Ernesto Lumbreras y sus fantasmas bajo el granizo

En este texto el autor reflexiona en torno a Ábaco de granizo (Era, 2022) de Ernesto Lumbreras, una obra que ahonda en los procesos de la memoria, en el pasado que algunas veces reaparece en forma de fantasma, y otras para ser redescubierto bajo la mirada infantil, capaz de refrescarlo todo.

Son los últimos días de mayo, sudantes y caminantes. Aunque la pantalla diga tantos grados celsius, la humedad rezonga que no, que la temperatura es mayor. Unos 6, 7 grados exageran la sensación térmica. Fugitivos al marcador, los números no están pero ahí están y escurren de orejas, cuencos, muros, repisas y el resto de la piel. Con zarape el vapor arropa la ciudad. Acto difícil de ver pero bochornosamente sentido. Así, imagino, viven junto a nosotros los fantasmas. Sin carne que tocar, su presencia impalpable basta para ponernos la carne de gallina. Ponernos a sudar, frío si se quiere; pero asediados por ellos.

Emotivas estas muertes vivas en el ejercicio de recordar. Recordar es mover otra vez la noria del corazón y elevar de su pozo a nuestros muertos: al padre, a la tía guapísima que nunca se casó, al señor que nos vendía agua del cerro, a la viejita de los quesos frescos envueltos en hoja de almendro, o a tu primera y altísima maestra de primaria. Así como hay fantasmas para ellos, también los hay para cada lugar. ¿Podrías erigir el fantasma de un taller de motos, con su ronroneo, o la cerrajería con su tintinear de llaves, “el santo olor de la panadería” escribió el poeta, o el chapoteo de un ruinoso parque acuático? Tantos desiertos hoy llevan el espectro mojado de su pretérito mar. Lo mismo la ciudad que en las noches sueña con su vida de pueblo. Las mujeres, dice mi madre, barrían con sus escobas el agua salada de estas calles.

Siguiendo el trajín de los piponeros, surtidores de “excelente agua para beber” en el pueblo de Ahualulco de Mercado (Jalisco) —terruño donde pasan los relatos que habitan Ábaco de granizo(Era, 2022) de un oriundo Ernesto Lumbreras— sospecho que la memoria es algo que gotea, un cielo colmado hasta su elemental descarga. Vapor —insisto, bochornoso— y luego, aliviadora precipitación. Sin titubeo, ejemplo de este ciclo de afantasmarse y reencarnar cabe bien en el continente de la palabra arroyo.

Cuerpo líquido, pequeño, personal —mejor dicho—, de memorias que fluyen, puntualmente estacional en una temporada de aguas y otra de sequía donde se abstiene para olvidar. En Ábaco de granizo encontramos en el arroyo local El Cocolisco, un espejo de agua para también mirarnos. ¿Quién no tiene el recuerdo de un río, de un arroyo, siquiera de un charco de agua salpicada cuando niño? Su flujo de agua inaugurando el verano y clavados y espuma en la rocas de manos lavanderas. Y siendo estuario, desembocadura, tierra entre valles: una poza que paciente y quieta acumula años. Ahí está ese cuento de Francisco Hernández “En las pupilas del que regresa” de quien descalza a su adulto para pegar carrera como chiquillo y sumergirse añoso en la poza de los recuerdos.

Similar, corriente corriendo, Lumbreras nos enseña que todo lo que se va, vuelve. En este breve relato, navega el perfil de un escritor visible desde largo viaje, airoso, en su menester de prosa poética, inconfundible pauta, cadencia, espuela. No es extraño imaginarlo desde su “alcoba a modo de balsa” (y entre papeles) leerle decir “Me aterra todas mis vidas para desbordarme en nuestro arroyo, ‘piloto de la oscuridad y del sueño’, a bordo del más párvulo de mis barcos de papel”.

Y por “párvulo”, puedo conjeturar, el autor se refiere a esta empresa de contar cuentos, a ser un narrador niño, incipiente y descañonado polluelo, alguien aprendiendo a vuelapágina.

Un Lumbreras que regresa, mirando al frente y para atrás, hacia el Ahualulco natal afantasmado por los años pero, de respingo vivaz al estar grabado en la memoria, ahora, en estos relatos mientras se es niño. Pues en pupilas infantes, el autor mira con intención de ir hacia adentro, cavar, ser arqueólogo de sí mismo. Ser origen, adjetivar otra vez como “nuevo” al mundo.

Sin embargo no es del todo un simple niño, más bien está dejando de serlo. Se encuentra parado en la línea que traza su conclusión y, por tanto, del desencanto por un mundo que pleno de hallazgos mágicos comienza con el peregrinaje real, cruento y en tantos momentos absurdo que exigen los otros hallazgos de la adultez.

Por ello el primer golpe resonante en la memoria de sus párrafos es el tañir de la campana tempranera llamando a los deberes. La necesidad y la sed al empezar este viaje escapando del presente a bordo del armatoste propiedad de don Panta y su pequeño ayudante “un enano de andares de araña”, dice la avispada imaginación del autor, y nos dibuja el vehículo como una “barcaza de madera y herrería a la que sólo faltaban mástil y velamen para surcar el oleaje verde de los cañaverales”. En este primer texto “Historia de un manantial portátil”, relato inaugural del conjunto —y detonante para la ingeniosa portada de Germán Montalvo—, atrapa mi atención el devenir del enano: pequeño humano monstruo, blanco de burletas y curiosidades, como es lógico en todo pueblo infiernillo grande.

Lejos de la estatura y piel picada del mentado “Cuájano Maduro”, me interesa como figura de encarnación de esa etapa liminar en la vida de Ernesto. Como se calza a lo propuesto por Eduardo Milán, quien en su reflexión “La escritura-niño”, respecto al uso literario del lenguaje infantil asegura: “No hay niños ideológicos, ni niños que quieran descubrir veladamente la ideología de la vida. Esos son enanos. Los niños no reconocen diferencias salvo cuando dejan de ser niños y reclaman por ella”.Quedé atónito un ratito ante la aparición de ambos conceptos casados: niño y enano. “Hechizante” es el adjetivo para describir este extrañamiento. Tengo inquietud por más detalles sobre la fuerza y la voluntad propia del Cuájano. No dejo de creer cómo su confección mística y lo mismo miserable, es tan poderosa para abrir la memoria y ser historia y mística del mismo lugar.

A pata de mula, con suerte de barquero a lo Caronte o el propio Urshanabi, este enano del misterio y la orfandad atraviesa la memoria del empedrado pueblo chico y nos deja en la primera parada de esta “película muda proyectada en un cine —sin butacas y con la pantalla hecha jirones— para una audiencia de fantasmas”. Entonces quedamos frente a un libro y la primera de sus dos mitades “Débitos de la edad dorada”. Maqueta de los lugares que fue Ahualulco, voces del ladrillo y de los parajes escondidos con el hoy. A veces basta un poco de pintura para volver un rostro nuevo, a veces sólo fijar la mirada, concentrarse para empezar a ver fantasmas. De este modo abren alas, persianas y vitrinas, vuelan olores y sabores, deleites de la mirada “todos los verdes imaginables” de los campos de cultivo, cenizas de zafra tiznan húmedas sábanas de un pueblo que siembra sus tierras y lava en sus arroyos; reunido en la paletería de la plaza asolado por el calor y el deseo, en la espera del beso prometido bajo la noche del Cine Lux; arrecho en la viril vagancia, alumbrado por “estrellitas relucientes”,  náuticas y rojas a la picardía de un Lorenzo de Monteclaro y “el que andaba ausente” (de casa) tras entaconados garbos de muchachas del Flamingos Night Club, hospicio de quien está ya en la edad de merecer y busca picos pardos, no importa si al amanecer, termina “abrazado de un poste” en boca del pueblo que pica chismes como si fuera fruta fresca en el puesto de una tal doña Liboria. Cada lugar como el clóset enterado de pe a pa del repertorio de nosotros mismos; los achaches que nos visten a los ojos de la farmacia; cada talón de Aquiles en la huarachería de don Cuco y los pies que crecen rápido mientras se es niño; el estudio fotográfico Mora que ha fusilado con sus luces cada paso, confirmación, bautizo, boda: los rituales sagrados de nuestras vidas, en sus capturas “un tiempo pretérito siempre actual”. Y así una lista de lugares refundados por minuciosas observaciones, dichos desde las anécdotas, que liberadas, vuelven a hacer correr las memoriosas aguas de sitios funcionales como landmarks, es decir, marcas de lugar. Puntos que unidos trazan la épica geográfica de un autor y su caminado de espaldas. Se antoja mirar con los ojos del que regresa: cobrarle rédito al tiempo, contarnos. En esta primera mitad, Ernesto Lumbreras nos cuenta un total de 21 relatos.

Debo confesar, antes de recibir el libro por mensajería, que merodeé en torno a su título. ¿Por qué Ábaco de granizo? Perdón por no saber pero… ¿existen los ábacos de granizo? Claro, pensé desde la infancia, su existencia útil de útil escolar, en su labor de contar a través de bolitas coloradas, numerar o computar cosas, como contar los días o las ovejas, dice la RAE. “Contar” verbo andariego entre clases de matemáticas y español. Añado a su labor de contar cantidades, la de contar, relatar historias.

¿Es exageración mía, el encontrar en Ábaco de granizo, en su conjunto de historias contadas desde la voz niña y joven, una obsesión por contar los cuentos que se cuentan?

Me refiero a su estructura numeral, a la acción de ordenar sus contenidos, primero en dos listas de números arábigos y también —dentro de algunos—, organizar en apartados numerados con letra: ¡uno, dos, tres, por todos mis amigos! Quizá sean sólo conjeturas las mías. Alguien que, ocioso en la espera, durmió y despertó con la palabra “ábaco” en las manos. ¿Acaso estaré observando avaro y receloso como La Mujer del Veinte?, personaje que aparece en la segunda mitad del libro titulada “Insensatos en el jardín de la serenidad”. Una serie de retratos asoman personajes entrañables, extraños y fantásticos, outsiders que lo mismo amasan fortuna como desdicha, que en voz del autor-cronista se hacen de palabras, como hombres y mujeres se hacen de sus íntimas armas; operadores de máquinas del tiempo, en sus agujas han marcado “las muchas horas de prosa y los contados minutos de poesía”o la devota soledad de aquella virgen vieja y anfitriona: conversadora de fantasmas, traductora de lenguas muertas. Sí, otra vez estoy hablando de fantasmas, rebobinando en su carácter escurridizo, así como es el agua entre las manos y en el aire de estos últimos días de mayo. Derretidos como en la contabilidad efímera de un ábaco de granizo, que fuga rápido en el reino del sol. Un ábaco para aprender la mente de un lugar, su peso, su abstracta identidad, puesto que somos lo que recordamos ser, aunque a veces se nos olvida: la memoria está ahí como el puño de granizo y cae súbito en violenta lluvia para la que no valen ni techo ni paraguas. Duras y lastimeras “piedras de agua”, como las llamaría lejanamente desde El cielo (FCE, 1998) un joven Ernesto.

A la humedad de estos días me pregunto, ¿y cuándo llueve en la memoria? ¿Cada cuándo y por qué? ¿Cuándo llovía en tu memoria, Ernesto? ¿Qué casas, qué personas desempolvó? ¿Cómo el agua desvaneció el color de estas tapias y muros para dejar expuestos sus revestimientos de cal, su costillar de adobe, el rostro primero de lo que fue una tapicería, o una tlapalería y la botica del pueblo? ¿Te has dado cuenta que hay palabras que hemos dejado de usar, palabras que se afantasman? Aquí a unos pasos estaba la “droguería” del puerto con sus pomadas, goteros y soluciones hechas a la receta y por encargo, ahora es una tienda de chácharas chinas, y allá, más lejos, un sitial de videojuegos llamado “el Arcade” donde mi hermano venía de pinta y mi madre, apenada, llegaba pidiendo razón. Hoy, como tantos otros lugares de Acapulco, o bien son un Oxxo o bien un local cerrado, en venta todo junto o en partes. Y perdóname, Ernesto si me he puesto a descarapelar la pintura de estos edificios, según lo entiendo, así me has convocado. Que me perdonen Joe Brainard, Georges Perec, Margo Glantz, pues yo también me acuerdo. Me recuerdo, en ese vilo de la infancia y la juventud, en el botadero de las revistas con aquel librito en las manos En el viejo Acapulco (La Prensa, 1992) de Luz de Guadalupe Jóseph Zetina. Y me encuentro portentoso y emocionado, leyendo el pasado no exento de sentirme triste, y mucho menos como bien lo has hecho tú, soltar una carcajada ante la formalidad con la que solemos recibir y dar bienvenida a nuestros años y lugares y rostros pasados. Como Velarde en la suave —y no rígida— patria, con verdad y humor hay que bajar del pedestal a nuestros héroes y poner su fantasma, su metal junto al de ollas y cucharas.

 

Giovanni Rodríguez Cuevas
Licenciado en Sociología. Premio Estatal de Poesía María Luisa Ocampo 2019 y Premio Estatal de Poesía Joven de Guerrero 2016. Beneficiario del Programa Jóvenes Creadores 2021-2022.

Nota editorial: una versión de esta reseña se leyó en la Feria Internacional del Libro de Acapulco el 29 de mayo de 2023 en el Zócalo del puerto.

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Publicado en: Ciudad de libros