
Claire Morgan, una autora desconocida y que eligió permanecer en el más absoluto anonimato, publicó en 1952 una novela, El precio de la sal, notablemente audaz para la época. Los críticos trataron el libro con una mezcla de desconcierto y respeto, pero el éxito de público fue inmediato, y se vendieron más de un millón de ejemplares de la edición de bolsillo. La novela no volvió a editarse, y ahora reaparece con el título Carol (Anagrama) —libro que inspiró el filme del mismo título dirigido por Todd Haynes y protagonizado por Cate Blanchett y Rooney Mara—, que originalmente le había dado su autora, y firmada por ésta con su verdadero nombre. Carol es una novela de amor entre mujeres —de ahí la decisión de Patricia Highsmith de publicarla bajo un seudónimo, para no ser clasificada como una “escritora lesbiana”—, que se lee con la misma atención que despiertan las novelas “policíacas” de su autora. Highsmith concibió Carol en 1948, cuando tenía veintisiete años y había terminado su primera novela, Extraños en un tren. Se encontraba sin dinero, y se empleó durante una temporada en la sección de juguetes de unos grandes almacenes. Un día, una elegante mujer rubia entró a comprar una muñeca, dio un nombre y una dirección para que se la enviaran y se marchó. Patricia Highsmith se fue a casa y escribió de un tirón un primer borrador de Carol, que comienza precisamente con el encuentro entre Therese, una joven escenógrafa que trabaja accidentalmente como dependienta, y Carol, la elegante y sofisticada mujer, recientemente divorciada, que entra a comprar una muñeca para su hija y cambia para siempre el curso de la vida de la joven vendedora. Presentamos el prólogo y el epílogo, publicados en 1989 y en 1983, respectivamente.
Prólogo
La inspiración para este libro me surgió a finales de 1948, cuando vivía en Nueva York. Había acabado de escribir Extraños en un tren, pero no se publicaría hasta fines de 1949. Se acercaban las navidades y yo estaba un tanto deprimida y bastante escasa de dinero, así que para ganar algo acepté un trabajo de dependienta en unos grandes almacenes de Manhattan, durante lo que se conoce como las aglomeraciones de Navidad, que duran más o menos un mes. Creo que aguanté dos semanas y media.
En los almacenes me asignaron a la sección de juguetes y concretamente al mostrador de muñecas. Había muchas clases de muñecas, caras y baratas, con pelo de verdad y pelo artificial, y el tamaño y la ropa eran importantísimos. Los niños, cuyas narices apenas alcanzaban el expositor de cristal del mostrador, se apretaban contra su madre, su padre o ambos, deslumbrados por el despliegue de flamantes muñecas nuevas que lloraban, abrían y cerraban los ojos y se tenían de pie y, por supuesto, les encantaban los vestiditos de repuesto. Aquello era una auténtica aglomeración y, desde las ocho y media de la mañana hasta el descanso del almuerzo, ni yo ni las cuatro o cinco jóvenes con las que trabajaba tras el largo mostrador teníamos un momento para sentarnos. Y a veces ni siquiera eso. Por la tarde era exactamente igual.
Una mañana, en aquel caos de ruido y compras apareció una mujer rubia con un abrigo de piel. Se acercó al mostrador de muñecas con una mirada de incertidumbre —¿debía comprar una muñeca u otra cosa?— y creo recordar que se golpeaba la mano con un par de guantes, con aire ausente. Quizá me fijé en ella porque iba sola, o porque un abrigo de visón no era algo habitual, y porque era rubia y parecía irradiar luz. Con el mismo aire pensativo, compró una muñeca, una de las dos o tres que le enseñé, y yo apunté su nombre y dirección en el impreso porque la muñeca debía entregarse en una localidad cercana. Era una transacción rutinaria, la mujer pagó y se marchó. Pero yo me sentí extraña y mareada, casi a punto de desmayarme, y al mismo tiempo exaltada, como si hubiera tenido una visión.
Como de costumbre, después de trabajar me fui a mi apartamento, donde vivía sola. Aquella noche concebí una idea, una trama, una historia sobre la mujer rubia y elegante del abrigo de piel. Escribí unas ocho páginas a mano en mi cuaderno de notas de entonces. Era toda la historia de The Price of Salt (El precio de la sal), como se llamó originariamente Carol. Surgió de mi pluma como de la nada: el principio, el núcleo y el final. Tardé dos horas, quizá menos.
A la mañana siguiente me sentí aún más extraña y me di cuenta de que tenía fiebre. Debía de ser domingo, porque recuerdo haber cogido el metro para ir a una cita por la mañana y en aquella época se trabajaba también los sábados por la mañana, y durante las aglomeraciones de Navidad, el sábado entero. Recuerdo que estuve a punto de desmayarme mientras me agarraba a la barra del metro. El amigo con el que había quedado tenía ciertas nociones de medicina. Le conté que me encontraba mal y que aquella mañana, mientras me duchaba, me había descubierto una ampollita en la piel, sobre el abdomen. Mi amigo le echó una ojeada a la ampolla y dijo: “Varicela.” Desgraciadamente, yo no había tenido esa enfermedad de pequeña, aunque había pasado todas las demás. La varicela no es agradable para un adulto: la fiebre sube a cuarenta grados durante un par de días y, lo que es peor, la cara, el torso, los antebrazos e incluso las orejas y la nariz se cubren de pústulas que pican y escuecen. Uno no debe rascárselas mientras duerme, porque entonces quedan cicatrices y hoyuelos. Durante un mes, uno va por ahí lleno de ostensibles manchas sangrantes, en plena cara, como si hubiera recibido una descarga de perdigones.
El lunes tuve que notificar a los almacenes que no podría volver al trabajo. Uno de aquellos niños de nariz goteante debía de haberme contagiado el germen, pero también era el germen de un libro: la fiebre estimula la imaginación. No empecé a escribirlo inmediatamente. Prefiero dejar que las ideas bullan durante semanas. Y además, cuando se publicó Extraños en un tren y poco después la compró Alfred Hitchcock para hacer una película, mis editores y mi agente me aconsejaron: “Escriba otro libro del mismo género y así reforzará su reputación como…” ¿Como qué? Extraños en un tren se había publicado como “Una novela Harper de suspense”, en Harper & Bros —como se llamaba entonces la editorial—, y de la noche a la mañana yo me había convertido en una escritora de “suspense”. Aunque, en mi opinión, Extraños en un tren no era una novela de género, sino simplemente una novela con una historia interesante. Si escribía una novela sobre relaciones lesbianas, ¿me etiquetarían entonces como escritora de libros de lesbianismo? Era una posibilidad, aunque también era posible que nunca más tuviera la inspiración para escribir un libro así en toda mi vida. Así que decidí presentar el libro con otro nombre. En 1951 ya lo había escrito. No podía dejarlo en segundo plano y ponerme a escribir otra cosa por el simple hecho de que las razones comerciales aconsejaran escribir otro libro de “suspense”.
Harper & Bros rechazó The Price of Salt, y me vi obligada a buscar otro editor estadounidense. Lo hice a mi pesar, pues me molesta mucho cambiar de editor. En 1952, cuando se publicó en tapa dura, The Price of Salt obtuvo algunas críticas serias y respetables. Pero el verdadero éxito llegó un año después, con la edición de bolsillo, que vendió cerca de un millón de ejemplares y seguro que fue leída por mucha más gente. Las cartas de los admiradores iban dirigidas a la editorial que había publicado la edición de bolsillo, a la atención de Claire Morgan. Recuerdo que, durante meses y meses, un par de veces por semana me entregaban un sobre con diez o quince cartas. Contesté muchas de ellas, pero no podía contestarlas todas sin elaborar una carta modelo, y nunca me decidí a hacerla.
Mi joven protagonista, Therese, puede parecer ahora demasiado timorata, pero en aquellos tiempos los bares gays eran sitios secretos y recónditos de alguna parte de Manhattan, y la gente que quería ir cogía el metro y bajaba en una estación antes o una después, para no aparecer como sospechosa de homosexualidad. El atractivo de The Price of Salt era que tenía un final feliz para sus dos personajes principales, o al menos que al final las dos intentaban compartir un futuro juntas. Antes de este libro, en las novelas estadounidenses, los hombres y las mujeres homosexuales tenían que pagar por su desviación cortándose las venas, ahogándose en una piscina, abandonando su homosexualidad (al menos, así lo afirmaban), o cayendo en una depresión infernal. Muchas de las cartas que me llegaron incluían mensajes como “¡El suyo es el primer libro de esta especie con un final feliz! No todos nosotros nos suicidamos y a muchos nos va muy bien”. Otras decían: “Gracias por escribir una historia así. Es un poco como mi propia historia…” Y: “Tengo dieciocho años y vivo en una ciudad pequeña. Me siento solo porque no puedo hablar con nadie…” A veces les contestaba sugiriéndoles que fuesen a una ciudad más grande, donde tendrían la oportunidad de conocer a más gente. Según recuerdo, había tantas cartas de hombres como de mujeres, lo que consideré un buen augurio para mi libro. El augurio se confirmó. Las cartas fueron llegando durante años, e incluso ahora llegan una o dos cartas de lectores al año. Nunca he vuelto a escribir un libro como éste. Mi siguiente libro fue The Blunderer. Me gusta evitar las etiquetas, pero, desgraciadamente, a los editores estadounidenses les encantan.
24 de mayo de 1989.
Epílogo
Cuando escribí The Price of Salt, empezaban a aparecer, un tanto tímidamente, algunas novelas sobre la homosexualidad, aunque la propaganda de las fajas de los libros las calificaran de “osadas”. Y los homosexuales, hombres y mujeres, las leían, como seguramente las leían también algunos heterosexuales que sentían curiosidad hacia un sector de la sociedad para ellos desconocido, casi un submundo. La década de 1940 y los comienzos de 1950 eran tiempos en que los bares gays de Nueva York solían tener puertas bastante oscuras y los clubes privados celebraban fiestas los viernes por la noche, a tres dólares la entrada, consumición incluida y con derecho a invitar a un amigo. Había baile, cena y mesas con luz de velas. La verdad es que en aquellos clubes el ambiente era muy decoroso. Los gays hablaban de la última novela homosexual, y quizá se reían comentando el final de la historia.
La novela homosexual de entonces tendía a tener un final trágico. En general, solía tratar de hombres. Uno de los personajes principales, si no ambos, tenía que cortarse las venas o ahogarse voluntariamente en la piscina de alguna bonita mansión, o bien tenía que decirle adiós a su pareja porque había decidido elegir la vía recta. Uno de ellos (o de ellas) tenía que descubrir el error de sus costumbres, la desdicha que le esperaba, y tenía que conformarse para… ¿qué? ¿Para que le publicaran el libro? ¿Para garantizarle al editor que nadie le pondría un ojo morado por haber defendido la homosexualidad? Era como si hubiera que advertir a la juventud contra la atracción hacia el propio sexo, igual que ahora se advierte a la juventud contra las drogas. ¿Se les pedía a los escritores de aquellos días que cambiaran el final? Algunos de los libros así parecen indicarlo.
En 1952 se dijo que The Price of Salt era el primer libro gay con un final feliz. No estoy segura de que esto fuese cierto, porque tampoco lo he investigado nunca. De todas maneras, las cartas que empezaron a llover tras la edición de bolsillo de 1953 eran sorprendentes, en número y en contenido, a veces doce diarias y manteniendo ese volumen durante semanas. Gracias, decía la mayoría, y las escribían chicas y chicos, jóvenes y de mediana edad, pero la mayoría de ellos jóvenes y dolorosamente tímidos. Me daban las gracias por haber escrito sobre dos personas del mismo sexo que se enamoraban, que sobrevivían al final y con una razonable dosis de esperanza en un futuro feliz. “Vivo en una pequeña ciudad. Aquí no hay nadie como yo. ¿Qué cree que debería hacer…?” Y “No puedo decirle lo contenta que estoy de que alguien tenga el valor de escribir una historia sobre dos lesbianas que esperan conseguir el éxito…”. Por encima de todo, había optimismo, y aquellas cartas de Eagle Pass, Texas, de alguna parte de Canadá, de ciudades que yo nunca había oído nombrar de Dakota del Norte, de Nueva York e incluso de Australia olían a coraje. Contesté todas las que pude, puse a un alma aislada en contacto con otra similar, le pedía a una que le escribiera a tal otra y así me ahorraba el trabajo de contestar a todos, y les expresaba mi agradecimiento por sus cartas. ¿Qué le puede decir una a alguien que está solo en su pequeña ciudad excepto que se traslade a una ciudad más grande, donde habrá más oportunidades de encontrar pareja?
La década de 1980 ofrece un cuadro muy distinto. Y si una de cada diez personas es gay, o tiene cierta inclinación, según afirman las estadísticas, una pequeña ciudad no parece tan desolada como antaño. Los gays ya no se esconden. El chantaje ha perdido parte de sus garras gracias a las leyes sobre el consentimiento mutuo, aunque el hecho de ser homosexual puede costarle a alguien su trabajo, dependiendo más del trabajo que del comportamiento o el carácter de la persona. Lo cual es bastante absurdo, porque un individuo con una vida personal satisfactoria está más inclinado a desempeñar mejor su trabajo que alguien que carezca de ella, sea cual fuere el trabajo.
El lector de la década de 1980 quizá encuentre a Therese demasiado tímida y vergonzosa como para ser creíble. Pero ella vivía en una época mucho más represiva. Hoy, una chica con sus ambiciones y su nivel de percepción conocería el mundo gay desde los doce años de edad, o desde la edad a la que descubriera hacia dónde se inclinaban sus deseos. Las revistas y los libros son ahora más sinceros y accesibles. Las actividades sexuales empiezan mucho más temprano que a los diecinueve años de Therese. Quizá ahora, incluso en las pequeñas ciudades, los chicos y chicas homosexuales salen a la luz en su temprana adolescencia y al menos descubren que no están solos en su desviación del camino habitual. Pero incluso en el mundo occidental hace falta ser un chico o una chica excepcional, con un coraje excepcional, para hacer esa confesión a los padres a los catorce años, como una declaración de independencia y de libertad. ¿Se tomarán los padres esas noticias con calma? ¿No habrá una escena, amenazas e incluso una visita forzada al psiquiatra? Probablemente incluso ahora hay poca gente gay que no intente sobrevivir el máximo tiempo posible durante los terribles años que van desde los catorce a los dieciocho haciendo comedia ante los padres, esperando mantener las cosas ocultas hasta el gran día en que acaben de estudiar y puedan buscar un trabajo, irse a vivir con un amigo o encontrar un sitio propio, aunque sea modesto. A pesar de toda la liberación actual y de los sofisticados padres que pueden decir en una fiesta a sus coetáneos: “¿A que no sabes una cosa? ¡Nuestra hija es gay!”, hay amargura y decepción en su descubrimiento. Probablemente no habrá nietos para esa descendencia particular. La familia prevé y predice relaciones inestables y desastrosas.
En esta época, más libre, debe de haber pocas Thereses, pero siempre habrá Carols en miles de ciudades, con historias similares. Una chica se casa joven, a menudo con cierta presión paterna, con una vaga e inexplorada convicción de que está haciendo lo correcto. Unos años después, la verdad sale a la luz, tiene que expresarse porque ya no se la puede reprimir por más tiempo. Muchas veces han tenido ya algún hijo. A las furias del infierno hay que añadir la furia del marido y padre que ha “perdido” el amor de su mujer por otra mujer. Impotentes como hombres, recurren a la ley para realizar lo que ellos ven como justicia y a menudo como venganza justificable, así que insisten en que la ley revele su peor faceta.
¿Por qué a la gente le fascina tanto la vida sexual de la otra gente? En parte es por el placer que se deriva de la fantasía. Los chismes de los periódicos son mucho más picantes si se refieren a un miembro de una familia real de donde sea, porque presumiblemente el decorado es más elegante. En parte, se debe a la primitiva y desagradable urgencia de castigar a los que se descarrían de la tribu. Si uno ve una gruesa figura con gabardina en medio de una carretera brumosa, la primera pregunta que se plantea: ¿hombre o mujer? Es una pregunta inmediata e inconsciente que necesita respuesta. Si la gruesa figura se para y pregunta una dirección, y todavía seguimos sin saber el sexo porque la persona es mayor, tiene la voz andrógina y la cabeza envuelta en una bufanda, se convierte en una historia cómica para contar a los amigos. El sexo se define por características físicas y debe indicarse en los pasaportes. El amor está en la cabeza, es un estado de la mente.
Para algunos, enamorarse es algo anticuado, peligroso, incluso innecesario. El lema es: evitar las emociones fuertes. Jugar a todo, marcar tantos y disfrutar de la vida. Para ellos, el sexo es una cuestión de ego. ¿Qué pensaría gente así del difícil camino de Therese y Carol hacia una relación? The Price of Salt fue rechazada por el primer editor que la leyó y aceptada por el segundo. Tuvo “serias y respetables” críticas en su edición de tapa dura. Sin más críticas, fue una victoria aplastante en su edición de bolsillo, porque la publicidad fue únicamente de boca a boca. Mucha gente debió de identificarse con Carol o Therese. Así, un libro que al principio fue rechazado, llegó arriba del todo. Me alegra pensar que les dio a varios miles de personas solitarias y asustadas algo en que apoyarse.
Octubre de 1983.
Patricia Highsmith
Escritora. Publicó El talento de Mr. Ripley, La máscara de Ripley, El amigo americano, Crímenes imaginarios, El juego del escondite, Extraños en un tren, Tras los pasos de Ripley, Un juego para los vivos, Rescate por un perro, Gente que llama a la puerta, El hechizo de Elsie, Mar de fondo, El cuchillo y Ripley en peligro, entre otros libros.
Traducción de Isabel Núñez y José Aguirre.