Ante el triunfo de Cuarón en los Oscar, los mexicanos hemos asumido, grosso modo, una de dos posiciones: la de la vanagloria patriótica o patriotera, que no deja de ver en el director al connacional que obtuvo el premio más importante del cine comercial, y la de los defensores del mérito individual, que desde días antes de la ceremonia en Los Ángeles ya lo protegían de aquellos que quisieran alzarse con el santito por la sola coincidencia de haber compartido lengua y territorio, como si el orgullo fuera una recurso escasísimo que corre el riesgo de pulverizarse al compartirse. (Puede que, por lo demás, esta segunda actitud encierre un nacionalismo aun más acendrado: como es muy probable que el premiado, mexicano al fin y por ende mezquino, no quiera compartir la dicha ni se acuerde de uno a la hora de los premios, mejor me curo en salud y declaro que el mérito es solamente suyo y no tiene porque darle las gracias ni a su mamá.)

Los argumentos en contra y a favor de cada una de estas posiciones son, por supuesto, abundantes y en algunos casos hasta persuasivos. Ciertamente, Gravity no fue ni ideada (suponemos), ni planeada, ni financiada ni hecha en México. Entiendo que la producción es sobre todo inglesa. Esgrimir esta razón, sin embargo, es tanto como decir que los múltiples premios obtenidos por un libro como Muerte súbita de Álvaro Enrigue no deben ser motivo de orgullo para otros mexicanos porque el autor lo escribió en Nueva York, en tierra ¡estadounidense!, y la producción fue multinacional: china la computadora, canadiense el papel bond, colombiano el café amargo, japonés el cacahuate y alemana la cerveza. ¿No es el director de una película el equivalente al autor de una novela? En este sentido al menos, Gravity es tan mexicana como mexicano sea o se considere su director, menos la proporción de extranjería que corresponda por la participación del resto del equipo. Apelo a los matemáticos para hallar la fórmula.
Está también la cuestión del tema. ¿La astronáutica, y en particular los cataclismos estratosféricos, son temas mexicanos? ¿La guerra civil de España, las hadas y los faunos, son materia común de la sensibilidad nacional?
Se afirma, asimismo, que sólo en otros países el talento de Cuarón encontró suelo fértil para reverdecer. Se recuerda incluso su expulsión del cuec por haber realizado un corto en idioma inglés. ¿Cómo podría un país sentirse orgulloso de los logros de un hijo al que limitó cuando no de plano truncó? México, ciertamente, no es el país de las oportunidades, al menos no de las legales. Los mexicanos somos truchas frescas que nadan contracorriente. Pero decir que en México no hay las oportunidades que en otros países no es lo mismo que decir que no hay oportunidades. Ni que, en la aritmética de las deudas de mediano y largo plazos, algunos no acumulen préstamos que terminan por redituar. Ignoro cual sea el balance en la contabilidad de aportes, despojos, devoluciones y liquidaciones entre Cuarón y el país. México está en deuda con muchos de sus vástagos. ¿Lo está con el cineasta?
Sea cual sea la respuesta, no deja de ser chocante que un asunto como éste cobre tales dimensiones —problema al que aporto con estas anotaciones mi grano de arena—. En un país grotesco, donde las cosas suelen ser gigantes o diminutas, abultadas o escuálidas, suntuosas o humildes, chingonas o jodidas, en una cultura de la desproporción, es difícil dar a las cosas su justa dimensión. El equilibrio y la ecuanimidad escasean y, cuando aparecen, es nuestra propia percepción, ya mal acostumbrada, la que tiende a deformarlos. No hay referentes confiables de proporción, de balance, y por tanto es difícil atribuirle a las cosas una escala que poco conocemos. Somos muy azotados. Nos corremos a los polos, la vida es sublime o es insoportable, nos fallan los matices. ¿Cómo entender el éxito de Cuarón como suyo y a la vez concelebrarlo? Imposible. A nuestro parecer, o el ganador regatea todo a México o no le debe nada.
Es natural que el éxito de quien representa a otros, aunque sea sin querer, sea para éstos motivo de orgullo. El silogismo es tan sencillo como primitivo: X está triunfando / En X hay algo de mí, y de mí en X / X y yo triunfamos. Tal vez por eso nos ha sido tan importante deslindar si Alfonso Cuarón nos representa o no. Porque de ello depende que hayamos participado o no de un logro que, en lo simbólico, es enorme. Olvídese que se trata del primer Oscar premium que gana un mexicano. Hollywood es la meca no solamente del cine sino de los sueños occidentales. Actualmente, los modelos más populares de amor y desencanto, de muerte y existencia, de bien y mal, de lealtad y traición, de fraternidad y hostilidad, de éxito y fracaso (por supuesto), los propone Hollywood, y el mundo tiende a adoptarlos de manera acrítica. Hollywood es el chico popular de la prepa al que todos quieren parecerse. Lograrlo significa pertenecer. Fallar es ser excluido. Ahí, en el corazón híbrido (mecánico y humano por partes iguales) de los valores occidentales y, se me apuran, mundiales, se alzó Alfonso Cuarón. ¿Cómo no querer apropiarse de su victoria?, ¿cómo no querer plantar aunque sea un beso en la copa? Así lo hizo el presidente, a nombre de México, y tantos más en cascada.
No está de más recordar, finalmente, la índole de los premios de la Academia. Los Óscar son reconocimientos gringos. No solamente por su procedencia sino también, en una enorme proporción, por su destino. Fuera de la categoría de película extranjera y de alguno que otro felizmente colado, como Cuarón y Lubezki, lo que hay en el teatro Dolby de Los Ángeles es all American. Si en términos de resonancia internacional los Oscar pueden compararse con los premios Nobel, en términos de identidad cultural se parecen más a los Pulitzer. Lo genial del asunto es que, a diferencia de Estocolmo, Hollywood no necesita reconocer a extranjeros para darle a sus premios una dimensión mundial. Por esta razón, entre otras, Estados Unidos puede darse el lujo de ser una nación insular. También por su capacidad de asimilación. El American dream, que tantos dentro de Estados Unidos y fuera de él persiguen, es eso, americano. No sólo porque sucede allá, sino también porque la asimilación a la cultura americana es condición para realizarlo. Alguien que se siente intensamente canadiense, ¿es capaz de experimentar el American dream? Los premios Óscar no pueden convertirse en un desfile de nacionalidades, como lo son los Nobel, porque eso los despojaría de su carácter gringo, que es justamente lo que les da su prestigio nacional e internacional. Quien zarpa a triunfar en Hollywood debe saber que tarde o temprano tendrá que renunciar o disimular sus raíces. Cuarón recurrió al español en su discurso de agradecimiento, pero pensándolo bien, ¿qué de Gravity, la obra, es hispano o mexicano? A un espectador culto que desconozca la autoría de la cinta, ¿qué de ella lo remitiría a México?
Tu postura y percepción es bastante acertada. Lo que tal vez me ha faltado leer en diferentes medios es la postura y percepción de los que pertenecen a un círculo tan pequeño como lo es el de la cinematografía. Estoy seguro que lo que perciben más allá de patriotismos súbitos, es, antes que nada, admiración por la realización/colaboración de quienes lograron en conjunto Gravity.
Es liderado por un director, cinematógrafo y especialista en efectos especiales. Es un trabajo visual, metafórico (por la lucha del ser humano contra las adversidades) parteaguas en la cinematografía mundial. De ahí, que a los que vemos más allá de un “boom de moda” consideremos primero la labor de conjunto de estos realizadores, ya reconocidos no sólo por Hollywood, sino por una larga lista de expertos en cinematografía.
Saludos.
Históricamente, a Hollywood le ha importado muy poco la nacionalidad de los participantes en una película para decidir (o votar) si los premia o no con un óscar, excepto la producción: quién o quienes invirtieron su lana, porque con los premios se trata muy claramente, sobre todo, de incentivar la inversión cinematográfica de su país, y en ese sentido es, como se dice en el artículo, un premio con un sentido eminentemente comercial. Por supuesto, se dan premios como a la mejor película extranjera, porque conviene darle un tono internacional al evento. El hecho de que el idioma de origen sea el inglés también influye, como influyó esto en el superéxito que fueron las novelas de Harry Potter (independientemente de las películas).
Creo que si Cuarón hubiera realizado Gravity exactamente con la misma calidad técnica, pero con inversión latina (parece chiste) y con actores latinos, es probable que no hubiera pasado de un óscar como mejor película extranjera. Ahora que visto objetivamente, al margen de consideraciones comerciales, Cuarón hizo la película que él quería hacer y como la quería hacer, lo cual es todo un logro. Además, supo conseguir los financiamientos internacionales necesarios para poder hacer realidad su proyecto. El suyo es también un éxito de relaciones públicas y gestiones comerciales. Por ejemplo, también fue premiado en Inglaterra, porque la película tiene parte de inversión inglesa, y of course, impulsémosla.
¿Y qué parte nos toca a los mexicanos de este éxito? Pienso en los seguidores de los equipos de futbol en el mundo; qué mérito tienen cuando gana su equipo: muy poco, pero al menos los que acuden a los estadios pueden decir que los animaron con sus porras. En el caso de Gravity, yo considero que el éxito de Cuarón muestra, lo que en realidad ya sabemos, que el problema de los mexicanos no es de talento, sino de actitud.
Y no es “conveniente” callar nuestras críticas a la mencionada película; los efectos visuales son muy buenos y todo un logro, pero no puede decirse lo mismo del argumento, que resulta bastante esquemático, construido a partir de una idea original, que parece ser, astronautas en una estación espacial, flotando y metidos en problemas.
…cuanta OCIOSIDAD…felicidades Alfonso y ya!
A la misma conclusión llegamos mi esposo y yo, que nos podemos sentir orgullosos porque Cuarón es un mexicano que se destacó en su ámbito, como nos podemos sentir orgullosos de otros mexicanos igualmente exitosos y destacados, artistas, pintores, escritores, filósofos, científicos, pensadores, deportistas, etc.
Es un éxito mexicano quiera reconocerloo no cuarón.
Cuarón nació,creció y se formó como cineasta en méxico.apesar de que después haya emigrado, su formación es eminetemente mexicana. lo mismo pasa con lubezki y del toro.
En una entrevista cuarón mecnionó que la falta de gravedad es una imagen de la perdida de base y de dirección, de horizonte.La idea se les ocurrió a él y a su hijo en la crisis del 2008, y me pregunto si no habrá habiado resonancias con el 94 y los ochenta en méxico. sería interesante hacerle esa pregunta.
El tema en la película es el dolor, la perdida y cómo podrian superarse, en este caso relacionado con la perdida del hijo. Me llamó la atención que es el mismo tema que Eugenio derbez presenta en “nos e aceptan devoluciones” (toda distancia guardada).
Subirse a la carreta está en los genes.
Mirar la carreta para criticarla , también ( donde podemos ver a muchos cayendose entre ellos, al presidente)
Pienso que es una pelicula extranjera escrita y dirigida por un mexicano
Hay varias perspectivas, numero uno, hacer peliculas es un gran negocio. A nadie le importa si eres Mexicano, lo que importa es si tiene uno credibilidad como director. El dineral que se invierte es increible y todos los que invierten en el proyecto estan por una sola razon. Que Hollywood valide un proyecto es parte del sistema que mantiene a muchos con la oportunidad de hacer otra pelicula. A final de cuentas, es una oportunidad para los que corren con suerte, seas Mexicano o no lo seas. Para los Mexicanos solo confirma que si se puede, si eres competente.
La película en mi opinión, deja bastante que desear (comparto los comentarios de Vicman). Sin embargo es curioso notar que tanto productores como promotores, inversionistas y técnicos en efectos especiales le pongan nacionalidad a su orgullo y Cuarón no pueda hacerlo…el viejo y arraigado malinchismo mexicano?
Buen comentario Ignacio, felicidades!!!