El rito como límite a la animalidad del hombre
“El individuo aislado siente cómo su existencia,
Su felicidad, la de su familia y la del estado,
El éxito de todas sus empresas, todo esto depende
De esos actos arbitrarios de la naturaleza.”
Nietzsche
La actualidad tiene sus rituales ortodoxos y paganos, como cualquier otra época de la humanidad, pasada o futura. Las formas en las que cada hombre se relaciona con la naturaleza y la cultura varían, más aún con la idea del arte y lo Sagrado. Pero aunque el pasado y la historia tendrán siempre su peso, el inicio del siglo XXI plantea otra realidad, hoy mayormente por descubrir. Evidencias de ella son la propia evolución cultural y tecnológica, llevándolo más allá de lo darwiniano, rompiendo su cadena animal. Cada vez se acerca más el día en el que morirá el último hombre del siglo XX.

Hermann Nitsch escribió una partitura que se interpretó en el Museo ExTeresa Arte Actual, a unos pasos del Templo Mayor, el viernes 27 de febrero. Fuera, hombres y mujeres bailaban danzas prehispánicas como en una cierta complicidad tribal. La música fue la forma de superar la censura de la que el “accionista” fue objeto. Era justamente la misma censura que padece cualquier artista al que se “le cierran espacios” o se le niega la libertad de expresión. Su propuesta logró rebasar esta censura gracias a sus bases en una estética moderna: sorprendiendo por su grandiosidad, como la idea de lo sublime según Kant, o por exponer la música como el arte supremo, capaz de superar dialécticamente como en Hegel toda negación. Cercano a la belleza como concepto separada casi por completo de lo sensible de la representación. El arte de Hermann Nitsch está más cercano a lo clásico de lo que aparenta. Ahí tiene sus bases, las cuales busca reformular en muchos aspectos con influencias como la de Brecht y Artaud sobre el teatro, la audiencia y las formas en las que el espectador participa de la creación. El Accionismo es una propuesta artística de ruptura con gran auge durante los 60 y 70 que, mediante el uso del cuerpo y en escenarios de cierta violencia real o simbólica, volvía a plantear la idea de arte. Hoy en día puede verse en el performance su influencia vigente.
En el Ex Teresa la obra de arte no fue para la vista. Las redes sociales lucharon desde la seguridad del anonimato para que Nitsch no fuera visible. Sin embargo, ese contexto de censura digital, de retroceso mediático, fue ya en sí mismo un resultado del Accionismo: mostró el estado del Arte. La caterva que quiso impedir la expresión se expuso irónicamente como una turba digital en otra forma de ritual. La manera de responder a ese caos fue la música, por momentos igualmente caótica y desconcertante pero dando una respuesta. Tocó una emoción que –prelingüística o estuviera más allá del lenguaje– sublimó el retroceso de las negaciones sin necesidad de oponerse directamente a ellas. Hermann Nitsch ofreció en la capilla del Señor de Santa Teresa una sinfonía que se apoderó de las grietas en los arcos y paredes enmohecidas. Transgrediendo con cada nota los límites y ataduras, fue como si oficiara Frederich Nietzsche una misa de cuerpo presente por la Muerte de Dios en San Juan Chamula.
El concierto fue interpretado por cuarenta músicos del Conservatorio Nacional de Música y dirigido por Andrea Cusumano, colaborador de Nitsch desde finales de los 90 y director del Orgien Mysterien Theater, idea desarrollada por el accionista vienés para sintetizar todas las artes Gesamtkunstwerk (trabajo de arte total). Giuseppe Morra, director del museo del artista en Nápoles señaló en la charla previa al evento, el cierto paralelo que existe entre Nitsch y Artaud, tanto por el acercamiento a los rituales y cosmogonías mexicanas, como por el replanteamiento que ambos hacen de la experiencia teatral, cosa que se haría evidente durante el concierto. El público fue rodeado por la música que era interpretada, tanto al frente por la orquesta, como por los metales que estaban a espaldas en la parte superior de la capilla. El director giraba en ambas direcciones replanteando la idea misma del escenario y el lugar del público en el espectáculo.
La pieza tenía una estructura sinfónica clásica, con sus cuatro movimientos, y fue ejecutada por una alineación standard acompañada de un sampler, silbatos y matracas. Inició con un tema de notorio color mexicano que se repetía y variaba hasta quedar diseccionado y perder incluso la armonía, separando los componentes de cada acorde entre atonalidades y minimalismos. Diversos ambientes sonoros se fueron sucediendo, hilados por momentos explosivos o de introspección, logrando que la orquesta consiguiera en sus instrumentos sonidos inusuales. La música fue capaz de detonar emociones diversas e incomprensibles en cada oyente como el reflejo del mundo externo, por momentos igualmente diverso e incomprensible. El tono apuntaba hacia lo trágico pero planteaba también diferentes salidas, algunas más positivas que otras pero siempre catárticas para el oyente que lo permitiera.
Los efectos de intensidad de la vibración de las percusiones o la emotividad de los metales generaron un ambiente, tanto de un pasado arcaico, como de un futuro extremo, y recordaban el filme mostrado en la charla de la tarde de una “Acción” realizada en Cuba en el 2012. Como en un mundo postapocalíptico, la pantalla ocupaba el lugar del retablo en el templo rodeado de bocinas. En la pantalla se revivían rituales como la crucifixión y sacrificios, iniciaciones, fertilidad y cosecha. Al terminar la música dentro de la “Acción” se escuchaban sones cubanos y luego Hermann Nitsch abordaba un Mercedes Benz con las banderas diplomáticas de la Embajada. Cuba abrió las puertas a su propuesta artística. En México, en cambio, la censura quedó expuesta como uno más de los rituales de la actualidad, atrayentes para muchos en su obscenidad e impidiendo la visibilidad; entre ella Avelina Lésper en “El Cinismo de la Crueldad”, que hizo su aparición tardía, incluso después del concierto. Repitió con sus palabras los lugares comunes que muchos otros habían dicho con un tono más dramático, señalando por ejemplo que “Nitsch y sus supuestas Orgías “Dionisiacas” son un invento que carece de bases documentales”; y sin embargo, dice sí haber presenciado en el 2011 uno de sus performances en Nueva York. No se debe cerrar la puerta al arte en México para aplaudirlo en cambio en el extranjero. La censura disfrazada de crítica no tiene voz propia y aunque se repite como un eco no modifica en nada al arte contemporáneo.
Éste, sin embargo, es el escenario en el que una propuesta artística genuina también puede seducir mejor a los espectadores. La censura en masa, monódica como un coro griego, es una parte casi protagónica de la tragedia. Se está llevando a cabo otra Acción en la que muchos se lamentan por un arte que no han observado, por la muerte de animales que no mueren ahí ni tampoco están más o menos muertos que los que se compran en un supermercado. Es como si se lamentara la muerte de la propia animalidad del hombre. Poco importa el ritual de sacrificio del hombre frente a estos defensores de la animalidad que, o no quieren romper esa cadena, o tal vez creen que impidiendo el sacrificio simbólico y negando al arte, se dejará de derramar sangre en el mundo real.