Héctor Aguilar Camín, historiador

Me da mucho gusto estar aquí esta tarde para platicar con ustedes sobre Héctor Aguilar Camín y el arte de historiar.

Antes de iniciar esta conversación quiero agradecer al Tec de Monterrey, a la Feria Internacional del Libro y a Consuelo Sáizar la invitación a participar en esta celebración con amigos y colegas muy queridos. Las confidencias que hemos escuchado estos días a propósito de la experiencia personal que cada uno de los participantes ha tenido con Héctor Aguilar sugieren que él es siempre el mismo, aunque no siempre hace lo mismo. Muchos somos los que nos hemos beneficiado de su inteligencia, de su agudeza, de su creatividad e imaginación. Cualidades todas ellas que serían otra cosa si no estuvieran acompañadas por la generosidad, la sensibilidad y la solidaridad que  lo caracterizan.

Esta reunión ha sido para mí una fiesta de conversaciones. Aprovecho la ocasión para agradecer al festejado que al principio de mi carrera me haya invitado a hablar en voz alta de lo que pensaba sobre la política en México a través de la revista nexos, cuando las mujeres que hablaban de política eran vistas con más suspicacia que las mujeres que hacían política. Me invitó pese a que mis temas no eran los que en ese momento interesaban a la investigación universitaria que en esos años continuaba absorta en la revolución triunfante, la vanguardia del proletariado o las mayorías revolucionarias victoriosas o vencidas, movimientos sociales y sindicatos.

Ilustración: Ricardo Figueroa
Ilustración: Ricardo Figueroa

En cambio, yo me ocupaba de todo aquello que entonces era marginal y que nadie estudiaba: las clases medias, los partidos y las elecciones y del Partido Acción Nacional, que era visto como un fantasma inútil e irredimible. Nadie pensaba que la antigualla que era el PAN algún día llegaría a la Presidencia de la República. Y hasta dos veces. Porque, según la historia oficial, los mexicanos eran por definición revolucionarios y de izquierda. La vida real desmentía esta premisa todos los días y de muchas maneras, al igual que lo hacía con las pretensiones de que el sistema político era una democracia en construcción.

Mis temas de investigación buscaban responder a algunas de las preguntas que se hacía Héctor desde el revisionismo en el que se había embarcado después de la crisis de 1968. Esta fractura entre el Estado y la sociedad había dejado al descubierto la brecha inmensa que separaba la versión oficial del siglo XX mexicano y la realidad que nos estalló a todos en la cara el 2 de octubre en Tlatelolco. ¿Cómo llegamos a donde habíamos llegado, si el punto de partida había sido una revolución? En la búsqueda de respuestas Héctor se topó con muchas interrogantes que lo llevaron con toda naturalidad a la historia.

En una entrevista reciente a la pregunta de cuál era su verdadera vocación —el periodismo, la historia o la novela—, él respondió que era historiador “por accidente”. Me parece que se quedó corto. Lo que hemos escuchado estos días nos habla de un hombre con al menos tres vocaciones: la de escritor, la de historiador y la de periodista.

Creo que aun cuando Héctor no hubiera caído en manos de Daniel Cosío Villegas y de Luis González, habría sido historiador porque lo llevaron en esa dirección sus talentos y sus preferencias. Naturales unos y otras, ninguna de ellas accidental, como no creo que lo sean las vocaciones. Así lo demuestra el hecho de que la historia filtra todas sus actividades: la narración histórica, el periodismo, la literatura, el comentario político. En cada una de ellas se nos aparece el historiador que lee el presente con el pasado como contrapunto, porque en lo que ocurre hoy hay siempre un fragmento del ayer. “El pasado” —escribe en el prólogo a la edición de 2016 de La frontera nómada, su gran obra sobre la Revolución en Sonora—“[…] es un pliegue de nuestro presente, es parte de nuestra conciencia, sólo cobra realidad a través de ella, y esa conciencia histórica, por definición es hija del momento que vivimos…” (Héctor Aguilar Camín, La frontera nómada. Sonora y la Revolución mexicana, México, Fondo de Cultura Económica, 2017, p. 7). Si acaso Héctor es historiador por accidente, será éste uno de los accidentes en que el azar jugó un papel menor, porque él creció en un mundo que en buena parte se nutría de Historias conversadas, y el talento que ha desplegado para contar historias con tanto éxito nos habla  de un origen antiguo y de una larga genealogía.

La obra de Héctor se apoya en la historia tanto como en la literatura y en la política y en la relación que las vincula entre sí, y cuyo eje es la narrativa. Su perspectiva es como un prisma que puesto a mirar hechos, contextos y personajes nos ofrece con envidiable capacidad literaria la dimensión política de la historia y la dimensión histórica de la política.

Aguilar ha logrado reconciliar sus vocaciones. Sus ensayos históricos y políticos, sus novelas nos extienden el rico y pesado tapiz que teje al combinar las tres dimensiones. Sus textos de historia pueden ser leídos como novelas y sus novelas son ficciones empapadas de historias verdaderas. La guerra de Galio y Morir en el Golfo son romans à clé, como dicen los franceses, novelas en clave, en las que el lector está invitado a descubrir los referentes de carne y hueso de sus personajes y a recuperar una ficción que reviste la realidad.

Aguilar Camín ha desarrollado un virtuosismo narrativo que es la clave de la inteligibilidad de la historia que relata, y con su buena pluma resuelve uno de los principales problemas de la historiografía hoy: la relación entre historia y literatura. El tema es apremiante porque se refiere al menos a dos problemas que se plantean al desarrollo de la historia. En primer lugar, la objetividad del relato, que va de la mano de la seriedad, de la firmeza de las fuentes; en segundo lugar, los efectos del desarrollo de la cultura que han formado los medios electrónicos sobre lo más tradicional: la lectura y el libro. Uno de los grandes desafíos de los historiadores en el presente es que saben que el destino de su obra depende de las ventas, de su capacidad para captar lectores, un asunto que no debe preocupar a Aguilar Camín que amén de ser un excelente historiador, es un gran escritor. No son pocos los astutos que explotan la curiosidad de los lectores y escriben historias que causan escándalo, que no respetan las fronteras de la imaginación.

Desde su primer libro de historia, La frontera nómada, publicado por primera vez en 1977, encontramos el juego entre las diferentes lentes, la histórica, la política y la literaria con que Héctor rastrea la formación de la élite revolucionaria, de la dinastía sonorense que encabezada por el trío Álvaro Obregón, Plutarco Elías Calles y Adolfo de la Huerta trajo la revolución al centro y al resto del país. Una de las primeras preguntas que se hace es: ¿cómo se explica que estos personajes, habitantes de una de las regiones más alejadas del centro, de la capital política y económica de México, se impusieron y se apoderaron del país? Encontró las respuestas a esta pregunta inicial en los archivos, el hábitat natural de los historiadores. En los archivos del gobierno de Sonora y de la Biblioteca y el Museo de Sonora le ocurrió lo que siempre ocurre en esos lugares: uno no encuentra lo que busca, pero encuentra lo que no busca.

De sus hallazgos —nos dice— el más perturbador fue el de que la revolución no se inició como un alzamiento popular e incontenible, sino que fue una guerra de autodefensa  “de pueblos acostumbrados a guerrear y a defenderse. En lugar de un ejército popular desbordado apareció un ejército profesional…”  ( Aguilar Camín, ob. cit., p. 5). Héctor relata su desilusión al toparse con una realidad poco revolucionaria, “todo lo contrario” –dice— “de la revolución popular”, cuya mitología sirvió había servido para desactivar cualquier impulso de cambio.

En la reconstrucción que hace de los hechos, la Revolución aparece como una experiencia “administrada”, muy alejada de la insurrección del pueblo de París en 1789.  Esta conclusión puso en cuestión el paradigma que consagraba a la Revolución como un amplio movimiento popular, precursor incluso de la Revolución soviética.

El atractivo de la historia que escribe Aguilar reside también en su capacidad para recrear personajes históricos de carne y hueso, muy distintos de las acartonadas figuras que poblaban la historia oficial. Un ejemplo particularmente brillante de este talento es el ensayo biográfico “Macbeth en Huatabampo: Álvaro Obregón Salido”, que retrata al caudillo verdadero en sus grandezas y en sus flaquezas, en su frialdad y en la furia de sus reacciones en corto; pero sobre todo, en su calidad de producto de una época, de un determinado momento, “[…] más que una personalidad, [era] el aliento personalizado de una tendencia histórica”.

Obregón fue el caudillo por el contexto que le tocó vivir, en el que supo identificar la oportunidad que se le presentaba de acceder al poder, y con un ímpetu digno de la avidez shakesperiana de Macbeth, se lanzó a la caza de ese objetivo. Aguilar Camín lo representa como un personaje seguro de sí mismo, arrogante y frío, que detrás de la carcajada cargaba una pistola. Un extraordinario estratega militar que era también un estratega en la política. No se tentaba el corazón para eliminar a quien se le atravesara, sin culpas y sin remordimiento. Era un apasionado del poder, desbordaba vitalidad y ambición. Curiosamente, los excesos eran en parte su atractivo. Aguilar Camín lo describe así:

“No hay visiblemente, en la vida de Obregón otra desproporción, otra avidez fáustica que la del poder. Si acaso la de la comida, (como Danton); el ánimo pantagruélico, de engullir grandes trozos de carne, o la de la ira: el tránsito inopinado de la placidez. A la irritación fulminante…” (p. 8).

La lectura de este texto me hace pensar en los personajes que construye en sus novelas Aguilar Camín y en su interés por leer la historia en el corazón de los individuos. La fascinación que le inspira el poder no nace del poder mismo, sino de la creencia de que el poder desnuda al individuo que lo ejerce. Lo que el escritor quiere entender es la condición humana más que el poder. No hay en sus descripciones juicios morales.

Héctor recupera en forma recurrente el hallazgo de Alexis de Tocqueville, que en el Antiguo Régimen y la Revolución afirma que ninguna revolución por violenta que sea logra destruir continuidades que no son sólo la proyección de una cierta estructura, sino que muchas veces reflejan la renuencia de sociedades e individuos a aceptar la experiencia revolucionaria. A este respecto Aguilar Camín cita la guerra del Yaqui, que no terminó con la Revolución, sino que los gobiernos revolucionarios la continuaron; pero también podríamos citar la continuidad de una sociedad de élites fuertemente jerarquizada, que ha sobrevivido revoluciones políticas e industriales.

En La Frontera Nómada encuentro la referencia original a un tema que Héctor plantea con frecuencia: la resistencia de la sociedad tradicional, todavía sujeta a valores e instituciones del pasado, algunas de plano arcaicas, a la modernización que le imponen élites ilustradas que pretenden impulsar al país a los tiempos del mundo exterior. Esta perspectiva de explicación la aplica a las reformas borbónicas de fines del siglo XVIII y a la política de modernización de Carlos Salinas de Gortari.

La obra de Héctor Aguilar no es sólo un despliegue de talentos personales. Su perdurabilidad está garantizada porque es también el testimonio de toda una generación que se entregó primero con cierta timidez, y luego con entusiasmo, al revisionismo histórico y político. Así fue hasta que la siguiente generación reaccionó contra el cambio,  y exigió el regreso a supuestas tradiciones —como ellos dicen—, que en realidad traen bajo el brazo intereses y malos hábitos.

 

Soledad Loaeza 
Profesora investigadora emérita de El Colegio de México. Investigadora emérita del SNI. Obtuvo el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es A la sombra de la superpotencia. Tres presidentes mexicanos en la Guerra Fría, 1945-1958.

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Publicado en: Ensayo literario