La película Güeros, ópera prima de Alonso Ruizpalacios, empieza con la definición de la palabra “güero”, uno de los muchos eufemismos utilizados en México para disfrazar nuestro clasismo y, por supuesto, nuestro racismo. Ser llamado güero en la calle no significa nada remotamente cercano a la definición, pero sí implica una posición de poder, muchas veces circunstancial. El güerito es el extranjero a quien se le puede engañar o sacar algo, sea o no de tez o cabello claro. Es alguien que goza de un supuesto privilegio, un blanco sobre el cual descargar el resentimiento de clases. Es una manera amable de marcar una diferencia entre el yo y el otro, aunque la diferencia sea inventada.
Cuando Tomás (Sebastián Aguirre) causa un accidente más jocoso que violento, su madre –asustada y muy seria– le dice que ya no puede con él y lo manda a vivir con su hermano Federico (Tenoch Huerta) al Distrito Federal. Su hermano que es estudiante en la UNAM, vive con su roomie Santos (Leonardo Ortizgris) en uno de los edificios multifamiliares setenteros de Copilco que la población estudiantil y la falta de mantenimiento han dejado en ruinas. Cada personaje de la cinta recibe a Tomás con la misma pregunta: ¿Por qué no eres prieto como tu hermano?

Tomás saca a Federico, apodado “Sombra”, y a Santos de un letargo causado por los más de ciento sesenta días de huelga en la universidad y los hace salir de la casa (“¿para qué salimos si vamos a volver?”). Su identidad pende de un hilo: son estudiantes, pero su escuela está cerrada; no se han unido al movimiento, entonces son llamados esquiroles. No pueden definirse, pero rechazan las definiciones ajenas. Están en una pausa existencial (o, como Federico la llama, “hacer la tesis”).
Así, los tres inician un viaje por varios puntos cardinales de la Ciudad de México en busca de Epigmenio Cruz, el músico que “pudo haber salvado al rock nacional” e ídolo de los hermanos, quien está a punto de morir solo sin que nadie lo recuerde. A la mitad del camino llegan –tan inevitable como inexplicablemente– a la universidad tomada, donde se encuentran con la encantadora y tenaz Ana (Ilse Salas), quien hasta el momento no era más que una voz en la radio, representante del movimiento y narradora de poesía. Durante el trayecto, el Distrito Federal –con sus paisajes urbanos imponentes, contrastes que rayan en el absurdo y fealdad plena– es retratado con belleza nostálgica a través de una impecable fotografía, atemporal y dinámica, en blanco y negro. Esta atemporalidad permite ver los escenarios reconocibles de la ciudad con cierta distancia, el pasado no tan lejano de la huelga de la UNAM de 1999, pero también recurrir a la memoria reciente, a las marchas y movimientos sociales que son una constante entre la población chilanga.
El primer largometraje de Ruizpalacios explora la necesidad de imponer etiquetas y la incomodidad de recibirlas. Los personajes, híper conscientes del lenguaje, cuestionan significados y exigen definiciones a sus interlocutores: ¿qué significa esquirol, naco, güero?, palabras fáciles de repetir y asimilar. Gran parte del humor de esta cinta recae en lo maniqueo de nuestro discurso (si no eres obrero, eres burgués; si no estás con nosotros, estás en nuestra contra; si no eres como yo, eres de los güeros/prietos) y la facilidad con la que aventamos calificativos al aire: burguesa, neoliberal, puta, perredista, etc. La crisis identitaria mexicana retratada en Güeros es similar al dilema del desayuno continental planteado por Santos. “¿Qué carajos quieren decir con continental? Es como decir: el desayuno de los de allá”. ¿Qué, entonces, significa ser güero cuando no se es, de hecho, güero?
El guión de Ruizpalacios y Gibrán Portela se burla del cantinfleo revolucionario que repite la palabra “compañeros” para obtener abucheos y vitoreo por igual, sin importar realmente el contenido del discurso (o si de perdida se trata de una propuesta viable), lo cual demuestra el desapego semántico y francamente risible, que usualmente termina por invadir a los movimientos estudiantiles en México. Sin embargo, a pesar de los chistes alrededor de la fauna universitario-revolucionaria, la necesidad de movilización –vigente hoy, quizá más que nunca– resulta innegable.
Güeros utiliza una serie de recursos formales para acentuar la comedia, la cual muchas veces se encuentra en los detalles, en los siempre presentes programas de radio y televisión, o en los comentarios fugaces audibles que indican que nos encontramos en un plano de realidad distinto. Por ejemplo, el narrador del programa Hermano mayor (un Big Brother sin copyright), que por alguna razón es constantemente transmitido, dice: “los ciclos menstruales de las chicas ya están completamente sincronizados” o “comienzan a sospechar que están viviendo en un set de televisión”. Lo mismo sucede con las alucinaciones visuales de Federico durante sus ataques de pánico, el sonido selectivo cuando los personajes escuchan algo que el público no (cómo desearía escuchar la música de Epigmenio Cruz, privilegio único de los personajes dentro de la ficción, aunque la musicalización con intervenciones de Agustín Lara también es muy disfrutable); o las imágenes borrosas y alteradas para resaltar un punto focal. Sin embargo, el recurso más arriesgado y el principal quiebre con la ficción, es una autocrítica al cine mexicano en boca del propio Sombra, quien dice cerca de la mitad de la película: “Agarran a unos pinches pordioseros, los filman en blanco y negro y dicen que están haciendo cine de arte”. La película se asume como parte de una convención pretenciosa, pero con un humor descarado y directo de autoconsciencia histórica y cultural nacional que la separa de sus referentes de la Nueva Ola.
Más que compararla con cualquier otra película del cine contemporáneo mexicano (Y tu mamá también y Temporada de patos podrían ser referencias del tipo de cine en el que se inserta, la primera por ser una road movie y la segunda por la fotografía en blanco y negro y la temática de cotidianeidad interrumpida), Güeros recuerda a Los Caifanes (Juan Ibáñez, 1967), la cual también es un recorrido alucinante por la Ciudad de México. Sin embargo, los tiempos han cambiado y el vandalismo ingenioso ya no es lo que era. Ahora nos enfrentamos a monstruos como el tráfico y la lucha perene por el cambio social, a cuán cíclica es la vida urbana (el año pasado fue el Politécnico Nacional, algunos años antes la UAM…) y a lo difícil que resulta ser indiferente. Los que eran jóvenes y revolucionarios a finales de los sesenta probablemente se han cansado de la misma tonada o, tal vez, la sigan cantando.
Antes que nada, Güeros es una película divertida. Las actuaciones y la fotografía destacan por su frescura y el guión tiene un humor ligero, aunque en ocasiones extraño. Pero sobre todo –por lo menos para los defeños recalcitrantes, pumas y clasemedieros como yo (volvemos a las etiquetas)–esta película es nuestra.
Hipatia Argüero Mendoza
