Filosofía y crítica social en la obra de J. M. Coetzee

Las problemáticas sociales que J. M. Coetzee ha abordado en su universo literario serán analizadas en el coloquio “Filosofía y crítica social en la obra de J.M. Coetzee”, este 6 de abril en la Universidad Iberoamericana. Presentamos un primer acercamiento a la serie de reflexiones que alimentarán este encuentro.

Fotografía: Mariusz Kubik bajo licencia de Creative Commons.


La demanda por la verdad puede hacerse de múltiples modos. La denuncia de la injusticia, de la segregación o de la desigualdad puede hacerse vía la crítica académica, con las herramientas de la filosofía política o de la historia, de la sociología o de la ciencia política. Pero esta denuncia también puede hacerse de forma más contundente y directa con metáforas y narraciones literarias, poniendo al lector de frente y sin escape a las problemáticas sociales que exigen una respuesta.

Este es el caso de las novelas del autor sudafricano J. M. Coetzee, cuya literatura nos lleva a un crudo examen de nuestro mundo desigual, ventajoso sólo para unos cuantos, lastrado de violencia y abusos de poder. Las situaciones límite a las que invita en sus narraciones, son verdaderas reflexiones filosóficas sobre el sentido de la libertad en un mundo en donde impera la imposición, así como sobre el cuestionamiento de nuestra mirada como occidentales de frente a otros grupos culturales que han sido tragados por un sistema de racionalismo salvaje, el propio del neocolonialismo y la ley del imperio occidental que se defiende como única.

J. M. Coetzee nació en Cape Town, Sudáfrica, el 9 de febrero de 1940. Profesor y traductor, ensayista y novelista reconocido en todo el mundo, egresó de la licenciatura en matemáticas y lengua inglesa por la University of Cape Town y es doctor en Lengua inglesa, lingüística y lenguas germanas por la University of Texas in Austin.

Fue profesor de inglés en la State University of New York in Buffalo de 1968 a 1971. Después volvió a Sudáfrica, donde ocupó distintos puestos dentro de su alma máter. Entre 1984 y 2003 impartió clases en algunas distinguidas universidades de Estados Unidos y fue miembro por seis años  del Committee on Social Thought de la University of Chicago.

Tierras en penumbra, su primer libro, fue publicado en 1974. Con su segunda novela En el corazón del país, 1977 ganó el premio CNA, el premio sudafricano más importante durante aquella época. Posteriormente escribió Esperando a los bárbaros, 1980, título que llamó la atención a nivel internacional. Sin embargo fue hasta 1983, Vida y época de Michael K, que su nombre empezó a ser reconocido al ganar el Britain’s Booker Prize. A ésta siguieron novelas como Foe (1986), La Edad de Hierro (1990), El señor de San Peterburgo (1994) y Desgracia (1999), con la que ganó por segunda vez el premio Booker Prize.

Una etapa autorreflexiva sigue en su producción con obras como Infancia (1997) y Juventud (2002), ambas autobiografías noveladas, Las vidas de los animales (1999) texto crítico que más tarde se integró a su obra Elizabeth Costello (2003). Dentro de sus ensayos más importantes está White Writing (1988) en donde se tocan temas sobre cultura y literatura sudafricana, Doubling the Point (1992) que incluye entrevistas con David Attwell, Contra la censura. Ensayos sobre la pasión por silenciar (1996), estudio sobre la censura literaria, y Cosas extrañas. Ensayos 1986-1999 (2001) un conjunto de ensayos literarios. En el 2002 se mudó a Australia y un año después ganó el Premio Nobel de Literatura (2003).

En la obra de Coetzee, la demanda por la verdad, que se con entreteje con el crudo estilo que utiliza en novelas como Desgracia, Esperando a los Bárbaros o su reciente La Infancia de Jesús, no se opone a la reflexión crítica moral y política que le interesa poner en juego. Para Coetzee, la densidad del estilo literario puede equivaler a —o sustituir abiertamente— los procesos racionales por los que la filosofía se hace de una verdad. La inmediatez con que es presentada una situación literaria es inescapable para el lector, y la densidad del estilo lo atrapa de un solo golpe, instantáneamente, con la fuerza de las imágenes literarias que lo anegan hasta el cuello y le impiden dar un paso sin que se le vengan a la memoria. Se trata de una reiteración de las imágenes literarias, de una verdadera obstinación que lo persigue, y que no requiere del detour filosófico por largos argumentos de prueba y convencimiento racionales.

En la narrativa de Coetzee la palabra sólo convence, la densidad del estilo arrastra. Para decirlo con una metáfora más: la fuerza de la literatura consiste en abrir una verdad con la brutalidad del estilo que no deja escapatoria, se trata de una fuerza en bruto que sin ambages golpea al lector y, para repetir la conocida fórmula de Sartre, lo “pone en situación de compromiso” de inmediato, esto es, pone al lector en una perspectiva de verdad que lo obliga a adquirir una perspectiva moral respecto a la situación dada, o al menos a cuestionarse si habrá de ponerse en tal perspectiva moral.

Para Coetzee la demanda se centra en escribir a ras de suelo, nunca levantándose por encima de la tierra en que se nació y que ha de ser la fuente de creación, pero también el motivo primero de reflexión sobre lo que ha ocurrido en ese sitio. Su narrativa puede leerse como el seguimiento de esta idea terrestre de creación, en donde no se aspira a trascendencias ilusorias, a justificaciones por lo alto de los motivos de la escritura en ideales mundos celestes de valores de lo humano. En sus novelas se encontrarán descripciones de acciones y pasiones crudas, en su estado más elemental de deseo y ternura, o de maldad y traición, pero nunca una intención de elevar estas acciones a un modelo de lo humano. La arquetípica universalista —estética o moral, política o religiosa— es un juego literario que Coetzee no quiere jugar.

Pero tampoco quiere poner en juego fundamentaciones de acciones y pasiones por lo bajo, bajo tierra, digamos, enraizamientos en supuestos caracteres sustanciales, fijos, de las cosas que ocurren a ras de suelo, como si nos propusiera explicarnos los motivos de sus narraciones —para mencionar algunos, los resentimientos raciales, los deslices de deseos prohibidos, el miedo a la muerte de quien padece cáncer— desde una necesidad incuestionable de orden metafísico o psicológico, un fatalismo  de la condición de las cosas humanas que enraizaría en su naturaleza profunda, inalterable, eterna y de nuevo universalista.

Entre estas dos lecciones metafísico-morales que desprecia como motivos de su narrativa, la justificación en arquetipos celestes y la fundamentación en raíces sustanciales, Coetzee se mueve siempre lateralmente, desprovisto de aspiraciones trascendentales verticalistas, se intenten éstas por lo alto o por lo bajo.

Manteniéndose en la superficie de las cosas humanas, describe con minuciosidad de espeléologo la materialidad de los eventos contingentes, efímeros, en marcos siempre sociales. Pero al decir que Coetzee escribe a ras de suelo no estamos abogando por la superficialidad o banalidad de su literatura, todo lo contrario, ésta tiene la virtualidad de ponernos de inmediato en una situación de compromiso: la virtualidad sinfrónica de las narraciones del autor sudafricano no consiste sólo en la maestría de trasladarnos vía la imaginación al tiempo y espacio de la situación narrada, como se explica escolarmente el sinfronismo, sino, además de ello, la notable capacidad de ponernos de inmediato en situación de compromiso, esto es, un momento en que de golpe nos encontramos involucrados afectivamente por el desenvolvimiento de los hechos y este involucramiento emocional nos lleva a un compromiso de algún tipo de acción.

La lateralidad terrestre del estilo en las novelas de Coetzee implica, pues, un efecto mediante el que el terreno de lo narrado se extiende a la vida del lector y no le deja escapatoria respecto a la reflexión crítica y un cierto estado emotivo frente a las condiciones sociales en que se está generando. Desde este punto de vista, la novelística de Coetzee se nutre de la obra de Dostoievski, pero también de Samuel Beckett, de Franz Kafka y de Daniel Defoe.

Habida cuenta de esta lateralidad de estilo y efecto de Coetzee, podemos decir que su literatura parte de un problema general formulado en la frontera misma de la filosofía y la literatura, y que compromete a su vez las ideas del quehacer de la filosofía y la literatura: ¿las imágenes y narraciones puestas en juego en sus novelas han de llevar a un tipo de reflexión sobre la acción? ¿Existe, o incluso diríamos ha de existir, un compromiso entre literatura y toma de postura frente a las condiciones sociales y políticas en que aparece una obra literaria? O bien, puesto de otra manera, ¿existe la posibilidad de emparentar una filosofía crítica de la cultura y de la política, filosofía que demanda una acción, y la literatura de motivación social del autor sudafricano? Es esta pregunta la que queremos responder en nuestro coloquio “Filosofía y crítica social en la obra de John Maxwell Coetzee”.

 

Pablo Lazo Briones
Director del Departamento de Filosofía de la Universidad Iberoamericana.

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Publicado en: Ciudad de libros