Goodnight Mommy: representación y terror

Una de las cintas de terror que en los últimos meses ha atraído la atención de críticos es Goodnight mommy (Ich seh, Ich seh), ópera prima de Veronika Franz y Severin Fiala, que con una paleta pálida y ambiente minimalista, explora una siniestra relación entre una madre y sus dos hijos gemelos (Elías y Lukas). Ella regresa a casa después de un cirugía facial y su cara permanece vendada. Los hijos, de apenas 10 años, generan una paranoia ante el ocultamiento del rostro que los lleva a una intriga primaria: ¿Cómo saber si esa persona que ha regresado a casa es mi madre? ¿Cómo reconocer lo que aparece vedado? No es cosa menor; como dice Judith Butler: “El rostro del Otro viene hacia mí desde afuera e interrumpe el circuito narcisista”. El rostro, siguiendo a Emmanuel Levinas, está ligado al discurso pues nos habla, nos interpela como condición del discurso. Si éste es puesto en duda, la red de significantes se cae.

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En la cinta todo sucede en una casa en medio del bosque, donde la tensión aumenta conforme el trato con la madre parece cada vez más distante. La duda marea y el castigo se hace presente. Si bien Goodnight mommy es útil para el tema de la identidad, para cimbrar la importancia del rostro como condición de la humanización, de lo igual; lo cierto es que la dialéctica de terror se derrumba ante escenas de violencia gratuita, que no abonan sino al horror costumbrista: la sangre, lo extremadamente violento, que desplaza la mirada del espectador de la pantalla y que haciéndose valer de lo radical, eleva la trama inmediatamente a un horror visual. A esto incluso se puede sumar un error que es gravísimo, pues a los pocos minutos devela el desenlace que sostiene el drama, un desliz argumental que cuesta caro pues un espectador habituado al thriller lo adivina, y sólo permanece frente a la pantalla con tal de corroborar que su sospecha sea adecuada. 

Aun así la cinta logra aciertos por los que vale la pena discutirla. El ritmo permite someterse a la tensión de la historia y plantea de forma abrupta un problema de tufos hegelianos: que el problema ontológico clave no es el de la realidad sino el de la apariencia (en concreto, a partir del rostro, la relación entre representación y humanización). Es ahí donde se teje la historia y desde dónde resulta conveniente hacer una lectura. En Goodnight mommy se agradece el intento por generar un terror en aras de la interpretación. Aquí se destierra al horror chato (con excepción de un par de escenas violentas) y a los seres sobrenaturales (amén de esto). En cambio se apuesta por una narrativa que expone lo humano bajo un registro imaginario (la tríada lacaniana), en tanto que la dubitación sobre la identidad de la madre (que por supuesto esconde un entramado siniestro con relación al cuerpo: a partir de las cirugías plásticas cambia la representación con que el otro nos había aprehendido) se genera a partir de una recreación de ella sustentada en la memoria de los gemelos y en fotografías, es decir: dudo de que sea ella porque no encaja con el recuerdo ficcionario que tengo registrado y sublimado. A esto (spoiler) se puede abonar que Elias, actúa en nombre de Lukas: no busca ocupar su lugar sino resucitar su imagen.

Así, Goodnight mommy viene a sumarse a las cintas de terror que en los últimos años han generado agrado, tales como It Follows (David Robert Mitchell, 2014) y The Babadook (Jennifer Kent, 2014), que sin buscarlo —quizá— han delineado una tendencia que parece cobrar vigencia dentro del género, pues hay algo distinto ahí, en ese tipo de historias que habían desaparecido con tal de ceder el espacio ficcional a los monstruos y asesinos que, como si fuesen marionetas, matan casi de forma autómata. Un resquicio en la representación del mal, que había olvidado que este no sólo es de envergadura teológica y ética sino mundano, carnal. El mal tiene otras caras más amables que también nos carcomen. Ahí la bondad de estas tres películas que sin mayor snobismo, encuadran temores cotidianos y los envuelven en diferentes niveles que ensayan la subjetividad con que los enfrentamos.

Claro, tampoco es novedad que las cintas de terror se muevan en niveles más complejos que escarban heridas existenciales, pero la hegemonía establecida por Hollywood en este género había dejado estos estilos arrinconados, había educado al espectador de ciertas generaciones a un terror soso y artificial que poco hablaba de los temores más obscuros del sujeto. En este contexto, que aparezcan cintas como It Follows cuyo target son jóvenes WASP (White Anglo-Saxon Protestant) con temor frente al sexo prematrimonial, o The Babadook que trata sobre el problema del duelo y la maternidad, es signo de que el género se está replanteando y busca, entre otras cosas, construir un horror que oprima o angustie, sin la necesidad de cambios abruptos de decibeles, de seres demoniacos amorfos, o de las situaciones conservadoras en que el malo mata a los jóvenes en vísperas de tener sexo. Estamos frente a una invitación a reestructurar el género, que de ser aceptada, nos podría conducir a territorios fértiles en un campo que parecía en franco deterioro y donde la mujer aparece, hasta el momento, como la portadora de acción y sentido.

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Publicado en: Cine