Instantáneas del amor

Desde sus inicios, la fotografía ha sido testigo y cómplice del acto amoroso. Sombras, ángulos, obturadores y claroscuros se han confabulado para preservar momentos íntimos, milagros que ocurren a veces en plena calle, y que de no ser por el ojo de algunos maestros, se perderían en la eternidad. Este ensayo acompaña a algunas de las imágenes más icónicas sobre lo que puede ser el amor.

Una película que me hace llorar es Cinema Paradiso (1988), y lloro a mares cada vez que la veo porque la escena final ciertamente es un homenaje al cine, a ese ritual colectivo de emocionarse frente a una historia, un gesto, un guiño, una tragedia que se proyecta espectralmente en una pantalla gigantesca. Pero también, y sobre todo, Cinema Paradiso es un homenaje al amor. Recordarán aquellos cinéfilos que sean mis contemporáneos que se trata de un niño que crece en Giancaldo, un pueblecito perdido en Sicilia, en el que hay un cine. El niño, al que llaman Toto, es huérfano de padre y adopta como su gran amigo a Alfredo, el proyeccionista, con quien aprende a amar el cine. Alfredo debe recortar las partes de las películas en las que aparecen besos o escenas que a juicio del sacerdote de la comarca son impropias. Como Toto, niño muy despierto, pero con seis años de edad, se quiere llevar los pedazos de película recortados, Alfredo le dice que efectivamente son suyos, pero que no se los puede dar en ese momento, que él se los guardará. Cuando Toto, ya adulto, convertido en un director de cine famoso, regresa a Giancaldo para el funeral de Alfredo, la viuda le entrega a manera de carta póstuma un rollo de película en el que Alfredo ha unido los besos censurados.

Es una belleza mirar esa sucesión de momentos de grandes películas en blanco y negro, incluso algunas de ellas mudas. Al margen del efecto dramático que tienen en la historia de Cinema Paradiso, esas imágenes representan las variaciones del amor; van de la pasión a la ternura, de la pureza al pecado.

No es posible saber las razones que hacen que una imagen perdure a través de las generaciones y toque en los espectadores los botones del llanto, de la emoción incontrolable. Hay fotografías de besos que se han hecho icónicas por el hecho de que representan momentos históricos, como es el caso de la pareja besándose en la plaza Times Square de Nueva York, publicada por la revista Life en 1945. Fue tomada por Alfred Eisenstaedt el día en que se anunció la rendición de Japón y la gente se volcó a las calles a celebrar el fin de la Segunda Guerra Mundial. Una docena de personajes reclamaron ser el marinero y la enfermera totalmente vestida de blanco que protagonizan la imagen, pero en realidad eso es lo que menos importa, porque la razón de que esa fotografía haya pasado a formar parte de la historia es justamente el hecho de que muchos pudieron ser los protagonistas, ya que esa instantánea callejera representa un momento compartido por todos aquellos que sufrieron la guerra. Además simboliza la conjunción de dos de las fuerzas norteamericanas que hicieron posible la victoria: la marina y la enfermería. (Otra de las polémicas que ha desatado esta foto ha sido lanzada por un grupo de feministas francesas que alegan acoso sexual, porque el marinero ebrio fuerza a una chica desconocida indefensa a besarlo). Políticamente correcta o no, se trata de una afortunada imagen que representa un momento histórico de modo inmejorable. La enfermera incluso levanta el pie derecho entregándose al beso.

Alfred Eisenstaedt, El beso, 1945.

Distintas razones hacen que nos emocionemos con otra famosa foto de un beso callejero. Se trata de la escena captada por Robert Doisneau en 1950, también para la revista Life. Lo que vemos aquí es gente que camina indiferente, con mucho estilo, por cierto, al lado de dos enamorados que se besan de manera espectacular. Es la representación de una de las facetas de París, la ciudad del amor. Esta imagen también suscitó una polémica que se resolvió en los tribunales. Una pareja que alegaba ser la protagonista reclamó una remuneración económica por la gran cantidad de dinero que la popularidad de esa imagen generó. Así que el fotógrafo se vio obligado a confesar que se trataba de una escena arreglada de antemano, para lo cual contrató a dos estudiantes de arte dramático para actuar un beso frente al Ayuntamiento de París mientras él los fotografiaba desde el interior de la terraza de un café. La actriz confesó ante el jurado que “si bien la foto era posada, el beso fue real”.

Robert Doisneau, Beso en el Hôtel de Ville, 1950.

Una imagen que no es tan famosa como esas dos, pero que representa quizá mejor el momento idílico del amor, a través de la contraluz etérea que invade a los dos personajes de esta escena, es sin duda la realizada por Brassaï en 1932: Pareja de enamorados bajo una farola de París. El fotógrafo húngaro Gyula Halász, mejor conocido como Brassaï, fue un verdadero voyeur de la capital francesa. Para constatarlo basta hojear su libro Paris de Nuit (1933) o sus muchas exploraciones por los cafés y bistrós con su cámara de formato medio Voigtländer Bergheil. Dejó más de 35 mil negativos, muchos de los cuales están a resguardo del Centro Pompidou de París. Pero, muy por encima de ese legado material, lo que nos dejó Brassaï fue el acceso (de otra manera imposible) a la intimidad nocturna de la ciudad Luz.

Brassaï, Pareja de enamorados bajo una farola de París, 1932.

La emoción que transmite la fotografía no es únicamente a partir de la imagen. También toca fibras conceptuales y jala los hilos de la inteligencia. Un detalle sutil basta (como el tirante de un corpiño deslizándose sobre un hombro desnudo) para crear en nuestra mente un final distinto a la historia que la foto sugiere. El norteamericano Duane Michals (1932), que siempre ha renegado de la imagen fotográfica (“no creo en los ojos”, ha dicho), y ha privilegiado la creación introspectiva, propone una reflexión interesante sobre el amor, enfocada en su diferencia con otro sentimiento opuesto, el deseo. Los enfrenta en una de sus curiosas piezas-collage en las que debajo de la imagen escribe la historia que representa:

Duane Michals, ¿Qué es el amor? ¿Qué es el deseo?, 1999.

¿Qué es el amor? El amor es una fuente jubilosa de afecto, que inunda el agujero donde va el corazón de felicidad y se desborda de alegría. Como el viento, el fuego y el aire, es un elemento natural, el instinto de compartir, el corazón que cuida permanece al descubierto. Los amantes se llenan de fascinación por el otro, y ven en los ojos del otro lo que sus vidas le han negado, y donde sus futuros se encuentran. El enamoramiento es la adolescencia del amor verdadero. El romance es el aleteo del corazón, donde el otro se va. No puedo domar el remordimiento de mi corazón huérfano, o reclamarme para ser yo mismo, ya que has vagado y el amor ha cambiado su curso. Tú eres el verdadero norte de mi corazón. ¿Qué es el deseo? El deseo es una necesidad de poseer, un urgente apetito codicioso por adquirir y consumir la satisfacción. A diferencia del amor que se pone al servicio, el deseo es egoísta y busca su propia recompensa. La lujuria se consume por el anhelo de pánico que estalla en la pasión, y el sentido común y la lógica se dispensan. Se trata de un fantasma en la piel que lleva de la mano al pecado. El deseo muere cuando está satisfecho; el deseo negado se multiplica. Aún ahora recuerdo, la forma en que tu piel se despojaba del corpiño y cómo vislumbré una pista valiosa de tu perfecta forma. Y con esa mirada fugaz el deseo nació.

El matiz intelectual del que hace acompañar a su foto Duane Michals, me hace pensar en la reflexión contemporánea sobre el amor que plantea la serie Flesh Love, del japonés Photographer Hal!! Ahí se muestra a parejas de distinto tipo y en situaciones diversas empacadas al alto vacío, como cortes finos de carne fresca.

Con todo, sin pretender una postura esteticista, confieso que prefiero las emociones que produce la luz sobre la escala de grises de fotos en blanco y negro, con sus transiciones, que se antojan infinitas, y sus claroscuros, para referirse al amor etéreo. Por eso me gustaría concluir esta revisión de instantáneas del amor haciendo mención de la fabulosa serie El ojo del amor del suizo René Groebli (1927), la cual es lo más lejos del estereotipo y la cursilería, y lo más cerca que se me ocurre del “amor real”. Se trata de un recorrido por los hoteles baratos de París durante la luna de miel de una pareja. Se ven ahí fragmentos de muebles viejos en distintas perspectivas, sábanas todavía tibias después de hacer el amor, charolas con restos de comida, medias negras que se deslizan sobre piernas turgentes, una espalda descubierta hasta las caderas. La modelo es Rita, mujer con la que Groebli se había casado en 1951, cuando tenía 24 años, pero las sorprendentemente amorosas fotografías de esta serie fueron tomadas dos años después, cuando la joven pareja pudo ahorrar para hacer el viaje de su noche de bodas. “Yo estaba enamorado de Rita”, dice Groebli, “había tantas sensaciones flotando en esos sucios cuartos. El amor estaba bordado en las cortinas. Las fotos son como un poema de amor”.






René Groebli, de la serie El ojo del amor, 1953.

 

Juan Manuel Gómez
Poeta y editor. Ha publicado Como un pez rojo El libro de las ballenas, entre otros libros.

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Publicado en: Ensayo literario