Estética de la alcoba


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La modernidad de Junichirō Tanizaki (1886-1965) es pasmosa. Su narrativa despide un hálito de clasicismo aunque jamás se lee desfasada. Es una inventiva que al diversificar el registro y trenzarlo en un cuerpo único, concluye admirable. Libro a libro descubrimos los bordes de ese continente, pues el proyecto de traducir su obra completa sigue su marcha y, para felicidad de todos, ya se traduce directamente del japonés y no a partir de segundas traducciones, como ha sucedido con varios títulos fundamentales —Naomi, Arenas movedizas o Las hermanas Makioka son traducciones del inglés. Una comodidad tristísima que no se merece Tanizaki ni sus lectores en lengua española.

La llave es la última novela que se publicó en español del autor japonés. La anécdota es sencilla aunque el tratamiento es exquisito. Una pareja madura vive el ocaso de su mutuo interés sexual. La llave hace referencia a aquella que se necesita para abrir el lugar en donde el hombre guarda el diario —sin contar el posible simbolismo sexual. Derivado del hecho, ambos deciden escribir un diario por separado. Así que cada evento que viven aparece registrado de manera individual desde la perspectiva de cada uno de ellos. Se ha calificado de “novela erótica” pero quizá no lo sea ya que el evento sexual no es determinante. Sí lo es, en cambio, el relato de los hechos a partir de una perspectiva dual. Se registran manías sexuales y usos diferenciados del cuerpo, que orientan el resultado de la trama, pero su erotismo es apenas un asteroide de una realidad mayor que Tanizaki desea intervenir: la vida diaria de una pareja madura cuando los hijos se van y sólo quedan los recuerdos y la opción de un futuro a disgusto.

La finura del trazo deriva de un roce. En la arquitectura amatoria intervienen las amistades lo mismo que el alcohol. Una elección genera una rebaba de aspectos incontrolados, que afectan el posible resultado de aquella. Al autor japonés le interesaron las relaciones humanas vistas a detalle, además del tratamiento formal. Nada nos expresa de manera tan clara como la vida diaria. La llave pudo haber sido escandalosa al momento de publicarse. Los besos en los párpados y la obsesión sexual con los empeines de los pies, habrían generado comentarios sobre la dimensión escalofriante de su narrativa. Nada nos lleva tan lejos —o nos contiene con refinada precisión— como el lenguaje y sus resquicios.

La tradición decimonónica del diario alcanza una dimensión inusual en manos de Tanizaki, que se negó a la autocomplacencia y por eso emprendió una escritura dual de los mismos eventos. No falla al posicionarse desde una perspectiva femenina y tampoco en exagerar una masculinidad machista y desorbitada. Aquel “claroscuro” expuesto en Nostalgia de la sombra, aquí cobra un sentido siniestro y desafiante. La sexualidad nos habita hasta el último aliento y con ella sus pulsiones sin freno. Estamos condenados a ser seres sexuales, lo que implica diferenciación implícita por motivos biológicos. Incluso Freud, en su liberalidad y obstinación, pudo haber acertado.

La visión dual de un hecho multiplica los modos en que puede ser interpretado. Akira Kurosawa y Rashōmon se imponen como referente obligado. Aquello que se nos presenta como realidad podría estar lejos de ser sólo un ensamblaje, para revelarse formada por cristales que dejan pasar la luz según cambias de lugar. La llave no es obra primeriza de Tanizaki y no podría serlo. Se publicó nueve años antes de su muerte, cuando el autor japonés tenía el dominio del oficio y sabía hacia dónde quería llevar la narración. No hay palos de ciego sino garrotazos secos a la novelística deficiente o partidaria del desparpajo. Con su modestia habitual, el autor japonés construye un mosaico pegando pieza por pieza. El lector, al final, tiene una imagen de cuerpo entero con la ayuda de cada fragmento.

Tanizaki imparte otra lección imperdible sobre el arte de la novela. Ya podríamos desestimar aquel dictum enfermizo respecto a que “todo cabe en una novela”, patente de corso para la falta de imaginación y enfrentar urgencias editoriales. Lo cierto es que sólo cabe aquello que merece ser contado y el resto es cometer un abuso llano del lector.

 

Junichirō Tanizaki, La llave, traducción de Keiko Takahashi y Jordi Fibla, Siruela, Madrid, 2014. 116 pp.

 

Luis Bugarini
Crítico literario. Es autor de Estación Varsovia y Hermenáutica, entre otros libros.

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Publicado en: Ciudad de libros