Huecos, de Chantal Flores (Dharma Books, 2024) llegará en unos días a librerías mexicanas. Este libro es un relato coral. Cada pequeña viñeta e historia cuenta fragmentos de la vida de seis mujeres en México, Colombia, Bosnia, Kosovo y Serbia después de que sus hijos, hijas, esposos o hermanos fueran desaparecidos. “Ninguna vida es lineal. Nuestra propia memoria tiene baches y nosotras mismas recordamos hechos y circunstancias de distinto modo cuando le ponemos luz con el paso del tiempo. Esos puntos de vista nos cuentan la vida como es: emparchada. Este libro recoge esas vidas fragmentadas y construye un collage de la supervivencia. En sus retazos —y, por supuesto, en sus huecos y parteaguas— hay mucho sentido por descubrir”, escribe Chantal Flores.
A continuación presentamos la nota introductoria del libro a cargo de la propia autora y un par de aquellos retazos.

Notas de la periodista
Han pasado tantos años que el rumbo cambió tantas veces, así como ellas y sus caminos. Este libro inició donde el ojo no veía tumbas. Acá en el norte, donde nací yo, bastaba con cubrir mis ojos del sol reposando la mano en la frente y veía los pedacitos de huesos quemados desperdigados a lo largo de los ejidos y el desierto vasto y extenso.
Cuando llegué con ellas quería entender el dolor que origina la desaparición forzada, aunque después comprendí que lo más que podía hacer era mostrarlo y compartir lo que ellas me habían permitido ver. Al inicio, sólo lograba ver la superficie. La labor de decenas de familias que apenas se visibilizaba a raíz de la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa en Iguala, Guerrero, en el sur de México. Mientras los grupos de búsqueda iban encontrando fosa tras fosa, y se descartaba la posibilidad de que ahí estuvieran los restos de los estudiantes, una pregunta sobrevolaba en silencio: ¿Quiénes son ellos y ellas si no son los 43 normalistas?
Las búsquedas continuaron alrededor de todo el país. No era sólo Iguala, no era sólo Guerrero, como familiares de diferentes estados llevaban tiempo advirtiéndonos. En los siguientes años, me acerqué a tres colectivos de familiares de personas desaparecidas: Los Otros Desaparecidos en Iguala, Guerrero; Grupo Víctimas por sus Desaparecidos en Acción (VIDA) en Torreón, Coahuila; y Las Rastreadoras de El Fuerte en el norte de Sinaloa. Las jornadas de búsqueda eran largas y agobiantes. El calor extremo de las zonas, el imponente tamaño de las áreas de búsqueda —desiertos en Coahuila, cerros en Guerrero, campos de cultivo y más cerros en Sinaloa—, y la desolación de no encontrar al ser querido. Conforme pasaba el tiempo, los restos humanos se amontonaban en bolsas y cajas de cartón. Los familiares seguían buscando y encontrando, mientras las autoridades municipales, estatales y federales lucían sobrepasadas. México no podía con tanto desaparecido que había escondido.
En 2017, viajé a Colombia con la esperanza de encontrar soluciones. Me obsesioné con el uso de las ciencias forenses como una herramienta clave en la investigación de violaciones
de los derechos humanos. En papel, todo se ve tan bonito. Viajé a Bogotá, Medellín y Puerto Asís con la esperanza de encontrar un modelo a seguir, una fórmula para organizar tanto hueso y ahora sí nombrar a quién le pertenecían.
Entrevistar a expertos y visitar laboratorios forenses puede seducir a cualquier mente desesperada por darle sentido a lo que hasta ese momento aún creía era una investigación periodística. Observar restos exhumados de fosas clandestinas acomodados anatómicamente sobre una plancha metálica, como esas imágenes de esqueletos en los libros de texto de la primaria, generaba una adrenalina característica del periodismo. En ocasiones, te hace pensar que te estás acercando a lo que creías que estabas buscando.
Pero luego, lees la ficha de descripción: hombre, 27 años, muerte por proyectil. O caminas hacia la otra plancha donde están dos huesos amarrados con un cordón negro. Te regresas a noviembre 2015 cuando después de haber excavado unos sesenta centímetros en algún cerro de Iguala, miembros del colectivo Los Otros Desaparecidos encontraron una tibia y un peroné amarrados con un mecate. Era el cuerpo número 105. O regresas a Torreón cuando las y los integrantes del grupo VIDA separaban miles de restos calcinados y semi calcinados, muelas y dientes de la tierra árida. Huesito tras huesito.
En Colombia, aprendí el léxico: Justicia Transicional, Trato digno de restos humanos, Reparación, Justicia…Hasta que llegó el momento de hablar con ellas. Madres, que como en México, llevaban más años exigiendo la búsqueda de sus seres queridos, y enfrentando un entramado de violencias: despojo, abuso sexual, desplazamiento forzado, asesinatos extrajudiciales, desaparición forzada…
Regresé a México sin rumbo. Hasta que, en 2019, miré hacia el otro lado del mundo. De la antigua Yugoslavia sabía poco, pero me atraían los grandes proyectos de exhumaciones que se habían realizado después del conflicto de los noventa en Bosnia y Herzegovina. Pero no podía recorrer tantos kilómetros y sólo ver un lado del conflicto, así que también fui a Serbia y Kosovo.
Este libro empieza cuando dejé de esconderme en el periodismo y la ciencia, y me atreví a sentarme con las pausas que las ausencias traen. El dolor que se apodera del cuerpo después de pasar días escuchándolas a ellas y la rabia que se asienta en el estómago al regresar a la “vida cotidiana” que aún no ha sido tocada por la desaparición. Como pequeños rincones que se van separando de un territorio cada vez más fragmentado con la creencia de que no les va a tocar. Mientras yo me veía obligada a vivir en dos mundos donde el único hilo que me sostuvo es este libro que ahora comparto con ustedes. Lo que documento son los momentos en los cuales Mirna, Lucy, Margarita, Zekija, Valdete y Dragana, y las personas alrededor de ellas, me permitieron participar. Sin la confianza y paciencia que ellas me han tenido a lo largo de los años, este libro no hubiera sido posible. Son viñetas de los pequeños momentos de sus vidas de los que me dejaron ser testigo. Es mi intento de ir más allá de las estadísticas, del contexto político, de una guerra contra el narco que no es más que una guerra contra el pueblo. Es rescatar todas esas ausencias mientras se prepara ceviche en Mochis, o mientras se toma un café fuertísimo en Ilijaš. Las siguientes páginas son para ellos, los hermanos y padres que enfrentan estas ausencias en silencio, y para ellas que cada día redefinen lo que es ser madre.
¿Dónde está Iván?
Qué hacer cuando no se sabe
Las calles de Kosovo ya estaban vacías cuando las primeras tropas de la Fuerza Internacional de Seguridad para Kosovo (KFOR, por sus siglas en inglés) de la OTAN llegaron el 12 de junio de 1999. Al menos 800,000 personas, en su mayoría albano-kosovares, habían sido desalojadas o huido. Alrededor de 40,000 soldados de la KFOR le pedían a la gente que se quedara en sus casas.
—Creíamos en la seguridad conjunta y creíamos que debían proteger a los serbios, no sólo a los albaneses, sino también a los serbios —dice Dragana.— Nos sentimos seguros allí, especialmente porque no hicimos ningún daño a los albaneses y teníamos amigos albaneses. Así que nos quedamos. Yo estaba en contra, pero mi esposo quería quedarse allí porque todo estaba a salvo.
Poco después de eso, Dragana cuenta que soldados del Ejército de Liberación de Kosovo entraron a las casas por la fuerza, expulsando a la gente. La mañana del 13 de julio, dos hombres vestidos de negro rompieron la puerta de su apartamento y forzaron a la familia a abandonarlo. Agarraron rápidamente sus identificaciones personales y lo que pudieran llevar en sus manos. Dragana y su familia se refugiaron en el departamento de sus padres en Kosovo Polje, un poblado de unos 13,000 habitantes en las afueras de Pristina.
—Esos días estuve tratando de negociar con los albaneses, y con esa persona que entró en mi apartamento para tener un acuerdo de que podía quedarse allí pero que me diera algo de dinero para comprarlo. Que fuera un arreglo legal de alguna manera, pero no pasó nada— recuerda.
Dragana, una enfermera especializada, empezó a trabajar en un hospital en el departamento de cirugía hasta que uno de los doctores fue secuestrado. Fue una alerta: todos veían un aumento nada velado de la violencia contra los serbios. Dragana decidió
irse a Leskovac, uno de los centros económicos del sur de Serbia. Su esposo y sus hijos se quedaron en Kosovo Polje.
En la mañana del 19 de agosto, Dragana le pidió a Dragan Stefanović, un compañero de trabajo de su marido, que acompañara a su hijo Iván, de 17 años, a Leskovac para que iniciara la escuela. Alrededor de las 10 de la mañana, los padres de Dragana y su esposo despidieron a Iván, quien junto al colega de su padre se dirigieron en carro rumbo al área fronteriza de Merdare.
—Mi madre preparó para Iván todos los documentos que uno puede guardar en una casa: el contrato de nuestro apartamento, todos nuestros diplomas, los certificados, todo en una caja. Luego caja con joyas, su pertenencia personal y todas sus fotos— dice Dragana.
Pero Iván no llegó. Los teléfonos no funcionaban así que Dragana no podía comunicarse con su familia en Kosovo Polje. Pasó la noche en vela y, al amanecer, se fue junto a la esposa de Stefanović a Merdare. Le preguntó a la policía fronteriza que llevaba el registro de las personas que cruzaban la frontera si habían visto a su hijo. Ninguno cruzó, respondieron.
Al día siguiente los teléfonos ya funcionaban y Dragana llamó a sus padres. Le dijeron que probablemente se perdió en esa ruta. La familia inmediatamente fue a la unidad de investigación de la KFOR y denuncia la desaparición. Dragana informa al Comité Internacional de la Cruz Roja. A partir de ese momento, empieza una búsqueda intensa por Iván y Stefanović.
Un envase de yoghurt con frijoles de anteayer
Cómo empezar un nuevo día con la ausencia
Mirna no sabe qué desayunar. Su cuerpo reposa sobre la puerta abierta del refri, amarillado por los años. Son apenas las ocho de la mañana en Los Mochis, y el calor sofocante de Sinaloa en julio ya se empieza a reflejar en el asfalto de la calle. La sala no tiene aire acondicionado y el sol azota los ejidos como si deseara acabar con la última vida posible.
La mirada de Mirna está clavada en el interior del refri. Hay unos cuantos huevos, un toper de ayer, un envase de yogurt con frijoles de anteayer, pero ella no los ve: mira al vacío. La puerta sigue abierta; el zumbido del compresor aumenta y atraviesa ese silencio que ni el ruido más estrepitoso quita en la casa. Al final, la mujer se despega, suelta la puerta sin ganas. Libera una exhalación corta pero profunda: esa angustia no es el desayuno, sino Roberto.
Mirna supo de su hijo por última vez el lunes 14 de julio de 2014. Roberto ponía una mesa rectangular plegable entre la gasolinera y el OXXO que están en lo que antes era la entrada de la cabecera municipal de El Fuerte, un pueblo a hora y media de Los Mochis designado “mágico” por sus atractivos históricos y culturales. Sobre la mesita estaban los DVD’s, CD’s y USB’s con los éxitos del momento —cumbia, banda, y punchis punchis—. Roberto montaba y se sentaba a esperar a que alguien entrara al OXXO o llegara a poner gasolina. Cada semana, Mirna se enteraría días después, Roberto debía pagar $500 pesos de cuota a unos hombres que supuestamente eran de la procuraduría para que lo dejaran vender. Ese lunes, casi al final de la tarde, llegó una camioneta Explorer negra, y Roberto se acercó. Los despachadores de la gasolinera contarán después que Roberto dijo que ellos sí eran sus amigos antes de subirse. Jamás volvieron a verlo. Mirna se dedicó a buscarlo durante los siguientes tres años.
Mirna deja la cocina y, aun vestida con una camiseta negra añeja que usa de pijama, camina unos pasos arrastrando los pies hacia el sofá de la sala. Sus talones golpean el piso polvoriento; no ha trapeado en varios días. Se deja caer sobre un sofá verde boscoso que raspa como los pantalones de pana, y vuelve a agarrar su celular, que lleva pegado a su mano desde antes de que saliera el sol.
Mirna es una mujer alta y tenaz, de piernas macizas y brazos largos, y esa complexión encaja bien con su determinación personal. Apenas duerme. Las noches son una batalla entre el ruido mental y el agotamiento físico de buscar, esperar, y no encontrar. Horas antes en su recámara, acostada sobre la cama king size apenas cubierta con un edredón ligero —sin set de sábanas y una almohada desinflada— su rostro se iluminaba levemente con la luz que salía de sus manos. A un ladito, se veía una F grande en azul y blanco. El dedo buscando cualquier información: alguien que haya visto algo, algún dato que la guíe, algún punto donde excavar, otra esperanza de dar con Roberto.
Ya en el sofá, Mirna continúa esa búsqueda, pero poco después se distrae, un chistido sale de entre sus dientes y regresa al refrigerador como si fuera a encontrar algo nuevo. Saca un toper que almacena algo preparado quién sabe desde cuando. Esto ya no sirve, rezonga en voz baja, y tira por la tarja lo que alguna vez fue un guiso con salsa de tomate. Al otro lado hay trastes sucios amontonados y bolsas de plástico de la tiendita de la esquina.
Vuelve a abrir el refri, saca la leche. Tengo que limpiar, murmura mientras el chorro golpea el fondo del vaso de vidrio. Mirna toma un sorbo del vaso mientras observa por la ventana un remanente del sosiego del amanecer. El ruido esporádico de los carros podría proveer alguna sensación de paz, pero aquí adentro se siente como un estancamiento. Mirna clava su mirada en algún punto de la calle que apenas se deja ver por la ventana de la cocina. No es la única en la colonia que ha abandonado lo mundano del desayuno o los trastes limpios: a otra vecina también le tocó buscar, pero tuvo suerte, como dicen acá, y a los dos días encontró el cadáver y enterró a su esposo. En eso se ha convertido la suerte en Mochis: en tener un cuerpo para enterrar, no un ser querido al que abrazar.
Mirna toma otro sorbo, y su mirada vuelve a ella. Regresa a la sala y se deja caer otra vez en el sofá. Una pierna descansa sobre el respaldo, tocando intermitentemente la pared fresca con los dedos del pie, mientras el dedo índice se desliza rápidamente por la pantalla del celular buscando algo. Pasan los minutos, los segundos, y los minutos otra vez. Ya me tengo que bañar, dice, pensando en voz alta. Alguien tiene que buscar a Roberto. Deja el vaso vacío sobre la barra junto a la tarja y camina al baño a, de algún modo, iniciar el día.