A propósito del Día Mundial de la Poesía, este ensayo despliega la enorme cartografía de voces, corrientes y retos que constituye la lírica latinoamericana de este siglo.
Las voces de la poesía latinoamericana que se distinguen a finales del siglo XX nacieron a mitad del siglo pasado —o antes— y sus primeros brotes en forma de libro se dieron a conocer en los convulsionados años setenta. Julio Ortega, persistente en la lectura de la poesía y las poéticas de América Latina, habla de una nueva sensibilidad en los poetas nacidos a partir de los años sesenta. En Antología de la poesía latinoamericana del siglo XXI (1997), nos develó una voz áspera como la de Malú Urriola (Santiago de Chile, 1967) y brindó la oportunidad de releer a los jóvenes de entonces: los mexicanos Ernesto Lumbreras (1967), Jorge Fernández Granados (1965) y María Baranda (1962); los cubanos Antonio José Ponte (1964) y Rolando Sánchez Mejías (1959); los colombianos Ramón Cote (1963) y Robinson Quintero Ossa (1962); al peruano Eduardo Chirinos (1960-2016), al argentino D. G. Helder (1960) y al dominicano José Mármol (1960), autores de por lo menos un buen libro o de poemas que no ha barrido la escoba del tiempo.
Y es que ocupar un sitio en la literatura de este continente no es tarea fácil. Los monolitos literarios suelen tener una consistencia a prueba de advenedizos, por lo menos en las tres grandes tradiciones latinoamericanas (Chile, México y Argentina). En Chile, Gabriela Mistral y Pablo Neruda han sido dos grandes muros que no cualquiera escala. Vicente Huidobro —siguiendo en el mismo territorio— es un caso aparte, ya que sus aventuras poéticas —poeta mesiánico al fin— siguen vigentes, sobre todo en el ánimo de los lectores y poetas jóvenes.

Ilustración: Sergio Bordón
En México, el peso de Octavio Paz, Efraín Huerta, Jaime Sabines, Eduardo Lizalde y José Emilio Pacheco en la poesía de los años ochenta y noventa es fundamental. Los hombres del Alba (1944) de Huerta, Tarumba (1956) de Sabines, Libertad bajo palabra (1960) de Paz, Cada cosa es Babel (1966) de Lizalde y No me preguntes cómo pasa el tiempo (1968) de Pacheco son una especie de piedra fundacional.
La herencia de la poesía argentina es indiscutible. La poética de Olga Orozco, Juan Gelman, Alejandra Pizarnik, Oliverio Girondo, Roberto Juarroz, Saúl Yurkievich, Héctor Viel Termperley y Jorge Boccanera es determinante para las voces de hoy.
Registros más recientes es posible encontrar en 4m3r1ca, novísima poesía latinoamericana (2016) de Héctor Hernández Montecinos. Aunque contiene muchas páginas de promesas incumplidas, el riesgo que asume me parce interesante. En principio porque es un libro que interrumpe el concierto de la tradición poética, aunque sigo pensando que en este volumen se placea la autocomplacencia, los arrebatos verbales y el deseo de parecer original a toda costa, aún de la poesía misma. Están ahí, con inusitada fuerza, los textos de los chilenos Paula Ilabaca Núñez (1979) y Diego Ramírez Gajardo (1982), y del mexicano Yaxkin Melchy (1985).
El riesgo del placer y la banalización de la poesía
A veces parecería que hay demasiada convulsión en el mundo actual como para detenerse a descifrar un poema. A lo mucho se miran de reojo esas líneas fácticas que hacen las veces del esqueleto de un pez o la estructura de una casa. Y hasta en algunos casos un montón de ladrillos en obra negra. Pero el poema no necesita ser descifrado sino traducido, es decir, leído. No requiere de sacerdotes que lo canonicen sino de lectores que lo interpreten al ritmo de la música de hoy. Y la música de hoy es el éxito inmediato, la partitura inconclusa, el ritmo amorfo, la sangre de Medusa consagrada a las fisuras de la vanidad.
Tal vez no sea algo más que el envejecimiento de la mirada del que lee. El hecho de que los veinte poemas de amor y la canción desesperada de Neruda sigan siendo un éxito de ventas más allá del mapa de habla hispana, no garantiza que sea un gran libro, sino que la mercadotecnia de lo sentimental es eficaz. El libro de las preguntas, Canto general o Residencia en la tierra son poéticamente más profundos, pero el amor, o lo que hable en su nombre, hace que un producto, así sea un perfume, una flor, un anillo o unos versos se hermanen, aunque su manufactura sea opuesta a la finalidad que los crea.
Un caso extremo son los poemojis en el reinado del Whatsapp, bajo un lema un tanto tramposo: “la poesía no se crea ni se destruye, se transforma”. Trivializar es bajar de nivel lo que debería caracterizarse por la altura. La poesía deja de ser magia y se convierte en un truco aparentemente fácil. En todo caso lo trivial esta hermanado a lo básico, aquello a lo que todo mundo tiene acceso. Y la masificación del poema es la claudicación de la magia. Lo mismo podría decirse de la poesía como el misterio casi litúrgico que le atribuyen pensamientos disímbolos como el de Hölderlin y Nietzsche. Para nuestra desdicha, el misterio en la era del ciberespacio está no en lo que hay dentro del poema sino en desentrañar de qué está hecha su cáscara, es decir, su envoltorio. En la banalización de lo poético se pierden dos aspectos: la música que da sentido de orientación al poema y el apego a la tradición. Lo banal nos acerca a lo fútil, pero la tradición invita a la traición en vez de la adoración a ciegas.
“La poesía no ha dejado de leerse —apunta Julio Ortega— pero su irradiación se ha resentido, como casi todo en América Latina, de la fractura de los circuitos de comunicación, así como del menoscabo del espacio disponible en los medios; ambos hechos son consecuencia de la crisis, pero también del predominio del mercado literario más superficial.” A este respecto, el escritor Paulo Leminski afirmaba que la improvisación, lo fácil y lo descuidado ya desempeñaron su papel histórico. Lo que me hace pensar que el poema es un laboratorio de formas y contenidos y no mera ocurrencia.
Hipervanguardismo
Un segundo sesgo en la poesía latinoamericana del siglo XXI sería el hipervanguardismo. La idea me viene a la cabeza a raíz de la citada antología de Hernández Montecinos y de una más, la de Óscar de la Torre: Limados, la ruptura textual en la última poesía española (2016). Lo que me hace a pensar ¿se puede ser totalmente original sin matar la poesía? Lo ideal en una selección poética sería llevar lo esencial para el viaje.
Derivado del tema anterior es el oscurecimiento del poema. Ese como hacinamiento más allá del neobarroco que lustra y carga al texto de retórica. Si lo banal consagra y otorga a los poetas falsos títulos de nobleza, el hipervanguardismo cree salvar al poema de las garras del mal gusto, lo secuestra en su propio nicho y lo condena al silencio. No hablo del hermetismo de Paul Celan ni del de Hölderlin, sino de la tentación por hacer del poema algo que no va a ninguna parte.
El fragmento del venezolano Aníbal Nazoa de alguna manera ilustra los riesgos señalados:
Canis Familiaris
(Poema hermético de Hermenegildo Bonjour)Me duele aquí, Gengis Khan
devuélveme mis melocotones de azufre
cochero, pare, cochero
para admirar la perfecta indecencia del percherón inglés con cara
de pocillo o del pocillo con cara de mirabilis xalapa
oscilando en el naranja muertifangoso cortado en rodajas de silencio chévere
hasta el fin de este almojarifazgo bonitante cruel consigo mismo.
Yo frío, tú fríes, vosotros freís mientras los Orioles de Baltimore
se besuquean con el ferrocarril de mermelada indecisa porque yo
soy el coelacantho pero tú, falso como cierto rombo de Euclides,
me habías negado una licencia de importación para cauchos cuadrados
de seis lonas.…
Pronto pronto una taza de leche con trementina
Con un palillo de cobalto pincho silicones a la plancha
He vencido
Bienvenidos al país de lo-que-ustedes-quieran
Hoy es San Perico de los Palotes.
“¿Qué podemos decir acerca del poema hermético? Prácticamente nada; si pudiéramos decir algo, entonces ya no sería poema hermético”, apunta Nazoa.
Islas a la deriva
El poeta debe azotar al tiempo, dice Mayakovski. Y la mejor poesía de este tiempo la están haciendo algunas voces sedentarias que libran los riesgos antes señalados y fundan su propio territorio. He aquí mi top de diez poetas latinoamericanos contemporáneos más acá de la posmodernidad (por orden alfabético).
• Rafael Courtoisie (Uruguay, 1958)
Autor de una singular obra, entre la que sobresalen Estado sólido y Poesía y caracol. Poeta en apariencia denso, sobre todo por sus referentes científicos, que sale libre de la oscuridad gracias a un equilibrio entre la tradición del poema en prosa y una aparente vaguedad que se revierte a su favor cuando la ironía, la sorpresa y el proceso creativo integran una voz única.
• Eduardo Chirinos (Perú, 1960-2016)
Autor de El equilibrista de Bayard Street (1998), Rituales del conocimiento y del sueño (1987), El libro de los encuentros (1988), Canciones del herrero del arca (1989), poeta reconocido por sus pares generacionales, aunque no sé si descubierto aún por los lectores jóvenes.
• Jorge Galán (El Salvador, 1973)
Autor de El Círculo (Visor, 2014) y Medianoche del mundo (Premio de Poesía Casa de América 2016); libros con poemas circulares que abordan el tema de las migraciones, las fronteras entre memoria, infancia, violencia y diáspora. Una densa niebla, que va de Vallejo a Kurosawa y de los cuadros de William Turner a la noche oscura latinoamericana, rodea los versos de este poeta silencioso, un tanto apartado y melancólico, que merece una lectura a fondo.
•Victoria Guerrero (Perú, 1971)
Con De este reino (1993) y Cisnes estrangulados (1996) su poesía arranca con un vigor que estruja en cada poema. Le seguirán El mar ese oscuro porvenir (2002), Ya nadie incendia el mundo (2005), Berlín (2011), Cuadernos de quimioterapia (2015) y En un mundo de abdicaciones (2016). Testimonio de la memoria histórica y el entorno femenino visto desde una evolución en la que la autora crea piezas fragmentarias y en movimiento de alta calidad.
• Gabriel Chávez Cazasola (Bolivia, 1972)
En La mañana se llenará de jardineros (2013) el poeta emerge desde las lejanías bolivianas con una voz fresca, coloquial sin caer en la prosa cortada ni en el giro lingüístico forzado. Un cazador del pasado desde un presente devastador.
• Balam Rodrigo (México, 1974)
Un laboratorio de formas, aunque no siempre acierta. Leo Libro centroamericano de los muertos (Premio de Poesía Aguascalientes 2018) y me parece que vale la pena insistir en la poesía. En la que se escribe y se lee. En la que se traduce e interpreta. Con una herencia muy marcada de Óscar Oliva, Juan Bañuelos, José Emilio Pacheco y Francisco Hernández, Balam abreva en este libro una historiografía de invasiones y tragedias, desplazamientos y destierro, peregrinaje y una realidad aplastante que va de las crónicas de Indias a los procesos migratorios de hoy.
•Renato Tinajero Mallozi (México, 1976)
Cuando parecía que Borges y el poema culto no tenían mucho que decir aparece Tinajero, Premio de Poesía Aguascalientes 2017, con Fábulas e historias de estrategas. Jaque mate a la poesía superficial. Jugadas maestras entre el poema en prosa, el ensayo, la ficción. Ante todo, brevedad y madurez. El poeta deja que el fruto del poema madure y antes de que pierda forma se cristalice con exactitud geométrica.
• Ana Claudia Díaz (Argentina, 1983)
En ella el recuerdo va más allá de la vigilia, es una especie de trance de largo aliento y prosa entre orcas y dársenas. En El hemisferio del lado en que quedamos están sus mejores poemas. Otros títulos suyos son La ecología de las poblaciones (2010) y Al antojo de las anémonas (2011).
• Jehú Coronado López (México, 1987)
“FUMAREMOS PIEDRA TÚ Y YO/ Seremos felices/ nuestros hijos hablarán de lo bien que nos veíamos fumando piedra,/ destrozaremos nuestros rostros/ y cuando la piedra se acabe/ moriremos, mi amor,/ porque el acto de fumar piedra/ es lo único que puede darme la sensación de existencia/ como el que está lloviendo/ y quiere rescatar a un hombre de una casa en llamas/ nosotros, mi amor, no volveremos/ seremos felices fumando la piedra del otro a escondidas/ y la piedra para entonces ya no será una metáfora.”
• Karen Villeda (México, 1985)
Tesauro (2010) y Dodo (2013) son dos libros fundamentales para entender el tránsito entre la poesía experimental y el despliegue creativo. Su poesía indaga, juega y despliega interrogantes. Ha escrito también La caja de los recuerdos o la instrucción para recordarnos (2005), Babia (2011) y Constantinopla (2013).
El lector de poesía en la era de WhatsApp
En la poesía hay rezagos, como en otros órdenes de la sociedad. No se estudia para lector de poesía. No hay universidades en las que el lector, embestido de toga y birrete, reciba su título nobiliario de lector honoris causa. Nuestros lectores pasaron del declamador sin maestro y las recitaciones escolares a la poesía didáctica, cívicamente bien portada y de honores a la bandera. No son los tiempos de Platón, pero el discurso poético novedoso parece otra vez desterrado como en la paideia griega.
Pese a ello, hay suficientes razones para pensar que el mapa de la poesía latinoamericana actual está todavía en construcción, que una parte considerable de la poesía de ahora es monótona, que los premios nos merecen el beneficio de la duda en tanto no aparezca nuestro nombre entre los ganadores y que las becas son una carnicería.
Las redes sociales son un puente, no una escuela para que los poetas nos graduemos de bufones. El libro digital es un instrumento que se suma a la ya larga tradición del libro impreso. Juntos: poetas, lectores, promotores de lectura, editores, libreros y críticos, somos la parte de la gran orquesta de la poesía del siglo XXI. Las notas pueden sonar discordantes, ya que no todo es armonía, pero que la web nos permita atisbar lo que sucede en ese país nebuloso llamado poesía, tiene sus ventajas, y hablar de Poesía 2.0 es entrar a un territorio en el que indiscutiblemente algo se mueve. A ello habrá que sumar las escrituras poéticas que van más allá de lo verbal.
“La nueva poesía –escribe Sandra Escobar— nace en los caracteres de Twitter y publicaciones de Facebook, inunda los hashtag con imágenes en Instagram y se alza como top de ventas en los estantes de librerías.” Ver, creer.
Margarito Cuéllar
Sus libros más recientes son Teoría de la belleza (Instituto de Cultura de Sinaloa, 2018) y Poemas en los que nunca es de noche (Ibáñez editores, Bogotá, 2019).