A pesar de tanta crítica que la señala como una malísima producción, a menos de un mes de su estreno en cines Fifty shades of Grey (Sam Taylor-Wood, 2015) ha recaudado más de 500 millones de dólares alrededor del mundo.
Por supuesto la película no tenía por qué ser buena, sobre todo si se parte del entendido de que ésta es una adaptación de una novela de medio pelo que tiene su origen en el entramado fantasioso de una fan (E.L. James) de la saga Twilight, que se da la tarea de imaginar a esos mismos vampiros y licántropos desde una óptica sexual (lemon fic). Lo anterior supongo que debido a ese recato (¿irónico?) en la diégesis de Twilight que no consume el acto sexual entre Bella y Edward sino hasta la 4ta entrega. Fifty shades of Grey, la novela, es un bastardo de Sthephenie Meyer, que ante el exceso de “pureza” aspira al deseo carnal del que estaba reprimido.
La película que fue pre-vendida por los medios como una cinta erótica, –pues vamos, eso comentaban esas madres jóvenes con mejillas ruborizadas sobre el libro picarón– resultó ser un producto mediocre que sólo ha entretenido a pocos. No obstante se reconoce el gran engaño mercadológico: enorme campaña para tan mala mercancía. Sin embargo, tomando distancia del análisis comparativo de la cinta con otras que son realmente eróticas, parece importante detenerse y reflexionar qué es lo que ha sucedido con la película de Sam Taylor-Wood en términos culturales y sociales.
Por supuesto parece un error quererla poner en la misma contienda con películas como 9 ½ semanas (Adrian Lyne, 1986) o con Último Tango en París (Bernando Bertolucci, 1972): son diferentes categorías, diferentes pesos, que sólo sirven para validar egocéntricamente el discurso de quien lo refiere. Fifty shades of Grey es apenas un chick flick que fantasea con las prácticas eróticas de la misma forma en que puede hacerlo un adolescente de primero de secundaria (por lo menos de mi generación) que ante la falta de sexo ha creado toda una mitología del acto a partir de relatos que vienen de amigos, del internet, la televisión y sobre todo el cine.
No vale la pena reflexionar analíticamente las escenas ni hacer écfrasis de la cinta. Ciertamente, como ya se ha escrito en diferentes medios, la película carece de trama y las actuaciones no ayudan. La historia lleva los clichés del cine pop a un extremo donde incluso permite aislarlos hasta el punto de romper con el sentido. La fórmula que parecía inquebrantable falló y el galán musculoso (Jamie Dornan) ávido de entrar al star system parece no haber podido cruzar el marco de la puerta. Fifty Shades of Grey logró pasar de una cinta erótica, a una que expone el tema del amor alrededor de una estética positiva del goce, así como de una dinámica del lujo (Audi R8, V10 Spider, Reloj Omega, un helicóptero Eurocopter EC130B-4, lámparas de diseñador y más).
La historia, cuyo mayor conflicto (mal elaborado) es equilibrar la relación entre Grey y Anastasia se queda en un punto infantil. Grey, que gusta de prácticas BDSM (Bondage, Disciplina, Sadismo y Masoquismo) quiere insertar a Anastasia en su dinámica de placer. Ella, que es una inexperta en el tema (virgen) ve llena de dudas conservadoras a quien la corteja. Recordando a Žižek: lo que realmente nos molesta del “otro” es el modo peculiar en el que organiza su goce. La demanda de Anastasia es: tengamos una relación normal, vayamos al cine, a cenar, seamos románticos. Lo que choca aquí, es el constructo moderno de una relación amorosa. Aunque ambos personajes demandan diferente contenido, la forma es la misma: reducir el amor a una fórmula del goce donde el otro se disminuye a objeto-causa de mi placer. Amor como una ecuación de reducción costo-beneficio. Lo que se encuentra ahí, es al otro sexualizado como mero objeto y según Byung-Chul Han: “no se puede amar al otro despojado de su alteridad, sólo se puede consumir”. Si algo lo reafirma es la insistencia al interior de la película del término ‘sumisa’. Cruzando la puerta uno de los dos pierde la subjetividad. El pasivo, claro.
En una sociedad de consumo donde la demanda que parece imperar es el goce, la idea de amor positivo se ha generalizado e impuesto bajo la misma tendencia del capital a desproveer a las cosas de su negatividad (esto Žižek lo ha repetido hasta el cansancio). Por esto no extraña que al enfrentarnos con una película como Fifty Shades of Grey que intenta afrontar las prácticas BDSM no encontremos sino una simulación que se distancia de lo real. La razón –recordemos– se encuentra en su ascendencia: la saga Twilight. La cinta que dirigió Sam Taylor-Wood es sólo otra chick flick, otra historia de princesas donde se es incapaz de tratar al amor desde la negatividad, desde lo desgarrador y se apuesta en cambio por lo instantáneo, el romanticismo ingenuo que Hollywood y Disney (entre otros) han incubado durante varias décadas y que se vuelve necesario romper o por lo menos analizar, ya que el cine ha devenido en un modo de construcción de identidad con suficiente autoridad para crear deseos, expectativas y parámetros en la vida real. Necesario reflexionar aquella sentencia del filósofo esloveno: “El cine es el arte perverso por excelencia: no te da aquello que deseas. Te dice cómo desear”. La cinta que se ha vendido con tufos liberales es igual de conservadora que La Cenicienta (1950).