La muerte quiso que De la finitud sean las últimas páginas escritas por el Premio Nobel de Literatura 1999, Günter Grass. Publicamos, con autorización del sello editorial Alfaguara, dos piezas narrativas y dos poemas incluidos en este libro venturoso, en el que se acompañan ingenio, recuerdos, sueños, y renuncias.

Desmayo
Desmayo, palabra rancia: en los tiempos en que se ponía a damas empolvadas frasquitos de sales animadoras bajo la nariz, para que volvieran en sí, era socialmente aceptable. Como excusa práctica resultaba inútil en cuanto faltaban acciones que hubieran sido necesarias contra una Potencia o la otra. Ahora sin embargo se ha hinchado hasta una dimensión que lo abarca todo.
Mientras se cubren quiebras con sombrillas de salvamento o se espera que puedan hibernar en bancos malos y todo el mundo cree que —si no enseguida, pronto— todo volverá a subir, incluso a avanzar, y mientras los notables del momento, como si hubiera tiempo que sobrara, se demoran de congreso en congreso, estamos en todo momento y libremente dispuestos a dejarnos enredar en redes electrónicas, pronto por completo.
Accesibles a todas horas. Sin descuidarse en ningún lado. Localizables con un clic de ratón. Documentados hacia atrás hasta el polvo de talco. Nada se pierde. Visitas diarias a tiendas de rebajas, al cine, al retrete son inmutables. También el interminable camino de nuestro amor almacena un chip del tamaño de una uña. No hay ya escondite. Siempre a la vista. Hasta el sueño está protegido. Nunca se está solo.
¿Qué hacer? Me abstengo con desmayo, declino la oferta. Es cierto que no hay ningún móvil entre gafas, tabaco y pipa, nadie tiene permiso para enseñarme con un dedo a surfear, a googlear, a enviar un tuit. No hay Facebook que enumere mis amigos y enemigos. En secreto me divierto con la pluma de ganso. Todo lo más, en voz baja, conversaciones conmigo mismo en las que hablo de boñigas, del diablo de la botella y el concepto del progreso de las hormigas; y sin embargo me tiene agarrado del cuello una fuerza que unas veces se llama así y otras asá, pero no tiene nombre.
No hace ningún ruido que avise. Se alimenta de tontería sobrecualificada. Antes una omnipresencia ataviada religiosamente, se acerca ahora austera y quiere pasar por signo de identidad de la sociedad civil.
¡No! Hace transparente, descarga de la memoria. Descarga la responsabilidad. Extirpa las dudas. Finge libertad. Incapacitados, vivimos pataleando en la red.
Sobre la escritura
Desde muy pronto escribí palabras. Al principio con caligráfica letra picuda. De ella quedaron restos: los rasgos descendentes. Un diario se perdió en la guerra, cerca de Weißwasser, durante la retirada. Luego vino la paz, que había que aprender. Para lo cual ayudaba el hambre, que lo masticaba todo, hasta libros. Y cuando, al mismo tiempo que del arte, me enamoré del amor, recibí como regalo de boda una Olivetti. Fue y siguió siendo para mí el producto más querido de los años cincuenta, bien diseñado y elegante, como si Leonardo da Vinci –de pasada— hubiera inventado la máquina de escribir.
Le he sido fiel. En los viajes la llevaba conmigo. Lo que fuera que escribiera en borrador ella lo devoraba como pienso. Su traqueteo era música para mí. Con frecuencia me equivocaba al teclear. Lo que me sucede todavía hoy, incluso cuando no escribo sino que intento vivir a título de prueba.
Con el paso del tiempo desaparecieron muchas cosas. Por ejemplo los discos y las sartenes de hierro colado. Pero también escasearon las cintas de color para la máquina, que las deseaba insaciable después de mis hechos y desechos, amenazando incluso con desaparecer, por lo que las cintas usadas se cotizaban en los mercadillos de viejo.
Se vendían ya los primeros ordenadores que, como predestinados, se iban apoderando del futuro; entonces ocurrió algo milagroso: no en este país sino en España, un grupo de estudiantes que había leído en los periódicos que, chapado a la antigua, seguía mecanografiando libro tras libro, me regaló un paquetito lleno de cintas de color para la máquina, totalmente frescas y envueltas en papel de plata, que sin duda disminuyen de año en año, pero, calculo, me bastarán hasta el final.
El final
Cuando, recientemente,
doblé una frase tres veces
estuve seguro, al hojear hacia atrás,
de que hacía ya años
había escrito esa frase en triángulo
con un ángulo más exacto.
Esto es el final, exclamé,
pero también esa exclamación estaba
desde hace años en un papel marchito.
Leer huellas
A un lado del ribete de las olas
voy a mi encuentro —ida y vuelta—
descalzo por la arena.