Huella indeleble del microrrelato

narciso

Narciso, el masoquista (Cuadrivio) es el sexto libro de Armando Alanís (Coahuila 1956), quien ha cultivado géneros como el periodismo, la reseña literaria, la novela, la microficción y el ajedrecismos con la misma intensidad que un pitcher de las grandes ligas. Escrito con una maestría en la ejecución del giro de tuerca, la frase macabra o el latiguillo sardónico, el libro está dividido en dos partes: “Ficciones súbitas” y “El hombre invisible”, de tal manera que el lector puede encontrar un escaparate de breves artefactos literarios. Ya sea en orden o abriendo y cerrando el libro de una forma aleatoria, todo aquel que entre en estas páginas va poder disfrutar de una rica muestra de las diferentes versiones que este género puede ofrecer, y no sólo eso, pues lo hará guiado por un auténtico especialista, como es Armando Alanís.

La microficción es un género fundamental porque está depurado de la retórica y de los elementos que puedan sobrar en la narración. Libre de prodigalidades inútiles, esta forma de ficción —y especialmente a la manera de Alanís— irrumpe en el tiempo y en la lógica del lector para insertar un breve paréntesis, aplica un hiato en la cotidianidad y muestra un fragmento, un viso, de todo un universo comprimido en unas cuantas líneas. A pesar de lo que uno pueda creer, el microrrelato no explora sólo una posibilidad, sino que permite acercar al lector a diferentes sensaciones que pueden ir desde el gozo erótico, el comentario filosófico o el humor negro. La contundencia de este tipo de cuentos permite experimentar las impresiones más disímiles, debido a lo cual es cercano a la poesía, al aforismo y al cuento de suspenso. Recuerdo que José de la Colina, en su libro Traer a cuento, citaba la frase de Hitchcock que señalaba que el suspense no es un recurso del cuento, sino que “es el cuento mismo”; me parece que de esta manera funciona el microrrelato, pues desde el primer instante al lector le es infligida una experiencia que durará lo que un parpadeo, pero que permanecerá en él durante mucho tiempo. Pienso en microficciones como “Sincera”:

Se mostraba tan amorosa y sonriente conmigo, sentada en mis rodillas, que me animé a preguntarle si se divertía tanto como yo.

—No, cariño —contestó—: aquí vengo a trabajar.

Esta microficción se inserta en un imaginario determinado, aquel del ingenuo y orgulloso visitante de un centro nocturno que cree por unos momentos que la bailarina disfruta por lo apuesto que es, pero que, con una frase reverberante de sinceridad, arroja al suelo su ego inflamado. Por esto no me parece una cuestión fortuita que se repita el título “Ficciones súbitas”, que Alanís había usado en un libro anterior, Fosa común, ya que la base del logro en la microficción radica en la rapidez con que se asimila el subtexto.

En uno de sus textos fundamentales, ¿Qué es la literatura?, Jean-Paul Sartre habla de la necesidad de entrar “d’emblée” al fenómeno literario, curiosamente siempre me ha parecido que la traducción exacta debería ser “entrar de súbito” al fenómeno literario. Entrar de súbito, ese adverbio tan sonoro de raíz latina que colma y habita las frases de numerosas películas italianas, como cuando en Los puños en los bolsillos, de Marcco Bellochio, un niño le pide permiso para ir al baño a su tutor, y él, juntando los dedos le responde: “¡Ma súbito!” (¡Pero rápido!).

Además, Armando Alanís también practica la microficción que nos puede conectar con géneros más allá de lo literario:

“Náufragos”
En la lancha a la deriva, a los doce náufragos les dio de pronto por reír a carcajadas. Pelaban los dientes. Estaban todos muertos.

Quizá sea en esta microficción donde podamos encontrar una muestra de otra versión del arte de Alanís, me refiero a la posibilidad de sugerir un episodio trágico, pero que no se regodea en el dolor, porque la imagen se materializa de una forma tan espontánea que uno puede imaginarse esa malhadada lancha con cadáveres, a la manera de aquel emblemático cuadro “La balsa de medusa” (1818-1819), del pintor francés Théodore Géricault. Si recordamos ese lienzo —donde aparece una tripulación de marineros moribundos y algunos completamente yertos, la cual busca desesperadamente llamar la atención de un navío que, a una distancia remotísima, pasa con plena inconsciencia de su situación— no podremos dejar de pensar en el microrrelato incluido enNarciso, el masoquista.

De cierta forma, algunos microrrelatos de esta obra se engarzan en la mitología, el imaginario o algún detalle de la vida cotidiana. ¿Cómo no verlo en un cuento como “Tedio”?:

Aburridos, ni los futbolistas ni el público ni el árbitro se dieron cuenta cuando el balón se metió en un hoyo. Siguió el partido, sin balón. No hubo goles.

O con “Enigma en el metro”:

El metro, repleto de gente, llegó vacío a la siguiente estación. Se desconoce hasta ahora el paradero de los pasajeros.

¿Cuántas veces no hemos sentido ese aguijonazo que da la imaginación al encontrarnos en plena calle con una situación absurda o que, con hacer un leve cambio, todo podría convertirse en algo sin ningún sentido lógico? Desde luego, no todos estamos preparados con un cuaderno y una pluma, como me consta que lo está Alanís, a la caza de esos instantes donde la paradoja detiene o revierte la normalidad de las cosas.

Es evidente que la tradición del cuento breve o microficción tiene un acervo muy vasto, que puede encontrar un antecedente en las fábulas, en los epigramas o incluso en la literatura oriental —como lograron mostrar Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares en su antología Cuentos breves y extraordinarios (1955), que no es la misma que la Antología de la literatura fantástica (1940), en la cual había participado previamente Silvina Ocampo) o en obras como El libro de la imaginación, recopilado por Edmundo Valadés, la cual dejó un ramillete de microrrelatos que son verdaderas obras maestras.

No es en balde que Armando Alanís complemente el tomo con la sección “El hombre invisible”, la cual podría ser una suerte de novela trazada a punta de pequeños golpes de espátula que nos narran la paradójica situación del personaje entrañable de H. G. Wells, el cual había tenido un calado tan profundo en el imaginario de algunos autores que, por ejemplo, el padre de Jorge Luis Borges, Jorge Guillermo Borges, dijera “Yo quisiera ser el hombre invisible…además lo soy”. Lo cual hacía un señalamiento de la contradicción de cómo, a medida que la modernidad iba ganando trascendencia, el hombre se volvía cada vez más irrelevante, al contrario de lo que habría sido el objetivo de que, con la modernidad, el hombre sería más importante y más feliz. Este tipo de narración que realiza Alanís, tal como sucede con el poemario de Francisco Hernández, Diario sin fecha de Charles B. Waite, muestra la manera en que se puede contar una historia a partir de los elementos más breves, de una economía de recursos que redundan en una fuerza expresiva a todas luces brillante.

 

Héctor Iván González
Autor de Menos constante que el viento.

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Publicado en: Ciudad de libros