Epílogo de Los placeres y los días

Presentamos el epílogo de Los placeres y los días (Almadía/Dirección de Literatura UNAM), libro en el que Alma Guillermoprieto escribe: “Tuve la suerte de encontrar en Luis Miguel Aguilar, por entonces editor de la revista mexicana Nexos, al mejor anfitrión para una serie que él bautizó, citando a Brillat-Savarin, como ‘El último de los placeres’”.

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Si la vida fuera siempre terrible, nadie la querría vivir. En tantos años que llevo escribiendo sobre América Latina me ha tocado escribir casi siempre sobre las tantas tragedias que nos azotan. Pero entre medio he vivido deleites y alegrías, y de vez en cuando me he podido dar el gusto de escribir para reírme o aplaudir a algunos artistas inmensos.

Esta fue, pues, una breve selección –porque lo alegre debe ser siempre ligero, y un pesado tomo sería un contrasentido– de reportajes y ensayos de por aquí y por allá, elaborados por gusto propio o cuando algún medio tuvo la generosidad de encargarlo.

Abrió la colección un texto torpe por lo inexperto, y que sin embargo incluí porque permite jactarme de que conocí y entrevisté a Celia Cruz. Que es más –caigo aquí en la inmodestia más abyecta–, durante años me mandó una tarjeta cada Navidad. Era una gran dama, y supongo que lo hacía por cortesía, no pretendo más, pero fue un premio recibir su saludo cada diciembre. Fue, creo, mi primera crónica larga, escrita cuando cubría noticias metropolitanas para el Washington Post, y sólo lamento no haber contado con mayores herramientas del oficio para pulir mejor el retrato de un genio.

La primera crónica que me comisionó National Geographic me hizo entender de inmediato el privilegio de escribir para una gran institución: ¿qué otro medio hubiera enviado a una reportera durante un mes a Buenos Aires a enterarse del tango? Descubrí las ventajas del periodismo de inmersión. Aprendí a levantarme a mediodía, despabilarme con té y tostadas y almorzar un poco más tarde con grandes vinos y algún bocado de la espléndida cocina argentina. Logré ensayar los pasos del tango en brazos de un maestro de la milonga. Al caer la noche después de un día milagroso se imponía una pequeña siesta; sin ella no era posible disfrutar la larga cena por venir en compañía de milongueros y aficionados, el concierto de tango, y, por ahí de la una o dos de la mañana, la milonga y la obligatoria botella de champaña, Aspirina y litros de agua mineral al llegar al hotel en la madrugada me habilitaban para comenzar la ronda de nuevo al día siguiente. Fueron días de gozo.

A veces reportear también es un vuelo, como cuando en Bolivia tuve la dicha de escribir sobre unas mujeres aymara que habían entregado el alma a la práctica teatral de la lucha libre, con todo y volteretas y saltos mortales. Quizá mi falla fue no haber practicado ahí también el periodismo de inmersión, para ejercitarlo después en otros terrenos. ¡Y a tres caídas, cuaderno contra billetera, la reportera le aplica tremenda llave al diputado Trastupijes! ¡No se salvará de decir la verdad, toda la verdad…!

La alegría hace que el tiempo pase más rápido, y así se han pasado los años, volando y bailando. ¡Y lo bailado nunca nadie nos lo podrá quitar! En tiempos trágicos, la música y el baile son un último reducto de vida y humanidad, y las comunidades afroamericanas, que algo conocen de tragedias, guardan en su seno una reserva lúdica que comparten alegremente con nosotros como una especie de bendición. Cuando los integrantes de herencia afrocubana del Buena Vista Social Club se presentaron en el Teatro Metropólitan de la Ciudad de México hace algunos años, el público reaccionó con vivas, aplausos, coros y baile, y con lágrimas de agradecimiento y emoción también. La alegría es emoción, y la reseña del Buena Vista, publicada originalmente en el New York Review of Books, es el registro de la emoción que produjeron en su salida al mundo.

Por alguna razón la gula llama a la escritura –los estantes de mis libreros cargan la prueba– y tras largas décadas de ejercer la comelonería sentí necesidad de traducir los placeres de la cocina al lenguaje de las palabras. Y decidí hacerlo en mi propio idioma, como forma de calentar la mano antes de lanzarme a escribir mi primer libro en español. El libro, La Habana en un espejo, me prometía un trabajo demorado y penoso; más valía que los ejercicios de calentamiento previo me alegraran la vida. Durante dos años la revista mexicana Nexos publicó mensualmente una entrega de una serie que se llamó “El último de los placeres”.

De esa serie salió también el germen del único texto sobre comida que logré publicar en el New Yorker. En realidad, más que un ensayo sobre los alimentos es un perfil de una mujer admirable; Diana Kennedy, máxima creadora, como Celia, de un género, que en su caso es la antropología de la cocina mexicana. Los lectores habrán encontrado en este atado de palabras el texto de Diana Kennedy y dos columnas de “El último de los placeres”. Nunca, con certeza absoluta, nunca, me ha resultado tan divertido juntar palabra con palabra, y añoro los tiempos en que me sentaba a pensar boberías y salían bien. Ojalá que de igual manera hayan complacido pues, los textos de este librito el paladar de sus lectores.

 

Alma Guillermoprieto
Escritora y reportera.

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Publicado en: Ciudad de libros

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