Entre la vida y la no-vida:
reseña de Un día en la vida de un virus

¿Qué son los virus? ¿Cómo funcionan? ¿Por qué son tan peligrosos? Un libro reciente ofrece respuestas claras y pedagógicas a estas y otras preguntas similares que los tiempos recientes han dotado de urgencia.

En el principio, y en el fondo, la biología no es sino química, que no es sino física, que no es sino azar. Desde la bacteria más primitiva hasta Virginia Woolf, toda la vida de este planeta surgió de la combinación, fortuita o funesta, de una serie de sustancias inertes. En la sopa primordial de los océanos primigenios, los elementos de la tabla periódica, guiados por las leyes ciegas que rigen la atracción y la repulsión entre las partículas subatómicas, formaron incontables moléculas como quien juega a los dados; hasta que un día, en el opuesto de un milagro, tiraron un siete perfecto cien veces seguidas y formaron una serie de proteínas, que a su vez formaron un ácido con una propiedad tan inusual, tan increíble, que aún hoy muchos millones se descubren incapaces de concebirla sin echar mano de un Dios: la autorreplicación. Tal ácido, el famoso ADN, es el puente entre la materia inanimada y la orgánica, el punto de contacto entre la vida y la no-vida, la coincidencia, terriblemente improbable, que desencadenó la cadena de consecuencias que nos trajo la Novena Sinfonía, pero también Hiroshima y Nagasaki.

Aunque esta no es la historia completa. Resulta que este ácido tan peculiar, esta cadena de moléculas enormes, no siempre desembocó en organismos autónomos. En muchas de las millones de tiradas de dados que tuvieron que caer para que surgiera la vida, las proteínas que conforman el ADN produjeron sustancias capaces de replicarse, pero no por sí solas. Estas sustancias, estos trozos de ADN, son los virus: parásitos —aunque llamarlos así es en sentido estricto incorrecto— que no están exactamente vivos, pero tampoco exactamente muertos. Su afán de perpetuarse, que tantas veces resulta en la destrucción de los seres vivos que estos zombies microscópicos secuestran para poder multiplicarse, no es el producto de la voluntad de supervivencia que anima a las criaturas propiamente vivas, sino el resultado de las mismas leyes ciegas que produjeron a Virginia Woolf y a las bacterias: un átomo atrae a otro átomo, una proteína embona con otra proteína, una puerta molecular se abre y otra molécula entra y la destruye. Es por esto, creo yo, que los virus resultan tan aterradores: su vida-sin-vida, su falsa vida que nos trae la muerte, es un recordatorio de que, en el fondo, no somos sino ensamblajes azarosos de átomos inánimes, ceñidos al determinismo cruel de la materia. La plaga que hoy nos asola no es el castigo de un Dios iracundo, ni siquiera un producto de la lucha sin cuartel de la evolución darwiniana, sino el resultado de una casualidad, de un sinsentido.

Esa, por lo menos, es la historia que Daniel Pita —profesor de genética y biología celular en la Universidad Autónoma de Madrid, además de divulgador de la ciencia— nos cuenta en su nuevo libro, Un día en la vida de un virus: del ADN a la pandemia, publicado en junio de 2020 por la editorial Periférica y ahora disponible en México. Se trata de un texto muy útil: en unas escuetas 120 páginas y en una prosa accesible y amena, Pita ofrece un repaso de las clases de biología que tomamos en la secundaria y que sin duda hemos olvidado, y que resulta sumamente útil para entender el embrollo epidemiológico en el que llevamos metidos el último año y medio. Se agradece, en particular, que Pita se tome el tiempo de trazar la historia de los virus desde el principio, desde el surgimiento mismo de la vida. Hay una veta filosófica en su libro que nos invita a reflexionar sobre la naturaleza azarosa de nuestra existencia, a preguntarnos sobre la fragilidad de las coincidencias sobre las que fuimos construidos.

Sin embargo, el libro de Pita también adolece de algunos defectos. Sus explicaciones son por lo general bastante básicas, cosa que se entiende en un texto de divulgación, pero es probable que un lector que haya prestado una módica atención a la cobertura periodística de la pandemia no aprenderá muchas novedades. Más grave es la decisión de Pita de centrar su relato en dos virus ficticios, uno de los cuales se parece mucho al nuevo coronavirus que todos conocemos. Las razones de Pita son fáciles de imaginar —mejor inventarse un virus de ciencia ficción que arriesgar equivocarse en la descripción científica de un virus realmente existente— pero confieso que hubiera preferido que se tomara el tiempo de explicar lo que sabemos y lo que no sabemos sobre el virus no-ficcional que nos aqueja. El uso de un “caso ideal” en lugar del caso real se presta a la eficiencia narrativa, pero lo que gana en eficacia lo pierde en exactitud. Un premier sobre las particulares del covid, sospecho, sería aún más útil que un breviario sobre los virus en general.

Pero esta es una queja menor. El libro de Pita se lee con provecho y placer: los dos requisitos fundamentales de todo trabajo de popularización. Sospecho que sus lectores ideales son niños y adolescentes curiosos o con intereses científicos, o bien adultos que, pese a su angustia por los tiempos que corren, han descuidado la lectura de los muchos —y muy buenos— artículos de divulgación que han aparecido en toda suerte de publicaciones desde el inicio de la pandemia. En una época en la que la desinformación y las noticias falsas arriesgan con poner en jaque a las campañas de vacunación y a otras medidas epidemiológicas, trabajos como el de Pita son innegablemente valiosos.

 

Nicolás Medina Mora
Ensayista y editor

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Publicado en: Ciudad de libros, Reseña

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