Si fuéramos capaces de entender el absoluto de los comportamientos humanos, no tendríamos una sola obra de arte en el mundo: ni una novela rusa, ni un solo cuadro de Goya, y el Guernica no habría pasado de ser un toro con la mirada bizca. Cierto trabajo intelectual es el que busca recursos para hablar de lo peor de nuestra especie y quizá en él, no en el análisis periodístico o académico, sea en donde podamos descubrir qué es lo que pasa por la cabeza de un tipo cuando le dispara en la cara a otro, cuando toma por asalto un teatro lleno gente que asistía a un concierto y al empuñar el Kalashnikov éste se convierte en nicho de santo; cuando un hijo del agnosticismo decide ceder a la doctrina y termina por pasarle cuchillo al cuello de otro.

¿Qué me ayudará a entender esto? Ninguna acumulación de datos sirve para comprender la barbarie. Será el antropólogo, o tal vez el sociólogo, quien me pueda dar una pista para entender esto pero, aunque la encuentre, no podré decirle una palabra de consuelo a quien perdió a su hija bajo una balacera, suerte de pelotón de fusilamiento. Intento entender los porqués del fundamentalísimo —del que me gustaría pensar las raíces junto a sus síntomas—, y sólo me quedan las dudas que espero en sí mismas contengan alguna respuesta.
Se ha dicho todo acerca de los eventos en París, de la operación quirúrgica y de sus víctimas. Del miedo. Podremos repetir hasta el cansancio qué es el Daesh y decir porqué algunos evitamos decirle Estado Islámico. Afirmaremos nuestra negativa a darles el gusto que exigen, se optará por hablar árabe incluso sin saber pronunciar marhaba y utilizaremos el acrónimo despectivo. Daremos y escucharemos el contexto de la guerra civil siria; como si cinco años de pesadilla no hubieran sido suficientes para darnos cuenta de que una dictadura ahí aplastó, con la mayor violencia imaginable, a las protestas que pedían una mejor vida. Y se pudrió todo —también lo que ya estaba podrido—. Repetiremos una y otra vez cómo ese país e Iraq fueron partiéndose a pedazos, por culpas propias y externas, hasta que se quedaron sin astillas.
Nada de eso nos permitirá saber del dolor y el abandono en aquellos que, hace más de dos años, se debatían en el centro de Homs sobre una intervención de Occidente que hubiera impedido el crecimiento de este extremismo que encanta a jóvenes dispuestos a viajar a Raqqa —la ciudad conquistada por el Daesh— para entrenarse y prepararse para la extinción de todo aquél que no piense como ellos. Sin importar cuántas veces repitamos que el objetivo de éstos, o de cualquier otro terrorismo, es justo crecer los temores de terceros, jamás podremos vernos y tener cara digna al aceptar lo que podría ser el éxito de los malos. Para ellos, ni siquiera sus víctimas merecen el respetuoso apelativo.
Ya sabíamos de la violencia. No sorprenden los atentados mas que desde la empatía por el sufrimiento ajeno, que no es sólo el de las vidas, sino también el de la fragilidad de los territorios y las ideas. De la incertidumbre que provoca no saber cuál es el siguiente blanco. Daesh no es un cáncer localizado, es una malformación que necesita de nuevos huéspedes para existir, para reafirmarse, para convencerse a sí mismo que está ganando, y puede que lo esté haciendo. Es un grupo criminal, un símil de gobierno, una ideología. Mientras escribo estas líneas, recuento los comandos del trece de noviembre en París, la bomba en Beirut, una amenaza en un estadio de Alemania, la confirmación del derribo de un avión ruso, el desvío de no sé cuántas otras aeronaves, los cateos en Saint-Denis, el Hotel du Louvre evacuado, dos ejecuciones de rehenes en Siria, el desalojo de la plaza de Cusco en Madrid y de una terminal del aeropuerto en Copenhague.
El miedo se ha hecho en nosotros y nosotros no sólo es Europa. El miedo es democrático y se expresa de diferentes maneras: en el prejuicio europeo, en el desprecio, en la indiferencia y en la autoflagelación de muchos que reclaman las reacciones del gobierno francés, sin pensar que no podían hacer otra cosa. No fue sólo un ataque, fue también una declaración de guerra que obliga respuesta. Tampoco se trata de si está bien o está mal; no seamos ingenuos. El modelo de Gandhi desgraciadamente no tiene lugar en este escenario. No es que alguna guerra sea correcta. No pueden serlo, pero en ocasiones se asoman necesarias. Qué espanto es teclear eso. Después de Charlie Hebdo y la masacre del Bataclan, las opciones de Hollande se fueron de paseo.
Que hay niños en las posiciones bombardeadas en Siria: sí. La tragedia dentro de la tragedia es que la guerra nunca es justa. Que Francia podía poner la otra mejilla: de ninguna forma. Me gustaría ser ajeno a los dos países para que mi garganta no se cerrara al escribir esto. No lo soy. Hace poco más un año, un mensaje me avisó de un misil que había caído a un lado de mi sobrina mayor, en el barrio cristiano de Damasco. Su compañero murió de inmediato, tenía catorce años. Ella terminó en el hospital. Se contaban tres años y medio de guerra. De las mayores masacres cometidas a manos del régimen de al-Assad y, sin embargo, pese a que sus víctimas parecían ser menos, el Daesh ya era el mal mayor por encima de la dictadura. Su crueldad sobrepasó los ínfimos límites del campo de batalla. Se comenzaban a escuchar los rumores que hoy ya no son noticia: las abducciones de mujeres para venderlas como esclavas, la brutalidad en las madrasas donde se enseña según la ortodoxia religiosa que no se veía desde los tiempos de los cuatro profetas, las torturas y exhibiciones públicas, las decapitaciones y asesinatos a quienes no acatan la Sharia, la ley islámica.
Adonis, el gran poeta sirio, hace unos días, no mostró asombro con la llegada del terrorismo a París: “Su vocación es internacional, para demostrar que están ahí”. Trato de imaginar cómo podemos impedir que ganen. No estoy seguro. Si las víctimas directas no son para ellos más que el vehículo del miedo, si esos que perdieron y pierden la vida en los atentados que no cesarán son el mero instrumento para lograr situarnos en el estado en que nos encontramos, me cuesta ser fuerte ante lo que estoy convencido y que Salman Rushdie dijo, sin posibilidad de ser más honesto: “La única forma de vencer al terrorismo es no aterrorizarse”.
Pero están buscando imponer el dogma y anular los pocos grandes logros de Occidente. Los que olvidamos que también son nuestros, no sólo franceses. Esos que relativizamos hasta parecer idiotas con los: “se lo buscaron”, “es por el saqueo de Occidente”, “por el petróleo”, “es porque el imperio sólo busca la guerra”. Esos logros nos permiten decir lo que no nos gusta y también, afortunadamente, aunque se me pongan los pelos de punta, esas relativizaciones son las que no ven la diferencia entre Beirut y París, que no es la de las vidas. Es del símbolo. El terrorismo depende de él, no de las muertes. Occidente tiene una responsabilidad gigantesca, sin duda, pero ella no exime el papel del pensamiento religioso, y sí, dejemos a un lado el discurso políticamente correcto, en especial del Islam.
Nada tiene que ver con lo que el fundamentalismo ha logrado en los países donde se ha asentado. Están ganando y todavía pueden hacerlo con más triunfos, porque nosotros dependemos de un equilibro complicado. Si bien es necesario, casi imprescindible, que exista una respuesta que intente neutralizar al Daesh en su zona, dicha acción no es suficiente ni detendrá a los que enarbolan sus banderas a la hora de hacer barbaridad y media. Tal vez sólo los incite aún más, y entonces viene nuestro dilema. El gran dilema. Parece que la única forma de contener el avance del extremismo doméstico, el que viaja de Europa a América, es el que ya hemos usado para ponerle un alto a esas cosas: policía e inteligencia. ¿Estoy dispuesto a creer en ello? Puede que sí. De nueva cuenta no importa si estoy de acuerdo. No lo estoy pero funciona. Pese a nuestras convicciones, la historia en ocasiones nos arroja ciertas certezas. Pero el gran problema de hacer esto es que arriesgamos uno de esos triunfos por los que Occidente es atacado: cierta libertad, esa libertad.
La posibilidad de abusos, de autoritarismo, de una discriminación idiota —algunas no lo son—, le vuelve a dar a los malos la victoria. ¿Nos están haciendo como ellos? Entonces nuestra gran preocupación exhibe la fragilidad que hemos construido, la que puede necesitar una revisión de los sistemas sociales y políticos, que si bien despiertan el odio por sus virtudes, también deben revisarse. Ahí podrían estar las razones que llevan a un joven inglés a formar parte del Daesh o al-Qaeda. Dependemos, entonces, del equilibrio que se balancea cual péndulo de hipnotista, y de un lado tiene a la seguridad que los Estados tienen la obligación de mantener y del otro a las libertades que también, sobre todo en el caso francés, tienen que garantizarse para respetar sus valores fundamentales. Sé que éste es terreno de arado para las derechas del mundo y que, para la mayoría, ser extremas es cosa de subir un peldaño. Su discurso xenófobo atemoriza —lo reconozco cuando recuerdo a los policías en París que me han pedido mis papeles y también a los muhabarat sirios— pero, no nos olvidemos de qué están hechos los logros de Occidente. Si la democracia no es el final y sí un camino, pasa igual con la libertad y su defensa. Por lo pronto, no puedo hacer otra cosa, no quiero, más que confiar en la sensatez republicana para que, cuando baje la marea, dicha base se ponga por encima del miedo y del triunfo del odio.
Maruan Soto Antaki
Ha publicado: Casa Damasco, La carta del verdugo y Reserva del vacío. Su más reciente novela es Clandestino.
@_Maruan
Es una ideología extraviada amalgamada en una excluyente teología vestidas ambas de justicieras cuando en el fondo no son sino formas despreciativas del genero humano.
que horror