Esos 418 mensajes que no he leído

La era digital impone un tipo de esclavitud inédito sobre la sociedad. Las nuevas tecnologías, asegura este lúcido texto, han abierto otro capítulo en la inmortal dialéctica del siervo y del señor de Hegel. El gran problema, advierte con tino Magris, es saber de qué lado nos situamos en realidad.

En menos de tres días he acumulado en mi celular (uno de primera generación) 418 mensajes. Mejor dicho, mensajes de texto, de acuerdo al léxico rebuscado y artificioso que adorna de flores de papel las jaulas de acero de la tecnología. Teléfonos celulares, mensajes de texto, deditos que aporrean teclitas. No sé qué es lo que dicen esos 418 mensajes encerrados en una botella, porque no me siento capaz de leerlos y, por lo tanto, de responderlos. No es una estulta pose anti tecnológica, que siempre resulta ser falsa y patética, no solamente porque presumiblemente se desconoce la ayuda que la tecnología le aporta a la vida —basta pensar en la medicina y en la cirugía—  sino también porque se tiene la creencia de que la tecnología es solamente aquella reciente, aquella que nos cayó encima en nuestra vida ya adulta, y se identifica la así llamada naturaleza con la técnica que ya existía cuando nacimos. La radio, por ejemplo, me parece más natural que la televisión, porque cuando nací sus sonidos ya estaban en el aire, al igual que los otros sonidos de la realidad, mientras que la televisión entró en mi casa cuando yo estaba por concluir el liceo. Por lo tanto, de mi parte, no existe ninguna psicosis o petulancia antitecnológica. Simple y sencillamente sufro de inhabilidad digital, que es una discapacidad pero no una culpa, y demando respeto por mi habilidad diferente digital, como se dice en un lenguaje políticamente correcto, así como pido comprensión porque ya no soy capaz de realizar las hermosas excursiones de antaño a la montaña.


Ilustración: Patricio Betteo

Sin embargo, diría Musil, en cada más hay un menos y en cada menos un más. Si hubiera podido hacerlo, habría leído esos 418 comunicados y habría respondido cada uno de ellos, como lo hago con cada carta que me llega en soporte de papel, por lo menos unas quince al día. Calculando dos minutos y medio por cada lectura de sms y respuesta, probables contra respuestas y mis relativas réplicas, habría empleado, aproximadamente dieciséis horas. Dos días de trabajo completo, y verosímilmente otras tantas los siguientes tres días y así sin interrupción. ¿Dónde queda el tiempo para el trabajo con el que —dejando aparte a los jubilados, los millonarios, los presos, los enfermos o los desempleados—  uno se gana con qué vivir; y el tiempo para leer, pasear, reunirse con los amigos y hacer el amor? En las mesas de los restaurantes y los cafés se ve a personas que no conversan entre ellos sino con invisibles interlocutores por teléfono y no solo un par de veces, como sería natural, sino durante casi todo el tiempo que transcurre entre la entrada y el postre. ¿Cuándo aquellos  dos   —o los cuatro o los cinco— comenzarán a dialogar entre ellos?

Hace años, Umberto Eco realizó, con su envidiable precisión, el cálculo de cuánto tiempo al día le quedaba para la lectura y la investigación, restando de las 24 horas, las dedicadas al sueño, a bañarse, a impartir clases, a la comida y a la cena, a realizar llamadas telefónicas, a las entrevistas, a la lectura de los mails y a sus relativas respuestas, etcétera. No recuerdo la cifra exacta a la que llegó, pero me parece que fue entre doce y dieciocho minutos. Ciertamente, Eco se encontraba en el centro de una red de comunicación particularmente saturada, pero hoy el número de personas expuestas a ritmos casi análogos es muy alto. Soy, somos, los excluidos de la vida, pero ignoramos que los somos. Somos los nuevos siervos de la gleba, obreros en la cadena de montaje y galeotes en la cadena, privados incesantemente de nuestra vida. Un trabajo forzado que no solamente recluta, como en el pasado, a plebes hambrientas que no pueden decir que no si es que quieren por lo menos sobrevivir; pero incluso a las clases media y alta, que podrían vivir humanamente, también les es arrancada su existencia, porque las llamadas    —no solamente telefónicas— de todo tipo también son, para ellas, órdenes y obligaciones.

Con la exactitud de una ecuación, también se puede calcular matemáticamente el progresivo quebranto de todo conocimiento, hacia el cual nos dirigimos; es más, al que ya hemos llegado, porque, cualquiera que sea la verdadera (?) naturaleza del tiempo de la que tanto debaten físicos y matemáticos, en la vida cotidiana una hora empleada en una actividad significa una hora no empleada en otra. Dieciséis horas pegados en el móvil o en la computadora revisando los mails, significan dieciséis horas que le han sido sustraídas a todo lo demás, incluso a la adquisición de nuevos conocimientos. Para combatir una anulación total de los conocimientos de todo tipo se formará o ya se está formando otra férrea clase social acomodada (y más que acomodada) e intelectual, que se reservará para sí el tiempo. Así como en el pasado el señor feudal no trabajaba la tierra de cuyos productos se alimentaba y le traspasaba el tiempo y la fatiga del trabajo a su siervo, dedicando el tiempo libre que tenía a su disposición para realizar sus propios intereses; así también, el nuevo señor le traspasará a su siervo, para poder vivir, el multiplicado trabajo y el multiplicado tiempo de la comunicación. Los nuevos siervos de la gleba ya no labrarán la tierra, solamente responderán a tintineos, timbrazos, vibraciones, pulsaciones, centelleos y oscilaciones. 

Obviamente, esto ya está sucediendo ahora; no es el administrador encargado y ni siquiera el jefe de oficina el que escribe y lee los innumerables mails, así como tampoco es el director general, hombre o mujer, el que arroja su ropa interior usada al montón de ropa sucia que se tiene que lavar. Pero ya casi se ha disipado la nítida distancia entre la esfera personal y laboral y la representativa y vagamente social; el aumento exponencial de las relaciones y, sobre todo, de las comunicaciones personales y privadas o casi personales y privadas, y la diferencia o imposibilidad de distinguir entre ellas, obligará a delegarle al siervo inclusive la gestión de la vida personal o casi del señor, que así podrá leer a Leopardi, estudiar mecánica cuántica o aprender chino, escuchar a Bach o vagabundear como los perros callejeros por París en la encantadora película Mon oncle de  Jacques Tati.  Será difícil para la mayoría de nosotros —siervos que creen que forman parte de la casta dominante y señores que no se percatan que viven forzados en nuevos trabajos serviles— saber de qué lado estamos, si pertenecemos a los dominadores o a los dominados.
Un nuevo capítulo de la inmortal dialéctica del siervo y del señor de Hegel. E incluso en este caso el siervo, gestionando la realidad farragosa de la vida y sus cambios tecnológicos y humanos, se volverá el verdadero piloto y amo, el verdadero señor, como un siervo que, obligado por un esposo a sustituirlo en las fatigas del tálamo conyugal, deviene el verdadero y real esposo. Resulta difícil decir quién de los dos se la pasará peor.

 

Claudio Magris
Ensayista y narrador. Entre sus libros destacan las colecciones de ensayos Utopía y desencanto y El infinito viajar, así como los volúmenes narrativos El Danubio y A ciegas, entre otros.

Traducción de María Teresa Meneses

Texto tomado de Il Corriere della Sera, 11 de febrero de 2018.

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Publicado en: Ensayo literario