Hacia una antología literaria de la aspirina: Thomas Mann

Acumulé gran cantidad de material para hacer una especie de antología de la aspirina en la literatura universal. Desde el mero mero día en que se patentó, el 6 de marzo de 1899, emprendió una marcha literaria poco menos que triunfal; se trata —según me parece— del medicamento más mencionado en ella. Y por si las que “ni labráis como abejas / ni brilláis cual mariposas” les hago una selección de sólo doce nombres de autores de los que fui coleccionando fragmentos “aspirinos” de cara a esa antología: Thomas Mann, Henry Miller, Truman Capote, Raymond Chandler, Graham Greene, Agatha Christie, Elena Poniatowska, Alvaro Mutis, Juan Carlos Onetti, Günter Grass, Simenon y last but not least, la Oda al resfriado de Fernando Pessoa.

En el 125.º aniversario del registro de esa patente les ofrezco un botón de muestra de lo que podría ser esa antología, el capítulo dedicado a Thomas Mann.

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Los países no monárquicos disponen de sus propias dinastías. Con toda seguridad, para los Estados Unidos es la familia Kennedy. Con toda seguridad, para los griegos es la familia Onassis. Con toda seguridad, para los alemanes no es otra que la familia de Thomas Mann.

Además de su hermano Heinrich, el autor de la novela Professor Unrat, que llevada al cine se tituló El ángel azul y consagró internacionalmente a Marlene Dietrich, todos los seis hijos de Thomas Mann se dedicaron de un modo u otro a escribir o a investigar: Erika, Klaus, Golo, Monika, Elizabeth y Michael. Hasta la viuda de Thomas Mann, Katja, si bien no escribió, sí dictó sus Memorias. Pero no tan sólo eso los convierte en la dinastía alemana del siglo XX, sino el hecho de que sus destinos encierran tal cantidad de telenovela que todavía hoy nos dejan boquiabiertos.

Se trata, como lo ha definido un periodista alemán, de “un clan de suicidas, drogadictos y pederastas, todos muy ingeniosos y bien educados, y todos terriblemente infelices (con excepción de la esposa de Thomas, Katja, y de su tercera hija, Elisabeth)”. El mismo periodista añade que el éxito mantenido y la siempre viva actualidad de la gran novela de Thomas Mann, Los Buddenbrook, por la que consiguió el Premio Nobel de Literatura de 1929, radica en que “esta novela vivida es hoy tan atractiva e inteligible porque en su ambiente burgués ya se ensayó y preludió todo aquello que muy poco después de la muerte de Thomas Mann sería cotidiano en las comunas del mundo occidental, para consumistas pequeñoburgueses: sexo y drogas y rock & roll”.

Y una cosa es absolutamente cierta: con Thomas Mann tenemos el caso del único escritor que estuvo a punto de ganar dos veces el Premio Nobel de Literatura. Porque ganar dos veces el Premio Nobel ya lo había conseguido antes que él Madame Curie pero con el de Física en 1903 y el de Química en 1911. Y luego de la muerte de Thomas Mann ha habido cuatro científicos doblemente galardonados: John Bardeen (dos veces el de Física), Linus C. Pauling (el de Química y el de la Paz), Frederic Sanger y Barry Sharpless (ambos dos veces el de Química). Que alguien lograse dos Premios Nobel de Literatura, no hubo nunca. Thomas Mann estuvo a punto de serlo, pero como ingeniosamente dijo alguien en cierta ocasión, antes de que se lo concedieran por segunda vez se murió por primera vez.

Por otra parte, también es un caso extremo el de Thomas Mann en el sentido de que ha tenido dos carreras literarias diametralmente distintas. La una cuando vivo, la otra cuando muerto: casi como el Cid. Y esta segunda carrera se inicia cuando se publican póstumamente sus Diarios, que son una auténtica joya de la literatura memorialística y uno de los descensos más vertiginosos a los abismos del alma humana. Nadie contaba con ellos, Thomas Mann había caido ya casi en el olvido, y de repente, ¡qué conmoción, la publicación de sus Diarios! Otra persona distinta de la que creíamos conocer, otra mirada, otras pisadas.

Tengo delante sus anotaciones del día 25 de noviembre de 1918. Hace siete meses y un día ha nacido su quinto hijo, la tercera mujer entre ellos: Elizabeth, quien se convirtió en su predilecta. Y hace catorce días que Alemania ha firmado la capitulación incondicional que puso fin a la primera de las dos guerras mundiales del siglo pasado. La situación en Alemania es caótica, el Kaiser ha huido a los Países Bajos, aún no existe un tratado de paz con las potencias vencedoras, se suceden los combates callejeros, surgen y desaparecen repúblicas efímeras siguiendo el modelo de las soviéticas, mientras la desmovilización del ejército arroja a las calles alemanas una muchedumbre de mutilados y pordioseros, entre ellos un tal Adolf Hitler. Y Thomas Mann escribe esa noche en su Diario, antes de irse a dormir:

Me he resfriado de nuevo, no pude descansar por la tarde y me siento mal, también psíquicamente. […] No volví a salir de casa. Paseé a la niña llevándola en brazos. Le leí el periódico a Katja. Durante la cena, junto a la cama de Katja, bebí un ponche que me calentó los pies y tomé una aspirina. Mejoría.

No es la primera ni la última vez que encontraremos la mención de la aspirina en la obra de Thomas Mann. De quien puede argüirse aquello que la bella Clawdia Chauchat, la protagonista de su Montaña mágica, le dijo a Hans Castorp después de escuchar su inolvidable declaración de amor: “Eres, en verdad, un amante que sabe requerir profundamente: a la alemana”.

 

Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.

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Publicado en: Ensayo literario