“En el pasado se ve el futuro”. Conversación con Almudena Grandes

Minutos antes de presentar Las tres bodas de Manolita en la Feria del Libro de Oaxaca, Almudena Grandes se dio tiempo para conversar, no sólo sobre su trabajo literario, sino también sobre cómo observa la actualidad. Su nueva novela, editada por Tusquets, pertenece a una colección que decidió llamar “Episodios de una guerra interminable” situados todos en distintos pasajes de la Guerra Civil española. Ésta es la tercera entrega que sigue a Inés y la alegría y El lector de Julio Verne. Pasado, presente y futuro en la visión de la autora de Las edades de Lulú. La emoción como consecuencia inmediata tras la lectura de sus novelas, pero también el entendimiento de la coyuntura mundial: un planeta en crisis, en cada país expresada en forma distinta, pero que parece estar presionando a una sacudida que va tomando forma.

Leía en una entrevista que diste hace unos días que para ti un libro es para emocionar, más que para instruir…

Yo, como escritora, creo que emocionar es mucho más difícil que instruir. Es mucho más fácil en un libro dar información que conseguir emocionar. Emocionar es lo más difícil que hay. Yo creo que sí, que la literatura tiene que ver con la emoción. Cuando leo, lo que busco en un libro es que me conmueva. No leo para ser más sabia porque para eso estaría estudiando todo el tiempo. Yo leo para emocionarme, busco libros que hagan que de alguna forma mi vida cambie, que sea una persona distinta antes y después de leerlo, creo que ése es el territorio de la literatura. La literatura tiene que ver, sobre todo, con la vida.

La emoción es la consecuencia inmediata que quieres provocar…

Yo, al menos. Lo que me haría feliz es que todos mis lectores se conmuevan leyendo un libro mío.

 Hablando de los “Episodios de una guerra interminable”: enfocarlos en los tiempos de la Guerra Civil española, es decir, en el pasado, nos obliga a pensar en los tiempos que vivimos y en que deberá haber algo en el futuro que nos hable de lo que sucede ahora… 

Estoy segura. Aunque en realidad mis libros hablan más de postguerra que de la guerra. La literatura es mucho más profunda, es menos superficial que el cine, por ejemplo, pero necesita tiempo para sedimentar. El mundo está ahorita viviendo una época muy fea; pero en algún sentido parece que está siendo también una época apasionante en la medida que la reacción de los ciudadanos con la globalización se va haciendo más sólida. Yo creo que es verdad que ahora el mundo, no sólo mi país, atraviesa una época de mucho contraste y pasiones encontradas, y eso es siempre bueno para la literatura, pero falta que pase el tiempo.

Cuando vemos el pasado y pensamos en el presente, pareciera que los avances no son tantos como los proyectamos…

En primer lugar, la memoria no tiene que ver con el pasado. A la gente que nos empeñamos en recordar se nos reprocha que es un ejercicio nostálgico que tiene que ver con el pasado, pero no es verdad. La memoria tiene que ver con el presente y con el futuro, porque en el pasado se ve el futuro. En momentos tan espantosos como los que estamos viviendo en España, en el que confluyen muchas crisis distintas,  la económica es la más fácil de resolver, porque se resolverá sola. Cuando nos hayamos empobrecido lo suficiente y sea lo suficientemente barato despedirnos –que está empezando a pasar ya– y hayamos perdido derechos, entonces las multinacionales volverán a invertir en España porque será rentable. La economía volverá a crecer a costa de todos nosotros. Esta crisis económica ha desatado una serie de crisis concomitantes que no se van a resolver solas. El problema ahorita en España es que la política está desacreditada, los ciudadanos no tienen ninguna confianza en los partidos tradicionales, tampoco tienen fe en las instituciones. La democracia está devaluada y podrida por la corrupción. En ese sentido, cuando se compara esta situación de emergencia con la que pudo desatar la guerra o la postguerra, se advierten las semejanzas, pero se advierten también las diferencias. Se ve un país donde había mucho menos cultura, pero había mucho más cultura política; donde había muchos menos universitarios, pero había mucho más conciencia social y donde se vivía mucho peor los sacrificios tenían un sentido de lucha por un ideal, por un porvenir mejor. Eso demuestra que somos más ricos, pero somos también más pobres. Tenemos muchas menos armas para luchar contra la injusticia ahora que entonces. Mis novelas, por ejemplo Las tres bodas de Manolita, que sucede en la peor década de la postguerra entre el 40 y el 50 en Madrid, época que nosotros recordamos como ‘los años del hambre’ porque el acontecimiento fundamental de la vida cotidiana era el hambre, proyectan en la época contemporánea un juego de contrastes muy interesantes. Si ahora mismo vinieran mis abuelos y yo les dijera que esto es una crisis, se morirían de risa. Sin embargo, ellos sabrían cómo combatirlo, nosotros no sabemos.

¿Crees entonces que se han distorsionado los conceptos, como el del poder?

Yo creo que el principal problema de estos tiempos respecto al poder, es que el poder político es ahora un lacayo del poder económico. En Europa –aquí no sé si se ve tan claro– pero allá los líderes socialistas insisten mucho en la necesidad de resucitar a la izquierda y de marcar diferencia con la derecha partiendo de que sólo hay una política económica y que esa hay que aplicarla. Lo cual es una prueba de que esa izquierda ha muerto, está muerta y enterrada. En una situación como esta, el poder se convierte en algo muy volátil, porque todo está podrido. Digamos, las instituciones se esfuerzan en mostrar una imagen de normalidad que es falsa. El poder es como un edificio que conserva la fachada pero los cimientos están agujereados por unos topos que no paran de roer que es la corrupción. La solución no es hacer grandes declaraciones ni decir ‘reformemos para que todo siga igual’. Por eso en España el presidente Rajoy, que se caracteriza por no abrir la boca jamás y por esperar a que las cosas se pudran sin arriesgarse a dar una declaración, ha llegado al momento en que no le queda otra cosa que pedir perdón por los escándalos de corrupción de su partido. Es demasiado poco, llegada demasiado tarde y a los ciudadanos les va a afectar poco, por no decir que nada en lo absoluto.

Socialmente, ¿qué es lo que pensarías que hace falta?

Partiendo de la experiencia española, que por primera vez es pionera en algo, creo que en este momento lo más interesante de lo que está pasando en el mundo y ahora que ya está claro que era la globalización es: la universalización de la miseria, la invasión del poder político por parte del poder económico, la corrupción radical de los medios de comunicación que trabajan a favor del poder y un mundo sin alternativas posibles. Se puede comprobar que aquella famosa teoría de que la historia había muerto y las ideologías habían desaparecido, era una estrategia de la derecha. La gran diferencia que hay entre nuestro momento y el mundo de hace un siglo, es que hace un siglo la izquierda era un muro sólido, fuerte y dispuesto. ¿Qué pasa ahora en el mundo que sí es interesante? Los movimientos ciudadanos, la única realidad capaz de plantarle cara al poder ahora mismo en el mundo, es la gente en la calle. En un país como el mío, lo que fue el 15M ha cristalizado en una serie de partidos y opciones electorales que tienen al PP y al PSOE contra las cuerdas.

Yo creo que a la única revolución a la que podemos aspirar es a la ciudadana. Creo que el futuro de la izquierda está ahí. Yo le veo más futuro a la izquierda gracias a procesos en los que los movimientos ciudadanos se conviertan en opciones políticas. Eso tiene mucho más futuro que la modernización de la izquierda tradicional.

almudena-grandes

 

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Publicado en: Ciudad de libros