Guadalupe Amor:
Un caso mitológico

Un 8 de mayo del 2000 falleció en la Ciudad de México la poeta Pita Amor, una de las joyas más brillantes de su generación. Para recordarla ofrecemos el prólogo de una reciente edición de su poesía, así como una breve selección de los poemas recobrados.


Para Eduardo Sepúlveda Amor, in memoriam

Con esta selección de los versos más emblemáticos de la poeta mexicana Guadalupe Amor (1918-2000), se pretende reivindicar a una de las figuras literarias más celebradas (y polémicas) del siglo xx mexicano. Por haber vivido 82 años, resulta lógico que su persona y su poesía hayan transitado por diversas etapas, tanto íntimas como profesionales, a lo largo de su tumultuosa vida. Tal vez por esto también resulta fácil olvidar que, en su apogeo literario y personal ocurrido a mediados del siglo pasado, Guadalupe “Pita” Amor fue la poeta mexicana más prestigiosa desde la Décima musa y Fénix de América, sor Juana Inés de la Cruz. Puede que suene atrevida tal aseveración, pero no por eso deja de ser un hecho comprobable por los documentos bibliográficos y hemerográficos que resguardan la historia literaria de México. Al parecer, muchos de sus detractores, en vez de leer sus libros, en su momento disponibles en todas las librerías del país, prefirieron condenarla por su a veces extravagante comportamiento, su forma “excéntrica” de vestir, sus a veces airadas declaraciones personales, sus comentados amoríos, su hijo nacido fuera de matrimonio: esto en un afán de denigrar a una mujer letrada que, como su ascendente jerónima, se negaba decididamente a ser circunscrita por una “sombra masculina” que dictara la forma en la que una escritora del pleno siglo xx debía comportarse. No obstante la campaña de desprestigio a la que fue sometida, también existía por lo menos una (titánica) voz masculina que luchó públicamente en contra de estas fuerzas malignas para lograr exaltar sus enormes dotes artísticas: Alfonso Reyes, quien fue paladín de las letras mexicanas durante por lo menos medio siglo, y una parte de ese quinquenio le tocó precisamente a nuestra Undécima Musa. Tres de sus magnánimas palabras articuladas en defensa de la —en aquel entonces— joven poeta han proporcionado el subtítulo de este volumen poético: “Un caso mitológico”. Esto porque el mismo Reyes la describió de una manera “clásica” al compararla no con sus hermanas poetas de antaño (sor Juana Inés de la Cruz, Santa Teresa de Ávila), sino con las figuras mitológicas del pasado grecolatino, germen de la cultura de Occidente:

Nacer en cuna de seda y afrontar con inconsciente arrojo el aire de la media calle. Conquistar por asalto y catástrofe el derecho a la libertad. Vivir bajo la tortura del Dios que habita el alma y que hace andar los pies de aquí para allá, como un arrebato de tíade, ménade, bacante. Desembocar en la vida terrible con los ojos y cara de ángel, casi con fragilidad de belleza exquisita, y luego mostrar que se es granito o cristal de roca. Divagar entre balbuceos y tropiezos, con sagrado sonambulismo. Y una buena mañana, he aquí que todo eso era poesía; poesía que se ignoraba. Y de entonces más, el agua bebida de bruces en la fuente misma. La autenticidad que salta como chorro de sangre. Y nada de comparaciones odiosas: aquí se trata de un caso mitológico.

A pesar del indiscutible apoyo de Alfonso Reyes, persistían las calumnias, las insinuaciones, los chismes, las anónimas acusaciones que reclamaban que esta hermosa y desenvuelta mujer, de la más rancia alcurnia mexicana (si bien, venida económicamente a menos), no sería capaz de escribir los versos emanados de su pluma “celeste e infernal”. Como respuesta a estas vejaciones, muchas veces hechas bajo el cobarde escudo del anonimato, Pita respondió a través del género que mejor dominaba: la poesía, en este caso por medio de un soneto que evoca el que pergeñara Lope de Vega tres siglos atrás y que, a lo largo de sus catorce versos, recrea el acto de componer un soneto. El de Lope es alegre y juguetón; el de Pita es desafiante y mordaz:

Como dicen que soy una ignorante,
todo mundo comenta sin respeto,
que sin duda ha de haber algún sujeto
que pone mi pensar en consonante.
Debe ser un tipo desbordante,
ya que todo produce, hasta el soneto;
por eso con mis libros lanzo un reto;
“burlan burlando van los tres delante”.
Yo sólo pido que él siga cantando
para mi fama y personal provecho,
en tanto que yo vivo disfrutando
de su talento sin ningún derecho.
¡Y ojalá no se canse, sino cuando
toda una biblioteca me haya hecho!

“Retrato de Pita Amor”, Raúl Anguiano, tinta y lápiz sobre papel, 1943, Col. Mariana Pérez Amor.
“Retrato de Pita Amor”, Raúl Anguiano, tinta y lápiz sobre papel, 1943, Col. Mariana Pérez Amor.

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Curiosamente, en España, donde era apenas conocida a través de algunos de sus más celebrados poemarios (Yo soy mi casa, Polvo, Décimas a Dios) y donde su peculiar genio era casi ignorado, su obra poética fue acogida con grandes elogios. Es más: a raíz de su único viaje a España para promover sus Poesías completas (Aguilar, 1951), Carmen Conde, primera académica de número de la Real Academia Española, la comparó con Santa Teresa de Ávila y su aliado espiritual y lírico, San Juan de la Cruz. Años después de este gran triunfo personal y profesional, Pita preferiría recordar otro detalle de su viaje al afirmar que allá “los hombres españoles tiraban sus capas al piso, para que mis pies mexicanos nunca pisaran el suelo español”.

Como se verá a continuación, de manera paulatina, tanto los clásicos del idioma español: Garcilaso de la Vega, Félix Lope de Vega y Carpio, Luis de Góngora y Argote, Pedro Calderón de la Barca, y sor Juana Inés de la Cruz, como sus coterráneos modernos Amado Nervo, Manuel José Othón, Ramón López Velarde, o bien sus análogos españoles de la Generación del 27: Antonio Machado, Rafael Alberti, Pedro Salinas, y sobre todo, el “Titán de la vega de Granada”, Federico García Lorca, se convertirían en los indiscutibles maestros de una joven poeta determinada por alcanzar el reconocimiento y la fama que, por lo visto, algunos le querían negar. Años después, Pita escribiría una especie de homenaje a estos grandes líricos en la forma de un soneto que yo sólo conocía de su viva voz pero que después fue incluido en la colección Material de lectura de la UNAM (2012):

Shakespeare me llamó genial,
Lope de Vega, infinita,
Calderón, bruja maldita
y Fray Luis la episcopal.
Quevedo, grande inmortal
y Góngora la contrita,
Sor Juana, monja inaudita
y Bécquer la mayoral.
Rubén Darío, la hemorragia,
la hechicera de la magia,
Machado, la alucinante,
Villaurrutia, enajenante,
García Lorca, la grandiosa,
y yo me llamé la Diosa.

En la “Confidencia de la autora”, incluida en sus ya mencionadas Poesías completas, Pita describe su primer encuentro con la creación poética como una revelación extraordinaria y casi milagrosa:

Una noche, no sé cómo, ya no puedo recordar por qué, movida por un impulso superior, yo que no tenía cultura ni noción de lo que era la poesía, tomé un lápiz, el único a la mano: el que me servía para pintarme las cejas. Y en un pedazo de papel, empecé a escribir mis primeros renglones: “Casa redonda tenía / de redonda soledad.”

La extraña precocidad exhibida por parte de la joven Pita causó tanta agitación en la comunidad literaria mexicana que, poco después de la aparición de su primer libro, Yo soy mi casa, movió al mismo Alfonso Reyes a celebrar este extraordinario acontecimiento literario.

La vida y obra de Guadalupe Amor seguirían un camino ascendente para culminar en 1953 con la publicación de un breve pero apasionado poemario: Décimas a Dios. Fue tal su popularidad que, según recuerda su sobrina Elena Poniatowska Amor, sus versos se los sabían de memoria hasta los tramoyistas. Como haya sido, lo que se puede constatar es que los ejemplares de este poemario publicado originalmente por el Fondo de Cultura Económica pronto se agotaron y después de la primera edición, hubo una segunda ese mismo año y otra más al año siguiente. ¿Qué otro poeta mexicano de su generación ha tenido semejante éxito editorial a los 35 años? En medio de tanto triunfo poético y editorial y como una sombra que llega en medio de la luz del día para ensombrecer su vida para siempre y desde lo más profundo, en 1961 Pita sufrió una tragedia de insondables dimensiones: la muerte de su hijo Manuel, de casi dos años, ahogado en un pequeño estanque ubicado en el jardín de la casa de su hermana mayor Carolina Amor de Fournier. Resulta que Carito, al ver que su hermana no era capaz de asumir las incesantes exigencias maternas, se hizo cargo del niño y se lo llevó a vivir con ella y su esposo, el reconocido médico Raoul Fournier.

A partir de la muerte de su hijo, Pita no sería la misma, su poesía tampoco, pues ésta sufriría unos notorios altibajos. Es más: a partir de su tragedia materna, se autoimpuso un periodo de silencio que duró casi un lustro. En 1966, y como respuesta a su dilatado mutismo, aparecieron Como reina de barajas y Fuga de negras, dos extraños poemarios, y para ser objetivo, de menor calidad literaria cuando se comparan con los diez libros publicados antes de esta fecha. No obstante, dentro de su obra posterior a la muerte de su hijo existen verdaderas joyas líricas que hemos incluido en Pita Amor: un caso mitológico: antología poética de Guadalupe Amor (Penguin Random House Debolsillo, 2021).

* * *

Poemas de Pita Amor

De Yo soy mi casa (1946)

Escaleras sin peldaños
mis penas son para mí,
cadenas de desengaños,
tributos que al mundo di.
Tienen diferente forma
y diferente matiz,
pero unidas por los años,
mis penas, o mis engaños,
como sucesión de daños,
son escaleras en mí.

* * *

Casa redonda tenía
de redonda soledad:
el aire que la invadía
era redonda armonía
de irrespirable ansiedad.
Las mañanas eran noches,
las noches desvanecidas,
las penas muy bien logradas,
las dichas muy mal vividas.
Y de ese ambiente redondo,
redondo por negativo,
mi corazón salió herido
y mi conciencia turbada.
Un recuerdo mantenido:
redonda, redonda nada.

* * *

Todos hablan de mi vida…
algunos, de mis amores,
nadie de mis sinsabores
ni de mi pena escondida.
Si yo a nadie recrimino
y todo en todos tolero,
¿por qué el mundo, en mi destino,
pretende ser justiciero?

 

De Polvo (1949)

Polvo constructor del mundo,
mundo de sangre impregnado,
lo gris por rojo has mudado,
lo estéril por lo fecundo.
Es tu poder tan profundo,
que de sangre has hecho ideas;
temo que divino seas
pareciendo terrenal,
pues te presiento inmortal
porque tú mismo te creas.

* * *

A un doble polvo enemigo
mi rostro está sentenciado:
al uno nació ya atado;
del otro busca el abrigo.
Dos muertes lleva consigo:
una alegre, otra sombría;
aquélla siempre varía,
ésta sin moverse espera.
Si una es ya mi calavera,
la otra es mi máscara fría.

* * *

De pronto vi mi cabeza
en el espacio perdida,
con pensamiento, y sin vida,
y sin humana impureza.
Sentí profunda extrañeza;
mas luego entendí mi lodo,
y fui descubriendo el modo
de hacer mi cuerpo infinito:
Mi polvo al polvo remito,
dejo de ser… ¡y soy todo!

 

“Visitación del demonio”

En mi noche ha venido
el demonio celoso a visitarme;
su presencia he sentido,
pero en vez de quemarme,
con su fuego ha logrado congelarme.
No podré recordar
el número de veces visitada,
pero puedo jurar
que mi mente enervada,
ha servido al demonio de morada.
En la noche me pierdo…
—hoy mi noche no tiene convulsiones—
y con todo, recuerdo
las temibles uniones
con el torvo creador de las pasiones.
Mas una cosa extraño:
¿cómo si he resistido yo su ardor,
su infinito tamaño,
aun ignoro el color
que tiene el enemigo abrasador?
Qué ¿tal vez el maligno
en la forma de Dios vino a turbarme,
y el fulgor de su signo,
consiguiendo cegarme,
impidió que pudiera cerciorarme?
Mas ¿podrá ser acaso
del color de la noche en que lo miro:
un inmóvil ocaso,
el vacío en que giro,
la hueca oscuridad en que deliro?
Pero puede ser rojo
y tener la estructura de mis venas;
puede ser el arrojo,
las ardientes cadenas,
las moradas de fuego siempre llenas.
Y ¿si fuese lo verde:
la cobarde esperanza y el deseo,
lo que siempre se pierde,
ese cielo que veo
y de tanto mirarlo en él no creo?
Pero no, ¡qué locura!,
el demonio no tiene estos colores.
No es la negra tortura,
ni los rojos ardores,
ni tampoco los áridos verdores.
Intensamente pálido,
revestido de gris indiferencia,
cauteloso y escuálido,
sin fuerza ni violencia,
va derramando su plomiza esencia.
De mi noche despierto,
y el misterio por fin he descifrado:
su color es de muerto…
¡Sólo es polvo formado
por mi pensante polvo desquiciado!

 

De Décimas a Dios (1954)

Dios, invención admirable,
hecha de ansiedad humana
y de esencia tan arcana
que se vuelve impenetrable.
¿Por qué no eres tú palpable
para el soberbio que vio?
¿Por qué me dices que no
cuando te pido que vengas?
Dios mío, no te detengas,
o ¿quieres que vaya yo?

* * *

No te veo en las estrellas
ni te descubro en las rosas;
no estás en todas las cosas,
son invisibles tus huellas;
pero no, que aquí descuellas,
aquí, en la tortura mía,
en la estéril agonía
de conocer mi impotencia…
¡Allí nace tu presencia
y muere en mi mente fría!

* * *

Fácil es creer en ti
y vivir de tu clemencia,
sin desentrañar tu esencia
y gozando lo de aquí.
Yo por desgracia nací
sentenciada a investigar,
a atormentarme, a pensar
y a no aceptar el misterio;
pero a mi humano criterio
le está vedado volar.

* * *

Hablo de Dios, como el ciego
que hablase de los colores,
e incurro en graves errores
cuando a definirlo llego.
De mi soberbia reniego,
porque tengo que aceptar
que no sabiendo mirar
es imposible entender.
¡Soy ciega y no puedo ver,
y quiero a Dios abarcar!…

De la grabación: “Pita dice a Guadalupe Amor” (1990)

“Letanía de mis defectos”

Soy vanidosa, déspota, blasfema,
soberbia, altiva, ingrata, desdeñosa,
pero conservo aún la tez de rosa.
La lumbre del infierno a mí me quema;
es de cristal cortado mi sistema.
Soy ególatra, fría, tumultuosa.
Me quiebro como frágil mariposa:
yo misma he construido mi anatema.
Soy perversa, malvada, vengativa.
Es prestada mi sangre y fugitiva.
Mis pensamientos son muy taciturnos;
mis sueños de pecado son nocturnos.
Soy histérica, loca, desquiciada…
¡Pero a la eternidad ya sentenciada!

* * *

Yo concurro a la farmacia
para adquirir cocaína,
éter, potasio, morfina,
cloroformo y té de gracia,
hierbas de menta de la Asia,
cera de la parafina
y la pálida heroína,
cápsulas para la audacia.
En mis noches de anestesia
me suelo ungir con magnesia,
con perfumes de jazmines.
Paseo por los jardines
de los rosales floridos
oír de lejos los ruidos…

 

De Material de lectura (1991)

En mi lecho anestesiado
tuve un sueño de cometas
de barcos, velas, veletas,
tuve un sueño de pecado.
Un sueño como blindado
de treinta puertas secretas
y de misteriosas grietas,
un sueño casi sellado.
Soñé que estabas conmigo,
tú eras mi solo testigo.
Soñé que me penetrabas,
que con lascivia me amabas
y tu cuerpo junto al mío
formaban sólo el vacío.

* * *

Mi locura es portentosa
mi locura es de espejismos,
mi vida de cataclismos
y es de locura la rosa
y la alada mariposa
y mis pensamientos mismos.
De locura mis abismos
de locura es cualquier cosa.
Suele el lirio ser del valle
y de cemento la calle
y es infernal mi locura
y eterna la noche obscura.
Es de platino mi mente
y mi locura ascendente.

* * *

He escrito dos mil sonetos
y mil novecientas liras,
tengo un vestido de tiras
bordadas, y seis cuartetos
que escribí entre los abetos.
En mis luminosos giras
hablé ya de odios y de iras,
hablé de amores secretos,
hablé de mapas y oceanos,
de las palmas de mis manos,
de los astros y los ríos,
de mis cien mil extravíos.
Pero es más lo que he callado
que lo que ya he publicado.

 

Versos al vuelo

“Tlatelolco”

Lo saben todas las fuentes,
el crimen fue en Tlatelolco.
El viento también lo dice
en sus ondas ascendentes.
Lo dicen los altos olmos
en su silencio silente.
Tlatelolco es el silencio
es el silencio hiriente,
ya devastado y derruido
en su silencio tan fuerte.
Por el Demonio sellado,
lleno de sangre, de muerte.
Lo dicen los pinos puros
y sólo silencio vierten.
El crimen, el crimen hondo
que enlutó este continente,
lo dicen los cedros negros,
el crimen está vigente.
Lo dicen las hiedras grises,
el crimen es ascendente.
Lo dicen los chopos suaves,
el crimen del inocente.
Las encinas y su viento
dicen el crimen más fuerte
y hasta el árbol de la luna,
árbol por siempre vidente,
ha abierto sus secas hojas
y dice el crimen “Presente”.
Los sauces dicen el crimen,
repite la tenue fuente.
Tlatelolco es el olvido,
gran Tlatelolco yacente.
Tlatelolco de la tarde
tus muertos son inocentes.
Tlatelolco grande tumba.
Tlatelolco eternamente.
Tlatelolco luz caída,
vivirás siempre en mi frente.

 

Pita Amor: un caso mitológico: antología poética de Guadalupe Amor, Eduardo Sepúlveda Amor (coordinador), Michael K. Schuessler (prólogo), Penguin Random House Debolsillo, 2021.

Schuessler apunta las siguientes precisiones y agradecimientos: “En la edición, que busca recoger lo más representativo de la poesía de la autora, fue imprescindible Eduardo Sepúlveda Amor, sobrino de Pita y autor de un espléndido documental que fundamenta y celebra tanto su poesía como su persona, pero cuya repentina muerte en junio de 2021 no le permitió ver el producto final de este intenso trabajo editorial colectivo. Desde Guadalajara, Ignacio Amador Montelongo, amigo de muchos años y declamador profesional, me envió sus joyas líricas de su admirada Pita, a quien conoció en los años sesenta cuando él vivía en la ciudad de México; lo mismo hizo el joven doctorando Alejandro Delgadillo Zepeda, otro lector incansable de la obra ‘pitagórica’.”

 

Michael K. Schuessler
Profesor-investigador de la UAM-C, es autor, entre otros libros, de las biografías La undécima musa: Guadalupe Amor y Elenísima: ingenio y figura de Elena Poniatowska.

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Publicado en: Ciudad de libros