de Jota Erre es totalmente razonable. Los reconocimientos, desde luego, aborda las preguntas fundamentales: ¿Qué es lo real, y cómo podemos encontrarlo en nosotros mismos y en las cosas que hacemos? Pero una generación más tarde, no hay preguntas fundamentales que puedan plantearse. Jota Erre muestra un mundo absolutamente decadente. Se trata de un mundo de palabrería, maquinaciones y dinero. Unos pocos reseñistas de Jota Erre, más perceptivos que la mayoría, echaron de menos la lucha espiritual del libro anterior, pero mire a su alrededor, lector: esa lucha se ha perdido. Lo grande ha sido sofocado por lo pequeño. Si usted es lo bastante ruin, el mundo puede convertirlo en un príncipe. No son los mansos quienes heredarán la tierra, sino los falsos.

Sí, debemos seguir las instrucciones que nos dan al final de Jota Erre:

¿… se acuerda del libro ese de esa vez que querían que escriba sobre el éxito y o sea la libre empresa y todo eso eh? Y o sea ¿se acuerda de eso que le leí en el tren la vez esa que había una corriente de piñón para que lidere un desfile y me meta en una carrera política y todo eso? Pues o sea escuche tengo una idea buenísima eh, ¿me está escuchando? ¿Eh? ¿Me está escuchando…?

Entonces, si somos obedientes, apenas habremos llegado a la segunda página de Los reconocimientos antes de encontrarnos con un párrafo como éste, en el que se nos presenta a Frank Sinisterra, que en ese momento se está haciendo pasar por el médico de un barco pero que es falsificador de profesión:

El médico del barco era un hombrecillo granujilla y sin afeitar cuya ropa, adornada con manchas, churretes y quemaduras de cigarrillo, se mantenía sujeta a su persona mediante una amplia redecilla de cuerda anudada. Los botones delanteros de aquellos pantalones de dril habían sido hechos originalmente, con todo el triste e ingenioso engaño de la falsa economía, de cartón estucado. Tras numerosos lavados persistían como una hilera de tocones grises alineados junto a los portones abiertos de su bragueta. Aunque a veces aparecía una boutonnière por algún agujero de la pechera de su camisa, sus pétalos resultaban ser también de papel, y parecía el tipo de hombre que acostumbra a quitar la espuma de la superficie de un vaso de cerveza con el forzal de un sucio peine de bolsillo, y a limpiarse las uñas en la mesa con los dientes de su tenedor de ensalada, cosas que efectivamente hacía. Diagnosticó el trastorno de Camilla como indigestión, y se encerró en su camarote. Eso fue por la mañana.

Me gustan particularmente las dobles l con que comienzan nuestros placeres, pero tal vez usted prefiera el ingenioso empleo de la vocal i en la frase con la que concluye (which things, indeed, he did. He diagnosed Camilla’s difficulty as indigestion, and locked himself in his cabin), o el juego con la d y la c en esa misma sección. En cualquier caso, estamos transitando avenidas hermosas y deberíamos demorarnos en ellas no sólo para admirar estas aliteraciones iniciales, sino también para disfrutar del hecho de que este hombre que trabaja con papel moneda está hecho de papel, o para visualizar el gesto, tan apropiado como el de un dedo, y sin duda tan poco higiénico, con el que quita la excesiva espuma de su pinta o, por encima de todo, para apreciar el juego de palabras oculto que conecta la “espuma” con el “peine”, mediante el cual se consigue despeinar la cabeza de la cerveza de Frank.

Los grandes libros no pueden explicarse, y yo no voy a tratar de explicar éste. Una explicación —en realidad, cualquier explicación— lo profanaría, ya que a lo que una obra de arte se opone es precisamente a la reducción. Las respuestas fáciles, los resúmenes prácticos, las preguntas de los exámenes, las anotaciones, las flechas, las frases subrayadas, las listas de referencias, los números de sus fuentes, los ecos y las influencias, los esquemas de la trama —por mucho que en ocasiones nos sirvan de ayuda— falsean gravemente las obras. Las guías son útiles, pero sólo para enfrentarse al pasado. La interpretación reemplaza al original de un modo pobre y soso. Lo domestica, lo desarma. “Muy bien, ya lo entiendo”, decimos, lavándonos las manos, “y esto tiene que ver con eso”. “Por fin comprendo a Kafka” es una afirmación estúpida y presuntuosa.

Con demasiada frecuencia, aplicamos a la literatura la preferencia por el “realismo” con la que, en general, nos hemos criado, y como consecuencia de eso consideramos que una obra como Los reconocimientos es demasiado imaginativa, oscura y enigmática; pero ¿acaso la realidad es siempre clara e inequívoca? ¿Es acaso simple y no compleja? ¿Se despliega como las páginas de un periódico, o su despliegue se parece más al de un mapa de carreteras, que es difícil de abrir, difícil de interpretar y difícil de volver a plegar? Y ¿acaso se recuerda todo con precisión y nada se repite, y la gente que conocemos desaparece inexplicablemente durante largos períodos de tiempo para surgir de repente cuando menos la esperamos? Por supuesto, el mundo bien presentado de los autores realistas tradicionales, en el que las motivaciones son conocidas y las acciones son inequívocas, en el que uno puede creer lo que le cuentan y en el que los caminos del bien y del mal están tan claramente señalizados como si fueran autopistas, es un mundo tan artificioso como un abrelatas. A pesar de que con frecuencia resultan brillantes y de lo mucho que nos gustan esos personajes artificiales, sus conversaciones inteligentes y sus elegantes fiestas y los argumentos sobre los que giran como los caballitos de un tiovivo, considerarlos, a ellos y al mundo que decoran, “reales” es como aferrarse a una ilusión muy querida. Las páginas de Los reconocimientos están más cerca de la realidad que nada de lo que escribieron Zola o Balzac.

No hay por qué darse prisa; las páginas que tiene usted por delante pueden estar ahí todo el tiempo que usted quiera. Es perfectamente aceptable que algunas cosas no se entiendan desde el principio, y que haya referencias a cosas que usted no reconoce. Siga leyendo alegremente. No nos quedamos todo el día en la cama sólo por haber extraviado la agenda, ¿verdad? No, necesitamos entender este libro —disfrutar de su encanto, de su ingenio, de su ironía, de su erudición, de su sensual materialización— como entendemos a una pareja con la que hemos vivido y a la que hemos escuchado y amado durante muchos años, noche tras noche. Las personas que merecen tal devoción, tal aprecio instintivo, son escasas; más escasos todavía son los libros con los que vale la pena establecer esa clase de relación.

Puede ser de utilidad, en cualquier caso, situar Los reconocimientos en el centro de todas las historias de las que forma parte, para poder captar la estrategia esencial de la novela. Primero, veamos una trama arquetípica.

Nace un bebé varón. En tiempos pasados, antes de que se lograra la igualdad, los padres del protagonista de nuestra historia habrían sido importantes —eran dioses y diosas, héroes y sus cónyuges, reyes y reinas—, porque lo que les sucedía a ellos tenía que ser significativo no sólo para ellos, sino para todo el conjunto de la sociedad. Este niño será un heredero y, como ha señalado Joseph Campbell, tendrá mil rostros. Todo tipo de señales —presagios, augurios, profecías de los adivinos— advierten al padre (el rey) de que el nacimiento de su hijo supone un peligro para él, de modo que el rey hace que se lleven al niño y lo abandonen en medio de la naturaleza donde sin duda habrá de perecer, pero a manos de la naturaleza y no a las de su padre (una sofistería que quienes firman sentencias de muerte hoy en día siguen practicando). Sin embargo, si el padre en cuestión es un tipo directo, como Cronos (o Saturno, si usted prefiere), se limita a engullir a su rival. El primer reconocimiento es de los padres, y consiste en que la nueva generación, algún día, detentará la posición y tendrá el poder que ahora disfrutan sus mayores. Aunque la muerte es tan importante como el nacimiento para la salud de la especie, pocas veces es bienvenida y por lo general se la trata de postergar todo lo posible.

Si el bebé no tiene ninguna marca que lo identifique, sin querer se le hace alguna cuando se lo llevan. A Edipo, como usted recordará, le ataron los pies como si fuera un ave preparada para ir al asador. A veces lo dejan delante de una puerta, o lo lanzan a la deriva en una cesta, o lo abandonan en la ladera de una colina; después, el niño es hallado por un animal totémico y criado como si él también lo fuera (Rómulo y Remo fueron amamantados por una loba), o lo rescata un pastor o un pescador que pasa a ser su padre adoptivo. Durante este período de exilio, cuando el niño crece en una tierra extranjera, es cuando tiene lugar el segundo reconocimiento, bien debido a una creciente convicción interior de que es “otro” y es importante y tiene un destino, bien porque, en determinado momento, sus padres adoptivos le cuentan algo sobre su historia. Éste es el primer reconocimiento del “héroe”, y es básicamente negativo. Más o menos, dice: yo no soy un lobo; yo no soy un oso; yo no soy de estirpe campesino. “¿Qué estoy haciendo en Akron, Ohio?”, se pregunta Hart Crane; “Utah”, insiste Ezra Pound, “no es mi segundo nombre”.

Poco después, parte en busca de su verdadera patria y de su identidad real. Esta parte del relato tiene la forma de una odisea: un viaje largo durante el cual el joven supera una serie de obstáculos que ponen a prueba su carácter, certifican sus capacidades y establecen su fama, como los trabajos de Hércules o cualquier Wanderjahr. Su prueba final suele consistir en tener que hallar la solución a alguna clase de adivinanza, y es una prueba espiritual o intelectual más que física (Edipo resuelve el acertijo de la Esfinge).

Mucho más tarde, después de que su padre adoptivo lo haya salvado de su destino y él haya vagado por el mundo en busca de su verdadero hogar (su odisea), Edipo llega a un lugar del que no recuerda nada y, por casualidad (es decir, por obra del Destino), se encuentra con el rey, su padre. Sus pies desfigurados señalan su identidad, le advierten al rey, y en una especie de disputa (el agón), el hijo lo derrota y obtiene una recompensa: la mano de la reina. Este reconocimiento podría ser mutuo y la disputa, por lo tanto, comprendida, pero el reconocimiento suele posponerse, como en la versión de Sófocles de la historia de Edipo, hasta que hayan pasado muchos años. La primera parte de la narración ya está completa. Comienza con el nacimiento de un niño y termina con su boda o comus; de ahí viene el nombre de “comedia”.

La segunda parte de la historia repite la primera, pero desde el punto de vista del padre, ya que el matrimonio supone que un nuevo rival aparecerá en escena muy pronto. Si nos quedamos con nuestro protagonista original, para él sigue un período de paz durante el cual establece su gobierno y hace prosperar a su pueblo. Mientras tanto, su hijo desterrado está cada vez más inquieto y continúa su búsqueda. Es importante darse cuenta de que desde un punto de vista, el personaje del padre es un héroe, pero desde otro, es un villano incorregible, y que los delitos de destierro y usurpación se repiten, sin remedio, generación tras generación. La segunda parte de la historia concluye, por lo tanto, con la muerte del héroe a manos del hijo al que ha maltratado, y se llama, por supuesto, tragedia.

Sin embargo, un héroe que es derrocado y muere apenas puede considerarse un héroe, sobre todo cuando, como sucede con mucha frecuencia, es hecho pedazos o sacrificado o devorado. Es evidente que no habría perdido la disputa, la batalla, la elección, la guerra o a la mujer si no hubiera sido traicionado, como lo fue Alemania por el Tratado de Versalles, como lo fue el Sur en la Guerra de Secesión, como lo es siempre todo perdedor: por un mal arbitraje, una desgracia, una confabulación, camarillas políticas, conspiraciones raciales. Se nos ha escapado la pelota, pero ha sido porque nos apuñalaron por la espalda. De modo que siempre hay un Judas o dos por ahí, esperando la ocasión para hacer alguna maldad, o un Yago con un pañuelo metido en la manga. En un acto de deslealtad, podemos pasarnos al bando del nuevo gobernante: el rey ha muerto, al fin y al cabo, así que viva el rey; si permanecemos fieles a nuestro personaje original, ¿qué nos queda, además de trozos dispersos de un cuerpo deshonrado o una tumba sellada para velarla durante toda la vida? Bueno, los trozos, de un modo u otro, vuelven a juntarse; el héroe levanta la lápida que hay sobre su tumba; los seguidores del rey traicionado y crucificado lo reconocen como recuperado y vivo; con lo cual, como Dioniso (habiendo concluido ya su historia), sale de la trama de inmediato, se le pone su nombre a una constelación y se va a morar con los dioses.

Y nosotros —usted y yo—, en la medida en que seamos capaces de identificarnos con la personalidad y la vida de esta figura heroica, superaremos la muerte y lograremos la redención, como él, ya que él, y los altibajos de su peripecia, simplemente encarnan el incierto ciclo de las estaciones. “En la juventud del año llegó Cristo, el tigre”.

Hay otra sección de este relato que podría mencionarse, aunque tiende a ser herético por su contenido y es popular, es decir, no está protegido por ningún canon. Mientras el héroe de uno de los ciclos está disfrutando de la reina y gobernando su reino, como usted recordará, el hijo (el héroe de la otra versión) está en el exilio y llevando a cabo su odisea. Del mismo modo, cuando el rey es asesinado y el nuevo rey asume el mando, podemos imaginarnos que el muerto está viviendo en el exilio, en el país de los muertos —en el inframundo— y que emprenderá otro viaje, y se enfrentará a otras pruebas, mientras espera que llegue el momento de su resurrección. La tradición cristiana describe un “descenso a los infiernos”: una lucha entre Cristo crucificado y el señor del infierno (ahí, como dos gallos, en el foso). Y esta fase también supondrá una serie de reconocimientos.

Los poetas, los novelistas, los creadores de mitos, casi nunca tratan de contar el relato completo; por lo general, deciden centrarse en algún elemento de la historia y desarrollarlo (las odiseas proporcionan muchas oportunidades de ese tipo), o modifican la ontología de la empresa, como hace Sófocles, haciendo que el tema principal del ciclo no sea la acción, sino la comprensión. Como Edipo ha actuado de un modo tan poco atento, se quita la vista, cuando ya ha abierto los ojos y tomado conciencia de lo que ha hecho, con un broche que saca de las vestimentas de su madre-amante. La ceguera física es, por supuesto, necesaria para lograr una visión interior tan potente como la suya.

Supongamos, ahora, que yo recreo este relato, adornándolo con detalles que encajen bien con mi época y mi lugar y mis intereses particulares, como si ninguno de sus elementos se hubiera visto antes, como si ninguno de sus actos se hubiera realizado, como si ninguno de sus objetivos, en ningún momento y en ningún sitio, se hubiera cumplido. Mis rituales serían fantasías, serían falsificaciones, y sus efectos dependerían de la supresión del “había una vez” original y su sustitución por mi taimada recreación posterior. Mi relato sería un usurpador si no reconociera su parentesco con todas las versiones anteriores, y correría el riesgo de ser destronado en el momento en que lo obligaran a admitir dicho parentesco. La larga y única cita de La rama dorada, el libro seminal de sir James Frazer que Gaddis incluye en Los reconocimientos, nos permite reconocer (aunque ya lo sabíamos desde hacía algún tiempo) que la práctica de buscar víctimas propiciatorias es antigua y ocurre a menudo y tiene motivos estacionales. Si la crucifixión de un mono o una rata tiene un aire de supersticiosa desesperación, ¿qué podemos decir de la crucifixión cristiana?

Hay supresiones y reconocimientos, por lo tanto, que son inherentes a los mitos y relatos tradicionales que recogen los antropólogos y que aparecen constantemente como parte del mecanismo de despliegue de las historias (entre los pretendientes que rodean a Penélope, el perro de Ulises es el único que lo reconoce vestido con harapos); y hay reconocimientos que también los personajes de esta novela experimentan, además de los que tendremos nosotros, los lectores, a lo largo de su complejo curso, un curso a cuyos orígenes alude constantemente, como sucede en La tierra baldía: las referencias que aparecen contribuyen en buena medida a su riqueza. Entre estas “epifanías” se encuentra una especial, de la que ya he hablado: la de qué es una auténtica obra de arte, y qué es lo que, siendo auténtico, “toca con reconocimiento los orígenes del designio”.

Vivimos para nada. Después, morimos y todo se termina. ¡Qué reconocimiento! ¿Qué nos puede salvar? Sólo saber que hemos vivido sin expectativas ilusorias, incluyendo la de que algo nos pueda salvar. Pues el templo de nuestras simulaciones se derrumbará al final, y caerán sus piedras provocando muerte (como ocurre al final de esta novela), pero esto no se deberá a la fuerza bruta y ciega de un Sansón que se pone a sacudir sus columnas, sino a un arte, a una música surgida de un órgano que alguien toca con determinación tras activar sus registros; que alguien toca, al fin, de un modo insensato y despreocupado por los riesgos que supone su reverberación hasta que todas las piedras del vecindario comienzan a temblar.

Las reseñas que cayeron sobre William Gaddis y su libro eran, sin duda, piedras de un orden antiguo, pero, al terminar Los reconocimientos, de la obra auténtica “todavía se habla, cuando se menciona, con alta estima, aunque casi nunca se interpreta”.

Así que pase la página… y altere esa frecuencia lamentable.

 

Traducción de Mariano Peyrou.

William H. Gass

Escritor. Ha publicado: Leer a Rilke: Reflexiones sobre los problemas de traducción, La suerte de Omensetter y El túnel, entre otros libros.


1 ¡Despidan a esos desgraciados!, trad. de Rubén Martín Giráldez, Alpha Decay, 2012. [N. del T.]

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Publicado en: Ciudad de libros