Encontrar a México en Auschwitz

La siguiente crónica relata un viaje al centro de uno de los lugares más atroces jamás concebidos por el hombre. En el campo de concentración de Birkenau, macabra extensión de Auschwitz, se encuentra una ampliación cuyo nombre oficial era BIII, pero que todos conocían con el nombre de “México”.

Allá, más allá, es México. Un México raro, a medio construir, sin mexicanos. Por qué le pusieron México, le pregunto a Ágata. Porque era algo lejano y desconocido, me contesta.

Luis quiere saber cuántos kilómetros van a ser de carretera. Le digo que como tres mil doscientos, tres mil quinientos. ¿Nada más?, me contesta. También son sus vacaciones, pero le toca manejar una distancia equiparable a ir de su casa al trabajo y de regreso ciento veintinueve veces; o sea, ciento veintinueve días; o sea, veinticuatro menos de los que, de hecho, ha manejado hasta ahora en el año. No entiendo su indignación.


Fotografías: Eduardo Madrigal

¿Es usted mexicano?, le preguntan en sueños a un mariachi imaginado por Juan Villoro en un cuento. Sí, pero no lo vuelvo a ser, contesta el personaje. A veces creo que el mariachi pudo haber dicho: Sí, pero no lo vuelvo a hacer, lo que abre la puerta a una fenomenología nacional completamente distinta, quizá más certera. Ser no se elige, hacer implica ciertas responsabilidades.

De forma inexplicable, hay quienes han optado por hacerse México pese a todas las advertencias: hay un Mexico, Indiana; Mexico, Kentucky; Mexico, Maine; Mexico, Maryland; Mexico, Misuri; Mexico, Nueva York; Mexico, Ohio; Mexico, Pensilvania y Mexico, Texas. Hay, también, un Mexico en Filipinas. Y este lugar donde estoy parado, bajo un sol de veinte grados, más cerca de Moscú que de Guanajuato, donde el cielo es verdaderamente azul y el aire es limpio, donde los guardias de seguridad pasean en Segway con lentes oscuros, también es México.

Para llegar tomamos un avión, rentamos un coche, cruzamos la primera frontera, subimos —y bajamos— quinientos treinta y tres escalones hasta llegar al relicario de los reyes magos. Descendimos por una carretera llena de neblina donde no se veía el coche de enfrente, atravesamos una puerta que llevaba ahí dieciocho siglos, llegamos a pie a un castillo y, cuando quisimos bajar del cerro, tomamos el funicular equivocado y seguimos subiendo. De día nos metimos a túneles construidos para evitar bombas; de noche nos metimos cinco personas al cuarto del Holiday Inn donde solo había espacio y reservación para una. Pasamos por palacios, catedrales, jardines, cruzamos la segunda frontera.

En un punto, incluso, tuvimos que comernos los nudillos fritos de un cerdo.

Nos quedábamos un día, a veces —un lujo— una noche, en cada lugar. El viaje a México es largo, no puedo escribir ahora sino impresiones instantáneas. Si la travesía es un mosaico, la bitácora debe ser fiel. Es trampa estudiar para los exámenes y componer párrafos largos de estancias que fueron cortas.

Creo que soy el único que sabe qué vamos a México. No les pregunto a los demás si están conscientes de ello porque no quiero arruinarles la sorpresa: el punto de partida se ha vuelto también el destino. Gatopardismo de verano: cambiar todo —la moneda, el idioma, los paisajes, la calidad del aire, el índice de asaltos— para que nada cambie. Llegamos a Cracovia. Estamos a solo cuarenta minutos.

No todos están de acuerdo con Ágata respecto a la etimología; todos tienen claro que el lugar existe. Una sección de Birkenau, el campo nazi de exterminio en Polonia, se llamaba —le pusieron— México. Lo confirma en sus memorias Hermann Langbein, un austriaco que peleó con las Brigadas Internacionales contra Franco, un prisionero de guerra después deportado a Francia y un judío esclavo en los campos de concentración de Dachau y Auschwitz. Sobrevivió y lo puso por escrito y dijo ahí que el México de Auschwitz-Birkenau se ganó ese nombre porque las prisioneras a las que trasladaban ahí no tenían uniformes, sino que recibían las mantas variopintas que en un principio habían sido confiscadas a los deportados. “Cuando caminaban por ahí, cubiertas con cobijas, la escena colorida evocaba a México”, escribió Langbein.

México, cuyo nombre oficial era BIII, fue concebido como una ampliación del campo de exterminio de Birkenau, a su vez una extensión de Auschwitz. En el verano del 44, eran tantos los trenes que llegaban a Birkenau, tantos los prisioneros —en ocho semanas asesinaron ahí a 320 mil personas—, que los nazis improvisaron unas zonas de tránsito al noreste del complejo para acomodar a los deportados y ya después decidir qué hacer con ellos. La más grande de estas zonas era, según el investigador Nikolaus Wachsmann, México. Por ese espacio a medio construir pasaron cerca de 17 mil mujeres judías, principalmente húngaras.

“Las condiciones de vida eran peores que casi en cualquier otra parte del campo”, escribe Wachsmann en KL: Historia de los campos de concentración nazis. “No había agua corriente y casi no había comida. Tinajas enormes hacían las veces de escusados, y en vez de ropa, muchas prisioneras usaban cobijas sobre los hombros (esto aparentemente hacía pensar a algunos en ponchos, de ahí el nombre de México)”, explica, haciéndole segunda a Langbein.

En México, las prisioneras no trabajaban, dormían en el suelo, esperaban lo único que podía esperarse en ese campo.

Mientras, había otra sección de Auschwitz que también tenía nombre propio. Canadá era el área donde los soldados de las SS confiscaban y clasificaban las pertenencias de los deportados. Le decían así porque Canadá tenía la reputación de país próspero, de tierra de la abundancia. Esto vuelve difícil creer que México era México solo por los ponchos, pero habrá que aferrarse a la teoría.

Hoy, claro, no queda nada; se suponía que nunca nos íbamos a enterar de todo esto. En Birkenau, Ágata apunta hacia México y yo solo veo columnas de ladrillos rojos que apenas y se mantienen de pie; un campo abierto que se extiende hasta donde llega la vista, que es exactamente donde empiezan los árboles —Birkenau significa pradera donde crecen los abedules—; pasto y kilómetros cuadrados que nadie pisa, a los que nadie tiene acceso. México, aquello que algunos llamaban México, es un lugar en ruinas donde murió mucha gente. La alegoría, así de chabacana, tan burda, me da pena. Prometo no volver a usarla.

A Auschwitz se puede llegar en coche, en tren, en autobús; pero también, por qué no, en triciclo, en patines, en moto. En la última parte del camino entre Cracovia y la entrada al campo, si se llega por carretera, uno va a acompañado del muro que separaba y separa al campo del pueblo de Oświęcim, el nombre original de este lugar al sur de Polonia donde viven cuarenta mil personas, donde hay un McDonald’s, un lugar de pizza-kebab, un concierto de los Scorpions anunciado para el 24 de junio.

Una vez que el satélite que nos daba las instrucciones nos dijo que habíamos llegado, vimos dos estacionamientos; quizá había más. Desde ambos nos hacían señas unos rubios con chaleco de obreros. No sabíamos —el satélite, callado— cuál era el bueno. Desconfié porque crecí en la ciudad de México. Pensé que si alguien había decidido que era buena idea abrir un estacionamiento apócrifo del museo memorial de Auschwitz y vivir de esa estafa, entonces ya no tenía sentido, de verdad, la humanidad, la existencia y todas esas palabras que en general están casi prohibidas pero que de pronto en Auschwitz se vuelven moneda corriente. Al final nos estacionamos en el lugar correcto. Más adelante vi un letrero que alertaba de los carteristas en el campo.

Lugar común el estacionamiento: bajar del coche y estirar los brazos, las piernas, abrir la cajuela. Podríamos estar en Disneylandia: llegan los autocares llenos de turistas, las familias, los grupos de jóvenes, los grupos de viejitos, los chinos. Hay gente que come paletas heladas en una banca, dos que debaten una aproximación ética a las fotos en el campo —Sí posar, No sonreír, el veredicto—, tantos más que entran a la tienda de recuerdos, que pagan por ir al baño, que preguntan en inglés a qué hora es la próxima visita guiada. Por acá, nos dice un empleado del museo, y nos formamos como si fuera control de seguridad de aeropuerto, bajo un cartel que dice Prepare for inspection.

Y entonces la rabia de pensar que los nazis tuvieron éxito en las cosas más delicadas; por ejemplo: nos robaron las palabras. Uno ya no puede juntar “inspección” y “Auschwitz” en la misma oración y permanecer como si nada. La mente tiende a hacer la conexión cruel, el chiste negro, y luego viene la culpa propia por la broma pedestre y luego la condena ajena de decir que es culpa de los nazis, que ellos asaltaron el vocabulario y la semiótica, y que entonces todos o algunos de los eufemismos con los que cargamos ahora —malnutrición, subdesarrollo, sur global— tienen su origen no reconocido en esos administradores que llevaban gente al “cuarto de baño” o a la “casita negra” o a la “chimenea” para un “tratamiento especial”. ¿Tenemos que inventar un lenguaje?, le pregunta Schindler a su contador en una escena de aquella película; las palabras, teme el señor, ahora significan otra cosa.

Pasamos por el detector de metales en silencio y nos colocan una estampita en el pecho: es de color rojo, dice “español”, nos permite reconocernos, decirle buenos días al que tenemos junto. Somos treinta, a todos nos dieron audífonos y un receptor de onda corta para escuchar a Ágata. Somos tantos en Auschwitz en verano que a fuerza hay que entrar en grupo. Si la intención es comprender, uno necesita neuronas de galgo: la visita, en sentido estricto, solo dura tres horas.

Entramos por la puerta del eslogan infame y descubrimos un lugar casi agradable: caminos de grava bien trazados, árboles con ramas mecidas por el viento, pasto cuidado, barracones de ladrillo rojo que por dentro parecen salas de hospital, con paredes grises, ventanales grandes, mucha luz, escalones derretidos después de tantos pasos. Esto podría ser un destacamento militar en Oregón, un lugar casi idílico para un campamento de verano. Están, por supuesto, las letrinas indignas, la paja en el suelo sobre el que dormían algunos, el paredón de ejecuciones, el alambrado de púas omnipresente. De esas señales no hay escapatoria. Pero incluso así hay flores que crecen en el pasto y se me ocurre que de aquí puede salir una buena foto. ¿Debo tomarla o ya no puedo porque pensé primero en la composición que en el homenaje, en la memoria, en los muertos?

Y de ahí lo inevitable: ¿escribo o no escribo de este viaje? ¿Quién tiene derecho a hacerlo?, me pregunto con una pomposidad extraña, la misma que me había hecho decir en el memorial de las Torres Gemelas que no estaba bien sonreír para las fotos. Después vendría yo mismo a decirme que qué me creía, diciéndole a la gente qué hacer con su vida, sentenciando cómo deben posar, sentirse. Hasta hace poco ni siquiera citaba bien a Adorno, con aquello de que después de Auschwitz no se podía escribir poesía. Porque años después de aquella frase Adorno se corrigió y nos dejó a todos en las mismas cuando dijo que sí, que claro que se podía escribir después de Auschwitz, que la infelicidad humana es infinita y que todo mundo tiene derecho a expresarse.

Antes de partir le pregunté a La Maestra qué hacer, si ir o no al viaje. La Maestra me había enseñado geografía hace años. También me había pedido que no me rapara los lados de la cabeza porque así lo estilaban los nazis para evitar los piojos; también me dijo que no usara mi camiseta de Guns N’ Roses porque el diseño tenía una calavera y que las SS usaban calaveras en la ropa, en sus gorritas. Auschwitz es un sitio sagrado, señor, me dijo una mujer que quizá jamás ha rezado, que tiene por santos solo a sus tres Carlos: Marx, Darwin, Dickens. Son sagrados porque pesan en la humanidad, me dijo al otro lado del teléfono. Ir a Auschwitz es como un peregrinaje, se va a rendir honores, como a Stalingrado, a Tlatelolco; honor a los que ahí sufrieron, señor.

W.G. Sebald dejó escrito que así como hacemos planes a futuro, también tenemos citas pendientes con el pasado. Esas, dice Sebald, hijo de un militar nazi, se hacen con los ojos en la espalda, para encontrarnos con aquello que reclama nuestra atención desde otro tiempo, aquello que ha ocurrido antes y está, por lo demás, casi extinto.

Veo, en una de las salas que exhiben los objetos de los deportados a Auschwitz, un rallador de queso. Entiendo que detrás de los paneles de cristal haya zapatos desgastados; entiendo la sala llena de maletas con nombre y apellido; entiendo, incluso, la historia que cuentan las montañas de pelos que les arrancaron de la cabeza a los prisioneros supuestamente por higiene y con los que alguien mandaba hacer almohadas. Lo que no sé es quién, por qué, llevó un rallador de queso a Auschwitz, qué idea del mundo tenía, qué tipo de esperanza, qué confianza que aún ahora me parte la garganta como para decir habrá queso, habrá tiempo de rallarlo; es un añadido prescindible, es absolutamente necesario.

Volvemos al estacionamiento después de hora y media en Auschwitz y la gente es la misma que hace rato: unos fuman, chico y chica coquetean, alguien avisa que por ahí viene el shuttle a Birkenau. ¿Cómo tomar en serio el peregrinaje si se llega de la misma forma que a Epcot?

Ágata, que es polaca, rubia, de buen castellano, nos acompaña con una muletilla que parece vacuna contra cualquier reparo, todo cinismo. De verdad, dice Ágata cada que puede, como si quisiera recordarnos en dónde estamos, qué vemos, cuánto no. Así era, de verdad, la vida de los prisioneros. Ahora estamos, de verdad, en el campo de concentración de las mujeres. De verdad: la inmunidad filológica ante el tamaño del descrédito, fruto únicamente del tamaño de la ignominia.

Birkenau, que queda a dos kilómetros de Auschwitz —desde el camión veo casas con jardín, ropa colgada, una escuela con cancha de basquetbol— es el campo que los nazis construyeron con el propósito explícito del exterminio. Es, de los dos, el más burdo, el menos rebuscado; el más contemporáneo. Las vías de tren construidas para llegar directo al centro del complejo y de regreso; no había estación, ningún indicio de que esto no era lo que era.

Auschwitz era ruido: los turistas que nos movemos en grupo y comentamos algo; los idiomas de los guías que se mezclan en el aire; los pasos sobre la grava; los pasillos estrechos de las barracas donde a veces hay que esperar a que salga un grupo para después pasar dos segundos frente a aquella celda, algún retrato.

Birkenau es silencio: el campo se extiende por todos lados sin un fin visible o inmediato y no se escucha nada porque la carretera no está tan cerca y no hay sino un pequeño estacionamiento y son tantas las hectáreas. En Birkenau incluso las barracas, que desde lejos parecían estar pegadas, se separan cuando uno camina entre ellas.

Ágata habla menos aquí que en Auschwitz. Las ruinas, en cambio, se han vuelto más elocuentes. Las cámaras de gas son, ahora, apenas un techo hundido, el suelo que quisiera tragarse la vergüenza. Hay un memorial de piedra con una inscripción elegíaca en varios idiomas y hay barracas reconstruidas, pero lo que se queda en la cabeza es el trazado del campo que imaginó alguien con tiempo y una regla; las barracas que ya no están pero que dejaron un montículo de ladrillos y una sombra gris, calcinada, sobre el pasto.

En aquellas construcciones a las que se puede entrar, la sensación es la de un establo mal ventilado. En los bordes de madera de las repisas de concreto —llamarlas literas es una mentira— se pueden ver ahora nombres tallados, alguna estrella de David rupestre, mementos de los que llegaron contra cualquier pronóstico de 1944: con la kipá en la cabeza, la bandera de Israel amarrada al cuello.

Ágata se despide. Estamos solos por primera vez. Nadie habla. Caminamos y caminamos y encontramos después una urna transparente que nos dice en inglés: Tú también puedes hacer algo: ¡Ayúdanos!, y quién sabe por qué está ahí ese también, y quién sabe a quién se refiere cuando dice ayúdanos, y la urna, casi vacía, solo resalta su propia torpeza mientras pienso ahora en la cita de Sebald y en la Maestra y en que planeamos por meses dos semanas de nuestras vidas para estar aquí un día; un día que duró poco más de cinco horas en Auschwitz-Birkenau, y que cuánta soberbia pensar que eso es suficiente. ¿Cuánto es suficiente? Cuánto duran, en realidad, cinco horas en la cabeza de una persona, si ya pasaron casi ochocientas desde entonces y sigo pensando en esto; cuántas más se irán en lo mismo. Y pienso ahora en México, en este y en el otro, y pienso que es un lugar lejano y desconocido, como todos, y volvemos en el shuttle y veo la escuela del pueblo llamado Auschwitz con su cancha de basquetbol y después veré el Carrefour y el Kentucky Fried Chicken, ya montado en el coche de regreso, tratando de explicar por qué valió la pena, cómo hacer para que valga; cómo evitar la trampa fácil de me-cambió-la-vida y mejor cambiarla uno mismo, inyectarla de palabras, hacer caso de lo que nos dijeron otros, dejar algo dicho.

Este texto obtuvo el reconocimiento de “Mención honorífica” en la IV edición del concurso Nuevas Plumas.

 

Luis Madrigal
Periodista. Cursa la maestría en Escritura Creativa en NYU, Estados Unidos.

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Publicado en: Crónica