
La narrativa breve es una práctica de cuya precisión y dificultad han dejado constancia quienes la han ejercido con éxito. El deseo por comprender su cómo y porqué le ha ido agregando al cuento corto una larga hilera de reglas, fórmulas, y corsés de utilidad variable. Se leen y olvidan muchos cuentos que las acatan todas; descubrir alguno excepcional hace olvidar la probeta y recordar lo dicho por Cortázar: “Todo cuento perdurable es como la semilla donde está durmiendo el árbol gigantesco”. La escritora boliviana Liliana Colanzi (Santa Cruz, 1981), lleva varios años construyendo su bosque desde un lugar llamado Ithaca, donde también enseña literatura en la Universidad de Cornell. Sus escritos le han valido el premio Aura Estrada, en 2015, y el Ribera del Duero en 2022.
La presente entrevista se realizó en dos partes, en 2019 y 2024, en persona y por escrito.
Diego Courchay: ¿Cuál fue el punto de partida de tu búsqueda literaria? ¿De dónde surge la necesidad de escribir?
Liliana Colanzi: Fue una búsqueda necesaria desde la infancia, era una chica bastante tímida. La necesidad de conectar con otro mundo, con otra realidad, fue algo urgente desde el principio. Y era algo a lo que no le veía en principio ninguna utilidad. Pero el arte también es eso, no tiene necesariamente una utilidad. Viviendo en un país donde no hay una infraestructura cultural, muchas veces me pregunté cómo sería posible hacer de esta pasión una forma de vida. Esta es una pregunta que me ha tomado muchos años lograr. La literatura para mí ha sido un refugio y la posibilidad de crear mundos alternativos. También ha sido una forma de reflexionar. Tanto leer como escribir son una manera de aprehender el mundo.
Debo haber tenido unos ocho años cuando escribí mi primer cuento. Me deslumbró desde muy pequeña la lectura, y la lectura y la escritura de cuentos está muy relacionada. Pasé mi infancia de esa manera. Probablemente, si me veías desde afuera, parecería que fue una infancia muy aburrida, porque más que jugar con los niños yo estaba en mi propio planeta. Pero fue una manera muy intensa de vivir y de sentir las cosas. La biografía de mi infancia está cruzada por un montón de lecturas que para mí son tan reales como aquello que estaba pasando afuera.
DC: Hay en tu literatura una mezcla de singularidad y de universalidad. Entre las singularidades están los elementos nacionales, distintas cosmovisiones. De hecho, citas textualmente al final de Nuestro mundo muerto palabras y culturas que están ancladas en Bolivia pero que no se pierden al cruzar la frontera, al llegar a lectores que no conocen tu país. ¿Cómo se escribe desde la singularidad de un lugar de manera que su narrativa pueda contagiar a cualquiera?
LC: Los cuentos no van surgiendo como una idea de decir algo sobre el país o sobre la realidad política o social –aunque sin duda también lo hacen. Muchos de estos libros surgieron de una curiosidad o de una voluntad de desplazarme hacia lugares que yo sentía que estaban siendo un poco abandonados por la literatura. Uno de ellos era el campo. Las narrativas de las últimas décadas están muy enfocadas a la vida urbana, que es donde se ha desplazado la mayor parte de la población. Pero yo sentía que había algo muy interesante por explorar en aquello que está en el campo y en nuestra relación con la naturaleza. El campo es aquel lugar desde donde los que vivimos en la ciudad extraemos toda nuestra comodidad: nuestros alimentos, la materia prima para todo, toda la industria. Es ese lugar al que no le damos dos minutos de pensamiento. Se me presentaba como algo fascinante volver allí y explorar qué pasa, porque este es el lugar del extractivismo.
Algunos de los cuentos de Nuestro mundo muerto, por ejemplo, tienen que ver con qué pasa con ese mundo indígena –que está también relacionado con el mundo rural– que no tiene necesariamente una voz, o cuya voz sobrevive de manera fantasmática. ¿Y qué hacemos con ese fantasma que vuelve y vuelve y al cual tratamos de acallar o ignorar, pero que nos persigue como una vocecita en la cabeza, como un zumbido molesto? ¿Que ha sido con esa historia? Y es así como se fue filtrando esa voz en muchos de los cuentos.
Por otro lado, la relación con la naturaleza o con los animales, o con todo lo que se va arrasando a medida que cierta idea de progreso va entrando al campo, también me interesaba. La idea de lo nacional no era lo único que me movía, de hecho hay un cuento que está situado en Marte.
DC: No es una literatura que busque retratar a un país estrictamente, aunque hay nombres de ciudades, como Santa Cruz, pero se distinguen elementos y palabras profundamente bolivianas, pero sin ninguna dificultad en recibirlos desde fuera. No hace falta un español homogéneo.
LC: Hay mucha poesía en estas palabras que vienen de los idiomas indígenas o incluso de las modificaciones del español que son particulares de cada región. Hay ahí una musicalidad y también una poesía. Hay un término que está mencionado en “Meteorito”, uno de los cuentos, que es quencha, una palabra andina para hablar de la mala suerte. Hay otras palabras, como chulupaca, que es un insecto enorme y horroroso. Me interesaba recuperar estos términos. No sé necesariamente de qué idioma vienen, y eso también me llamaba la atención, me hacía preguntarme qué pasó con esos pueblos que han desaparecido y de los cuales sólo nos queda, quizás, una o un par de palabras; o algunos pueblos que no han desaparecido pero que, a pesar de habitar la misma región, no puedo hablar su lengua. Y esta es la singularidad de Bolivia, donde están conviviendo al mismo tiempo tantos pueblos y tantas temporalidades, a la par de esta idea del progreso veloz que tiene Santa Cruz, mi ciudad, que tiene estas ansias de modernización conviviendo al lado de pueblos indígenas que siguen usando el arado, o siguen manteniendo cruces de la religión católica con otras creencias indígenas. Esa capa de varios tiempos conviviendo se me hacía fascinante de explorar.
DC: Tus cuentos relatan terrores profundamente humanos,violencias de lo cotidiano, pero que en tu literatura son redescubiertos de forma oblicua, mediante lo fantástico, el horror, la ciencia ficción. ¿De dónde proviene este constante desasosiego?
LC: La atmósfera del libro me fue dada un poco a partir de los largos inviernos en Ithaca, en el estado de Nueva York, donde vivo. Son inviernos de seis meses, en una ciudad bastante aislada y pequeña, un pueblo universitario. Por ejemplo, el cuento “Nuestro mundo muerto” trata de una mujer que es colonizadora en Marte, una sensación de aislamiento llevada al extremo.
Mi mudanza a los Estados Unidos, mi experiencia migrante, tiene mucho que ver con Ithaca, con sus largos inviernos y también con un periodo brutal de insomnio que me duró un par de años, una experiencia muy cercana a la locura. Porque cuando dejas de dormir por un periodo muy prolongado, la realidad se te va borroneando, difuminando. Y esa fue la atmósfera que se fue filtrando en todos los cuentos.
Hay un acercamiento en cada cuento, de distinta manera, a lo que sería una experiencia límite de los sentidos, una alteración que está presentada de diferentes formas: la experiencia casi mística, la psicosis producida por fármacos en “Meteorito”; la pérdida de la realidad que produce el aislamiento completo, como la migración a otro planeta en “Nuestro mundo muerto”; la experiencia religiosa en “El ojo”; o la depresión en “La ola”. Quería acercarme a estos estados en los que la razón va cediendo y va dando paso a otro tipo de acercamiento a la realidad.
DC: En “La ola” y en otros cuentos,hay algo casi inexplicable. No sólo funciona por su forma o por una mecánica perfecta. Pareciera que escribiste unas partes en trance o impulsada por una emoción muy fuerte.
LC: Ese cuento me fue brotando en imágenes. No sabía de qué iba siquiera. Por un lado, fue un encargo: me pidieron que escribiera un cuento sobre el Apocalipsis –porque era el 2012, el año en que supuestamente se iba a acabar el mundo– para una antología con este tema. Y la primera imagen que se me vino a la cabeza fue de ese mismo año, cuando un taxista me recogió a las 4:00 am del aeropuerto para llevarme a mi casa en Santa Cruz, y me fue contando en el trayecto cómo él se había convertido en evangélico. Me dijo que una noche había prendido la tele y había visto una cholita, una mujer indígena, contando cómo había visitado el cielo y el infierno.
Me dio este taxista un relato muy vívido de todas las cosas que esta cholita predicadora –que se llamaba Rosa Damiana Guajira, mantuvo el nombre en el cuento– había dicho de lo que había tanto en el cielo como en el infierno; incluso me dio una lista de políticos que estaban en el infierno. Tuvimos una conversación muy larga en la oscuridad, mientras me llevaba a mi casa. Me dio la fecha del fin del mundo: tenía que ocurrir en un momento de diciembre del 2012. Con lo cual, estamos viviendo post fin del mundo, y quizás todo esto sea un sueño porque ya el mundo se acabó, al menos de acuerdo a este taxista. La idea de “La ola” partió de esa imagen, para mí muy poderosa, de una conversión, pero también de una cholita mística. Y a partir de esa idea fui engarzando otras imágenes que yo encontraba poderosas y que no necesariamente tenían relación una con la otra. Para mí era importante en ese cuento conjugar algo oscuro que venía con esa ola, la imagen de una fuerza arrasadora, devastadora, con algo luminoso en el contrapunto de Rosa Damiana, la cholita mística. Ese cuento es esta relación de fuerzas entre la oscuridad y la luz.
Otro cuento, “Alfredito”, lo escribí en el peor momento del insomnio, cuando sentía que estaba perdiendo la razón. Y es curiosamente uno de los pocos cuentos que tiene chistes, un lado cómico a pesar de que está hablando de la muerte. A mí me parece curioso porque el momento en que lo escribí debe ser uno de los peores de mi vida. Y sin embargo salía ahí como una especie de risa loca, que se filtró dentro.
DC: Tus dos más recientes libros de cuentos, Nuestro mundo muerto y Ustedes brillan en lo oscuro tienen ecos y similitudes, del uno al otro se acentúan ciertas búsquedas. Si el primero le debe mucho a Ithaca y al insomnio, ¿cuáles fueron las atmósferas que fueron gestando el segundo?
LC: En Nuestro mundo muerto, los personajes, por diferentes razones, encuentran grietas en la realidad: hay un niño que vuelve de la muerte, una presencia alienígena en la selva, una ola sobrenatural en un campus universitario, un ojo maligno que persigue a una joven muy religiosa. En Ustedes brillan en lo oscuro lo que se enrarece es el tiempo: “La cueva” intenta capturar el tiempo geológico, la vida de los insectos, las mutaciones, lo que hace el paso del tiempo con el planeta y con los seres humanos. Pero también son intentos por excavar hechos del pasado y traer su potencia o su fantasma al presente, e incluso tratar de imaginar un futuro a partir de ese sedimento histórico: “Atomito” está inspirado en el Taki Onqoy, el movimiento anticolonial que ocurrió en los Andes en el siglo XVI; y “La deuda” ocurre en las ruinas de un pueblo que en el pasado vivió el boom extractivista del caucho.
DC: Ustedes brillan en lo oscuro inicia con “La cueva”, un cuento que desafía lo que pensamos que es un cuento, y que es un vehículo para mucho más que una historia – o una Historia, con H mayúscula. ¿Cómo surgió esta narración a la vez claustrofóbica y capaz de contener todo un universo?
LC: “La cueva” es mi manera de homenajear el fabuloso cuento “La última pregunta” de Isaac Asimov, que es capaz de imaginar no sólo la muerte del universo, sino también un nuevo Big Bang. Mi cuento es más modesto en su marco temporal, pero Asimov me hizo ver que se pueden contar historias a una escala de tiempo geológico. Es chocante pensar que cerca del 99% de los seres vivos que alguna vez existió en el planeta ha desaparecido en sucesivas extinciones masivas, pero es también brutal darse cuenta de que los humanos somos el agente de la sexta extinción. Con “La cueva” intenté capturar algo de la extrañeza y de la maravilla de los ciclos de vida y muerte de las criaturas.
DC: Tus cuentos crean una variedad de mundos, cercanos y disímiles. Una constante es la narración desde o de la periferia, ya sea la periferia de la modernidad, la periferia social, del desarrollo, geográfica, de quienes se sienten marginados por el color de sus ojos o por lo angosto de la creencias religiosas que rigen su vida. ¿Qué aporta a tus relatos esa perspectiva?
LC: La periferia es una cuestión de perspectiva. Para el norte global somos la periferia, el basurero de Occidente. Hace poco un orador de la campaña de Trump dijo muy suelto de cuerpo que Puerto Rico es una isla de basura. Esta idea es tan nociva como la que le exige al sur global ser el repositorio de la pureza y la inocencia. Latinoamérica es un laboratorio político e intelectual en el que se ensayan proyectos de futuro muy interesantes y, por supuesto, también contradictorios. El mundo tiene mucho que aprender de las luchas medioambientales, feministas y populares de la región. Somos centros alternativos más que periferia. En mis cuentos hay varias capas históricas en tensión: lo antimoderno en mis historias no son los escenarios rurales ni los personajes precarizados, sino más bien el sustrato colonial, racista y patriarcal en el que seguimos viviendo.
DC: Un elemento de tu literatura es el entrelazamiento de modernidad adusta y un pasado viviente, aunque a menudo irreconocible. Esta exploración se alía a la de diversos géneros: entretejes lo fantástico, el horror, el futurismo, la distopía. Cuéntame de tu interés y de las posibilidades de estos géneros que, quizás, alguna vez se consideraron populares –o menores–, y que han ido resurgiendo en los últimos años.
LC: Yo ingresé al fantástico porque el realismo no me alcanzaba ya para hablar del trauma individual y colectivo. Nuestro mundo muerto es un libro de fantasmas, y por definición el fantasma es el síntoma de un trauma que no ha sido reconocido socialmente, por eso vuelve a molestar a los vivos hasta que se le dé su lugar.
El género del horror nos dice que el pasado no se ha ido, que sigue actuando y arrojando su sombra en el presente, y que puede llegar incluso a impregnar —o más bien, a encantar— un espacio físico con esa carga negativa. El horror me permite hurgar en los traumas intergeneracionales y en las heridas de la historia.
La ciencia ficción se pregunta por el futuro, que es un escenario cada vez más inquietante debido a los horrores a los que estamos sometiendo al planeta; por eso mismo, creo que la ciencia ficción es el lugar ideal para hacer preguntas importantes acerca de cómo podría verse el futuro, con sus sombras, desafíos y resistencias.
DC: “Ustedes brillan en lo oscuro”, el cuento que da nombre al libro, cuenta la sobrecogedora contaminación por radiación de una ciudad, en medio de la inocencia, la incomprensión y la irresponsabilidad. Al final descubrimos que se basa en algo que en verdad ocurrió, en Brasil en 1987. ¿Cuál fue la genealogía de esta historia? ¿Fue un proceso distinto trabajar con un hecho histórico?
LC: Por lo general mi escritura funciona por asociaciones libres. No tomo notas; voy auscultando el texto para escuchar dónde está lo vivo, y a partir de esa intuición la historia toma una u otra dirección. El proceso en este cuento fue distinto porque nunca antes había trabajado tan de cerca con hechos históricos. Obviamente el relato está por completo atravesado por la ficción, pero mantuve sin demasiados cambios la forma en que ocurrió el accidente radiactivo y la suerte que corrieron algunas de las víctimas más inmediatas, así como el corolario del desastre, que significó la demolición de decenas de casas en Goiânia, el desplazamiento de los afectados a otras zonas de la ciudad y la construcción de un cementerio nuclear para alojar los desechos. En las primeras versiones el cuento tenía un lado más especulativo que luego descarté porque me di cuenta de que sobraba: los hechos ya eran pavorosos como para añadirle algún elemento fantástico. Siempre me han interesado los accidentes de contaminación radioactiva por su enorme capacidad destructiva, y me sorprendió que uno hubiera ocurrido en Brasil y que no se hablara tanto de él.
DC: Además de escritora, fundaste Dum Dum Editora en 2017. ¿Qué se genera y qué se detona cuando se crea un nuevo espacio creativo?
LC: Para mí Dum Dum Editora fue una forma de intervenir en la discusión pública, o más bien en el paisaje literario boliviano, con propuestas que encontraba totalmente deslumbrantes y necesarias. Por un lado, tiene una línea de rescate de autores que en su momento fueron ignorados u olvidados. La primera publicación fue la novela Eisejuaz de Sara Gallardo, que es una obra de los setentas que recién ahora está siendo redescubierta por la crítica después de muchos años en el olvido. Lo mismo con El occiso, de la boliviana María Virginia Estensoro, un libro de 1937 pero que no tuvo una reedición en casi 50 años. Me interesa indagar por qué ciertas voces fueron ignoradas o silenciadas, traerlas de nuevo a la discusión, y ver qué hay en estas estéticas, en estas voces, que pueda iluminarnos el presente.
Otra de las áreas que me interesa desarrollar en Dum Dum Editora son los géneros, como la ciencia ficción. La literatura latinoamericana contemporánea es otra de las aristas. Otra de nuestras publicaciones ha sido una antología de ensayo feminista, porque también el ensayo es una de las vetas que me interesa explorar. El ensayo escrito por mujeres, al menos en Bolivia, ha sido invisibilizado, a pesar de que tenemos excelentes ensayistas. Han encontrado un público dentro del país, y quisiera lograr mantener eso.
Dum Dum Editora es un espacio de exploración y de riesgo, porque existe la posibilidad de que algún libro no funcione como uno espera. Y claro, la economía de la editorial es pequeña. No siempre vas a alcanzar todo lo que buscas, pero el camino se va abriendo de a poco. Hay que persistir en la obsesión.
Diego Courchay
Escritor y periodista. Es maestro en Periodismo por la Universidad de Columbia, ganador del Robert L. Breen Fellow/Margot Adler Fellow for Innovative Journalism.