Elena Poniatowska nació el 19 de mayo de 1932, hoy hace 84 años. En el 2014 obtuvo el Premio Cervantes de Literatura. Este recorrido por su trabajo literario y periodístico recuerda algunos aportes que ha dado a la narrativa mexicana.

La violencia del 68 ocurrió de una forma brumosa en la radio, prensa y televisión. Prácticamente todos los medios de comunicación de la época, salvo honrosas excepciones, seguían la línea gubernamental, y la que se escuchaba era una sola voz con ecos múltiples aunque uniformes: el Estado mexicano estaba en riesgo, había una conjura a veces comunista, a veces yanqui (con la intervención malévola de la KGB o la CIA), por desprestigiar a México y al presidente de la República. El 2 de octubre, en la Plaza de las Tres Culturas, francotiradores de alguna de esas fuerzas oscuras dispararon contra la multitud y contra la tropa.
Ese era el cuento urdido desde el poder y la versión más extendida. ¿Cuántos creían en él? Acaso se cumplía aquello goebbelsiano de que una mentira repetida mil veces se convierte en verdad. Había pocos espacios para realmente informarse; puede ser que en la calle circularan versiones menos fantásticas y que al fin quienes tenían la inquietud de saber qué había pasado armaran de un modo distinto el rompecabezas.
No obstante, el 2 de octubre sembró el espanto. Ante un gobierno capaz de usar las armas, la primera reacción fue callar. Fuerte es el silencio, titularía luego Elena Poniatowska una de sus recopilaciones de trabajos periodísticos, y lo era: algo se expresaba silenciosamente, al menos sin el ruido de los medios controlados por el Estado, hablaba de una forma distinta. Como la “manifestación silenciosa” del movimiento estudiantil; como si callar fuera una forma distinta del decir. Decir las cosas de otra manera; no repetir como loro el boletín oficial; conversar, a lo Mariano Azuela, con la gente “de abajo”: qué pasó, dónde estabas, qué viste, que sentiste, quiénes eran… Eso: conversar.
En un prólogo a La noche de Tlatelolco (publicado originalmente en 1971, con numerosas reediciones), presenta Elena Poniatowska el siguiente paisaje: “El 3 de octubre, a las siete de la mañana, después de amamantar a Felipe, nacido cuatro meses antes, fui a la Plaza de las Tres Culturas, cubierta por una especie de neblina. ¿O eran cenizas? Dos tanques de guerra hacían guardia frente al edificio Nuevo León. Ni luz, ni agua, sólo vidrios rotos. Vi los zapatos tirados en las zanjas entre los restos prehispánicos, las puertas de los elevadores perforadas por ráfagas de ametralladora, las ventanas estrelladas, todos los comercios cerrados, los aparadores de la tintorería, de la cafetería, de la miscelánea hechos añicos, la papelería destruida, las hojas rotas, las huellas de la sangre en la escalera y la sangre sin lavar, la sangre encharcada y negra en la plaza. […] Nadie barría los escombros, nadie se movía, la desgracia era finalmente una foto fija”.
Empezó entonces a recoger testimonios. Habló primero con las madres de los desaparecidos o detenidos, luego con estos últimos, en Lecumberri, haciéndose pasar como prima o tía. A través de sus abogados o familiares, los presos le hacían llegar algunas notas, apuntes de lo vivido. ¿Cuál sería el destino final de ese río de historias? Tal es el origen de un libro que, como el 68 mismo, define una época. La literatura buscó entonces contar aquello que desde el poder se había silenciado. La saga literaria del 68 es amplia, abarca poesía, cuento y novela; una de las piezas centrales es, sin duda, el libro de Elena Poniatowska.
Entre las muchas palabras que la definen una es coherencia. Desde aquella mañana del 3 de octubre ha seguido recogiendo testimonios de la compleja vida social mexicana, que se convierten en reportajes periodísticos o novelas. Otro collage testimonial suyo, por ejemplo, es Nada, nadie: las voces del temblor (1988), memoria de aquel 19 de septiembre de 1985 en la ciudad de México. Otra forma de retratarla es la de alguien que hace hablar a los otros. Su faceta como entrevistadora es significativa. Se inició en ese oficio en los años cincuenta, en los suplementos literarios dirigidos por Fernando Benítez. Quienes fueron abordados por ella la recordaban como una chica de apariencia inocente y distraída que, sin embargo, les hacía soltar toda la sopa. Todas las definiciones posibles de Elena Poniatowska convergen en su ejercicio dialogante, su capacidad para escuchar y comprender al otro.
Retratos de mujeres insumisas
Como novelista deben citarse sus acercamientos a dos creadoras: primero, Tinísima (1992), sobre la actriz y fotógrafa Tina Modotti; luego Leonora (2011), biografía de la extraordinaria pintora surrealista Leonora Carrington.
Gabriel Figueroa tenía el proyecto de hacer una película sobre Tina Modotti y le encargó a Poniatowska que realizara el guión. El proyecto cinematográfico nunca se concretó. No obstante, la escritora siguió investigando sobre la vida de la fotógrafa y así transcurrieron diez años. Luego de varias entrevistas con personas que tuvieron contacto con Modotti, Elena pudo estructurar la biografía. Aquí el arte de la fotografía se alterna con lo anecdótico y la manera que la autora elige para contar la historia: desde la visión de otros. El ir en busca del testimonio ha sido fundamental en las biografías noveladas que ha publicado.
Después de Modotti, le interesó abordar la vida de otra artista visual: Leonora Carrington. Tras de años de conocer a Elena Poniatowska, Carrington tuvo la confianza de sentarse a contarle su vida. Fueron horas de conversación que derivaron en una biografía ágil, fresca, interesante, salpicada de anécdotas, luz y oscuridad, alegría y desasosiego.
La pintora disfrutaba decir que de niña había sido un pony, en su juventud una potranca y que en su madurez se había convertido en una yegua. A ella le gustaba identificarse con los caballos, briosa mujer que tuvo que luchar para despojarse de las ataduras de una educación rígida y moralina. Carrington es cada uno de sus personajes: la dama oval, la diosa blanca que permea en sus obras con guiños a Graves, la asidua lectora de leyendas celtas, la creadora que supo asimilar el sincretismo de México y volcarlo en algunos de sus lienzos.
El libro logra su propósito: adentrar al lector en las vicisitudes de esta notable pintora y narradora inglesa, y también llena los huecos informativos sobre la vida de Carrington, quien pocas veces se dejaba entrevistar.
Otra mujer que inspira a Poniatowska es Lupe Marín. Hace 40 años, Elena entrevistó a Lupe Marín en su casa, ubicada en Paseo de la Reforma 137. De ese largo diálogo nació la inquietud de conocer más sobre la vida de ella, quien fue mujer de Diego Rivera y de Jorge Cuesta, alguien que frecuentó a personajes esenciales de la cultura mexicana del siglo XX como los Contemporáneos, Soriano, Lazo, Torri, Ramos, Cardoza y Aragón, Breton, Carpentier, Modotti, Kahlo, Revueltas, Weston y Vasconcelos, entre otros.
En Dos veces única (2014), Poniatowska une testimonios, escucha varias historias de un mismo personaje. A pesar de que parte de un prisma psíquico, histórico-social y literario, opta por decir que ha escrito ficción porque la mayoría de los argumentos con quienes conversó apuntaban hacia un relato fantástico. Lupe Marín es abordada con los claroscuros que tuvo a lo largo de su vida y se le compara con la Coatlicue (diosa de la fertilidad, patrona de la vida y la muerte); su lado carismático se ve empañado por las crueles e intolerantes actitudes que llegó a tener con sus hijos, con Jorge Cuesta y con algunos de sus nietos. Porque Marín, acaso como la Coatlicue, porta una falda de serpientes que realza la maldad que fluye en ella.
Elena Poniatoswka, como lo ha hecho en otros acercamientos a mujeres insumisas, ha forjado una sólida historia. Desde la primera ocasión en que charló con ella, se dio cuenta de que Marín era un personaje interesante, polémico, opacado por la presencia de Frida Kahlo, ideal para desentrañar y precisar en una madeja de historias que se han tejido alrededor de ella.
Una moderna Sherezada
Es una escritora incansable. Su refugio es una casa en el barrio de Chimalistac, uno de los escenarios de Santa, la novela de Federico Gamboa; ese hogar es el surtidor de mil y un historias que han salido de la pluma de Poniatowska, como una moderna Sherezada que cuenta un cuento tras otro no para salvarse ella misma (o también, aunque no sea ese su fin último) sino para salvar a los demás.
Las estaciones principales de su vida son conocidas: es hija de Paulette Amor y Jean Evremont Poniatowsky Sperry, miembro de la casa real polaca. Nació en París el 19 de mayo de 1932. Estudió en un internado en Estados Unidos de 1949 a 1952; y desde 1953 empezó a ejercer el periodismo en México… Ha ganado los más importantes galardones literarios. En 2014 recibió, en España, el Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes Saavedra.
En muchos asuntos, la historia le ha dado la razón a Elena Poniatowska. La verdad oficial del 68, por ejemplo (sostenida con el coctel de intimidaciones a los periodistas y pagos generosos), cayó por su propio peso y lo cierto no está hoy sino en aquella literatura que circuló primero de modo alternativo y terminó por convertirse, prácticamente, en libro de texto. Su verdad, en este caso, es ahora la verdad de todos.
Mary Carmen Sánchez Ambriz
Ensayista y periodista cultural.
Mucha, mucha gente escribe mejor que esta señora. Pero no son famosos. Ni arguenderos.
Helena es uno de los faros que mejor ilumina México, a una escala mundial. Le agradecemos muy en lo profundo del espíritu, su ejemplo de convicción con sus ideales, así como su forma sencilla y maternal de abordar tanto a sus temas como a sus entrevistados, sin que ello quiera decir que es superficial ni condescendiente, sino todo lo contrario: firme, con la pluma bien desenvainada y con la suave habilidad que su amplia experiencia como escritora, le ha proporcionado la vida.