Lo que sigue es una anécdota de viaje. Al concluir dos días de elecciones nacionales en 2006, en Italia, era obvio que la izquierda encabezada por Romano Prodi había ganado por un muy pequeño margen. Silvio Berlusconi, aunque era el primer ministro, se había quejado de un fraude electoral en su contra. Acostumbrado al melodrama electoral mexicano, me imaginé que Italia estaba en medio de una grave crisis política. Seguramente no podría regresar a México. Sin duda los partidarios de los candidatos bloquearían carreteras, harían manifestaciones de cientos de miles, tomarían el aeropuerto, pondrían de cabeza la vida cotidiana con sus protestas. Caramba: ¡el propio gobierno denunciaba el fraude electoral! A la mañana siguiente de las votaciones, me pegué a la televisión para calcular mis posibilidades de supervivencia a través de tiempos tan interesantes. Imaginaba trincheras, gases lacrimógenos, adoquines volando sobre mi cabeza y multitudes cantando Bella ciao. No ocurrió nada de eso y mi delirio de historiador se interrumpió de sopetón cuando encendí el receptor. En la televisión abierta, los informativos matutinos referían los resultados y las declaraciones incendiarias del primer ministro. Lo hacían con rapidez, sin expresión alguna y con un sonsonete muy tedioso. La noticia no ocupaba más de cinco minutos. No había mesa de expertos ni entrevistas con los funcionarios electorales. Entonces, se iluminaba el rostro de los locutores que cerraban las pantallas de sus portátiles para abordar un tema en el que no necesitaban apuntes. Conmovidos y entusiastas, anunciaban que había llegado el momento que todos estaban esperando: luchas en lodo entre mujeres con traje de baño. Veinticinco minutos de lucha libre y luego otro segmento con cinco minutos de noticias y veinticinco de luchitas entre jóvenes enlodadas.
Puede pensarse que el berlusconismo estaba en la programación mucho más que en las estrategias políticas del llamado, espero que por ironía, Cavaliere. ¿Quién no hubiera querido entender ese sistema? Los intelectuales italianos contrarios a la hegemonía aplastante de Silvio Berlusconi se devanaban los sesos tratando de entender qué pasaba: ¿por qué la mayoría votaba por un político de ultraderecha que, entre otras cosas, proponía y promulgaba leyes que legitimaban sus propias, muy poco transparentes, operaciones empresariales? Es increíble que hayan entrado en ese estado de melancolía maniática. Fueron ellos, notablemente Umberto Eco, quienes comenzaron en los años sesenta el análisis de los medios de comunicación industriales; antes de que la relectura de la escuela de Frankfurt, con su interés por las “industrias culturales”, se convirtiera en la corriente principal de análisis en todas las izquierdas académicas.
En 1997, el politólogo italiano Giovanni Sartori publicó un intento de explicación: Homo videns. La sociedad teledirigida. Sin mucho fundamento, pero con bastante convicción, aseguró que las palabras eran secundarias en las teletransmisiones. Esa idea es bastante arbitraria. Puede suponerse que, distinto de sus compatriotas, el profesor Sartori veía y escuchaba muy poca televisión. Bien por él, pero su caracterización es insostenible. Tal vez los discursos de los locutores, cantantes y actores sean vacuos o cuestionables, pero hay un abismo entre la tontería de los contenidos y suponer que las palabras son ajenas al mensaje audiovisual. El ensayo de Sartori, muy celebrado en México, instaura una iconoclasia teórica evolucionista y decimonónica. Homo videns se apoya en referencias despectivas a lo que llama “el primitivo”: “Y de hecho, durante milenios los primitivos no se movieron de sus pequeñas aldeas”.1 Ese sistema jerárquico depende bastante de la diferencia entre la imagen y la lengua.
La palabra es un “símbolo” que se resuelve en lo que significa, en lo que nos hace entender. Y entendemos la palabra sólo si podemos, es decir, si conocemos la lengua a la que pertenece […] Por el contrario, la imagen es pura y simple representación visual. La imagen se ve y eso es suficiente; y para verla basta con poseer el sentido de la vista, basta con no ser ciegos. La imagen no se ve en chino, árabe o inglés; como ya he dicho, se ve y es suficiente.2
Los “primitivos” desconocen las ventajas de la palabra hablada; la televisión es el artefacto que los conecta con su atrasado estadio evolutivo, apoyado en las imágenes. En este sentido, la imagen se concibe como un artefacto mágico: tiene la capacidad de atravesar vastísimos periodos para reconstruir una especie de sociedad primitiva virtual. Pero se vale discrepar de esta idea: es bastante dudoso que la interpretación de las imágenes sea universal, que “baste con no ser ciegos”. La interpretación de las imágenes es inestable, compleja, y se articula con el universo simbólico al que generalmente llamamos “la cultura” (pero lo mismo ocurre con las palabras). Sería largo referir aquí la prolija producción teórica y metodológica que, primero, desde la historia del arte y, después, con el apoyo de los estudios visuales, ha mostrado la complejidad en los procesos de interpretación de las imágenes construidas. Aunque es una reflexión milenaria, en el último siglo se aceleró bastante. Hoy sería difícil sostener que hay una contraposición irremontable entre la imagen y la palabra, ya sea escrita o hablada: el consenso es que se trata de un sistema compartido de significación que algunos teóricos llaman intermedial. Es el viejo espacio retórico de la écfrasis: la reconstrucción verbal del escudo de Aquiles que nadie vio nunca. Una de las mejores introducciones a este problema es el libro de Irene Artigas, Galería de palabras, donde explora la confluencia de palabras e imágenes en los poemas de William Carlos Williams, John Ashbery y Octavio Paz.3

Ilustración: Oldemar González
En todo caso, sin discutir aquí los méritos de Sartori como politólogo, no se justifica su afirmación muy despectiva cuando se refiere a una enorme variedad de estudios sobre la cultura: “Así pues, en esta acepción genérica también el hombre primitivo o el analfabeto poseen cultura”.4 La fantasía de un mundo liberado de la opresión de las imágenes puede calificarse de “liberal”, en el sentido político clásico del término. Para que mi argumento no sea secuestrado por las disputas actuales, recurro al entrañable Settembrini de La montaña mágica: “Escribir bien supone casi pensar bien, y esto no está muy alejado del obrar bien. Toda la civilización y todo perfeccionamiento moral parte del espíritu de la literatura, que es el alma de la dignidad humana y que es idéntica al espíritu de la política”.5 Tengo para mí que esta división entre la palabra y la imagen tiene una fuente. Formado en la tradición filosófica idealista derivada de Benedetto Croce, a quien le dedicó algunas de sus obras tempranas, Sartori coincide en lo general con una de las definiciones que proponía aquel filósofo idealista para la noción de “intuición”: el conocimiento organizado por la imagen, siendo esta última la sensación fuera del espacio y el tiempo kantianos; que por eso mismo se vuelve ilegible.6 Pero a diferencia de Croce, que finalmente veía en las imágenes —y en la intuición— una forma de conocimiento diferente de la ciencia, Sartori parece haber llevado al extremo ese contraste, postulando una especie de afasia radical de las imágenes.
No pude encontrar los libros de Sartori sobre Benedetto Croce en ninguna biblioteca pública o privada de México, un indicio de la parcialidad con que se construyen las modas intelectuales. Sartori fue muy popular entre las élites académicas y políticas de México. Las primeras le dedicaron bastante espacio a la discusión de sus ideas, como lo pusieron en evidencia los doctorados honoris causa que le otorgaron la Universidad de Guadalajara (1996) y la UNAM (2007), además de publicar reseñas importantes en revistas especializadas.7 La llamada “clase política” siguió el ejemplo, aunque muy mal. Felipe Calderón lo visitó en Roma, en las postrimerías de su mandato (como visitó al papa Benedicto XVI). El Senado de la República le dedicó un minuto de silencio cuando se conoció su fallecimiento, un honor que ha otorgado a pocos académicos.8
La extensa circulación Homo videns y la notoriedad de sus ideas en el debate político evidencian una tendencia bipolar en la malograda transición mexicana; a los políticos les gustó bastante, pero no le hicieron caso. Precisamente los años en los que se rinden homenajes a este autor, son los de mayor incidencia de la televisión en la política electoral y en el debate respectivo. Recordemos cómo trabajó Televisa para producir la telenovela de Enrique Peña Nieto. Expresiones como “La cerveza o el sidral”, “Haiga sido como haiga sido”, “Cállate, chachalaca”, “Quiero ser el presidente del empleo”, “Pertenezco a la generación del cambio”, “Yo mero”, “Ni Temo ni Chente”, “Los derechos humanos son para los humanos, no para las ratas”, “No hay cuchi-cuchi”, “Ya, ya, ya”, “Te lo firmo y te lo cumplo”, “Un peligro para México” y otras perlas del debate político reciente, todas verbales, circularon de manera conspicua a través de los medios de comunicación electrónicos, sobre todo en la televisión. Ese tipo de expresiones y la cobertura que los medios hacen de las campañas electorales han sido objeto de regulaciones, prohibiciones y castigos cada vez más estrictos. Uno de los combates legislativos más importantes de la década anterior se refirió a los oligopolios de los medios; con independencia de su posición ante esas gigantescas empresas de noticieros, telenovelas y reality shows,todos los partidos políticos apoyaron la distribución masiva de televisiones digitales para el pueblo. La izquierda, desde luego, puso un matiz: pidió más televisiones.
Homo videns se publicó antes de que Facebook yTwitter pusieran en evidencia que el lenguaje escrito y la Razón Pura nunca tuvieron una alianza irrompible. Todo está cambiando muy rápido y ahora la tele tiene dificultades para sobrevivir. Podemos anticipar la próxima nostalgia tecnofóbica: en el futuro muy próximo se evocará la televisión como un medio que, a diferencia de las aplicaciones de internet (o de las tecnologías telepáticas que seguramente están por inventarse), sí permitía la reflexión profunda. Pero a la mejor se requieren menos condenas y más estudios o reflexiones. Distintos medios electrónicos han cambiado los límites entre la imagen y el lenguaje verbal. Aquí propongo que el problema no es que las imágenes sean irremediablemente imbéciles, sino que ese cambio en los límites provoca una ansiedad semejante a la que provoca el cambio de las fronteras entre lo público y lo privado. Es el mismo proceso: podemos atisbar la vida íntima de los famosos, y también de los ilustres desconocidos, en buena medida porque podemos ver sus fotografías (al grado que ha sido necesario legislar sobre ello con severidad creciente). Esas publicaciones, esos posteos, esos uploads, esos likes, esos reposts, son pequeños actos de poder que dan miedo porque tienen consecuencias. No es la primera vez en la historia en que ocurre una transformación así; el problema no es la profusión de imágenes y la decadencia de la argumentación; el problema es que han cambiado las reglas: ¿quién tiene derecho a ver a quién? ¿Quién tiene derecho a la palabra? ¿Hasta qué punto debo explicar esta fotografía o este video? ¿Qué tanto puedo apoyarme implícitamente en la profusión de consignas, explicaciones, chistes, dichos y comentarios que circulan de manera masiva? La reflexión de Sartori, bastante cuestionable, se refería a un mundo en el que la producción y distribución de las imágenes estaban centralizadas por las instituciones y los oligopolios (la RAI y Mediaset; la BBC y Rupert Murdoch; la Secretaría de Gobernación y Televisa). Eso es lo que más ha cambiado: la distribución de las imágenes está más concentrada que nunca, y las empresas de comunicación en internet hacen que las viejas televisoras parezcan cosa de risa; en cambio, la producción de imágenes y textos, la producción intermedial de iconotextos, se ha socializado ampliamente.
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En realidad es bastante raro que una imagen se produzca, circule o se interprete con total autonomía de cualquier discurso verbal. Por lo menos no ocurre así en la televisión, que no se calla nunca. En el extremo, las imágenes religiosas, que a veces son objeto de emociones muy intensas, no son independientes de lo verbal. Los devotos que les hablan, les hacen reproches, las arrullan o les escupen articulan su interpretación con plegarias, cantos o lamentaciones. Los museos aíslan las imágenes en forma relativa y los curadores muy exigentes se niegan a poner cédulas junto a cada cuadro —pero en esos casos distribuyen mapas para identificar las obras en el muro y casi sin excepción escriben catálogos muy prolijos y llenos de explicaciones. Considerar que la imagen existe con autonomía absoluta, como a veces hacían los viejos formalismos de la crítica de arte, lleva a algo que podríamos llamar “la teoría alienígena de la imagen”. Como en La guerra de los mundos, de H. G. Welles, hemos encontrado unos artefactos misteriosos que presumiblemente tienen propiedades temibles, pero que nos han llegado sin instructivo, por lo que sólo podemos tratar de adivinar cómo se utilizan. Esto tiene gran utilidad metodológica: las distintas disciplinas que estudian las artes visuales y las imágenes procuran con frecuencia que una parte de su análisis se refiera únicamente a lo que se puede ver. Pero una cosa es reconocer que la imagen no está subordinada jerárquicamente a otras formas de articulación simbólica, y otra muy diferente es postular que no tienen relación alguna con lo que se dice y escribe. En la historia social y en la historia política, la autonomía de las imágenes es más la excepción que la regla.
En cambio, términos como “homo videns”, “fake news” o “posverdad” expresan una nostalgia que no tiene mucho fundamento, pues parecen evocar una edad de oro de la retórica democrática: un tiempo en el que era imposible mentir y decir tonterías. Como en el caso de los desesperados intelectuales italianos de las últimas décadas, esa fantasía es resultado de la impotencia. Lo que se necesita no es la defensa de un sistema liberal purificado y completamente imaginario, sino una crítica de los límites de los sistemas constitucionales. Las imágenes han servido como metáfora de todo lo que está fuera de esa frontera; pero sería más razonable que el análisis comenzara a abarcar las porciones cada vez más grandes de la realidad y de las retóricas que se encuentran en ese más allá de las democracias. Las imágenes servirían bastante para un proyecto así.
Renato González Mello
Investigador en el Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM y miembro de número de la Academia de Artes
1 Sartori, G. Homo videns. La sociedad teledirigida, trad. Ana Díaz Soler, Taurus, Buenos Aires, Bogotá, 1998, pp. 43, 50, 96. Esto es consistente con su lamentabilísima descalificación de los estudios demográficos que en Estados Unidos critican la exclusión de las minorías de la política, la economía y la cultura.
2 Idem., p. 35.
3 Artigas Albarelli, I. Galería de palabras. La variedad de la ecfrasis, Universidad Nacional Autónoma de México, Iberoamericana, Bonilla Artigas, México, 2013.
4 Sartori, ob. cit., pp. 43, 50, 96.
5 Mann, T. La montaña mágica, Vitor Manuel Freitas Vieira, Milano, 2017, p. 265.
6 Croce, B. Estética como ciencia de la expresión y Lingüística general: parte teórica, ed. León Dujovne, trad. Manuel Belloni y Ángel Vegue y Goldoni, Nueva Visión, Buenos Aires, 1969, pp. 88–89.
7 “Giovanni Sartori”, institucional, Universidad de Guadalajara, consultado el 26 de mayo de 2021. “Entusiasma Giovanni Sartori a estudiantes y académicos de la UNAM”, institucional, Dirección General de Comunicación Social, UNAM, 10 de abril de 2007. Entre las reseñas, destaca la de Carlos Bravo Regidor, “Reseña de Giovanni Sartori. Homo videns”, Foro Internacional 38, núm. 2–3, 1 de abril de 1998, pp. 433–36.
8 “Calderón se reunió con Sartori”, La Jornada, 2 de mayo de 2011. “Explica Calderón reforma política aprobada a Giovanni Sartori”, Excélsior, consultado el 14 de noviembre de 2015. “Senado guarda minuto de silencio en memoria de Giovanni Sartori”, El Informador, consultado el 9 de febrero de 2020.