Heroínas olvidadas

Tal vez el tiempo sea la única adversidad a la que no podremos vencer, no solo cambia nuestra apariencia, sino que sutilmente modifica nuestra conciencia y a pasos agigantados nos induce al olvido. Olvidamos no sólo para dejar atrás lo que nos hiere, sino también a lo que debiéramos recordar siempre, para eso creamos instrumentos que auxilien a la memoria, como la pintura, la escritura, la fotografía, los planos, los libros, y ahora a cientos de artilugios cuyo único fin es hacernos memoriosos.

Todavía existen monumentos cuya orgullosa dedicatoria proclama:  “A la memoria de …”, como suplicando: “No olviden a …”, pero ni eso basta para recordar por siempre. La historia olvidada sobrepasa a la que aun recordamos, y ésta poco a poco se olvida. Existe un puñado de mujeres extraordinarias que han sido olvidadas, nadie las recuerda y nadie las honra, a pesar de la enorme importancia de su paso por este mundo, mujeres que cambiaron a la humanidad y que nos abrieron de par en par las puertas a la radiante luz de lo que ahora somos.

No me refiero a las que vistieron el brillante yelmo del guerrero como Juana de Arco; ni a las que reinaron para cambiar el curso de la historia como es el caso de las reinas Isabel de España e Isabel I de Inglaterra, no, no me referiré a estas grandes mujeres, sino a otras que actuaron discreta pero eficazmente, guiadas por su instinto, por su avidez de saber y de comprender, por su cultura, por su fortaleza y por su valentía personal.

A este grupo de mujeres pertenece Aspasia, que vivió en el siglo quinto antes de Cristo, el “Siglo de Pericles” y la época de oro de Atenas. En esos pocos años coexistieron Sócrates y Platón, además de Anaxágoras y los historiadores Herodoto y Tucídides, los escultores Fidias, Mirón y Policleto, el gran arquitecto Hipódamo de Mileto los grandes escritores Esquilo, Sófocles, Eurípides y el ácido Aristófanes. Tanta grandeza de un pueblo en particular debiera provocar esta pregunta ¿Qué fue lo que ocasionó toda esta profusión, a qué se debe que existieran tantos hombres extraordinarios y que se inventaran y recrearan tantas y tan grandes ideas?

La respuesta, es que esto ocurrió gracias a la creación de un “público” que apreciaba las artes y la filosofía. En esa época como en cualquier otra, el público fue indispensable para estimular la creatividad de artistas y filósofos, incluso de los científicos modernos (hoy en día). En esa centuria los atenienses aplaudieron y recompensaron a sus extraordinarios arquitectos, escultores, filósofos, a sus poetas, educadores, ensayistas y escritores de todos los géneros, y por cierto que sin ese gratificante estímulo la Filosofía no hubiera salido de la ingenuidad en que la dejaron los jonios y Atenas no hubiera pasado de ser un pueblo de rudos guerreros y laboriosos campesinos y artesanos. Para los refinados atenienses de esa Edad, escuchar a Sócrates y leer a Platón y a Aristóteles fue parte de sus vidas. En esa época, las familias helenas se esforzaban por enviar a sus hijos a estudiar con los filósofos o con los sofistas, y gracias a esta costumbre los artistas y los filósofos pudieron vivir dignamente del trabajo intelectual.

Bouliard_Autoportrait-en-Aspasia copieEse ambiente no fue producto de la casualidad, en parte, fue gracias a Aspasia de Mileto, la hetaira y probablemente la segunda esposa de Pericles, que utilizó su influencia y poder con el grande de Atenas para dar aprecio y prosperidad a los filósofos y a los artistas. Su paradigmático esfuerzo  no fue ignorado, Aspasia fue reconocida y honrada por Platón, Jenofonte y Plutarco, quien escribió sobre ella:

“…fue altamente valorada por Pericles debido a que era muy inteligente y astuta en la política. Después de todo, Sócrates la visitaba algunas veces, trayendo consigo a sus discípulos y sus amigos más íntimos traían también a sus esposas para que la escucharan, y ellos a pesar de que Aspasia dirigía un establecimiento ni respetable ni ordenado …”

Es lamentable que la Atenas de Aspasia fuera una momentánea llamarada de brillantes ideas y talentos, sin embargo ese espléndido momento bastó para que la humanidad se refundara. Atenas fue derrotada y saqueada, primero por Esparta y después por los romanos. Nunca la humanidad ha sufrido otra derrota comparable y por ella debimos pagar el elevado precio de once siglos en la penumbra, hasta que otras “aspasias”, hasta que otras mujeres como ella vinieran al rescate.

 

Fue en el siglo XVII, cuando los déspotas gobernaban Europa en nombre de un humanismo secular que los colocaba por encima de cualquier código moral o divino, se justificaban con la filosofía que encierra la frase “El Hombre es el lobo del hombre” proclamada por Tomas Hobbes, para quien el “Vicario de Dios” en la tierra sería únicamente el Rey, quien por esa condición tiene el deber de dominarnos y esto para nuestro propio bien. Los monarcas absolutos se dieron a la tarea de gobernar para el pueblo, pero sin el pueblo, dispusieron de sus súbditos como si fueran muebles. Fue el siglo de los “filósofos de la naturaleza”, a los que ahora llamaríamos “científicos”, y sus descubrimientos e ideas cambiaron nuestra visión del universo, ellos fueron Galileo Galilei, Isaac Newton, René Descartes, Gottfried Leibniz, Spinoza, Johannes Kepler, Blaise Pascal, Christian Huygens, Torricelli, Anton van Leeuwenhoek y William Harvey.

En la perspectiva del despotismo absoluto, los nuevos aportes científicos justificaban la explotación del hombre, a fin de cuentas no era más que otro animal. Para poner fin a esa inicua explotación que incluso reinstauró a la esclavitud, sería necesario unir a la Ciencia y  a la ilustración con la humanidad en otro plano, pero para que esto ocurriera era indispensable que el pensamiento colocara a las nuevas “ciencias” al servicio de la humanidad, y no se convirtieran en instrumento de mayor opresión. Para ello, las ciencias tendrían que convertirse en doctrinas sociales y políticas para que liberaran y al mismo tiempo protegieran a las personas. Pero nadie se preocupaba por poner fin al despotismo adueñado del saber, la burguesía quería conservar sus nuevos privilegios y tomaba ventajas económicas de su ascenso social y político, la nobleza que aún disfrutaba de un poder casi absoluto, por diversión departía en los “salones” dirigidos por anfitrionas ricas y que patrocinaban a burgueses plebeyos, solo por la novedad y atrevimiento de sus extraordinarias ideas.

La Marquesa de Rambouillet, propietaria del parisino “Salón Azul” del Hotel de  Rambouillet, abrió las puertas a burgueses comunes y corrientes, a escritores y pensadores sin fortuna para que departieran con la nobleza, que apenas los toleraba como parte de la diversión mundana que tanto deseaban. A la Marquesa de Rambouillet le sucedieron las marquesas de Lambert y la de Deffand con salones donde los invitados eran nobles ilustrados y burgueses adinerados, pero donde ciertos plebeyos  de grandes ideas tenían una presencia regular y eran las estrellas en todas las reuniones. Finalmente llegaron Madame Tencín, Mademoiselle de Lespinasse, Madame Helvetius, Madame Geoffrin y Madame Necker, quienes ya no eran mujeres de la nobleza, sino simples burguesas, que promovieron a la intelectualidad, democratizando totalmente sus salones. En estos salones por primera vez, la única nobleza fue la del talento y del ingenio. Como escribió Chauncey Tinker:

“El ingenio, el intelecto y la personalidad, más que el nacimiento noble, se convirtieron en la clave para el éxito social”.

Los salones presididos por sus tenaces anfitrionas exigieron que los filósofos se hicieran más ingeniosos, atrevidos y graciosos, Denis Diderot dijo:

“Las mujeres nos acostumbran a discutir con encanto y claridad el tema más árido y espinoso. Hablamos con ellas incesantemente, deseamos que ellas escuchen; tenemos miedo de cansarlas o aburrirlas; por lo tanto desarrollamos un método particular para darnos a entender fácilmente y esto pasa de la conversación al estilo”

Los salones franceses empujaron grandes transformaciones, cambiaron la forma de redactar para volverla más agradable, promovieron a los filósofos que proponían DeTroyideas novedosas o revolucionarias y además las anfitrionas no estaban interesadas en las obras ya terminadas, sino en los proyectos de todo tipo con ideas nuevas y atrevidas, así que los creadores, los revolucionarios y los que urdían nuevas sociedades y gobiernos, fluían a los salones en busca de sus iguales, en busca de personas sensibles y que compartieran los mismos afanes, quienes además de fraternizar con sus iguales, lograban el éxito personal si estaban dotados de genio.

Si en el siglo XVII los salones iniciaron tímidamente entreteniendo y divulgando ideas, descubrimientos e inventos para el goce de los nobles ilustrados, para el siglo XVIII se convirtieron en academias para moldear a la sociedad. Las ideas expuestas y discutidas en los salones por Claude-Adrien Helvétius, Voltaire, Montesquieu, Jean-Jacques Rousseau, Denis Diderot, Jean d’Alembert, conde de Volney, Destutt de Tracy, y Pierre-Georges Cabanis, e incluso con la presencia regular de David Hume, Walpole, Gibbon, Sterne, Priestley, y de los norteamericanos Thomas Paine, Benjamín Franklin y Tomás Jefferson, cambiaron a las sociedades más influyentes del mundo.

En su afán por transformar a la sociedad no solo fueron anfitrionas, sino promotoras activas y agresivas, Marmontel vivió años en la casa de Madame Geoffrin quien gracias a su esfuerzo logró que fuera electo miembro de la Academia Francesa, Madame Tencín logró que Marivaux ingresara en ella, Montesquieu también ingreso pero gracias a Madame Lambert y Jean d’Alembert fue secretario de la academia gracias al esfuerzo de Madame Deffand. En el salón de Madame Geoffrin se concibió la idea de la Enciclopedia y cuando el proyecto naufragaba por falta de recursos para su publicación, la misma Madame Geoffrin proporcionó las 2,000 libras que costó su primera edición.

La Revolución francesa en su afán de extirpar al antiguo régimen, no supo distinguir y desaparecieron los salones y de sus anfitrionas no existe un dato exacto de su destino. Hoy estas mujeres han sido cruelmente olvidadas, su gracia, su talento y su perseverancia valdrían por si solas para que las recordáramos, pero además incubaron y contagiaron el germen de la igualdad y de la nobleza del mérito. Llevaron las ideas científicas a un escenario donde se transformaron en ideas sociales y políticas. Fundaron las primeras academias democráticas para todos y no solo para nobles o burgueses adinerados.

No existen monumentos a las anfitrionas de estos salones, no existen columnas que honren su memoria, no existen paredes con sus nombres en letras de oro. No, no existen; pero donde quiera que esté Aspasia de Mileto, las marquesas de Rambouillet, de Lambert y de Deffand, Madame Tencín, Mademoiselle de Lespinasse, Madame Helvetius, Madame Geoffrin y Madame Necker. ¡Gracias!

 

Bibliografía

Fuente principal y suficiente.

Sobre Aspasia:

  • Taylor Caldwell.- GLORIA Y ESPLENDOR: Glory and the Lightning. Traducción: Ediciones Grijalbo, S.A. Edición 1983.
  • Plutarco.- Vidas de Plutarco. Capítulo “Vida de Pericles” Gutenberg Project.

Sobre los salones franceses:

  • Lewis A. Coser.- Hombres e ideas. Fondo de Cultura Económica. Edición 1968.
  • Barbara Caine y Glenda Sluga.- “Género e Historia. Mujeres en el cambio sociocultural europeo de 1780 a 1920”. Narcea. Edición 2000.

En francés sin traducción al castellano de Google Books y solo accesibles en partes publicadas:

  • Roger Picard.- “Les salons littéraires et la société française, 1610-1789” New York: Brentano’s, Edición 1943.
  • Jules Bertaut.- “La vie littéraire en France au XVIIIe siècle” Ed. J. Tallandier. Edición 1954.

 

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Publicado en: Crónica

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