La edición de junio de la revista Vanity Fair provocó una conmoción mediática mundial con su portada dedicada a la nueva identidad del ex campeón olímpico Bruce Jenner. En ella aparece una cuidada fotografía —que recuerda a Marilyn Monroe—, realizada por Annie Leibovitz, y la frase “Call me Caitlyn” (“llámenme Caitlyn”). Enseguida se publicaron, tanto en redes sociales como en medios impresos, muestras de apoyo y reacciones negativas a la nueva identidad del ex campeón olímpico. La mayor parte de las críticas versaban en estas categorías:
1. Ella es blanca, rica, influyente… ¿qué mérito tiene lo que hizo?
2. Lo que hizo es frívolo, es un freak show, y solo demerita su mensaje y el de mucha gente trans.
3. ¿Y en qué ayuda una portada de una revista del establishment estadounidense a la vida cotidiana de millones de personas trans en el mundo? ¿Hará que cambie en algo la violencia e intolerancia que sufren?

Trataré de responder a esas críticas y de explicar por qué la portada de la nueva identidad de Caitlyn Jenner importa.
Lo obvio: sí, ella es blanca, rica e influyente. Pero tener esos privilegios no hace menos difícil haber tomado la decisión. Ningún empresario ha cambiado de sexo demostrándolo en una revista de negocios, ningún deportista lo ha hecho en alguna revista de deportes. Sí, Ellen salió del clóset como lesbiana en 1997 en la portada de la revista Time, pero es infinitamente más fácil decir que uno es gay o lesbiana, a presentarse con otro sexo, el tabú a lo transgénero es aún mayor, incluso en la comunidad LGBT. Nadie, nunca en la historia editorial de Estados Unidos, había salido del clóset trans en una revista del establishment.
Aquí, vale recordar qué es Vanity Fair. Fundada en 1913, ha pasado por varias épocas, pero ha sido una de las revistas más prestigiosas del periodismo estadunidense. Ha contado con plumas finas y radicales, como la del ateo Christopher Hitchens o del abiertamente homosexual Gore Vidal. La revista ha sido todo menos frívola o conservadora. En 1996, Marie Brenner publicó un reportaje acerca de las mentiras de la industria tabacalera, que posteriormente fue llevado al cine con la película The Insider. En 2005, la revista reveló la identidad de la fuente oculta del escándalo Watergate, después de 30 años de misterio. Además, ha contado con los mejores fotógrafos de la industria. Por lo tanto, aparecer en la portada de esta revista no es cosa menor, pues se trata de uno de los estandartes del periodismo liberal de Estados Unidos desde hace un siglo.
Hoy muchos jóvenes salen del clóset en Youtube o en redes sociales, pero que una persona de 65 años lo haga, y cambiando de sexo, es algo inédito. Tan inédito que el impacto en redes sociales fue brutal. Después de lanzar la cuenta de Twitter @Caitlyn_Jenner, ésta alcanzó un millón de seguidores en tan sólo cuatro horas, quitándole ese récord de seguidores a @POTUS, la cuenta del presidente de Estados Unidos. El mismo Obama la elogió. La cadena de deportes ESPN anunció que le daría un premio por su valentía.
Nadie nombró a la señora Jenner vocera de la comunidad trans global, ni siquiera ella misma. Muchos la acusan de caer en la frivolidad, pero, en serio ¿la portada Vanity Fair puede serlo? Fue un trabajo meticulosamente diseñado, sin dejar nada a la casualidad. Es una revista del establishment periodístico, no un tabloide de supermercado. También se la acusa de provocar un freak show, de aprovechar su fama con el reality show de la familia Kardashian. Maldita si aprovecha su fama para una causa tan personal, maldita si no lo hace, maldita si hace dinero de ello, maldita si no lo hace. Con nadie se puede quedar bien, especialmente con críticos que viven de recortar a la sociedad del espectáculo capitalista en que vivimos todos 24/7. Ya era acosada por la prensa sensacionalista, y en un momento, como se reseña en Vanity Fair, pensó en suicidarse. Así que para salir de este acoso, Jenner buscó a profesionales y en diciembre de 2014 contrató a Alan Nierob de la empresa de relaciones públicas Rogers & Cowan. Y no era casual, la firma la había asesorado desde su triunfo olímpico de 1976. El plan de la agencia era simple: quitarle el mensaje a la prensa frívola y hacerlo propio, contar la historia desde una perspectiva personal, honesta y seria. La elección de hacerlo con la revista fue casi natural. Prefirió a la revista de prestigio mensual que a un semanario. Se guardó en secreto la portada hasta el último minuto, y se hizo publica en Twitter. Para el 8 de junio, ya tenía cerca de 2.5 millones de seguidores.
Busquemos un referente cercano. El 19 de mayo de 2014, la actriz Laverne Cox, de Orange is the New Black, popular serie de Netflix, apareció en la portada de la revista Time. El encabezado decía: “The Transgender Tipping Point”. El punto de la revista es que, al tratarse de una estrella de televisión tan popular, estaba dando enorme visibilidad a la comunidad trans, convirtiendo su causa en la nueva frontera de los derechos civiles en Estados Unidos. Cox es distinta a Jenner: es negra, nunca fue un hombre campeón olímpico y su fama es más reciente. Pero tienen mucho en común: el momento histórico, la exposición mediática en una realidad 24/7 y una población estadunidense más receptiva a temas progresistas —desde el matrimonio igualitario a la legalización de la marihuana. La propia Cox escribió en su blog sobre el tema al día siguiente del anuncio de Jenner. La felicitó y alabó su valentía, pero fue más allá al tocar un punto que pocos críticos habían observado, y lo hizo de una forma elegante y no hostil frente a Jenner. Recordó lo que implica ser una mujer trans. Recordó el problema de los altos estándares de belleza que sufren las mujeres, y que esos criterios están ligados a las variables de raza, clase social, entre otros. Y afirma: “He estado siempre consciente que no puedo representar a toda le gente trans… Es por eso que necesitamos diversas representaciones mediáticas de personas trans….”. Toca el espinoso tema del privilegio que ella y Jenner comparten, y dice esperar que el amor que ha recibido —a través de la visibilidad que su trabajo y los medios le dan a ella y a Jenner—, pueda traducirse en más historias de personas trans en riesgo, de color, y de la clase trabajadora.
¿Que exista un presidente negro hace que toda la gente de color ya no sea discriminada? Claro que no, pero ha visibilizado el odio que muchos blancos aún tienen a los afroamericanos, aún cuando se trate del presidente. De hecho, el número de grupos de odio ha crecido, afirma el Southern Poverty Law Center. Pero la presencia constante de un presidente negro en la vida de Estados Unidos ha sido una experiencia de pedagogía social que pocos países han tenido.
Incluso después de Ellen, Marc Jacobs y Ricky Martin, la presencia lésbico-gay en los medios es escasa. Tim Cook, presidente de Apple, es apenas el primer presidente de una empresa Fortune 500 en salir del clóset públicamente. En México han existido, y existen prominentes políticos y empresarios homosexuales, pero no son gays, siguen encerrados en sus closets. El clóset de las clases altas es mucho más hermético que el de un empresario que tiene una Pyme. El poder en la élite mexicana sigue siendo heterocéntrico y sexista.
Entonces, ¿la visibilidad de Jenner hará que toda la gente trans del mundo deje de ser discriminada? Sería ingenuo pensarlo. Pero hay algo cierto: “Es permitiendo que los estadunidenses sientan que conocen a alguien que es transgénero y con esperanza llevar una mayor comprensión de lo que significa ser transgénero, que un cambio social será posible”, dice Nick Adams, vocero de la organización activista GLAAD. Esto es claro con el tema del matrimonio igualitario. Primero salieron del clóset Ellen y personajes en la serie Real World de MTV, y después salieron millones de jóvenes de la generación X y ahora millennials. Los imaginarios de la cultura crean referencias, y algunas son esperanzadoras. Pueden ser cantantes como Michael Stipe, el líder de REM o modelos como Cara Delevingne. Así, primero las parejas del mismo sexo se casaban en ficción y luego sucedió en la vida real.
La revista The New Yorker hace la pregunta precisa: ¿A cuánta gente puede empoderar Caitlyn Jenner a la vez? No lo sabemos. ¿A cuánta gente empoderó Madonna con su rebeldía? ¿Cuántos jóvenes han sido empoderados por personajes LGBT del cine o la letra del “Baile y el Salón” de Café Tacuba? Al final de cuentas no importa tanto el número, sabemos que la cultura está cambiando a una velocidad impresionante. Irlanda, un país tradicionalmente católico, votó en gran proporción por legalizar el matrimonio igualitario.

Vivimos, no una era de cambio, sino un cambio de era. Mi estimado Miguel Cane comentó sobre el caso que “la verdad sin maquillaje del asunto es que la transición de Miss Jenner, aunque muy loable y evidentemente pública, no es más relevante que la de alguien sin fama ni recursos ni medios”. Pero si así lo fuera, ¿escribiría del tema? Esto es muy relevante en términos de imaginarios de género, de aceptación de la otredad. Jenner ha provocado que el tema se debata hasta en la radio y la prensa mexicana. Mucha gente que no conocía esta realidad ahora la verá algo más cercana. Y algo interesante ha sucedido, y como sucede en esta era, sucede primero en internet: apareció una página en Tumblr que se llama “My Vanity Fair Cover” (“Mi portada de Vanity Fair”). En ésta, decenas de personas transgénero subieron sus selfies, emulando la portada de la revista, y usando el hashtag #myvanityfaircover para también visibilizarse, y empoderarse. ¿Lo hubieran hecho si Jenner no lo hubiera hecho? No lo sabremos, pero sin duda la portada de Vanity Fair ha catalizado el activismo de esta forma, y muchas charlas en las mesas de casas, cafés y bares de todo el mundo.
Quizá el tema de debate más interesante que he encontrado es aquel que se refiere a cómo entender hoy lo que significa ser mujer, u hombre. Elinor Burkett lo escribe muy bien en “What Makes a Woman” en The New York Times. Jenner afirma que su identidad de mujer está en su cerebro, algo que contra argumenta muy bien Burkett. El debate sobre en dónde reside lo hombre/mujer/masculino/femenino parece obvio, pero creo que apenas comienza de una forma seria. Alguien que está viendo hacia ese mundo más complejo es James Joseph Dean, autor de Straights: Heterosexuality in a Post-closeted Culture (NYU, 2014). Es una lectura sugerente, y llena de pistas sobre hacia dónde va el debate de sexo y género en Occidente. Habla de una idea de heterosexualidad queer que empieza a hacerse presente. Si este cambio social está ocurriendo, se debe no sólo a Jenner y Cox, y al movimiento lésbico-gay, sino a todo el movimiento feminista moderno. Al final de cuentas, los imaginarios importan, y se encarnan en subjetividades que cambian nuestras vidas cotidianas. ¿Cómo cambiarán vidas Cox y Jenner? Apenas lo sabremos. Pero que esta discusión tenga lugar es la punta de un iceberg que está a punto de chocar contra el Titanic de las certezas del sexo y el género. Una portada quizá, a fin de cuentas, no es solo una portada, como diría Magritte.
Alfredo Narváez
Maestro en estudios de género por El Colegio de México y profesor de análisis de tendencias en CENTRO.