Hermenáutica o la literatura como bitácora


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Este texto fue leído en la presentación de Hermenáutica de Luis Bugarini.

 

Antes de empezar debo comentar que, a pesar de que hace bastante tiempo que lo leo como crítico, tiene poco que Luis Bugarini se me reveló como un narrador bastante interesante con su breve novela Estación Varsovia, la cual inaugura su trilogía Europa, compuesta por Memoria de Franz Müller y Perros de París (Sediento editores, 2014). Me parece que no es casual que Hermenáutica y su trilogía mantengan un hilo conductor compuesto por ciertos ambientes provenientes de Europa del Este. Con ellos Bugarini invita a su lector a recorrer, más que un itinerario turístico, diferentes estados del alma que producen los monumentos centenarios, ciudades grises y empedradas, compuestas por calles donde el silencio invita a la introspección más obsesiva.

Compuesto por cinco apartados críticos, de los cuales sólo tocaré algunos, Hermenáutica inicia con una disertación sobre la crítica, a la cual califica de ser “la forma superlativa del ejercicio lector”. Me parece que esta definición es un acierto pues todo aquel que se disponga a estructurar su criterio para criticar una obra literaria apela a elementos comunes con su público y debe hacerlo reuniendo todo su bagaje cultural durante la lectura. La afición particular de escribir sobre libros ajenos es un acto de generosidad por parte de quien se prepara a dialogar con las ideas del autor, pero que también lo hace con sus silencios, con sus prioridades, con sus ritmos y, aunque sean veladas, con sus conclusiones. Particularmente, ahora que hay mucha gente que se dispone a escribir reseñas así porque sí, valdría la pena retomar algunos elementos de lo que implica escribir crítica, algo más que hacer relaciones públicas, algo diferente que dar golpes bajos y algo antitético a simplemente compartir impresiones inmediatas. A lo largo de Hermenáutica encontraremos mucho del criterio de Bugarini, las ideas que ocupan su mente y las propensiones y proclividades que lo llevan a interesarse en los autores convocados en esta obra.

Por ende, en su apartado “Cuarenta disparos críticos”, Bugarini expresa una suerte de “Declaración de principios” que refrenda su ética literaria y crítica. Celebro que presente su postura, me gusta que exprese su versión y no una especulación en esta época en que a tantos críticos y académicos les entusiasma especular infinitamente logrando así sólo un boxeo de sombra o un soliloquio con miras a nada. En esta enumeración, el autor apela a algo que le interesa, la fragmentación casi aforística en lugar del discurso articulado. Atraído por Lichtenberg y la concisión de sus ideas, vemos a Bugarini establecer una suerte de elogio del vestigio intelectual, por medio del cual expresa su criterio de la valía de la crítica. “El crítico es un exégeta minucioso: analiza, compara, detalla y luego se lanza al vacío. La crítica nace de ese salto”, nos dice el autor.

Es de llamar la atención la búsqueda que mantiene Bugarini por concretizar sus ideas por medio de la escritura. Me lo puedo imaginar perfectamente con su estilográfica y un cuaderno, porque el autor escribe a mano, con fruición, elucubrando, exhumando, de su ser sus intuiciones de qué y hacia dónde debe ir la crítica como ejercicio. De soslayo me recuerda al joven Alfonso Reyes, quien ya desde su Cuestiones estéticas se devanaba el cerebro para perfeccionar una versión acuciosa de la definición de crítica literaria.

En el apartado “Utópicos”, Bugarini trata de cerca a autores que están a caballo entre la filosofía y la literatura. Escritores emblemáticos como Gaston Bachelard y George Steiner, quienes han aportado análisis interesantísimos a propósito de la interpretación poética, la traducción o la forma en que se compone el imaginario de la cultura occidental.  Desde esta primera parte, ya se va perfilando el tenor que tendrá el libro, la extrema curiosidad con la que es vista la cultura literaria y el rigor de buscar la lógica pertinente entre las innúmeras referencias; de la misma manera, ha evadido los dos problemas del crítico, la sobreinterpretación y la insensibilidad para notar sutilezas. La escritura de Bugarini es cuidada y cuidadosa al punto que elude el adjetivo enfático. Llama la atención, en Hermenáutica, la ambición, el apetito, por incluir numerosos elementos para representar lo que se está abordando. Como botón de muestra se podría citar, cuando habla del destino imprevisto de algunos prólogos, el momento en que menciona el “Prefacio a Shakespeare”, del Dr. Johnson, que de ser un prólogo inicialmente, empezó a vivir una vida independiente del corpus shakesperiano.

En “Atípicos”, quizá la parte más recia del tomo, Bugarini muestra su erudición respecto a autores como Walser, Sebald, Bernhard, Vila-Matas, Pitol o Claudio Magris. Me interesa particularmente su facilidad para convocar autores, casos literarios y obras que van festoneando un carácter que los vincula. En algunos momentos, me parece avasallante la cantidad de lecturas que exhibe. Llego a preguntarme si Hermenáutica es un libro para escritor. No forzosamente, aunque quizá sea para escritores agazapados, es decir, cualquier lector que sienta curiosidad por saber más sobre sí mismo como lectores. A lo largo de estas páginas, surgen en mi memoria libros recientes como El fuego que camina, del poeta Jorge Fernández Granados, donde se detalla la trascendencia de varios poetas mexicanos, y también surgen libros clásicos, como George Steiner en “The New Yorker”, editado por Robert Boyers, donde se recoge el trabajo que tuvo el polígrafo franco-alemán en esta publicación. Asimismo, debido a cierta perspectiva, me recuerda un libro imperdible Confianza y sospecha. Una pregunta sobre el oficio de escribir, de Gabriel Josipovici, ya que ambos autores aportan una obra central en la reflexión sobre el ejercicio literario a partir de sus autores tutelares.

Decía Baudelaire, en su Salón del 46, que la crítica debe abrir nuevos horizontes; en ese sentido creo que Bugarini cumple con el cometido ya que aviva en el lector un interés por una serie de literaturas inusitadas en nuestras latitudes hasta apenas algunos años.

Sin embargo, también hay aspectos que me gustaría observar más detenidamente, ya que Bugarini insiste en que la literatura no debe ser interpretada desde aspectos políticos, psicoanalíticos ni sociológicos, con lo cual estoy de acuerdo, pero, de momento, me encuentro cierta reiteración a darle importancia a los premios como el Nobel o el Príncipe de Asturias, cuando éstos son un laudo más político que literario. “La literatura yugoslava ganó notoriedad al iniciar los años sesenta, cuando Ivo Andrić fue laureado con el premio sueco en mil novecientos sesenta y uno por Un puente sobre el Drina (1945). A ese reconocimiento mundial se unieron Miroslav Krleža, Milosš Crnjanski, Danilo Kiš y ahora Milorad Pavić” (p. 75), nos dice Bugarini. Quizá, como argumento, no tengo reparo, no obstante, como tratamiento literario siento que me hubiera gustado más ejemplos de esta literatura. Y es que, ¿no se trata de una interpretación sociológica más que literaria tomar en cuenta el palmarés de algunos autores?, especialmente si podemos recordar escritores que nunca recibieron este tipo de galardón. Me imagino que puede ser una puntualización para fijar al autor en un mapamundi que sea significativo, hasta cierto punto, para el lector: este autor es reconocido o no, este escritor vende o no lo hace. Me parece que preferiría la presentación de algunos ejemplos de lo que describe el autor con su estilo por demás puntual. Pensando que el libro ya iba a encontrar su versión física, dejando así su estadio de ensayo en revista, podría haber preparado una exposición de algunos párrafos representativos.

También me interesa la recurrencia de Bugarini a mencionar, con un tanto de descrédito, al compromiso literario, ya que constantemente hace alusión a que algún autor rehuyó el compromiso político. Debido a esto me surge una duda, ¿es que no fue un compromiso político la postura de varios de los escritores que enfrentaron el bloque soviético o la dictadura polaca o albanesa? El compromiso o engagement, al menos en la versión sartreana, es una postura libertadora; lamentablemente muchas veces se malinterpreta al compromiso como el supeditar la literatura a la conquista del socialismo, sin embargo, el compromiso es en realidad una búsqueda de la libertad. Y la libertad, que no puede ser una pura generalidad, debe ser buscada en contexto, libertad frente al racismo, libertad contra las clases, libertad frente a la política coercitiva. De tal manera que los autores que, desde su fuero interno, experimentan la necesidad de narrar la estupidez de su medio, las triquiñuelas discursivas o las cesuras a toda lógica, como son las tiranías, las desapariciones o los genocidios, están siendo autores comprometidos. Tomando esto en cuenta, debo agregar que la literatura comprende en sí misma una búsqueda de formas peculiares, únicas, las cuales la diferencian de las literaturas ancilares. Es por esto que cuando leo Hermenáutica siento que, por momentos, estoy entendiendo lo mismo, salvo por algunos términos que parecieran no estar del todo claros entre escritor y lector. Debido a esto, a veces, percibo un tono que se podría interpretar un tanto conservador, pero que es, en realidad, profundamente legalista. La perspectiva que intuyo en Bugarini descarta la crítica anticapitalista, antisistémica, o la crítica a partir de lo que no es la literatura que convoca en estas páginas, a lo cual Hegel llamaría una crítica destructiva. Por el contrario, Luis Bugarini habla constructivamente. No puedo dejar de notarlo debido a que en esta obra no aparecen los elementos que Bugarini combate sino es puramente de soslayo. Quizá, si a esta obra se le pudiera pedir algo, dentro de la rica muestra de diferentes literaturas, despliegue de erudición, sería una muestra de lo que repele como crítico y como narrador en la literatura del siglo XX y XXI. Una muestra del Bugarini más mordaz lo podemos encontrar en una página como esta:

Es posible leer el siglo veinte como un hito lamentable por lo que hace al grado de perfección que es posible alcanzar para destruir al adversario. La arena política se erigió como el gran teatro del mundo en el cual atestiguamos, con la mayor perplejidad imaginable, la representación continuada de mecanismos al servicio de la degradación. Las nuevas tecnologías se asumen por derecho pleno como un nuevo eslabón digital para preservar este desfile de colmos. Para ilustrar al vuelo figuran el juicio sumario y posterior ejecución de Ceausescu y su esposa, el ahorcamiento mal grabado de Saddam Hussein o los misiles teledirigidos con visión nocturna contra objetivos civiles de las últimas guerras —operados cual si fuesen un videojuego. Esto ya forma parte de esta radiografía patológica de nuestro consumo multimedia habitual.

Así, las formas del horror se estacionan en la normalidad y ésta se altera aunque no logra replantearse en el debate público. Se abandona la reflexión sobre las desproporciones en el ejercicio del poder para arrellanarse en el sillón, abrir las palomitas de microondas y consolidar la creencia de que toda vez que ya votamos somos parte ipso facto del mundo democrático. Pero las tentaciones del poder deben estar en alerta constante. Esa bandera siempre es roja, con independencia de las mareas. Acaso la narrativa de Ismaíl Kadaré (Albania, 1936) sea de las últimas que se confiesa incapaz de abandonar esta reflexión, y con cada entrega confirma su lugar como una denuncia tenaz de los peligros de la dictadura. En su obra la incredulidad gana un sitio de privilegio, lo cual se traduce en higiene social.

Debido a esto, considero que las páginas que dedica a Bernhard y a Ismael Kadaré me perecen una confesión de preocupaciones estéticas personales que implican a Luis Bugarini éticamente. A mi modo de ver, Hermenáutica no es una cartografía, es una bitácora, en la cartografía conocemos los archipiélagos, las penínsulas o los islotes de forma teórica. En la bitácora, vida y geografía se hermanan en quien ha surcado esos mares. Por esto, puedo decir que Luis Bugarini ha logrado, en Hermenáutica, un dietario personal al que recurriremos para contrastar nuestras opiniones cuando nos enfrentemos a esta larga lista que el autor nos pone en bandeja de plata. Es un libro incómodo para quienes leen desde el conformismo comercial, pero también es un libro que rompe el dique para quienes no se atreven a explorar nuevas literaturas o rehúyen el encuentro con campos donde las sociedades son diametralmente distintas a las nuestras, Japón, Albania, Polonia o la Rusia de la II Guerra Mundial se vuelven más inteligibles a partir de las páginas que nos presenta Hermenáutica, de Luis Bugarini.


Luis Bugarini, Hermenáutica, Abismos Casa Editorial, México, D. F., 2014.

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Publicado en: Ciudad de libros