Presentamos diez disertaciones de muy distinto talante para acercarnos al fenómeno navideño asistiendo a diversas épocas y geografías.
El estilo de la Natividad
Henry Royston Loyn
Tanto la Navidad como la Anunciación y la Pascua se empleaban para determinar en qué momento comenzaba el año de gracia. Teóricamente Beda [monje proclamado doctor admirabilis por el concilio de Aquisgrán en 836 y el papa León XIII le concedió ese título para la Iglesia universal en 1899.El gran cuerpo de sus copiosas publicaciones abarca temas histórico-biográficos] utilizó el estilo de la Natividad y se hizo muy popular, siendo empleado en el Sacro Imperio Romano Germánico hasta el segundo cuarto del siglo XIII.
Henry Royston Loyn (editor), Diccionario Akal de Historia Medieval, Akal, 1998, 448 pp.
Nicolás Reyes cae del cielo
Cornelia Funke
En la noche del diez de diciembre una terrible tempestad se abatió procedente del norte. Mil relámpagos alanceaban las estrellas y el trueno retumbaba por el cielo negro como un tren de mercancías descontrolado.
Nicolás Reyes, de profesión Papá Noel, no se daba cuenta de todo eso. Yacía en su carromato roncando apaciblemente, mientras Estrella Fugaz, su reno, lo arrastraba a través de las nubes muy alto por encima del mundo dormido. Los relámpagos lamían el carromato destartalado como lenguas de serpientes, pero Nicolás Reyes soñaba con almendras y mazapán como acostumbran los Papá Noel.
Estrella Fugaz corría cada vez más rápido entre las nubes negras, pero no podía escapar de la tormenta. La tronante oscuridad se tragaba las estrellas, y los relámpagos le pasaban siseando entre los cascos. Estrella Fugaz se encabritó, rompió las riendas y se precipitó hacia el suelo. El carromato sin reno de Reyes se balanceó de un lado a otro como una barca en el mar embravecido, y luego volcó precipitándose hacia la nada. Reyes se cayó de la cama con estrépito, se golpeó la cabeza contra la pata de una silla y rodó debajo de la mesa.
—¡Aaaalto! —gritó—. Cielos, ¿qué sucede?
Pero entonces se precipitaba ya junto con su vehículo hacia el suelo.
La cabeza de Nicolás zumbaba y rugía como si estuviera a punto de estallar. El carromato rozó con las ruedas las copas de los árboles, chocó contra una chimenea, dobló dos antenas de televisión y aterrizó ruidosamente en el arroyo de una calle estrecha.
Una bandada de cuervos alzó el vuelo desde un tilo desnudo con furiosos graznidos. Un gato gordo y gris del susto casi resbala del caballete del tejado. Y las personas que estaban despiertas en sus camas porque la tormenta les impedía conciliar el sueño, pensaron: “¡Menudo trueno! Es como si la luna se hubiera caído del cielo”.
El carromato de Nicolás rodó un corto trecho, después se apoyó en un costado, gimiendo, y se detuvo.
Nicolás apartó las manos de sus oídos y escuchó. Ya no se oían zumbidos ni rugidos, ni estrépito, sólo el retumbar del trueno. Salió a gatas de debajo de la mesa.
—¿Matilda? ¿Emmanuel? ¿Estáis bien? —gritó tanteando a oscuras en busca de su linterna de bolsillo.
Pero, claro, ya no estaba en el lugar acostumbrado. Nada estaba ya en su sitio.
—¡Ay, ay! —gorjeó alguien—. ¡Ay, ay! ¿Qué ha sido eso? Reyes, ¿qué ha pasado?
—¡Ojalá lo supiera! —murmuró Nicolás Reyes palpándose el enorme chichón de su frente.
Una cerilla flameó en la oscuridad y una pequeña y oronda mujer ángel descendió aleteando desde el armario con una vela en la mano. Un segundo ángel atisbaba, horrorizado, por encima del borde del armario.
—¡Oh, qué desgracia! —exclamó la mujer ángel, aleteando nerviosa alrededor de Nicolás.
Éste seguía completamente turulato, sentado de culo en medio de libros y de vajilla rota.
—Matilda, por favor, echa un vistazo a los duendes, ¿vale? —rogó.
—¡Ah, ésos! —Matilda depositó la vela encima de la mesa—. Ya están otra vez mascullando maldiciones. ¿No los oyes? Puaj.
En el cajón superior de una cómoda volcada se oía barullo. Varias voces excitadas despotricaban todas a la vez.
—¡Sí, sí! —gritó Matilda—. Pero primero dejad de maldecir. O no moveré un ala, ¿entendido?
Nicolás se incorporó y caminó tambaleándose hacia la puerta por el suelo inclinado del carromato. Miró fuera hacia la noche, cauteloso. No se veían personas ni animales. Nicolás se puso su abrigo rojo y con las piernas temblorosas bajó los dos peldaños de madera podrida del vehículo. Casi tropezó con un letrero de la calle que asomaba por debajo del carromato. “Camino de la Niebla”, se leía. El carromato se apoyaba, ladeado, en el arroyo. Se le habían roto dos ruedas.
—¡Ay señor, ay señor! —Nicolás meneaba la cabeza—. Mira qué desastre. ¡Menudo cenizo estoy hecho! —acechó a su alrededor sin saber qué hacer.
De su reno no se veía ni rastro. No era de extrañar. Estrella Fugaz era invisible como todos los renos navideños, invisible y glotón. Nicolás sacó de su abrigo unos panecillos especiados y los blandió, esperanzado, en la oscuridad.
—¿Estrella Fugaz? —llamó en voz baja chasqueando la lengua—. Estrella Fugaz, comida. ¡Vamos, ven de una vez, penco desleal!
Nada. Ni chacoloteo de cascos, ni campanitas, ni resoplidos, ni chasquidos de lengua, sólo un postrero retumbar del trueno. Una gota de lluvia aterrizó sobre la nariz de Reyes. Plas. Al momento siguiente llovía a cántaros. Reyes retrocedió a trompicones hasta su carromato.
La lluvia caía, fragorosa, sobre el Camino de la Niebla, y los cuervos buscaron cobijo en las ramas desnudas.
Cornelia Funke, Cuando Papá Noel cayó del cielo, ilustraciones de Regina Kehn, traducción de Rosa Pilar Blanco, Siruela, Madrid, 2015, 176 pp.
Beckett pasa Navidad con los Joyce
Adam Thirlwell
Ese año, 1937, pasó la Navidad con los Joyce. Tenía treinta y un años. Y este letargo no hizo sino continuar. Al año siguiente, Beckett publicó finalmente su novela Murphy, pero también escribió su primer poema en francés. El 3 de abril de 1938, escribió a su amigo Thomas McGreevy: “Tengo la sensación de que todo poema que pueda escribir en el futuro será en francés”.
Adam Thirlwell, La novela múltiple, traducción de Aleix Montoto, Anagrama, Barcelona, 2014, 480 pp.
Apurando el hidromiel
Anónimo
La parte íntima, por decirlo así, de las costumbres de Navidad, no es ciertamente la menos simpática y curiosa para el observador. “En todos los siglos, dice el amable novelista inglés hablando de las costumbres de su país, la época de la renovación del año se reputó la más adecuada para francachelas y banquetes. Aun los daneses groseros, en los tiempos del paganismo, celebraban su Yol [fiesta análoga a la de Noche Buena] apurando el hidromiel.”
El museo universal. Periódico de ciencias, literatura, artes, industria y conocimientos útiles, Imprenta Gaspar y Roig, Madrid, 1857, volumen 1, números 1-24.
Disertar sobre el árbol de Navidad
Eugen Ruge
Cuando entró con los crisantemos en la estancia, Kurt disertaba ya sobre su árbol de Navidad. Mientras que de su trabajo no solía hablar prácticamente nunca, acostumbraba a dar prolijas conferencias sobre cada clavo que clavaba en la pared. A Sasha el árbol de Navidad le pareció “perfectamente okay”, mientras que la nueva no paraba de mirarlo con gesto incrédulo. Kurt propuso un brindis por que finalmente se hubieran conocido y les preguntó qué querían tomar.
Eugen Ruge, En tiempos de luz menguante. Novela de una familia, traducción de Richard Gross, Anagrama, Barcelona, 2013, 400 pp.
Navidad y fin de la guerra
Ingeborg Bachmann
Unos pocos días más y estaremos ante las segundas fiestas navideñas desde que terminó la guerra. Hace un par de días mandé a tus queridos padres una carta y en ella, al mismo tiempo, también te escribí a ti. Sin embargo, quiero mandarte además unas líneas porque siempre que puedo dirigirte unas palabras me siento tan cerca de ti, y del querido entorno que tanto amo y del que me ha costado tanto separarme.
Ingeborg Bachmann, Diario de guerra, con cartas de Jack Hamesh, edición y epílogo de Hans Höller, traducción de Anna-Carolina Rudolf Mur, Akal, Barcelona, 2012, 112 pp.
¡Entonces cobrará por no hacer nada!
Luis Goytisolo
Y la paga extraordinaria de Navidad y, en verano, la de vacaciones; y en seguida otra Navidad y otras vacaciones, un tiempo que nunca parece transcurrir con toda la rapidez que uno desea, frenado, se diría, antes que acelerado, con esa jubilación, ese retiro, en un horizonte todavía demasiado lejano. ¡Entonces cobrará por no hacer nada!
Luis Goytisolo, Estela del fuego que se aleja, Anagrama, Barcelona, 2013, 208 pp.
La Navidad les venía divinamente guanga
Xavier Velasco
Hola mami, feliz Navidad. Perdóname, papá, he sufrido un montón. Guácala, qué patético. Escenitas a mí, thanks but no thanks. Agarré a Hans y Fritz y les dije: Vámonos a Acapulco. Y como a ellos la Navidad les venía divinamente guanga, esa noche ya estábamos en la playa. En mi coche los tres, con mi dinero. Según yo, mi papá me lo había mandado. Además ellos dos tenían tarjetas. O sea que te digo que íbamos armados. Íbamos, eso era lo mejor.
Xavier Velasco, Diablo Guardián, Alfaguara, Ciudad de México, 2003, 400 pp.
En Navidad mi vida se rige por la ponchera
Juan Villoro
Sin embargo, en Navidad mi vida se rige por la ponchera que me regaló el tío Emiliano. El objeto del que no he podido desprenderme es una especie de cazuela con asas y un agujero del que cuelga un cucharón ideal para pescar tejocotes. Sólo en virtud del cubierto colgante sabemos que se trata de una ponchera y no de una refacción automotriz. Cuando recibí este singular obsequio sentí enormes deseos de regalarlo.
Juan Villoro, ¿Hay vida en la tierra?, Almadía, Oaxaca, 2012, 376 pp.
El lado sensible de Mick Jagger
Philip Norman
Antes de las navidades de 1966, Marianne se marchó con Nicholas y una canguro a pasar unos días de vacaciones a Positano, pueblo de la costa italiana de Amalfi. Se llevó Big Hits: High Tide and Green Grass, el álbum compilatorio de los Stones editado recientemente, que contenía la versión de Mick de “As Tears Go By” —el lado femenino del líder de los Stones en su más delicada y sensible expresión—.
Philip Norman, Mick Jagger, traducción de Amado Diéguez, Anagrama, Barcelona, 2014, 592 pp.
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