Gabriel Orozco vuelve a la galería Kurimanzutto para, entre otras cosas, rescatar a la terrible y monstruosa Coatlicue en una muestra problemática que arropa su involucramiento con la política cultural de este sexenio y del Complejo Cultural del Bosque de Chapultepec. La exposición termina el 27 de abril.
Ante su exposición anterior en la Ciudad de México, para la que transformó la galería Kurimanzutto en una tienda Oxxo sui géneris bajo el nombre de Oroxxo, la nueva muestra de Gabriel Orozco es más bien clásica: pintura, escultura y dibujo. Hace treinta años presentó la caja de zapatos vacía en la Bienal de Venecia —obra que fue y sigue siendo el parangón, la medida, el ejemplo e incluso la guasa de lo que, según se mire desde México, es o no es arte. Ahora ocupa el espacio de la galería de forma museística “sin que deje de ser importante el espíritu experimental de los artistas que exponemos aquí”, como él mismo afirma. No obstante, la muestra del creador xalapeño de 61 años —cuya figura está atada al proyecto del Complejo Cultural del Bosque de Chapultepec, del que es cabeza— carece de búsqueda y de curiosidad gestual, señas de la obra que lo encumbraron. Orozco retoma la figura antropomórfica de la Coatlicue, la inclasificable diosa azteca, para fundirla con el Hombre de Vitruvio de Leonardo en varios lienzos de gran formato que muestran un empeño nacionalista que coincide con la próxima apertura de Chapultepec, el caballo de Troya cultural de la 4T y del presidente Andrés Manuel López Obrador.
La exposición se llama “yo”
En la exposición, que no lleva otro nombre más que el de su creador, se exhiben dibujos que parten del Diario de plantas, proyecto azaroso de espíritu explorador que el artista comenzó en Tokio, ciudad donde reside, en el que transcribió de forma gráfica las láminas vegetales que se encontraba. Luego, en la bitácora vegetal, registró lo que halló a su paso por Acapulco y la Ciudad de México. Estas representaciones, algunas detalladas y otras que apenas son bocetos de lo que puede ser una obra, conforman un jardín en la galería que la voluntad barroca de llenar el vacío puebla con otros elementos, por ejemplo esculturas. El mármol blanco y el tezontle rojo son la materia prima de los nuevos volúmenes escultóricos de Orozco, siempre interesado en la geometría. Aunque todos están elaborados a partir de un diagrama que tiene la forma de un cubo, cada uno es diferente en sus volúmenes, rellenos y vacíos, su simetría accidentada es más evidente en las texturas porosas y lisas, respectivamente, de los materiales. Al aparato museístico en Kurimanzutto lo coronan las problemáticas representaciones de la Coatlicue, núcleo de la idea que da en conjunto la muestra.

Contraponer como intriga
“En su momento se ocultó o no se entendió. Para describir a la Coatlicue se usaban palabras como terrible, monstruosa, salvaje. También hay muchas cosas que no sabemos, hay interpretaciones diversas en cuanto a su funcionalidad y uso como diosa o escultura en la Plaza Mayor”, dice Orozco sobre la representación de la deidad azteca, símbolo de la fertilidad, la tierra, el sacrificio y la muerte. Mujer, serpiente y águila, la Coatlicue es más que una obra de arte porque no ha perdido el horror y el misterio sagrado que la reviste. Es sabido que el grupo escultórico que se le dedicó tenía una presencia muy importante en Tenochtitlán. Se cree que la Coatlicue estaba tanto en la cumbre del Templo Mayor como en las esquinas. Estuvo enterrada y escondida durante la Colonia por casi doscientos setenta años y luego fue redescubierta en 1790. Ese mismo año la trasladaron a la Universidad Nacional y la volvieron a enterrar ya que había indígenas que todavía le colocaban ofrendas. Esta intrincada historia reafirma su cualidad de inclasificable. Ahora, la diosa demoníaca vive en el Museo Nacional de Antropología donde turistas y estudiantes la ven de pasada o la pierden de vista entre tantas piezas; quizá de esa forma protegen su misterio. La pregunta que asalta la curiosidad es ¿por qué mostrarla y para qué mostrarla ahora?
En sus lienzos, el artista pinta los diferentes perfiles de la Coatlicue y la contrapone al Vitruvio “dentro de una tradición en la que ha habido interpretaciones pictóricas espléndidas como la de Saturnino Herrán. Es una escultura que contiene mucho misterio, de una fuerza extraordinaria. Yo mismo me pregunté en el proceso ¿por qué la estoy investigando y la contrapongo con la figura de Leonardo? Por eso digo que estos cuadros son más analíticos que sintéticos. No estoy dando una opinión como Herrán, que muestra a la Coatlicue con el crucifijo. Diego Rivera, por su lado, la mete en una máquina. Espero que esta contraposición genere otras intrigas, otros cuestionamientos a los temas contemporáneos, porque evidentemente hay un interés de contemporizar estos dos elementos simbólicos. Claro, la Coatlicue no es tan conocida en el mundo como el Vitruvio. Vamos a ver qué sucede en el extranjero. A lo mejor no la van a entender”.

El interés de poner al día símbolos prehispánicos, que presuntamente están perdidos, para identificarlos con un nuevo momento histórico, ha ocupado al gobierno actual de diversas maneras. Por ejemplo, las investigaciones que subvencionó para encontrar una cabeza olmeca en las aguas del río Grijalva. Una leyenda local dice que al trasladar la pieza de enormes dimensiones, que estaba en el predio de un hombre poderoso, se hundió en el fondo. Dar con ella significaría, aparentemente, la confirmación de un momento rompedor, fundacional. La historia de la infructuosa búsqueda la documenta el filme Tótem (2022), de la Unidad de Montaje Dialéctico, que argumenta la intención política de buscar lo real en lo simbólico, un cuerpo que dé identidad a una nueva época. A Gabriel Orozco —quien, en el sexenio de Vicente Fox, se involucró en el proyecto de la Biblioteca Vasconcelos con la espléndida escultura de la ballena Mátrix Móvil (2006)— ya es imposible desvincularlo de la contradictoria política de austeridad cultural y de recortes de este sexenio y de su megaproyecto en Chapultepec, el bosque emblemático de la Ciudad de México. “El proyecto lo hice por amor a mi país. No cobré nada por hacerlo. Yo no he vivido del presupuesto, normalmente he sido muy crítico con los artistas que viven de él. He querido encontrar un camino distinto al de la dependencia del aparato ideológico-estético o administrativo de un gobierno”, afirma. Las palabras de Orozco, a quien se le ha reclamado de forma pública su apoyo a la política cultural que tiene a los trabajadores más que precarizados en vilo por subsistir, contra el Estado cultural no sólo quisieran mostrarlo como un sacrificado por la patria, sino que terminan por justificar una política cultural que abandona presupuestalmente a todos los demás artistas —distintos a él. Su amor por su país —sacrificio para unos y para otros vanidad— curiosamente coincide con su rescate de la Coatlicue unos meses antes de la apertura del Complejo Cultural del Bosque de Chapultepec, el cual, hay que decirlo, eclipsa las nuevas obras del artista que trastabilla con sus declaraciones políticas.

Tatuaje
Las composiciones de Orozco confluyen en una estética que remite al tatuaje, al grabado en la piel, como si fuera una seña identitaria impregnada bajo la epidermis, una marca, una huella de la mexicanidad en el escenario universal que representa el dibujo de Leonardo. Hay una diferencia muy importante entre la representación de Orozco y las de los creadores a los que alude como antecedentes. Herrán y Rivera arropan el misterio de la Coatlicue, envuelven su pintura en ella, ya sea a través de lo cristiano y lo maquinal o tecnológico. Lo de Orozco parece un intento por desacralizar a la Coatlicue, por despojarla del enigma ancestral y proponerla como un icono; incluso en los lienzos se encuentran de forma diminuta las reconocibles figuras geométricas de Orozco. Si bien el Hombre de Vitruvio y la Coatlicue son contemporáneas —se cree que la representación escultórica de la diosa azteca se hizo entre 1487 y 1500 y Leonardo compuso su dibujo en 1490—, su recuperación histórica es imposible de empatar. Uno, traducido por el genio multidisciplinario y moderno de Da Vinci, encarna la idea de que el hombre es la medida de todas las cosas, fundadora del humanismo renacentista. La otra es el misterio, el enigma, lo incomprensible, el horror atávico de una parte del México prehispánico, época que el gobierno actual utiliza como el verdadero y único origen de la nación.
Carlos Rodríguez
Periodista cultural