Fierros bajo el agua


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Presentamos un fragmento de Fierros bajo el agua, novela que Joaquín Mortiz ha puesto a circular recientemente. Tijuana, en la voz del personaje de esta novela, es un paisaje cambiante: a veces audaz y luminoso como un efecto de embriaguez; otras tan rutinario y doloroso como la pobreza en las calles, el paso de migrantes, la impunidad, la homofobia, los cinturones de miseria, la frontera con sus dos caras dispares. Esta ciudad reclama el regreso de Leonardo para aclarar las incidencias alrededor de la misteriosa muerte de su joven amante, Cas Medina.


Llevo varios días visitando la hemeroteca Rubén de Luna, revisando algunas ediciones de periódicos correspondientes a 1983, 1984 y 1985. Revisaba apenas las primeras páginas de los tomos de 1983 cuando Jaime, el encargado, se acercó para ofrecerme unos guantes de látex. Seguro me había visto desde su escritorio las yemas de los dedos entintados. El hollín del pasado en las puntas de los dedos. Lo negro de algunas noticias por las que paseaba los dedos y los ojos. Quería leer una vez más la noticia de la muerte de Cas Medina. Escudriñaba en papeles lo que mis recuerdos sabían al tanteo y mi memoria no conseguía ubicar temporalmente. Andaba buscando los documentos de mis memorias extraviadas. ¿En qué año había muerto Cas? Debió ser cerca de la mitad de los años ochenta porque también fue uno de esos años cuando conocí a un escritor que me regaló y dedicó uno de sus libros y lo había fechado: “Para Leonardo, por este encuentro que ya no sé si soñé o me contaron, octubre de 1984”. Buscaba, buscaba sin encontrar, y mientras buscaba mi mente cantaba una tonadita del pasado reciente: I was caught in the storm. That was what happened to me. So I didn’t call and you didn’t see me for awhile.

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Caballo, pájaro, mar abierto y el fondo del agua. Sebastián vagueaba todo el día, y distribuía churros de mariguana, como yo. Su cuerpo asido a la ilusión de aprehender la alegría de no saber qué hacer. Pintaba a ratos sobre papeles. Pintaba a travestidos y a trasnochados. Una vez lo vi pintar a Karina, una puta de ojos rasgados. Lo vi pintar su gesto sobre el papel y después colorearlo con maquillaje. Fuera a donde fuera cargaba una mochila en la espalda, una vez me dijo que adentro de aquella mochila traía una pistola por lo que se le ofreciera. Usaba suéteres de colores chillantes, aun en el verano. Nadie sabe quién es Cas realmente, me dijo en otra ocasión, ni siquiera tú. A todo mundo le ha dicho que está enamorado de mí. A todo mundo le dice que soy su caballo. Pero eso es imposible. Bebe como pendejo. ¿Lo has visto cuando ríe? No se está riendo en serio. Sus carcajadas son puro llanto disfrazado. Nadie sabemos en qué anda realmente, ni siquiera tú. ¿Sabes que anda metido con un tipo que se disfraza de vaquero? ¿Sabes que se rumora que es un cabrón que ya debe varias? ¿Sabes?, yo un día de estos de veras me voy a ir. ¿Sabías que se metió con su padrastro? ¿Sabes?, yo un día de estos de veras me voy.

Una tarde me pidió que lo acompañara a la casa de una vestida a la que le decía Diana y con quien a veces se quedaba a dormir. Vi que la vestida le dio un rollito de billetes. Fue allí donde Sebastián me mostró una tela que había pintado. Yo también pinto, me dijo, como la Danielle. Se había pintado a sí mismo: una vastedad de mar y sumergido en él su propio cuerpo. El rostro emergiendo o hundiéndose en el agua. Boqueaba.

Deberías bajar conmigo un día de estos, me dijo, bajar en el mar. Vamos un día, y te llevo a donde están los fierros, los fierros ensartados en el fondo del agua. Tenía la piel morena y el pelo rizado. Decía: Yo realmente no soy puto, y si a veces jalo es para irla pasando, sacar también unos dólares extra. Todo se trata de un mientras tanto.

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Me hallaba en un salón anchuroso, las paredes cubiertas con papeles, páginas de periódicos, el piso pintado de un rojo quemado fosforescente. Me acerqué a las paredes, y fui pasando la vista por las páginas de los diarios, las paredes convertidas en informaciones; volteé hacia el techo, de donde pendían enormes bolsas de plástico llenas de agua. Me estiré para alcanzar una de ellas, elevé mi dedo índice y con él la presioné hasta reventarla. Y el agua cayó, rompió su reposo. El agua es un lugar y la estación del tiempo donde quema el sueño sus rincones más oscuros, me habían dicho. El agua, perdición de los ahogados, ahogados por agua y ahogados por sí.

 

Fragmento de Fierros bajo el agua de Guillermo Arreola (Joaquín Mortiz, 2014) reproducido con autorización de Editorial Planeta Mexicana.

 

Guillermo Arreola es escritor, artista plástico y traductor. Es autor de Traición a domicilio.

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Publicado en: Ciudad de libros