Terminan las vacaciones y algunos de nuestros lectores habrán tenido la oportunidad de viajar en avión durante las semanas pasadas. Todos gozaron de los servicios de la tripulación que los acompañó en sus viajes, pero seguramente pocos tienen noción de la historia detrás del servicio de esos sobrecargos, una historia que va mucho más allá de las entretenidas transformaciones de sus uniformes. Para prolongar su vuelo, a continuación algunos episodios de la historia de esta profesión, posible gracias al libro de Kathleen Barry publicado en 2007 por Duke University Press: Femininity in Flight: A History of Flight Attendants.
Contrario a lo que el sentido común nos dice hoy en día, la profesión de sobrecargos no siempre fue predominantemente femenina. Aerolíneas inglesas y alemanas integraron a sus vuelos a los llamados “cabin boys” en 1922 para asistir a los viajeros. Se trataba de adolescentes blancos que por lo general habían trabajado antes en hoteles y restaurantes de lujo. Una década después –y aparentemente bajo el argumento de la ineptitud que mostraron los hombres– United Airways decidió contratar a la enfermera y piloto Ellen Church, convirtiéndola en la primera mujer sobrecargo.
A lo largo de los años treinta en Estados Unidos, el servicio de auxiliar en los vuelos se convirtió en una actividad más bien femenina –aunque nunca dejó de haber hombres, éstos se reducían al 5 o 15%–. En plena depresión, el trabajo de aeromoza se descubría como una gran oportunidad de subsistencia. Además, frente a un panorama laboral en el que las mujeres siempre gozaban de menores salarios que los hombres, la profesión de las alturas pagaba sueldos mucho más igualitarios.
Sin embargo, al tiempo que esta actividad era conquistada por las mujeres, Barry cuenta la manera en que se fue definiendo al personificar una serie de ideales de la feminidad “blancos” y de las clases medias estadounidenses. Las aerolíneas pretendían identificar lo “blanco” con el desarrollo tecnológico, y al segregar las profesiones dentro de las aeronaves por el género –los hombres piloteando y las mujeres en la cabina– confirmaban los estereotipos. La función primordial de las sobrecargos consistía en darles seguridad a los viajeros bajo la lógica de que si mujeres “bien” viajaban en avión, entonces ¿qué tenían ellos que temer? La autora recupera un artículo publicado en 1936 en Literary Digest en el que se decía que las aerolíneas ponían tanto cuidado en seleccionar a sus sobrecargos y pilotos que, en caso de que éstos tuvieran descendencia entre ellos, se despertaba la duda de si se crearía una raza superior de estadounidenses. Así, no sólo se estigmatizó a la profesión como arquetípicamente blanca y para mujeres sino que contribuyó a moldear las jerarquías raciales y de género en la cultura estadounidense durante la primera mitad del siglo XX.
Fue hasta 1957 que se contrató a la primera sobrecargo afroamericana. Ruth Carol Taylor, quien trabajaría para la aerolínea Mohawk, se volvió así un ícono de la lucha por los derechos civiles de los afroamericanos. No obstante esta victoria, a candidatas que quisieron seguir los pasos de Taylor se les continuó negando el acceso a las aerolíneas con pretextos como que tenían caderas demasiado grandes, o piernas deformes, y aún logrando que las contrataran, la discriminación no se hacía esperar por parte de los pasajeros o compañeros de trabajo. Esto eventualmente cambió y, de manera sintomática en estadísticas que recupera la autora, se señala que, en relación a los hombres blancos, al servicio aéreo se sumaron muchos más hombres afroamericanos.
La lucha laboral de las auxiliares de vuelo, sin embargo, es previa (y está desvinculada) al tema racial, pues incluso las mujeres blancas y con todas las aptitudes que requerían las aerolíneas se enfrentaban a condiciones laborales muy duras. Entre éstas estaba cuidar su peso, retirarse a los treinta años y comprometerse a no casarse. Así, el primer sindicato de sobrecargos en Estados Unidos se estableció relativamente pronto, en 1945 y se llamó Airline Stewardess Association. A pesar de ello, la profesión siguió siendo objeto de miradas sexistas, incluso impulsadas por las propias aerolíneas. Es el caso de la campaña de National Airlines de 1971 que se promocionaba con slogans como: “I’m Cheryl. Fly Me”.
Por más de cincuenta años, auxiliares de vuelos en EU buscaron que se les certificara como prueba de su profesionalismo y reconocimiento como fuerza laboral. Las exigencias se mantuvieron hasta 2003 cuando finalmente les fueron concedidas licencias después de los ataques del 11 de septiembre de 2001.
El epílogo del libro de Barry es sugerente, y despierta una serie de preguntas que sin duda pueden adaptarse a los servicios de vuelo de cada país. ¿No sigue correspondiendo el estereotipo de quienes pensamos que “tienen” que servirnos (en el caso de EU, mujeres y gente de color), con las tripulaciones que conocimos estas vacaciones?

Interesante…. En 1994 fui a una conferencia académica en Trinity College Dublin. Un colega me comentó que jamás volvería a volar con Aer Lingus porque «las azafatas tenían ¡mas de 40 años!» Sin comentarios…