A las diez de la mañana, un grupo de vendedores ambulantes estaba abriéndose paso en la calle del Carmen; trataba de ordenar la fila de padres y niños que querían entrar al Antiguo Colegio de San Ildefonso, para recorrer la exposición estrella de este verano: Darwin (con 165 mil visitantes contabilizados un día antes de su cierre). Los vendedores explicaban a los voluntarios del museo que necesitaban tener libre su lugar de trabajo: la banqueta. Después de varias maniobras, los organizadores, altavoz en mano, lograron que los asistentes se acomodaran en hileras apretadas únicamente en la calle de San Ildefonso.
La formación en línea serpenteaba desde la entrada principal del museo a lo largo de Donceles, daba vuelta en Argentina y se distribuía por todo San Ildefonso. Ya no se permitió que invadiera otra calle. El furor por conocer la vida y obra de Charles Darwin fue alimentado por los profesores de primaria y secundaria que enviaron a sus alumnos bajo la consigna de entregar “un reporte de la exposición”. Algunos sólo ganarían “un punto extra”, otros, “dos puntos y medio de la calificación bimestral”.
Las personas que encabezaban la inmensa fila llegaron cerca de las seis de la mañana, según los reportes de los voluntarios. Ellos, los padres madrugadores, veían a los adultos que aparecían con sus hijos, a las diez de la mañana por la calle Justo Sierra con ojos de vencedores, su mirada podría haberse convertido en estas palabras: “pobres, no saben lo que les espera”.
La muchedumbre confinada en la calle San Ildefonso comenzó a dar muestras de adaptación ante la adversidad. Los más jóvenes grabaron videos del lento avance de la fila o posaron para un selfie con la estatua de don José Vasconcelos de fondo. Los mayores fueron por el desayuno. El menú había tamales, tacos de canasta, café y tortas de El Jarocho, “ricos plátanos fritos” o un plato de chilaquiles con bolillo. Sólo una señora llamó la atención al alimentar a sus hijos con pozole y tostadas.
Durante la primera hora, el entusiasmo se inflamó al ver que se daban pasos de manera constante. Era el reflejo de que las puertas, del otro lado del edificio, ya se habían abierto. En el aire sonaban conversaciones como esta:
— ¿Desde cuándo los mandó el maestro?
— Nos dijo cuando nos dio la primera clase.
— ¿Y por qué lo dejaste hasta el último día?
— Porque no es la única tarea que tengo.
Otros se decían:
— ¿Qué tarea tienes que entregar?
— Debo llevar el boleto y fotos.
— ¿Y por qué no pides las fotos a uno de tus compañeros?
— El maestro dijo que en las fotos teníamos que aparecer nosotros.
Más adelante se escuchaba:
— Hubiéramos venido entre semana. Pero como siempre, todo lo dejas al final.
— Yo creo que con comprar el folleto, vale para que me den mi punto extra.
Los voluntarios en su papel de guardianes del orden decían: “Avancen por favor. No dejen huecos para que no se les metan en la fila”.
Entre tanto barullo, hubo un valiente que se atrevió a preguntar a uno de los voluntarios cuánto tiempo faltaba para llegar a la entrada. La respuesta fue mortal: “Cinco horas para entrar y hora y media de recorrido”. Hubo sorpresa coral: “¿Tanto?”.
Para entonces había manos ocupadas con libros (Bajo la misma estrella, Madame Bovary, la Biblia), señoras depilándose las cejas, niños jugando a contar las piedras de la calle empedrada, jóvenes con los audífonos puestos, cuerpos dejando caer el peso de una pierna a otra y pies buscando comodidad dentro de los zapatos.
A las 11:25 el sol comenzó a incomodar. Las madres precavidas sacaron sus sombrillas, otras personas se ajustaron los lentes oscuros y otros tantos dejaron a los hijos formados mientras iban a la tienda por refrescos y agua. El ánimo decaía, pero no había otra opción más que seguir formado. Era el precio que se debía pagar por ir a la exposición el 21 de septiembre, día de la clausura.
Hubo quienes arrojaron las instrucciones de los maestros a la basura y aceptaron formarse en la fila alterna que el personal del museo acababa de sugerir, para la venta del folleto de la exposición. Con 25 pesos compraron el cuadernillo y dieron la espalda al pequeño infierno de los demás. Sin embargo, esta deserción no provocó un mayor desahogo en la fila.
Uno de los voluntarios captó de pronto la atención de todos: “Tenemos una persona extraviada. Su nombre es Axel Yahir”. Una, dos, tres vueltas y ninguna noticia del desaparecido. De pronto, en el radio una voz ronca dijo que ya lo habían encontrado. De nuevo la monotonía de los cuerpos largos y los pies cansados.
Al mediodía, los niños y sus acompañantes empezaron a turnarse para buscar un poco de sombra y un lugar fresco para sentarse. Con el ánimo descompuesto decían: “Siento que en cualquier momento voy a desvanecer”. “Este trabajo debería valer cuatro puntos, nada más por estar aquí paradotes”.
La calle también había perdido su pulcritud. El piso estaba infestado de montones de vasos y platos de unicel, botellas de refresco, cáscaras de pepitas, servilletas de papel arrugadas, chicharrones de harina aplastados, bolsas de plástico y envases de cartón. El aire también estaba contaminado. No pocos sufrieron arcadas en el estómago al percibir el hedor y ver el excremento humano que había en una esquina. Con la cara al cielo y los brazos cubriendo la nariz siguieron avanzando.
A las 12:44 horas apareció, del lado derecho, la puerta de la Antigua Escuela de Jurisprudencia. A unos cuantos pasos, en la esquina de Argentina, habían colocado un anuncio del museo: “A partir de este punto dos horas de espera aproximada”. Los padres y los hijos casi dejan caer la quijada al suelo.
En la calle Argentina había mayor distracción: estaba la taquería Tlaquepaque con sus comales hirvientes, los puestos de piercing a 3×10, un exhibidor con “cine de arte” y “clásicos” y una hilera de aparadores con productos chinos.
En este punto las conversaciones se avivaron: “Ya no te quejes. No fuera una fila para un concierto de Bruno Mars porque entonces ni hambre sentías”. “Ya me lastimaron los zapatos por tanto caminar”. “En estas dos horas ya hubiéramos ido a conocer todo el centro”.
A las 13:07 horas este grupo de padres e hijos estaba en la esquina de Donceles y a las 13:15 horas, por fin, en la entrada del museo. Era muy pronto para echar las campanas al vuelo, había otro anuncio que advertía una hora más de espera. La hilera se fragmentó en 13 delgados hilos que iban hacia las taquillas. En un extremo del patio se observaba un enorme ángel caído como si fuera el reflejo de los mortales que estaban cruzando el umbral.
El camino hacia las taquillas también fue lento. A las 13:40 se suspendió el servicio porque ya había muchas personas formadas para entrar a las salas. El encargado de revisar los boletos no se daba abasto. Minutos después todo volvía a funcionar. 13:52 horas: los visitantes que desde las diez de la mañana tomaron su lugar en la hilera en la calle del Carmen, estaban a unos cuantos metros de la sala 1, sólo que metidos en una nueva fila.
14:15 horas. Padres e hijos traspasaron la puerta de la sala 1 en donde los esperaba “la muestra más exhaustiva realizada sobre la vida y obra del célebre naturalista inglés”. Todos actuaron como corredores que hubieran escuchado el silbatazo en la línea de salida. Encendieron la cámara del teléfono y se abalanzaron hacia la figura de la iguana disecada que les daba la bienvenida. Si Darwin los hubiera visto, seguro los habría observado con infinita curiosidad. Ellos eran la prueba irrefutable de cómo las especies se han ido adaptando a su entorno.

Soy voluntario del Antiguo Colegio de San Ildefonso y es un placer que pueda contribuir a el conocimiento de la ciencia, arte y cultura, fue cansadisimo también para nosotros; pero a todos los que recibíamos aún sin comer (ellos y nosotros) y horas de estar hablando con garganta seca valia la pena pues los niños y personas que realmente valoran nuestro hacer en el museo aplaudian, agradecian e incluso nos daban algo de comer para poder seguir trabajando GRACIAS Y LOS ESPERAMOS MUY PRONTO POR ALLÁ 😀