Florilegio para Maqroll:
Álvaro Mutis en su centenario

Para celebrar al histriónico creador del entrañable Gaviero hemos piscado en numerosas fuentes y en entrevistas inéditas: anécdotas, lecturas, imágenes, memorias, encuentros y retacería para este mosaico que pinte las diversas facetas de Álvaro Mutis (1923-2013), en sus cien años y a la espera de más homenajes venideros.

 

Un arcoíris para la lluvia

Lo conocí, pero sin tratarlo, muy joven. Cuando nos hicimos amigos fue en 1993. Yo acababa de entrar al Canal 22 y fui a su casa con las cámaras. Terminamos la charla y me quedé un momento a conversar, pero él fue contándome cosas, me enseñó su colección de soldados que lo emocionaban como a un niño. Esa tarde me habló de la muerte de su madre. Le conté de mi familia de migrantes búlgaros sefardís y de allí en adelante me llamaba, enfrente de quien fuera, incluyendo a la maravillosa Carmen, “mi novia sefardí”. Fue una amistad de varios años, hablábamos por teléfono. Hace poco hice un esfuerzo de memoria y recordé el número.

Álvaro hubiera llevado mal esta época de celulares inteligentes y de mensajes inmediatos. Hay una anécdota que me encanta recordar. Su nieto Nicolás, a quien Mutis adoraba, era un poco menor que mi hija. Por ese entonces, mi hija tenía un juguete de resorte que se balanceaba de una mano a otra y en el movimiento se mezclaban colores del arcoíris. No recuerdo dónde fue que coincidimos esa vez, pero sí recuerdo que a Nicolás le fascinó. Pasados unos días le conseguí uno igualito. Humberto, mi ex, contrataba seguido a un mensajero, un personaje raro, como salido del mundo del Gaviero. Este chico se había educado en la Unión Soviética, tenía los ojos azules y era un desadaptado, un ser tan entrañable  como imposible. Se desaparecía entre drogas a veces una semana entera. Llegaba después arrepentido y el ciclo volvía a repetirse. Le pedí a Valentín que le llevara el resorte a Mutis. Cuando llegó a San Jerónimo estaba lloviendo. Tocó el timbre. Respondió Mutis con el mexicanísimo “quiéeen”.  Y Valentín respondió “un arcoíris para la lluvia”. Enseguida me llamó el Gaviero con esa exaltación tan suya a preguntarme quién era ese personaje de novela. Fue él quien me contó la anécdota. Valentín murió. Siempre recuerdo que su forma de insultar a alguien era diciéndole “máquina”, alargando la vocal y haciendo unos raros ademanes. Se lo conté a Álvaro y, como los niños, siempre me pedía que se lo volviera a repetir.

La poesía fue mi primer acercamiento a su obra. Lo empecé a leer cuando él no había publicado narrativa. Había fragmentos de poemas que me sabía de memoria. Adoraba en ellos la presencia del viaje, los lugares, la epifanía, el montaje de voces. Me conectaba muchísimo con su voz. Y todavía. Muchos años después, al cruzar la plaza de Obradoiro y subir a la catedral, llevé su poema “Nocturno en Compostela”y lo leí en voz alta frente a mis acompañantes, al pie del peregrino a la entrada de la catedral. No sé por qué, pero los tres nos quebramos en el mismo momento:

Aquí estoy —le digo—, por fin,
tú que llevas el nombre de mi padre,
tú que has dado tu nombre a mi hijo,
aquí estoy, Boanerges, sólo para decirte
que he vivido en espera de este instante
y que todo está ya en orden.

Luego leí todas sus novelas. Pero tardé. Ya tenía varias publicadas así que pude leer toda la zaga casi de un jalón. Tengo un recuerdo de mi propia vida transcurriendo en esos años acompañada de Ilona, de Abdul Bashur, del Tramp steamer. Eso me pasa con pocos autores. También me acuerdo de haber hablado con él por cada uno de sus premios, el Reina Sofía, el Príncipe de Asturias y el Cervantes. Su alegría era pegajosa.

Mutis siempre dijo que su prosa era una extensión de su poesía. Y tenía razón. En sus poemas hay un manejo muy equilibrado de su percepción, de sus anhelos, de su erudición, de sus pasiones, de sus paisajes de infancia. Mutis es su poesía. Esa es, o debería de ser, la gran puerta de entrada a su mundo. Ya sabemos que hay poca musculatura para leer poesía. El consuelo para los sordos es que sus libros narrativos están allí, divertidos y profundos. Me impresiona que comenzó a escribir narrativa a sus sesenta años. Los escribió enfebrecido, uno tras otro y supo cuándo parar.

Quizá lo había contado mil veces, pero cuando me lo dijo a mí, se me salió el café por la nariz con una carcajada. “Mira, hija, el título de La nieve del almirante, lo saqué del nombre de un postre. Está en el menú del restaurante fulano. Lo puedes ir a ver. No te creas que estaba haciendo poesía”. Era un conversador genial. Lo extraño.

—Myriam Moscona

Ilustración: Gonzalo Tassier
Ilustración: Gonzalo Tassier

El estudio en San Jerónimo

En un estudio con paredes cubiertas de libros, Mutis escribe todos los días en una Smith Corona eléctrica. En su escritorio, al lado de la máquina de escribir, se observa una pequeña estatuilla del capitán Cuttle, personaje de Dickens, por el que guarda especial cariño y que le fue regalada hace muchas décadas por un amigo de juventud. En la pared hay fotografías de o ilustraciones del último zar y la zarina, de Proust en su lecho de muerte y retratos de Conrad, Felipe II, su hija Catalina Micaela, Baudelaire, Valéry Larbaud y Céline. Arriba cuelga un pequeño recipiente arábigo-andaluz de tránslucido y centenario color verde. En otra esquina se ve un enorme cartel de un trasatlántico alemán de los años treinta y al lado de una puerta que da al amplio patio de prado verde se ven fotografías de Mutis montado sobre un camello en El Cairo o caminando en Estambul o celebrando junto a los amigos de Bogotá, México y otras ciudades. […]

En mitad del estudio está la mesa repleta de libros: una enciclopedia sobre Tramp Steames, el Au-Desus de Paris de Cameron y Salinger, Armance de Stendhal, prologada por Dominique Fernandez, una antología de Ana Ajmátova, los diarios de Julien Green, las Mémoires intérieures de François Mauriac, todo Céline, la biografía de François Joseph y tras él un muro completo de dignatarios, de donde sobresale una completísima colección de asuntos bizantinos, una de sus más fieles obsesiones de siempre. Y al otro lado, los viejos amigos poetas: la obra de Antonio Machado que carga a todas partes, Apollinaire en edición original, Valéry Larbaud, Paul Claudel, Residencia en la tierra de Neruda y la obra del argentino Enrique Molina, que estuvo ahí para atestiguar el milagro de la aparición de un pájaro de fuego.

—Eduardo García Aguilar, Celebraciones y otros fantasmas [entrevistas 1988-1993]

Espías de Dios

Recuerdo una frase que está en El rey Lear de Shakespeare y que después recoge Robert Browning, que define al poeta en una forma como nunca después llegó a definirse, y que creo que dice todo. Dice: “los poetas son los espías de Dios”. Esta condición de espiar, de buscar en esa tiniebla que llamamos la realidad, ese otro lado siempre oscuro, de denunciarlo y de ponerlo en evidencia. Ése es el trabajo y ésa es la función esencial del poeta. Esa función no puede ser placentera. […] El poeta es el espía de Dios, en el sentido de que le muestra a los otros hombres una parte que ellos han querido ocultar, o necesitado ocultar, para seguir viviendo una rutina cotidiana que les permite huir al horror de verse a sí mismos, y de ver la fugacidad de su destino y la inutilidad de su presencia en el mundo. Ahí viene esta doble situación que es difícil de explicar. La del placer de ver, de repente, que somos otra cosa y somos lo mismo, y el dolor terrible de sentir que para decirlo tenemos que usar uno de los medios más deteriorados que tiene el hombre para expresarse, que es la palabra. Las palabras con las que todos los días hablamos y tienen que entrar en el poema y, al encontrarse, decir otra cosa, que es el mensaje del espía. Yo pensaba que con la prosa me iba a liberar un poco de esa función de estar denunciando la otra orilla. No hubo tal.

—Álvaro Mutis, en conversación con José Balza y José Ramón Medina

Maqroll y Sísifo

Anne-Marie Mergier: Maqroll también se da cuenta de que no puede nada contra la adversidad, pero no se suicida. Al contrario, encuentra su grandeza en la imposibilidad misma de vencerla…

Alvaro Mutis: Maqroll nunca tiene la tentación del suicidio. Está aferrado a la tierra. Está apegado a las cosas esenciales, más duras, más minerales del ser humano. Estoy de acuerdo: encuentra grandeza en sus desventuras, en sus fracasos.

Mergier: Finalmente hay una gran hermandad entre Sísifo y Maqroll El Gaviero.

Mutis: Absolutamente. El Gaviero es la representación moderna de Sísifo. Su existencia adquiere sentido en la realización de sus tareas. No importa si fracasa en ellas.

—Anne Marie-Mergier, “Entrevista con Álvaro Mutis en París”

“Cita familiar”

Me dices que a qué dirección
que a dónde
que no sabes encontrarme
Y hace veinte años que vivo en esta casa

Me encanta esta ciudad amurallada
por una maldición por un grito
alerta, descarnada, enérgica
tan cerca del oscuro rumor de la tierra
de su inmanejable energía
de su poder     ciego y sin altar

Pero me derrota
que no sepas
que siempre… que cada noche
regreso al rumor de mi casa
Cada amanecer    cada mañana
desde hace veinte años
espero tu llegada.

—Santiago Mutis Durán, La casa, poema dedicado a su padre

Poeta andante

“Caravansary” se intitula un poema en prosa de Álvaro Mutis, uno de los más hermosos y profundos que de él conozco. Quizás no hay ningún otro que tan fielmente refleje su ser, su misma esencia de poeta y navegante. Que en Álvaro son uno solo: el poeta andante, siempre a punto de partir en busca de nuevas costas, horizontes cada vez más remotos, del misterio inefable de las grandes lejanías, que “por allá” se esconde púdicamente, enigmáticamente, allende el River of no Return. Tal es substrato eminentemente lírico de su poesía que acabaría sucumbiendo al peligro de perderse en emociones vagas y difusas, sin dejar más rastro que una estela de humo azul, si no le hiciera contrapeso el elemento épico, tan recio y avasallador, de una obra propensa a tornarse chanson de geste. O por emplear un término menos pretencioso: balada.

—Ernesto Volkening, “El mundo ancho y ajeno de Álvaro Mutis”

Teatralidad y oralidad

Cuando conocí a Mutis ya era internacionalmente querido, cercano a todo mundo. A él no le hacía daño ser muy amigo de Octavio Paz y de García Márquez al mismo tiempo. En 1987, Álvaro me dijo “ahora que publiques tu libro yo lo voy a presentar”. Era Los nombres del aire. Lo presentamos en marzo, en la Librería Francesa. Junto con una de las personas que yo más admiraba en ese momento y que me interesaba por su historia de la lengua —claro, lo que yo trataba de reivindicar en Los nombres del aire era la vertiente arábiga del español—: era Antonio Alatorre. Los dos fueron increíblemente generosos.

Desde que yo publicaba en Sábado y luego trabajando en Vuelta, empecé a tener relación con Mutis. Él como colaborador y yo como editor. Y a partir de que salí de Vuelta nos empezó a invitar a su casa. Fue para mí muy importante, y para mi familia. Íbamos a su casa todos los domingos, hablábamos mucho de literatura.

En 1988 me dieron el Villaurrutia junto con Bárbara Jacobs. Y en el auditorio, el día de la entrega del premio se juntó, por un lado, el público de Bárbara Jacobs y Tito que era, entre otros, García Márquez; y, por otro lado, el público mío que era, entre otros, Octavio Paz.

Y ahí estaba Mutis también, que era de los dos. Era el puente. Entonces era para mí como un ejemplo: no tienes por qué estar peleado con la gente, aunque entre ellos se peleen. No tienes que estar polarizado. Mutis era más que neutral. Era independiente porque su mundo era más amplio. Venía de Colombia, había vivido todo tipo de experiencias, había estado en Lecumberri… Una vez le pregunté: ¿qué impresión te deja haber convivido con [Ramón] Mercader? Me dijo algo que no se me olvida: “En la cárcel uno aprende a no juzgar. Hay que abstenerse de juzgar a los demás, porque tú nunca sabes la historia que hay detrás de cada uno”.

En cuanto a su literatura, veo una continuidad entre la poesía y la narrativa. Hay una dimensión irónica que no todo el mundo ve. Él era lector de Simenon y autor de novelas de intriga, pero de intriga con distancia muy intelectual, que Mutis leía en francés. Por eso Mutis se da el lujo de utilizar recursos ex machina y cosas así de fáciles, pero de una manera lúdica. Y eso lo hace mucho y lo hace de la manera como él era cuando se ponía teatral. Su poesía también tiene esta teatralidad que si no la consideras con distancia irónica, la puedes juzgar como retórica. Él tenía una oralidad que es teatralidad. Todo un mundo que te envuelve, pero que no te lo puedes tomar literalmente. A diferencia de Paz, que cuando está jugando juega el juego de la poesía, Álvaro Mutis está jugando un juego mucho más amplio, que es todo lo que él era, como circo de varias pistas. Por eso es tan fácil el desarrollo de Maqroll el Gaviero. Porque lo importante no es la saga novelesca, sino la puesta en escena que hace del narrador, del Gaviero, de las frases célebres que dice cualquiera, del personaje. No es un personaje a la americana, con psicología. Pero hay deslumbramiento, y hay pirotecnia. Y a la vez está ese anti triunfalismo muy marcado que a fin de cuentas es el triunfo de la poesía.

Yo con Mutis podía leer y compartir cosas que normalmente la gente no leía o que leía en otra época. Por ejemplo, hablábamos mucho sobre Panaït Istrati, un rumano que escribía novelas de aventuras en los veintes y treintas y que fue muy famoso porque estaba suicidándose en la calle con un manuscrito cuando lo descubrió Romain Rolland. Él lo lanza al estrellato. También es muy izquierdista Istrati, va a la Unión Soviética y le pasa lo mismo que a Gide, pero a diferencia de él esto lo hace casi diez años antes, en 1927. Entonces todo ese mundo, que conecta con el engaño de la Unión Soviética, y de la relación entre el arte y el poder, Mutis lo dominaba. Hablamos mucho de Anna Ajmátova.

—Alberto Ruy Sánchez

Erudito, cosmopolita y bullanguero

Las risas se oyen hasta Paseo de la Reforma. Álvaro Mutis, el poeta colombiano, hace su célebre imitación de Pablo Neruda. Recién llegado de Colombia, todos lo han recibido como al Mesías. Es el salvador de las fiestas. […] Así como fluye el champaña, fluyen las historias de Álvaro Mutis y sus carcajadas que levantan cualquier reunión comolas burbujas al champaña. Junto a él nada es plano y nada le gusta tanto a una mujer como sentirse espuma. Mutis cuenta chistes, está al corriente tanto de los últimos movimientos literarios como de las tendencias pictóricas más modernas. Habla de Goethe, de Brigitte Bardot y de las Misas Negras. Y sobre todo se ríe de oreja a oreja hasta quedar exhausto. Declama en francés y dice adivinanzas en slang. Tiene una reserva de recuerdos verdaderamente inagotable. A los europeos les habla de Siam, a los sudamericanos de Europa y a las “debutantes” les relata aventuras soñadas en la corte de Louis XV. Fiel lector de extrañas revistas (el Crapouillot que cuenta entre sus números uno dedicado a L’érotisme chez les papes o algo así como “El erotismo en las comunidades coptas del siglo XVI”), posee lujosísimas y muy raras ediciones limitadas. Con Octavio Paz se pasa conversando la noche entera acerca de las relaciones entre la mística y el porvenir del hombre. También a Paz lo seduce. No dejará de hacerlo jamás. Tiene con qué. Cosmopolita, viajado, alto, guapo, culto, sensible, bondadoso, mundano, encantador, es el rey.

—Elena Poniatowska, Encierro que arde

El maestro y el capitán

Un domingo por la tarde [Álvaro Mutis] nos recibió en su apartamento de avenida Coyoacán, muy cerca del parque hoy abolido que se consagraba a la memoria del mariscal Sucre. Durante muchos años ese lugar fue, por la infinita generosidad de Mutis con un desconocido de más que dudoso porvenir, mi aula informal, mi taller literario, mi indicador y examen de lecturas. Mutis, que jamás dio clases, era el maestro perfecto capaz de suscitar en sus oyentes el mayor entusiasmo, el deseo de escribir, la voluntad de saber.

Como Fernando Benítez, Mutis fue incapaz de retener uno solo de sus libros. Su alegría era comunicar y compartir sus admiraciones. Yo salía de su casa con un volumen para mí inaccesible de La Pléyade o un libro o varios de Conrad en la serie editada para Emecé por Borges y Bioy Casares. Al mismo tiempo me regalaba textos colombianos y ejemplares de Mito, la gran revista de Jorge Gaitán Durán. […]

Pasaron los años y no dejé de leer ni frecuentar a Mutis. Ya en los setenta nos invitaba a comer cada semana a Ignacio Solares, a [Francisco] Cervantes y a mí. Comenzó una larga época en que viví fuera de México la mayor parte del año. Se acabaron las reuniones semanales y muchas cosas más.

En 1986 fuimos a una reunión literaria en Toronto. Mutis estuvo tan lúcido, encantador y cariñoso como siempre. Nos hospedaron en la universidad de York en unos dormitorios estudiantiles desiertos por vacaciones: cien o mil edificios idénticos. No fue difícil dar con el cuarto asignado a Mutis. Me despedí. Él generosamente se ofreció a acompañarme hasta el mío.

Durante no sé cuántas horas erramos por ese laberinto sin luz, primero entre risas, después con un creciente e inconfesado pánico. No había nadie y los teléfonos de la universidad dejaban de funcionar a partir de las 12. El fantasma de Maqroll el Gaviero nos orientó por fin y Mutis pudo hallar el número de mi cuarto. Nos despedimos con un gran abrazo. Sin que mediara pleito ni discordia, jamás nos encontramos de nuevo.

Álvaro Mutis vive en mi memoria no como el Gaviero, sino el capitán que por lo menos tres veces me salvó del mar de los Sargazos, el estrecho de la ignorancia y el océano de las Tormentas.

—José Emilio Pacheco, “Inventario” (6-oct-2013)

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Publicado en: Resurrectorio