Harper Lee: adiós al ruiseñor

La noticia corrió esta mañana en Monroeville, Alabama como hubiera corrido en la década de los 30: de boca en boca. Fue un librero local quien le confirmó a medios nacionales e internacionales, Harper Lee, autora de Matar a un ruiseñor, había fallecido.

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Nelle Harper Lee, nacida en 1926, saltó a la fama en 1960, con la publicación de su primer y único libro, el cual ganó el Premio Pulitzer al año siguiente. La novela, autobiográfica, era la narración de la niñez de Louise “Scout” Finch en un pueblo rural de Alabama durante la era de las leyes de Jim Crow, que abiertamente permitían la discriminación racial. A los 10 años, Finch comprendía poco –y mucho a la vez– sobre lo que sucedía en el pueblo. Su padre, Atticus, un abogado reconocido, recibe una difícil encomienda al principio de la historia: defender a Tom Robinson, un hombre negro acusado de violar a una mujer blanca, Mayella Ewell.

Atticus, encarnado años más tarde por Gregory Peck en la adaptación fílmica de la novela, es a la fecha el arquetipo de la moral estadunidense. A pesar de vivir en un pueblo segregado, con un racismo tan fuerte que un hombre negro ya era culpable antes de ser juzgado, Atticus representa lo racional y justo ante todo. “Scout” lo resume bien en una frase: “Atticus me dijo que borrase los adjetivos y obtendría los hechos”. Con el pueblo en contra, con una familia que comienza a sufrir los estragos del encargo que tiene encima el patriarca, Atticus hace lo justo hasta el final. Lo hace no por particular empatía con su cliente, Robinson, sino porque es su deber. Es la idea que hasta hoy permea en muchos libros e incluso series de televisión en Estados Unidos: la búsqueda de la justicia es indispensable para sostener a la sociedad.

Después de la publicación de Matar a un ruiseñor, Lee se mantuvo en relativo silencio durante décadas. Publicó un artículo en Vogue y un par más en McCall’s. Escribió parte de una segunda novela, The Long Goodbye —El largo adiós— pero nunca la terminó. Se rehusó a dar entrevistas y a participar en conferencias. Sobre lo poco que comentó –de manera sumamente positiva– fue de la adaptación al cine de su novela.

Aunque en grandes partes de Estados Unidos Matar a un ruiseñor es parte del temario obligado en la educación primaria y secundaria, lamentablemente la mayoría de los jóvenes de hoy recordará a Lee por ser un personaje secundario en Capote (2005), acaso la película más famosa sobre A sangre fría, la obra maestra del género de no-ficción. Lee, amiga de Capote desde la infancia —Dill Harris, uno de los personajes de Matar a un ruiseñor, supuestamente está basado en él— acompañó y en muchos momentos fue la conciencia de Capote mientras escribía el libro. Fue, por decirlo de alguna manera, su Atticus.

En años recientes Lee regresó al foco mediático, cuando se anunció que su abogada, Tonja Carter, había descubierto un manuscrito inédito entre las posesiones de la autora. El texto, anunciado con bombo y fanfarria por su casa editorial, se llamaba Go Set a Watchman, o Ve y pon un centinela. Hasta el día de su publicación fue presentado como la secuela de Matar a un ruiseñor, pero en realidad se trataba del primer borrador de la novela. Algunas librerías incluso devolvieron el dinero a los lectores que la habían comprado por adelantado al darse cuenta que Ve y pon un centinela era una versión previa de Matar a un ruiseñor, con varios pasajes idénticos pero un cambio fundamental, Atticus no era la justicia, era el prejuicio de la sociedad de Alabama. Era un racista que odiaba a los negros. Ve y pon un centinela era la destrucción total del arquetipo que había sostenido a millones de lectores por más de medio siglo.

Mucho se dijo sobre el estado de salud de Lee antes y después de la publicación de Ve y pon un centinela. Llevaba años viviendo en un asilo en Monroeville, y según diversas notas, su memoria y lucidez fallaban. La duda permanece sobre si sabía lo que estaba haciendo al permitir la publicación de Ve y pon un centinela. Para muchos —me incluyo en ese grupo—, Lee fue víctima de alguien que nunca leyó Matar a un ruiseñor, o que si lo hizo, no entendió la lección fundamental del libro: el trato digno a todo ser humano.

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Publicado en: Ciudad de libros

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