Infomerciales: la televisión valiente

En un ejercicio desmesurado de desintoxicación no tengo cable desde hace algún tiempo. Lo que más extraño es la temporada de beisbol. Lo que menos, el engaño de ese Aleph de bolsillo que promete tenerlo todo en 200 canales. Basta una semana o dos de contemplación pasiva para intuir el ciclo de repeticiones de programas y películas. Tanto dinero para nada. Es como ir, piensa uno, a Blockbuster y alquilar, una y otra vez, la misma película.

Así que la mayoría del tiempo tengo los cuatro, o cinco, ¿o son seis?, canales de la televisión abierta, esa que fue designada como “para jodidos”. Lo dije en una entrega anterior: no veo televisión. Mi intención era señalar que no la veo como una dinámica cotidiana donde incorporo esas transmisiones a mi vida. Sin embargo, soy un asiduo consumidor de infomerciales, la entrada a un mundo ajeno que convive con el doblaje malintencionado y con sugestivas ofertas y promesas de que la vida puede ser mejor. Eso sí. En los albores de la madrugada, cuando sólo los perros hablan y el twitter nacional está muerto, para no sentir que la casa está muerta (mi mujer, al ser persona serena y normal: duerme) prendo el aparato para escuchar y distraerme mientras escribo: para lograr la mezcla exacta de concentración y dispersión con la que se trabajan los buenos textos.

Sé que es perturbador y morboso ver cómo “Mister T” raya o pone filetes sobre un asador térmico-eléctrico-eolítico. Su rostro sintético contrasta con la fresca superficie de las verduras. Pero hay algo en ese constante movimiento (compiten con las películas del Canal 22, digamos) que pretende no dejar a la deriva al espectador. Las voces que escuchamos rara vez coinciden con el movimiento de los labios. Las actuaciones no son más que borradores del comportamiento de cualquier persona si la televisan. Pero esa magia de la promesa de que en cinco minutos uno puede tener una comida completa y saludable es adictiva.  A veces, el garbanzo de a libra, uno descubre la presencia de un actor o actriz que había desaparecido del cine. Verlos humildes, demostrando cómo un compresor de naranjas (sí, compresor) deja “hasta arriba” la pulpa es una enseñanza única y verdadera. No hay nada certero en los infomerciales, se basan en una ilusión y me pregunto si alguien realmente compra esos artículos. Sinceramente pienso que aquellos programas sólo son almanaques de ideas subversivas o algún mecanismo de control gubernamental. Uno siempre se pregunta si aquello es real, si, incluso, los alimentos que presentan existen y no fueron pintados detrás de cámaras; o si se trata de una estafa cuando por 300 pesos puedes comprar no uno, sino hasta cinco utensilios más un regalo que casi siempre es un set de cuchillos. Esa disposición teatral, a veces con público presente, si bien no representa una catarsis, sí regala dosis de alegría, de la intuición de que en algún lugar del mundo un grupo de personas se divierte vendiendo rayadores de queso. Soy adicto, ahora puedo confesarlo, a los infomerciales. Me producen un placer inconfesable. Y estoy seguro que mientras los chícharos, groseramente verdes, parecen rezumar mantequilla, algún estudiante prepara su tesis sobre aquella dimensión rara de la imagen. Es una zona marginal, expulsada de los horarios en los que vive la gente y destinada, entonces, para los otros marginales y gente extraña que se desvela y no duerme. Son, quizá, resultado de una planeación rebelde. “Mírenos, a nadie le importa nuestra presencia pero seguimos apareciendo, sonrientes, ante la nada.” No sé. Si algún día me topo a las cuatro de la mañana con Richard Dean Anderson, el gran héroe urbano MacGyver, sabré que esta contemplación y esta espera habrán valido la pena. –Jaime Mesa (@jmesa77)