En gerundio, por favor

En “Obligación” Wisława Szymborska hace, lúcida y comprensiva, una antioda a la antropofagia humana: “Comemos vidas ajenas para vivir. / La difunta chuleta con el cadáver de la col. / El menú es una esquela. / Incluso las mejores personas / tienen que comerse algo muerto, digerir, / para que sus sensibles corazones / no dejen de latir. // Incluso los poetas más líricos, / incluso los ascetas más austeros / mastican y se tragan algo que seguro que crecía por ahí”.

Uno de los tweets de Antonio Calera-Grobet expresa que “en las vísceras, heredadas hacia arriba por el pueblo (hígados, sesos, riñones, tripas, mollejas)” hay lo que él llama “una sabiduría de vida”. Lo que conocemos por sentidos propios y ajenos se restituye en nuestro cuerpo para transformarse en un territorio testimonial. Este es el lugar habitado por Antonio Calera-Grobet, escritor, editor y promotor cultural, en Yendo. Sin embargo, su libro de poesía está en los lindes o más allá del testimonio como punto de partida. Antonio Calera-Grobet ha escrito un perspicaz poemario que, ante él mismo y estos cuerpos inertes que podemos llegar a ser, rescata a la belleza de la cotidianidad a sabiendas que tenemos “el buche repleto de sangre, el peche a punto de reventar”. Antonio Calera-Grobet se emplaza y remplaza: la poesía nos recuerda nuestro espíritu de armas tomar. Yendo no solamente es una alusión a ir o venir, también es una dupla de gerundios que invita a quedarse: el poeta está creando y reflexionando. Estos gerundios, nunca conclusivos, no se definen por un tiempo o por la persona: Antonio Calera-Grobet es un poeta que sabe desprenderse de la palabra y del canto al darlos como un regalo al que lo está leyendo. Lo hace por los que están a punto de caer “tristes, cabizbajos, vulnerables, enrarecidos”. Yendo pretende transmutarlos a “fornidos guerreros como árboles viejos, listos para ese saltar”.

En Yendo, encontramos una lírica que fue escrita con las manos hacia arriba dando las gracias, que dice pan y el vecino da la cara, que dice historia verdadera y la Historia, cínica, esconde la cara, que dice “cualquier cosa como palíndromo, bruma o pasiflora, o cosas desastrosas como sándalo de penumbra, jacaranda sin sombra.” Una lírica que no se desdice y, entonces, es una postura. Encontramos también a un poeta con una declaración doble: es ético y esteta. Cada una de las tres secciones así lo confirma. Hay gozo y renuncia en la primera sección “Poemas para el número dos”, hay apego y marcha fúnebre en la segunda parte “Poemas para ciudadanos”, hay vida humana, la que nos duele ortodoxamente, y vida esperanzada, la que nos imagina pródigamente, en la última sección “Poemas para leerse a las terneras”.

Testigo, nunca intruso de los hábitos de los cuerpos inamovibles, Antonio Calera-Grobet disecciona momentos con la mejor de las sondas acanaladas: la vivencia. El poeta hace una fiesta del dolor o nos arroja a la realidad de una mañana mortecina con un poema como “Cita a ciegas” (Primero le ataron las manos con esa cuerda, ahí en medio de la calle, le ataron de los pies, luego le taparon los ojos con esa funda gruesa. Lo levantaron, le acomodaron en la cajuela como se  avienta una maleta y, bueno, arrancaron el auto con un chillido de llantas: al poco tiempo pararon de nuevo, le llevaron de pasos pequeños a un cuarto y le tiraron sobre una vieja cama. Para esas alturas él ya estaba más o menos asustado o aterrado completamente). Antonio Calera-Grobet camina hacia lo venidero, lo nuevo ya nos pasó, rebasándonos, y fue decepcionante. Pero también da pasos hacia atrás como todos nosotros, los ciudadanos que “ahí la llevamos”: “Ahí, ahí la llevamos en cada esquina, dormida a veces y a veces despierta, me refiero a la herida que sangra, nos aja, nos agrava, saca muchas veces de la jugada”. La herida que ha pasado a ser nuestra vestimenta diaria. Hay que persistir y, él bien dice, también cantar.

En Yendo encontramos una convicción por cargar con la pesada cruz de deletrear que la poesía: “Esa no es sapo. Esa, sepa, pesa: es pies, es paso, es peso, es sopa, es país, es pía, esa, oí, es así: Poesía”. Antonio Calera-Grobet se apropia de los sitios, ajenos u otrora suyos, en un tríptico que se despliega en poemas que son cantos, “estampas, diatribas, añoranzas”. Lo que estamos dejando transitar es nuestro porvenir con esta dura nostalgia del país alguna vez “rosita” en el que “la cosa pasó de ser un chiste a una enorme alimaña”, por este victimismo y la acreditadísima indefensión colectiva. Este México “DONDE LOS MILAGROS SE ENUMEREN POR EL RATING / SÓLO LA TELEVISIÓN ES LIBRE”.

Pero, parafraseando a Antonio Calera-Grobet, antes del fin de este país, escribiremos otro. Hay que “prendernos de nuestro adentro” y sacar la casta. Hay que sacar las palabras hasta decir basta, que se nos caiga la lengua y nos renazca otra manera de decir: Estamos aquí, con vida. Y aquí seguimos, con las mismas (o todavía más ganas), porque: “Vivir que es lo mismo que seguir, a través de los días, por sobre todo, porque no sabemos hacer otra cosa, porque ni nos va ni nos viene hacer otra cosa mejor”. Antonio Calera-Grobet nos pregunta qué haremos con las horas que nos quedan y qué tanto (o tan poco) vale esta vida que nos ha sido dada.

 

Antonio Calera-Grobet, Yendo, Cuadrivio Ediciones, México, 2014.

yendo-1

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Ciudad de libros