Incitación al Trumpicidio

En las altas horas de la mundialización, el regreso de la historia es tan inevitable como estruendoso. Desde Europa hasta los Estados Unidos, las voces nacionalistas y xenófobas se alzan en coro sin algún asomo de auto-crítica. La caída del muro de Berlín fue el umbral del siglo XXI. La nostalgia por esos muros migratorios, económicos y raciales hace que resurjan hoy como el pan de la demagogia diaria. El carnaval grotesco de Trump ha sabido agitar la más falsa “transgresión”: odio por las minorías, los migrantes, los mexicanos, los musulmanes, las mujeres, etc.

Imaginemos las reacciones violentas que podría desencadenar su gobierno más allá del resultado de las elecciones del 8 de noviembre. En días recientes, Greg Chang, joven profesor de historia de Nueva York, fue interrogado en comisaría por haber aludido en broma que iba a matar a Trump. Lo peor de todo es que el incidente ocurrió en un bar, último reducto de la libre expresión en la era del ventaneo de las redes sociales. ¿Cuantos trumpicidas reprimidos más habrá entre nosotros? El episodio de Chang solo muestra pasiones encendidas, preocupantes al punto de que las autoridades pasan por alto la Primera Enmienda. En otras épocas, la política estadounidense (que no americana) ya despertaba enconos en abonados terrenos del discurso, del arte o la literatura. La poesía hispanoamericana, en particular, tuvo fuertes vertientes yanquicidas, sustentadas por una cultura de la unidad panamericana. Ningún poeta fue interrogado por policías.

whitman

Walt Whitman en Camden sueña el continente, 1891. Bajo licencia de Creative Commons.

El “futuro invasor” en verso

Con la llegada del modernismo y la transición colonial de Cuba en 1898, las naciones hispanoamericanas desarrollaron como nunca una conciencia anti-imperialista. La publicación de la “Oda a Roosevelt” de Rubén Darío, en 1904, se concibe como el punto de partida de una nueva vertiente en las letras hispanoamericanas: la poesía “antiyanqui”. La oda es, en realidad, una “anti-oda” que, en un proceso análogo al Ariel de Rodó (1900), insiste en la eterna fractura de dos Américas irreconciliables:

Eres los Estados Unidos
eres el futuro invasor
[…]
Crees que la vida es incendio,
que el progreso es erupción;
en donde pones la bala
el porvenir pones.
No.

Darío versifica aquí su aversión a la doctrina Monroe y al filibustero William Walker, como bien lo apunta Ricardo Bada en su disección. La invasión “futura” refiere el pasado reciente y aparece como un augurio de otras tantas “intervenciones” —para usar el eufemismo favorito de la CIA— que no hace falta volver a enumerar. Sabemos gracias a las investigaciones de Héctor Orjuela que, antes de Darío, el poeta bogotano Rafael Pombo (1833-1912)1 prendió versos como antorchas contra los yanquis y su “destino manifiesto”. Aunque Pombo —secretario de la Legación Colombiana en Nueva York a partir de 1855— residió en ese país hasta 1872 y cantó la belleza del Niágara (a la Pérez Bonalde) y del pueblo estadounidense, muchos de sus poemas son incendiarios. La indignación se acumula en estos alejandrinos de “Los filibusteros”:

Venid, venid en nombre de Franklin y de Washington
bandidos que la horca con asco rechazó;
venid a buscar títulos de Hernanes y de Césares
descamisados prófugos sin leves y sin Dios.

O bien esta otra muestra burlona, en el poema “Pajas en ojo ajeno”, del supuesto hábito de los yankees de escupir en el suelo:

Sois el mayor tragaldabas,
el tragatierras mayor,
¡yanquis, y os falta el valor
de tragaros vuestras babas!

Estos últimos versos son extrañamente elocuentes después de tanto debate y declaraciones electorales. ¡Ojalá la señora Clinton los hubiese sabido de memoria para traer chispitas a sus discursos! Y reconocer así la baba hipócrita de varias eras intervencionistas (sigue el eufemismo). Pero la poesía ya no se mezcla, tanto tanto, en política y politiquerías de ese calibre.

Hoy yanquis ayer españolas

Después de la segunda guerra, el poema anti-yanqui sirvió para aderezar el sentimiento de una América latina unida contra el anti-comunismo exacerbado y la paranoia macartista. Desde los años 1940, Nicolás Guillén, perseguido por su militancia pro-soviética, había incluido estos sonoros octosílabos yanquicidas en el poema “Mi patria es dulce por fuera…” de El son entero (Buenos Aires, 1947):

Un marino americano,
bien,
en el restaurant del puerto,
bien,
un marino americano
me quiso dar con la mano,
me quiso dar con la mano,
pero allí se quedó muerto,
bien,
pero allí se quedó muerto
bien,
pero allí se quedó muerto
el marino americano
que en el restaurant del puerto
me quiso dar con la mano,
¡bien!

No hay que pensar por esto que Guillén amparó siempre su poesía en esta violenta venganza patriótica. En Motivos de son (1930), uno de sus poemarios más divertidos y vanguardistas —pues transcribe el acento mulato loca—,2 encontramos la dulce tragedia de un personaje que olvida su inglés y tiene que renunciar a un amor inaccesible por lengua:

“Tú no sabe inglé”

Con tanto inglé que tú sabía,
Bito Manué,
con tanto inglé, no sabe ahora
desí ye.

La mericana te buca,
y tú le tiene que huí:
tu inglé era de etrái guan,
de etrái guán y guan tu tri.

Bito Manué, tú no sabe inglé,
tú no sabe inglé,
tú no sabe inglé.

No te enamore má nunca,
Bito Manué,
si no sabe inglé,
si no sabe inglé.

Desde el desembarco en Puerto Rico (1898) y la imposición de un régimen militar en Santo Domingo (1916) apoyada por los E.U, la literatura caribeña es una fuente abundante de imágenes yanquifóbicas. El proceso de antítesis de Darío y Rodó sigue su curso: contrario al latino, el estadounidense es un conquistador, materialista a más no poder que, para colmo, no cree en Dios. El poeta puertorriqueño José de Diego,3 miembro del partido Unionista (independentista), viaja por las antillas buscando simpatizantes. Escribe versos pesimistas y de denuncia. La era de hegemonía de los E.U se perfila como un tiempo de oscuridad: “El sol latino morirá en América / vendrá la luz crepuscular del polo”; sin omitir la diferencia racial de dos mundos: “los ojos negros morirán de frío / y vendrán los azules melancólicos”. El siguiente cuarteto de su poema “Himno a América” (1916) tiene resonancias con la situación migratoria actual y podría leerse bajo una nueva luz:

México siente dos veces el furor de la zanca
de la Bestia maligna que aturde los cielos del Norte
       y el puñal y el corte
del pico feroz que a pedazos los miembros le arranca.

El águila del escudo yanqui es un animal de rapiña despiadado con las naciones-cordero del sur: el doble furor parece señalar, cien años después, la tragedia de la frontera sur de México donde un tren también llamado la Bestia despedaza vidas a diario. O acaso donde otra Bestia bocona despedaza la dignidad de millones de migrantes desde su púlpito republicano.

Nerudicidio o Whitmanicidio

El punto álgido del yanquicidio de la poesía hispanoamericana llegará, sin embargo, en una geografía más lejana y menos intervenida que el Caribe o México (consúltese también: Adolfo B. Posta, Pasión democrática: de Videla a Pinochet). En 1973, Neruda publica su último poemario, el más comprometido, políticamente enardecido y frontal: Incitación al nixonicidio y alabanza de la revolución chilena. El bardo acusa a Nixon de entorpecer (más eufemismos) la “vía chilena al socialismo” y le reprocha los crímenes cometidos en Vietnam. Son tercetos encadenados que actualizan esa forma dantesca en una diatriba espectacular, crónica fiel de los años anteriores al primer 11-S:

Horademos a Nixon, el furioso,
a verso limpio y corazón certero.

Así pues, decidí que falleciera
Nixon, con un disparo justiciero:
puse tercetos en mi cartuchera.

Curiosamente, tanto Neruda como Darío recurren a su admirado Walt Whitman, verdadero punto de unión paradójico de su antiyanquismo poético. “¡Es con voz de la Biblia y verso de Walt Whitman / que habría que llegar hasta ti, cazador!”, son los alejandrinos inaugurales de la oda dariana. Por su parte, la Incitación del chileno empieza así:

Es por acción de amor a mí país
que te reclamo, hermano necesario,
viejo Walt Whitman de la mano gris,

para que con tu apoyo extraordinario
verso a verso matemos de raíz
a Nixon, presidente sanguinario […]

Como si fuera un sacrilegio empezar sus poemas sin citar a Whitman, ambos ignoran el supuesto racismo e imperialismo del poeta de Brooklyn. En un consenso histórico duradero, tanto Martí como Lugones, León Felipe, García Lorca e incluso los revolucionarios Fernández Retamar y Ernesto Cardenal, fueron incondicionales del autor de Leaves of grass. Sin embargo, en 1971 el libro de poquísima circulación de Mauricio González de la Garza, Walt Whitman: racista, imperialista, antimexicano, reveló la cara inaceptable de la historia o, como dice José Emilio Pacheco, el hecho inapelable de que “un texto jamás se queda inmóvil: emite significaciones cambiantes según las circunstancias históricas.”4 Ahí aparece un Whitman columnista, poeta oficial del Destino Manifiesto, que piensa ingenuamente en los beneficios humanistas de una intervención militar: llevar democracia, progreso y libertad al país salvaje y tiránico al sur del río Bravo. Para nuestra fortuna, el bocazas de Donald Trump no lee a Whitman y, si acaso, lo confunde con un clásico contemporáneo “La silla del águila de Enrique Krauze”.

Trumpicidio para hoy

En la situación actual, ¿alguno de nuestros bardos decidirá recomponer nuevos tercetos en una Incitación al trumpicidio? No hay duda de que los cañonazos de tinta suelen ser inofensivos y se diluyen a los pies de los millonarios. Como consuelo, siempre podremos reunirnos en la experiencia de la lectura de una literatura anti-yanqui más que nunca satírica, pacifista y conciliadora. El remedio al insulto directo y a la mezquindad es justamente no rebajarse al ojo por ojo o a devolver jarabe de la propia medicina. Y la poesía sirve como receta adecuada para evitar caer en esa bajeza de vituperio. Algún ejemplar de la vertiente en prosa de una literatura trumpicida apareció ya en “La cosa mexicana”, artículo de la columna “Agua de azar” de Jorge F. Hernández (que se deja versificar en una silva libre impar, siempre respetando su versión original). En ella emerge la imagen caricaturizada y reductora de México vista desde la estulticia y la encharcada vulgaridad del fanfarrón republicano y sus seguidores:

Para ellos México es esa cosa
como inmenso moco levitando
en el imaginario reino de los rubios baba necia.
Un poposillo intocable,
moquito de changuito chiapaneco,
de esa tierra tan lejana
donde se comen chapulines
y los indios andan sin reservación,
el país insólito de los millonarios
con corbatas anchas de nudos horribles
y divas de telenovela
como primeras damas de palacios
o ilusión de capo chafa;
plastilina de palacetes,
de licenciados sin licencia
y la cosa es que si le rascamos a la manada,
ni el garañón nos queda,
pero la cosa es que
no toda visión
sesgada
cumple el objetivo de la definición […]

Los últimos meses del 2016 serán recordados con asombro y pavor. Esperemos nada más que, si se nos llega a exacerbar el sentimiento anti-yanqui, volvamos la cara al pasado y revisemos cómo la historia de nuestras letras y nuestras ideas ya tuvo que lidiar con situaciones como esta.

 

Álvaro Ruiz Rodilla
Doctor en Letras Hispanoamericanas por la Universidad de Toulouse y la Universidad de Sevilla.


1 Héctor Orjuela, ‘Rafael Pombo Y La Poesía Antiyanqui de Hispanoamérica’, Hispania, 45.1 (1962), p. 27–31.⁠

2 La transcripción fonética del acento mulato, la búsqueda de una lengua y de una identidad africana-caribeña y la celebración alegre de esa tercera raíz dentro del mestizaje americano son algunos de sus grandes hallazgos desarrollados después en Sóngoro Cosongo, 1931, y en West Indies Ltd., 1934.

3 Klein, L.B., “Antiimperialismo y literatura en el Caribe (1898-1933)”, Anales de Literatura Hispanoamericana, No 2-3, 1973-1974, p. 209-222.

4 José Emilio Pacheco, “Inventario. Whitman contra Darío”, Proceso, num. 307, 20 de septiembre de 1982.

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Publicado en: Ciudad de libros