Desde hace ya bastantes años, la poesía de Francisco Hernández (San Andrés Tuxtla, Veracruz, 1946) ha ido acrecentando su importancia de forma incuestionable en México. Debido a su ductilidad, su capacidad de dejarse invadir, de reflejar y de asimilar aspectos de diferentes disciplinas, los libros de Hernández son ejemplo de la poesía contemporánea más vigente que podamos encontrar.

Ya sea incorporando características de la narrativa, Diario sin fecha de Charles B. Waite o Una forma escondida tras la puerta, dialogando con numerosos autorretratos de pintores fundamentales, Población de la máscara, o poetizando sobre enfermedades, Mi vida con la perra, La isla de las breves ausencias o Mal de Graves, Hernández se ha vuelto un auténtico explorador de la poesía y su plasticidad. Sin supeditar la poesía a la exploración, sino, al contrario, dejando que la poesía tome el mando en su recorrido, los libros de Francisco Hernández han devenido piezas cada vez más complejas, más vastas y más sugerentes. En todo este desarrollo su más reciente libro cumple la función de conformarse como la joya de la corona. Odioso caballo (Almadía, 2016) es, sin duda alguna, el libro en el que más posibilidades ha transitado, mayores tesituras ha alcanzado y donde la densidad poética ha tocado tantísimos puntos como no lo había hecho antes.
Compuesto por un conjunto de poemas que Francisco Hernández había estado trabajando, publicando y leyendo en algunos recitales, Odioso caballo se perfilaba como un libro en el que la figura equina sería central para su exploración. A la manera de un Jonathan Swift, quien creía y defendía a esta creatura como una de las más excelsas jamás creadas, Hernández empezó a fabular con el caballo y su presencia imponente. Relacionándolo con Baudelaire, que recorría en una cabalgata la plaza Río de Janeiro, de la Ciudad de México, o mencionando a Balzac (“M. de Breugnol”) o, incluso, retomando al caballo como una figura nefanda de su pasado:
Mi casa se cayó del caballo
Mi casa se cayó del caballo, pero no se calló.
Se cayó de vieja, con sus llaves sin agua
y ratas originarias de otros derrumbes.
Su voz, hilo de madera,
voz escasa de mi casa,
habla de lo incierto con certeza,
secretea mensajes de tejas partidas,
señala sus ventanas sin cortinas ni cristales
y acepta su vida nueva sin paredes.
“Aquí naciste tú”, dice mi casa.
“Aquí murió tu padre: cáncer de páncreas.
¿Recuerdas al río de nombre náhuatl
llenándonos de lodo hasta el resuello?
Ahora ya no hay inundaciones ni palmeras,
seco respira el pozo y el patio
se utiliza como estacionamiento. […]
Para quienes lo leíamos con atención y asistíamos a sus lecturas durante varios años, el libro que trabajaba merodearía un “motivo” desde diferentes puntos, retomaría al caballo y le volvería dar un lugar central, como ya lo había hecho con Hölderlin, Trakl o sentidos como la vista. A la manera de Saint-John Perse, e incluso de otro poeta más joven, Ernesto Lumbreras, cuyo libro Caballos en praderas magentas. Poesía (1986-1998) también había plasmado algunas imágenes a partir de este mítico animal, Hernández conjugaría su aliento poético, su capacidad de aforista y sus tendencias de fabulador en un libro que ya se presentía asombroso. Sin embargo, a partir de una visita al taller del artista plástico Israel Moreno “Moris”, todo el libro entró en una red interminable de cambios y alteraciones, esto suscitado por hallar una pieza que representaba algo que provocaba fuertes reminiscencias en el poeta. “El taller de Moris es una bola de cristal, / una hoguera de un terreno baldío, / un piso de arena con una mesa que lo comprime. / Sobre esta mesa, mi foto / es la foto de mi padre. […]
Al leer Odioso caballo uno puede darse cuenta de que no sólo es el más extenso de toda la obra de Hernández, sino que también es el que contiene más temas por explorar. Ya sea un acercamiento al Paterson de William Carlos Williams o a Lima la horriblede Sebastián Salazar Bondy, a Rimbaud, a Juan Gelman, o un diálogo con numerosos artistas, Pina Bausch, Moris, Vicente Rojo, Jan Hendrix o Durero:
24 de Paterson la horrible
Jesucristo en la cruz, piensa Durero. Para un contraste máximo, el fondo deberá ser blanco. No se distinguirán las letras INRI y el cuerpo lucirá largo y atlético. Tres ángeles se encargarán de evitar, mediante cálices, que los chorros de sangre beneficien al polvo. No habrá anemia en nuestro Salvador, ni várices, ni convulsiones que permitan la caída de la corona de espinas. Vino rojo manará de las manos, de los pies y del costado, para seguir siendo fieles a la historia. Sólo el ángel izquierdo portará dos copas. Alados, suspendidos, en su rostro apenas se advertirán rasgos de preocupación o de asco. El rostro de Jesucristo, súbitamente desértico, en tranquila agonía deberá sumergirse.
Año 1523. En el fondo negro del firmamento, el Cúmulo de Virgo debe mostrarse intenso.
Esa noche, después de terminar el grabado, Durero tuvo dificultades para dormir. Esa noche, en su diario, describió la fuerza de una lluvia de estrellas, los espasmos de su pierna izquierda y la furia con que un caballo le pateaba el pecho con sus pestañas.
En suma, Odioso caballo representa muy bien un periodo de creación de Francisco Hernández, una etapa en la que la imaginación y la curiosidad no se detienen, al punto de que el libro que todos sus lectores esperábamos se transformó en algo de una densidad mucho, pero mucho, mayor de lo que nos imaginábamos. No es una casualidad que, debido a este tesón genuino, Francisco Hernández actualmente sea uno de los poetas más leídos por los jóvenes poetas o por lectores que están ávidos de encontrar una voz fresca, en constante transmutación y que explore el arte con la misma fruición de quien se inicia en estas derivas. Es por esto que la mención de músicos, pintores, poetas, inventores y extraordinarios coreógrafos confluyan en estas páginas: “¿Dónde, Pina, hicimos una cita / para encontrarnos por primera vez? / ¿Sobre el musgo de alguna piedra? / ¿En una calle de los suburbios de tu ciudad natal / o en un sitio donde sólo se construyen fados? / Tal vez fue sobre el mostrador del café Möeller. / Ahí nadie podía ser tan elástica / como tu columna vertebral de fogata, / nacida para darle mayor espacio / a tu lenguaje de relámpagos mudos”.
Aparte de todo esto, en Odioso caballo aparece por primera vez un tema que no había estado presente, la violencia y el culto paradójico, absurdo, esquizofrénico, a lo que este mundo rodea. Del mismo modo, Hernández abre la mirilla hacia México en lo político y deja algunos versos que, como saetas, podrán algunos ser aludidos en su vuelo:
11
El promedio de asesinatos en mi país,
debido al crimen organizado, es de treinta y cinco
personas cada día.
El crimen organizado está compuesto por los
narcotraficantes,
el gobierno, el ejército, la marina, la policía, el clero,
la suprema corte de justicia, los paramilitares,
los encargados de las prisiones, los guardaespaldas,
la cámara de senadores, la cámara de diputados,
los integrantes de partidos políticos y algunos dueños
de casinos, hoteles, playas y basureros.
El promedio de asesinatos aumenta cada día, aunque
otra parte fundamental
de esta organización, las televisoras y la prensa, digan
lo contrario.
Considero que para quien haya seguido la obra hernandina poemas como este le mostrarán sutilmente las nuevas sendas que también ha explorado este magnífico “imitador de voces”. Finalmente, será en la última sección “Cartas” en donde Francisco rinda homenaje a numerosas figuras que lo han conmovido, trastocado o merodeado al tomar café en lugares que suscitan la epifanía como el Café Müller, desde donde el poeta lee el mundo acompañado de una taza de café.
Héctor Iván González
Autor de Menos constante que el viento.
Me encanta su escritura toda.
Me encanta su escritura toda, la de Francisco Hernández. Me gustaría compartir este artículo con una sobrina q vive en Chile y rechaza la poesīa porque no la conoce.