En los confines del suicidio

¿Cómo escribir sobre el suicidio? El siguiente ensayo busca respuestas a partir de una serie de textos esclarecedores, de Franco Berardi a Leila Guerriero, que se unen a su historia familiar.


Los japoneses tienen una palabra: Karoshi. Se refiere a la muerte relacionada con una sobrecarga extrema de trabajo. Son muertes súbitas, quizá anunciadas previamente en los cuerpos, quizá no: ataques al corazón o derrames cerebrales. Después, a mediados de los 1980, los japoneses crearon otro término: Karo-jisatus, referido al suicidio debido a condiciones laborales extremas. Un estudio dice que aquellos que han cometido Karo-jisatus, “normalmente habían estado expuestos, de seis meses a un año antes de su muerte, a jornadas de trabajo extremadamente largas, un entorno de trabajo deficiente, sin vacaciones, y una gran carga de trabajo”. En la India, por otro lado, en el período que va de 1995 a 2019, alrededor de 400,000 pequeños agricultores han cometido suicidio. Según algunos analistas, la imposibilidad de pagar sus deudas, aunada a la marginalización de la economía agraria en aquel país, ha provocado esta serie de suicidios. La magnitud es apabullante: 48 pequeños agricultores se quitan la vida cada día. Solo en 2004, en la India, 18, 191 pequeños agricultores cometieron suicidio. En comparación, en los Estados Unidos, en el período que va de los años 2003 al año 2018, 1935 agricultores se quitaron la vida.

En América Latina, la periodista argentina Leila Guerriero (Junín, 1967) dio cuenta de un fenómeno similar en Los suicidas del fin del mundo (Tusquets, 2006), una escalofriante crónica que nos devuelve a un estado primitivo del miedo, en donde se clausura la lógica de la razón y se cimbra la caja fuerte de la conciencia.

En Las Heras, un pequeño pueblo situado en la provincia de Santa Cruz, en Argentina, una ola de suicidios sacudió a este pequeño poblado cuando 22 jóvenes de entre 18 y 28 años se quitaron la vida entre 1997 y 1999. Todo empezó —por mucho que sea imposible entender el suicido como una concatenación lógica de hechos— durante los años 1960, cuando se descubrió, cerca de Las Heras, un gran yacimiento petrolero. Ahí fue a dar la paraestatal argentina YPF. Hubo bonanza. Abundó el trabajo. El problema empezó cuando YPF fue privatizada. De 50,000 empleados en todo el país, pasaron a 5,000. Las Heras, al igual que YPF, también se fue vaciando: de 16,000 personas durante el auge petrolero pasaron a 7,000. Los suicidios comenzaron tiempo después.

Ilustración: Kathia Recio

Algo similar sucedió cuando France Telecom compró Orange por 70 mil millones de euros en 1998, creando una deuda que forzó a la compañía a despedir a 40,000 empleados entre 2002 y 2010. Treinta y cinco trabajadores cometieron suicidio entre 2008 y 2009. El acoso laboral era común: se forzaba a los empleados a trabajar en puestos para los que no eran aptos y así ser despedidos sin compensación. Algunos se ahorcaron, otros se prendieron fuego, unos más saltaron a las vías del tren o se arrojaron a distintos abismos desde ventanas o pasos elevados. El filósofo italiano, Franco Berardi, al analizar este caso, se pregunta:

¿Por qué los empleados aceptan estos trabajos imposibles? ¿Por qué se doblan ante cualquier demanda de sus jefes? ¿Por qué no se oponen? La respuesta es obvia: porque la solidaridad está rota, y cada trabajador está solo enfrentándose al chantaje del mérito, la humillación del fracaso, la amenaza de sentirse redundante.

Ser redundantes: minimizados a una función, una estela hórrida que nos define.

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No era un pueblo fantasma, pero según Leila Guerriero, lo parecía: “No había gentes, ni jardines, ni ventanas abiertas, ni carteles con nombres de las calles”. La semántica, los significados: lo primero que desaparece cuando la vida parece no existir. En Las Heras, según lo que nos cuenta Guerriero, habita una pedagogía de la soledad, sus habitantes se han acostumbrado al silencio. Por supuesto que aparece, prístina, la imagen de Comala, pero en el fin del mundo.

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La primera fue Mónica Banegas, de 18 años. Era el 26 de marzo de 1997. Cuando su madre, Nélida Vargas, escuchó el disparo, lo confundió con la pelota contra la puerta de su casa con la que unos niños jugaban al fútbol. Cuando mandó a llamar a Mónica a su cuarto, la encontraron sin vida. Después de esa muerte vendrían veintiún más, aunque no haya un número exacto, pues el Registro Civil no se tomó la molestia de registrarlas.

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Me acuerdo de Argentina. Acordarse de algo es relativo. Podemos recordar como en un sueño o con la maldición perenne de Funes el Memorioso. En este caso, recuerdo como si hubiese estado en el fondo del mar: las imágenes están ahí, aunque un tanto borrosas, cubiertas de una espesura. También me acuerdo de Uruguay. Mi abuela paterna nació allí. Vive en México desde hace más de cincuenta años. No ha perdido el acento. Se llama Olga.

Fuimos a Uruguay a visitar a unos parientes que todavía viven ahí. Recuerdo haber compartido un asado y una botella de vino tinto gigante —la más grande que he visto— y extensiones interminables, ya sea de polvo o de hielo, en aquellos dos países: la pampa o Perito Moreno.

Mientras escribía esto, le hablé a mi padre para que me refrescara la memoria de aquel viaje. A veces me gusta hablar con la gente porque de ahí salen historias (los escritores se cansan de imaginar). Sólo era un pretexto. En realidad, quería preguntarle sobre un suicidio.

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Había que cruzar un puente para llegar al otro lado del campus. El Washington Avenue Bridge. Durante el doctorado en Minneapolis, cuando tomé clases durante los dos primeros años, caminar por aquel puente, sobre todo en invierno, me daba vértigo. A veces el viento te empujaba y el hielo provocaba desequilibrios.

El puente era amplio, pero aun así podías imaginar tu caída, que daba al río Mississippi. Según Google, son veintiún metros hacia abajo, pero yo los recuerdo como cien. A veces me acercaba a la baranda para ver el horizonte. Ahí descubrí varias calcomanías amontonadas una sobre otra, urgiendo a quien leyera aquello que, si tenían pensamientos suicidas, llamaran a una línea telefónica.

Varios se han lanzando y han muerto en las aguas oscuras del Mississippi. El caso más famoso es el del profesor y poeta de la Universidad de Minnesota, John Berryman, que se aventó desde ese puente hace más de 40 años.

Según el psicólogo Thomas Joiner, aquel fenómeno por el cual la gente siente un fuerte impulso por saltar desde un punto elevado es en realidad un mito. Es, más bien, nuestra amígdala que nos alerta del peligro incluso antes de que nos demos cuenta. Primero el peligro, después la conciencia de que existe. Algunos han confundido esta respuesta intuitiva, cimentada en nuestro cerebro por siglos de evolución, con un deseo de muerte, como si puentes o edificios cargaran con ellos el magnetismo de una patología inexplicable.

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En la novela La patria de los suicidas (Siruela, 2021), el sargento Ernesto Pitana es encomendado a la jefatura de un cuartel en Iznájar, un pueblo de Córdoba, España. Cuando llega, ocurre un suicidio: un hombre se ha ahorcado al colgarse de la rama de un olivo, los cuales abundan en la región. Al sargento le dicen que había bautizado a su niña pequeña apenas hacía dos domingos. Pitana se pregunta: “¿Quién se suicidaría después de bautizar a una hija?” La confusión del sargento es obvia: muchas veces el suicidio aparece como un acto contradictorio, pues se les ve, a quienes lo han cometido, haciendo planes a futuro, hablando y actuando con normalidad. Y de pronto, de la nada, ocurre.

Según Joiner, sin embargo, el suicidio es un acto que rara vez es espontáneo. Joiner cuenta sobre un hombre, Mitchell L. Heisman, que se quitó la vida en la Memorial Church de la Universidad de Harvard. Dejó una nota de suicidio de 1,905 páginas de extensión. Un libro entero. Contiene una “Introducción”, dos partes, y una conclusión. Algunos de sus capítulos son: “Dios es Tecnología”, “Una venganza llamada Revolución”, “El genio sedicioso del pene espiritual de Jesús” o “Bibliografía” ¿qué nota de suicidio estaría completa sin una bibliografía?). Leí un poco del manuscrito. Heisman escribe sobre la democracia liberal, la religión, la sociobiología, la muerte. Las notas de un curioso. Ahí hay demasiado mundo inexplorado. En Goodreads, una página dedicada a este libro le da una puntuación de 3.75. Heisman, después de todo, tiene sus lectores.

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Hablé con mi padre. Me contó lo ocurrido hace veintitantos años. En la ciudad de Treinta y Tres, en Uruguay, vivía su prima, Y. Una mañana, una amiga de Y le marca y le dice que no podrá llevarla a la escuela como lo hace todas las mañanas. Entonces le pide a su marido, B, que de favor la deje en la escuela. Después de muchos años en el centro escolar, a Y la han ascendido y goza de un buen puesto. Es una mañana como cualquier otra. B le dice a su esposa que sí, que la lleva. Están en la cocina. Cuando su esposo aparece frente a ella —le pide esperar un poco mientras agarra sus cosas— un objeto en su mano llama la atención de Y. Es una pistola. Y le pregunta que qué está haciendo, si ha perdido la cabeza. Sin decir nada, quizá con la mirada perdida y sabiendo lo que está a punto de ocurrir, B quiere decir algo, pero no alcanza a decirlo, acaso sólo lo piensa mientras pone la pistola en su boca y aprieta el gatillo.

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¿Habrá escuchado un sonido similar Nélida Vargas, madre de la primera suicida en Las Heras? En la decisión más importante de una vida se alza, incómodo, lo cotidiano. B agarrando sus cosas para darle un aventón a su mujer, el arma que de pronto aparece, el disparo, después la nada.

Algo similar sucede en el relato de Carolina González, el tercer suicido acaecido en Las Heras. Esa mañana, bañó a su hijo y lo vistió. La encontró uno de sus hermanos con un cinturón atado al cuello. Un objeto diario convertido en arma mortal.

No siempre, por supuesto, es así, como con César López, de 25 años. Él ya le había advertido a un amigo, Darío Sánchez, lo que haría, incluso ese mismo día. Hasta forcejearon por el arma en un campo, pero César ya estaba convencido. Cuando se separan, su amigo Darío corre a avisarle a su padre, el cual se apresura a la casa de López. Llega en el momento en que César está encerrado en su cuarto. Le pide que abra. No lo hace. Cuando llega el padre de César —con el que tenía problemas— y escucha su voz, se escucha el disparo.

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Acá en Ann Arbor, donde vivo, se cuenta una historia. Esta ciudad tiene su furia. A veces se manifiesta en el clima. Los inviernos aquí no son tan extremos como en Minnesota, pero sí que he sentido la volatilidad de su temperamento.

Habrá sido a mediados de julio de este año. Estaba solo en mi casa. Mi esposa había salido a un centro comercial. El cielo estaba nublado, pero no gruñía, sólo mostraba una capa cenicienta de nubes. Segundos después, sin previo aviso, comenzó a soplar un viento titánico: tiró las macetas del balcón, rompió varias ramas de árboles, echó a la calle los cojines de las sillas, hizo temblar las ventanas.

Se fue como llegó: sin avisar, al igual que una tal Anita McQueen y una tal Raelle Weinstein, cuando en un frío noviembre de 1971 no paraban de mirarse mutuamente en la esquina de State Street y Liberty, en el centro de Ann Arbor, desde donde escribo estas líneas. Es una intersección como cualquier otra, a tiro de piedra de la impresionante Universidad de Michigan.

No estaban haciendo nada ilegal, pero algo en su comportamiento llamó la atención de la gente. Alguien llamó a la policía. Una patrulla las recogió y las llevó a la comisaría. Cuando fueron interrogadas, ninguna habló. Quisieron ingresarlas a un hospital psiquiátrico, pero ni el fiscal ni el abogado de la ciudad lo permitieron. No tuvieron de otra más que dejarlas ir. Las acercaron al mismo lugar en el que las encontraron.

Terminaron en 517 South Division, una calle a unas cuadras de aquella intersección. Tocaron la puerta de una casa. Tres estudiantes de la Universidad de Michigan las dejaron pasar. Se suponía que sólo las dejaron quedarse una noche, pero Anita y Raelle se quedaron un día más. El 10 de noviembre de 1971, a las 4:30 de la madrugada, se envolvieron en rollos de papel, se sentaron una frente a la otra, y se prendieron fuego.

Cuando llegaron los bomberos y la policía, las encontraron envueltas en llamas, con las piernas cruzadas una frente a la otra y gritando a todo pulmón. Ninguna se movía, sólo gritaban. Los bomberos apagaron las llamas. Los paramédicos las llevaron al hospital. Un mes después, Raelle murió, pero Anita no. “No tenemos la más remota idea de por qué harían algo así”, dijo Walter E. Krasny, el jefe de la policía de Ann Arbor. Durante el trayecto en la ambulancia, no paraban de decir: “Morir es maravilloso” y “queremos morir juntas”. Anita fue dada de alta del hospital. Quizá visitó la tumba de Raelle. No lo sabemos. Ya no encontré su nombre en los periódicos.

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Javier Tomkins. 24 años. Era vecino de César López. Se ahorcó, dice Leila Guerriero, “con un lazo trenzado en el galpón de una chacra”. Era novio de Jessica Ortíz, una joven varios años menor que él. Ella cree que se generalizó, en Las Heras, la idea de que “morir no cuesta nada”, que es algo natural.

En La patria de los suicidas, Ernesto Pitana escucha a Lara Campos, una psicóloga, decir algo similar respecto a las muertes en Iznájar: “han visto tantos suicidios que la muerte ha dejado de importarles”. La novela se asienta en una historia real, no sólo porque Iznájar existe, sino porque forma parte de lo que popularmente se llama “el triángulo de los suicidas”, una región geográfica al sur de España que comprende Alcalá la Real, Priego, y la propia Iznájar. En Google Maps forman un triángulo, o un arco, o una montaña. Las fotos muestran lugares secos y aislados, como Las Heras. Un periodista, Miguel Ángel Ortega Lucas, dice de Alcalá la Real que pensaba encontrarse con “una suerte de Comala andaluza de calles polvorientas, niños asustadizos y ancianos como espectros”, pero no, se trata de un pueblo vivo, al menos en la superficie. La región, sin embargo, tiene una altísima tasa de suicidios. No parece haber una explicación al respecto.

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Leila Guerriero sólo prestó su pluma. Los suicidas del fin del mundo —a la manera de lo que hace la Premio Nobel de Literatura Svetlana Alexiévich— es una obra coral en donde las voces de los que viven son las que animan la narración y también la dinamitan. Once días después del suicidio de Javier Tomkins, Ricardo Barrios “entró a su casa y le dijo a su madre que o dejaba a su padrastro o se mataba. Ella fue breve: “Mátate”. Era de madrugada, Ricardo se colgó del barandal de la casa usando su cinturón. La madre se dio cuenta de lo que ocurría, así que corrió a descolgarlo, pero “en la caída se le partió el cuello”.

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Guerriero menciona de pasada que en Las Heras había un 20% de desempleo. Noticias de aquellas soledades sólo llegaron a Buenos Aires cuando un grupo de pobladores tomó seis tanques petroleros con cinco millones de litros de petróleo. Hasta el diario El Mundo, en España, dice Guerriero, “se alarmó”.

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Al igual que en el Iznájar de Ernesto Pitana, en Las Heras también se habla de la soledad que provoca la naturaleza. “En la Patagonia, la agresión natural del paisaje y la soledad histórica aumentan la posibilidad de malestar”, dice José Kovalachi, un psicólogo, respecto a Las Heras.

Lo mismo hace Pitana cuando describe Iznájar. El sargento, cuando describe al pueblo, habla de “los olivares diseminados en los oteros cercanos como soldados en un desfile militar”, “los montes cercanos, capados de olivos custodios de historias ancestrales”, o como cuando describe el castillo y la iglesia de Iznájar contra el cielo como “vigías etéreos”.

Hay una profunda soledad en estas descripciones, que nos remiten a la disciplina militar, el pasado que nadie recuerda, o a la vigilancia descuidada de los dioses. Tanto en Iznájar como en Las Heras la vida se ha detenido. Persiste la naturaleza, ¿pero qué se le puede pedir a lo inmutable? El sargento Pitana se enterará de una serie de suicidios sospechosos. Y como ya lo ha intuido el lector desde el principio de la novela, los suicidios no son tales, alguien los ha hecho pasar como tales: la carta robada de Poe.

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No parece haber una explicación unívoca para los suicidios en Las Heras o en Iznájar. O parece haber demasiadas. El último suicida en Las Heras lo registra Guerriero el 8 de febrero de 2005. El último que yo encontré ocurrió el 12 de enero de 2023.

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Contar una historia, cualquiera, contiene la semilla de una traición. Ungimos a los demás con nuestras palabras, deformándolos para siempre.

En un artículo, Miguel Ángel Ortega Lucas entrevista a una persona que vivía en Alcalá la Real. Entonces nos damos cuenta del problema: “Es normal escuchar aquel se ha ahorcado. Cada año, yo me enteraba como de ocho o diez personas. Al principio me chocaba, pero vi que la gente lo trataba con una normalidad muy grande. Y todas las primaveras caían dos o tres, era una cosa exagerada…” Luego están las historias de hijos que se cuelgan en el mismo olivo que sus padres, o el del novio que primero mata a su prometida y después se suicida un día antes de su boda.

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En algunos lugares la muerte está cosida como un manto sobre las horas, escribo. Sentado en este día sin prisas —es sábado— volteó hacia el sur, donde Las Heras, en los límites del mundo, intentando recordar todos sus nombres, imaginar todas sus miradas, la posibilidad abierta de algún día poder contar todas sus historias.

Bibliografía

  • Berardi, Franco. Heroes: Mass Murder and Suicide. Verso, 2015.
  • D.M. Miller, Cristina y Rudolphi M., Josie. “Characteristics of suicide among farmers and ranchers: Using the CDC NVDRS 2003-2018”. AM J Indi Med, 2022; Vol. 65, pp. 675-689.
  • Guerriero, Leila. Los suicidas del fin del mundo. Tusquets, 2006.
  • Heisman L, Mitchell. Suicide Note. Auto publicación.
  • Joiner, Thomas. The Perversion of Virtue: Understanding Murder-Suicide. Oxford University Press, 2014.
  • Kishore Kannuri, Nanda y Sushrut Jadhav. “Cultivating distress: cotton, caste and farmer suicides in India”. Anthropology & Medicine, 2021, Vol. 28, pp. 558-575.
  • Martínez, Pascual. La patria de los suicidas. Siruela, 2021.
  • NRCB, Gobierno de la India, 2004, URL:
  • Ortega Lucas, Miguel Ángel. CTXT: Contexto y Acción. “Sierra Sur: el suicidio como muerte natural”, 2016.
  • Kawanishi, Yuko. International Journal of Mental Health. “On Karo-Jisatsu (Suicide by Overwork): Why Do Japanese Workers Work Themselves to Death?”, Vol. 37, No. 1, pp. 61-74.

 

Guillermo Fajardo
Doctor en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Minnesota Twin-Cities. Ha publicado cuatro novelas y dos libros de cuentos. Este año saldrá su próxima novela, Las brujas de San Nicolás (Almuzara, 2024), así como un libro de cuentos, Conducta animal (BUAP, 2024).

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Publicado en: Ensayo literario