Iñárritu y los migrantes

Mañana se inaugura en el Centro Cultural Universitario Tlatelolco Carne y arena, la instalación de realidad virtual con que Alejandro G. Iñárritu, en colaboración con Emmanuel Lubezki pretende confrontar al expectador con la brutal realidad que viven miles de migrantes. Claudio Lomnitz nos ofrece las impresiones de su recorrido. 


Uno trabajaba en una panadería, pero ni así tenía para darle de comer a sus hijos. Otra huyó cuando su novio pandillero amenazó con matar a su hijo si lo dejaba. Son centroamericanos quienes, junto a varios migrantes mexicanos, nos comunican su historia en la extraordinaria obra de Alejandro González Iñárritu y Emmanuel Lubezqui, Carne y arena, que se puede visitar en el Museo Cultural Universitario Tlatelolco.

Siento viento frío en la cara, en los brazos. Literalmente lo siento. Mis pies descalzos se enfrían en la arena. Es que está amaneciendo en el desierto. En el cielo aparecen unas pinceladas rosas, tenues, y se distingue la silueta de la montaña escarpada que durante la noche fue una plancha negra en la oscuridad del cielo. Arriba unas aves migran al sur en formación de escuadra. El aire juguetea con una bolsa de plástico que se mueve como medusa en el mar, suspendida entre espasmo y espasmo.

La belleza del desierto y la grandeza del amanecer: un momento de paz. El silencio se adentra en mi piel. En los arbustos distingo manchas de colores. Unos calzones rosas, una mochila gris al pie del matorral, unos zapatos. Ropa abandonada, rastros de violación. Son los objetos dejados por los migrantes que acaban de ser apañados en la razia; objetos que se convertirán quizá en bandera de activistas. Cosas que sugieren la humanidad de los migrantes que atraviesan o mueren en ese desierto. La llamada “basura de los migrantes”, de la que tanto se quejan los patriotas.

De ese amanecer, salí a un pasillo en que conocí, cara por cara, a cada uno de los jóvenes que delante de mí habían sido capturados por la Border Patrol. Eran caras que no eran ya de actores, como en la realidad virtual, sino de los legítimos contadores de la historia. Los que se la contaron a Iñárritu. Algunos eran mexicanos, otros eran centroamericanos. De Guatemala o de Honduras. Los miraba y me miraban. A veces parpadeaban y sus caras se volvían borrosas para acercarse luego con un grado asombroso de nitidez. Mientras, sus palabras aparecían escritas y se difuminaban.

Vistas desde Tlatelolco, las historias de esos centroamericanos resultan no solo conmovedoras, sino también indignantes, porque en cada caso, en cada historia, las violaciones y terrores vividos en sus pueblos eran seguidas por el despojo al entrar a México, por abusos depredadores de agentes y “coyotes”. Sus historias me recordaron un documental que vi en Animal Planet que mostraba la travesía aterradora que hacen las tortuguitas caguamas cuando nacen. Tienen que cruzar un tramo corto de arena que hay siempre entre el nido y el mar. Son apenas diez o quince metros, pero es un recorrido mortal para una tortuga recién nacida porque ahí, en esos pocos metros, aparecen todos los hambrientos del mundo. Unos pajarracos se comen a unas; aparece por ahí un perro, unas gaviotas. De cien tortugas que nacen de un nido, solo unas pocas llegarán al mar.

México es al migrante centroamericano lo que esos quince metros de arena son para las tortuguitas: un calvario. A uno de los entrevistados le quitaron todo, hasta los zapatos. El señor dice que le rogaba a los narcoasaltantes que lo despojaban que al menos le dejaran la foto de sus hijos. Ni a eso consintieron. Se llevaron todo. Otra mujer, que viajaba con su hijo, se subió a La Bestia y cuenta que durante todo el viaje se hizo pasar por lesbiana para evitar ser violada. No queda claro si le resultó la estrategia; la violación está en el trasfondo en cada una de las historias femeninas, como esos calzones rosas que se quedaron en el paisaje del desierto. Para los migrantes centroamericanos, eso es México. 

No es solo eso, claro.  Hay también solidaridad, hay encuentros múltiples. Pero ante todo, México es eso. 

En la porción de realidad virtual de Carne y arena, lo que uno experimenta y vive directamente es la acción de la “migra” estadounidense, pero el Instituto Nacional de Migración mexicano, y sus contrapartes centroamericanas, están también sugeridas en las historias de esos migrantes como notas de un coro fantasma. La “migra” de la frontera estadounidense es solo la última línea de depredadores en la gran historia de rapiña que deben enfrentar aquellas tortuguitas para llegar al mar. Antes de su encuentro con los perros y las luces enceguecedoras de la Border Patrol, en México, los migrantes ya se las han visto con perros flacuchos y gaviotas gigantes. Uno de los migrantes cuenta que lloró cuando vio por primera vez, a lo lejos, las luces de una ciudad estadounidense. Se entiende bien por qué.

La experiencia que nos ofrecen Iñárritu y la UNAM tendría que ser un paseo obligado para cada empleado migratorio de México, desde Chiapas hasta Sonora, y también para cada periodista que cubre la migración mexicana en los Estados Unidos. Para cada editor que es afecto a ver la paja en el ojo estadounidense, y esconder la viga en la del mexicano. Para cada persona que haya empleado alguna vez a un centroamericano, o que se haya topado con alguno, olisqueando al norte.

 

Claudio Lomnitz.
Profesor de antropología en la Universidad de Columbia. Es autor de La nación desdibujada. México en trece ensayos y El regreso del camarada Ricardo Flores Magón, entre otros libros.

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Publicado en: Curadero