Hoy, en el Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas nos adentramos en la novela más reciente del escritor Eduardo Ruiz Sosa. Según este elogioso ensayo, el sinaloense ha sido de los pocos autores mexicanos del siglo XXI en conseguir darle un sentido ético y narrativo al relato de las voces ausentes, al dolor de las pérdidas y la incertidumbre.

Después del primer disparo, tras el primer grito, bajo la tierra en la que todo puede hundirse, se pierde la lógica. La ausencia detrás del lenguaje, en un contexto como el de México, sube a la superficie como una espuma, abarcando el océano de la coherencia, la espesura del discurso. Los desaparecidos, los feminicidios, la violencia del crimen organizado, los muertos de todos los días. La fría estadística da la espalda a la retórica, a los guiones, a la poesía. ¿Cómo escribir sobre este suelo tan lleno de fantasmas, tan anegado de huesos? ¿Es posible una literatura que escarbe en las profundidades, no para salvar(nos), sino para escuchar lo ausente?
Hay toda una amalgama de representaciones culturales de la violencia en México. Y, en específico, si nos centramos en la violencia relacionada con la “guerra contra el narcotráfico”, existe toda una narconarrativa desde la cual se funda la mitología de la violencia, que se cotiza en los mercados de identidades y se comunica a través de un sinfín de dispositivos discursivos: obras literarias, canciones, series de televisión, llegando incluso hasta los mensajes de políticos y voceros del poder.1
Esto quiere decir que, de algún modo u otro, se ha dicho todo sobre la violencia, se ha escrito bastante sobre los capos, sobre los asesinos; se han creado, reconstruido y embellecido los pasajes supuestamente épicos de nuestra sangría cotidiana. Pero ¿qué tendrían qué decir, por ejemplo, las víctimas y cómo lo dirían? ¿Con qué voz podrían hablar de sus dolores? Toda escritura del desastre es, fundamentalmente, una escritura fragmentaria: “cuando se ha dicho todo, lo que resta por decir es el desastre, ruina de habla, desfallecimiento por la escritura, rumor que murmura: lo que resta sin resto (lo fragmentario)”, apunta el crítico y escritor francés Maurice Blanchot. Más acá, en la bullente emergencia de los acontecimientos, el lenguaje es rotura, filamento, esquirla que no alcanza a completar lo que tiene que decir. Sin embargo, la palabra fragmentaria es ruidosa: insiste, resiste. Obras como El libro de nuestras ausencias (Candaya, 2022) —la última novela del escritor sinaloense Eduardo Ruiz Sosa— nos permiten descubrir que, efectivamente, hay una escritura del desastre capaz de abrirle grietas al lenguaje para comenzar a escuchar, para guardar silencio y hacer de la ausencia de sentido un sentido ausente que exige clarificarse a través del relato.
El libro de nuestras ausencias es la historia de Orsina, una actriz de teatro cobijada por sus amigos queridos que, enferma de cáncer, es retenida por su familia y no se sabe más de ella. Es la historia de Teoría Ponce y Róldenas, dos hermanos que se resisten a aceptar la desaparición de Orsina y la bancarrota del negocio familiar: la Imprenta Salamanca. Es también el relato de Magali, mujer que llega a las puertas de la imprenta y acompaña a Teoría Ponce a atravesar, cual Virgilio en la Comedia, el abrumador mundo de las instituciones forenses de México, descubriendo así a la valiente legión de madres buscadoras de desaparecidos. De Magali, hija de Magali, una joven desaparecida, buscada incansablemente por su madre. De Gastón Tévez, un viejo actor que, en algún punto de su pasado, dejó de ser él mismo para ser, todo él, teatro. De José de Gálvez, que mató indios en el noroeste de México hasta volverse loco y a quien la Historia recuerda como un gran reformador de la colonia española. Y así, una gama de personajes que desfilan, como un aluvión de vidas dolientes, por las páginas de la novela de Eduardo Ruiz Sosa: ellos son los que toman la voz; son ellas, ellos, los que van componiendo sus pasajes, recuperando lo ausente a través del acto de contar, a través de la narración, su más firme sostén en una novela que se estructura como las celdas de un teatro que fue cárcel y cuyos pabellones son, precisamente, los fragmentos de una historia aún más grande donde, voluntaria o involuntariamente, caben todos, incluidos los lectores.
Decía Blanchot que escribir es conformar un sentido ausente. Afinar un saber cuyo sentido ya no es la Verdad. Un saber cuyo motivo es una infinita paciencia. Paciencia para escuchar. La paciencia, el silencio, el rastreo de un sentido ausente, no caben en una literatura contemplativa, que pretende colorear el mundo y hacer toda una cosmetología de la realidad, un embellecimiento del desastre. Tampoco en la desafectada escritura académica, desesperada por cuantificar el dolor, por dosificar las borraduras y teorizar los conflictos. Si uno vive en el México de la “guerra contra el narcotráfico”, el México de los “culiacanazos”, el México donde siempre están faltándonos personas, seres queridos, familiares que desaparecen y que las instituciones se niegan a buscar, no hay poética que (nos) rescate del sin-sentido. En un escenario así, la realidad, ese caótico motor de lo literario, no va detrás de un sentido ausente, como diría Blanchot, sino que está rodeada, asediada, sitiada por una ausencia de sentido. El sentido ausente y la ausencia de sentido no son lo mismo.2 El libro de nuestras ausencias, es una novela que no se despega nunca del suelo, es decir: no se trata de un proyecto romántico que pretende salvaguardar la voz de los que ya no la tienen; tampoco es un paseo por las nubes, un embellecimiento de lo que es, en sí mismo, terrible. Ni salvamento hipócrita ni panfleto. Ni efecto de magia ni estética del horror. Se trata de una novela atroz y dolorosa. Un libro fragmentado, roto, donde se vuelve complicado seguir la pista del narrador. En la novela de Eduardo Ruiz Sosa son las voces de personajes profundamente reales las que hablan desde la entraña de lo ausente. Que gritan, balbucean, lloran, susurran. Que tienen como único asidero ese lenguaje. Con el lenguaje reconstruyen lo que ya no está. Lo que les falta. Lo que están por perder. El lenguaje es, para los personajes de El libro de nuestras ausencias, una forma de andadura en la intemperie del sin-sentido y, a su vez, una búsqueda incansable del sentido ausente.
Sería determinista, limitado, incoherente registrar El libro de nuestras ausencias como parte de eso que se ha dado en llamar “la literatura del narcotráfico”. Aunque es una novela donde toman lugar las violencias más atroces que se desprenden del contexto de una sociedad sometida por el narcotráfico, El libro de nuestras ausencias da la espalda a los ejecutores. A los sicarios. A los capos. A los gestores de la violencia. A los “héroes” de la narconarrativa. La novela de Ruiz Sosa es sobre hombres y mujeres que hacen su vida en una ciudad donde coexisten los vivos y los muertos. Donde la marcha del presente se interrumpe por la ausencia. Donde la andadura vital de los personajes se resquebraja. Por eso el lenguaje, último vestigio de lo ausente, se convierte, a su vez, en una presencia. En la novela de Ruiz Sosa el lenguaje no es un instrumento, sino un halo, un vínculo, un puente entre lo que aún queda en pie y lo que no está. Un lugar desde dónde sostenerse. Se trata de un libro con una potente carga poética que se desenvuelve en un discurso roto, des-compuesto, hecho con la pedacería de la memoria, de los recuerdos, de la voz de los personajes. No hay un Yo ordenador. Una tercera persona en calidad de guía. La ausencia del autor es la única ausencia que no pesa. Al contrario: permite que sea la voz de los propios personajes la que ordena el caudal de acontecimientos. Todo es un torrente de palabras que buscan. Palabras que excavan. Que van a las profundidades del presente, a los intramuros de la Historia. Palabras como palas, rastrillos, herramientas de búsqueda. Palabras como cicatrices en los muros donde resaltan los nombres propios de los desaparecidos.
El libro de nuestras ausencias desentraña, de la misma manera, otra forma de leer e interpretar la historia presente de Culiacán, capital del estado de Sinaloa que, en el universo narrativo de la novela de Ruiz Sosa, es una ciudad calurosa, atravesada por ríos y habitada fundamentalmente por ausencias. No por fantasmas en un sentido rulfiano. Por ausencias. La presencia de lo que no está. Huecos. Espacios vacíos donde laten recuerdos, reminiscencias. Donde no hay nada, donde no deja de haber algo. La de Ruiz Sosa es una ciudad de Culiacán re-significada. Alejada de la ciudad que se erige como “capital del corrido”, como escenario donde se desenvuelve la mitología del narco proyectada en series de televisión, novelas best-sellers, canciones y modas varias. La de Ruiz Sosa es muy distinta también de aquella capital sinaloense embellecida por los boleros del siglo XX, donde se le consigna como la “bella perla del Humaya”. La ciudad sobre la que escribe Ruiz Sosa es más cercana a la ciudad que comenzarán a retratar, en la primera década del siglo XXI, poetas sinaloenses como Mijail Lamas, Francisco Alcaraz o Francisco Meza. Como señala el sociólogo Ronaldo González Valdés, a inicios del siglo XXI ocurrió un viraje en la sensibilidad poética de los escritores sinaloenses, donde las referencias al espacio ya no se hacían bajo el influjo de un halo romántico (los ríos, los mercados, la bucólica panorámica de la capital sinaloense), ni eran impulsadas por la épica de los personajes notables de la localidad. Este nuevo temperamento, nos dice González Valdés, proviene de un “lirismo que vendrá de adentro, se asomará afuera y volverá adentro. La sensibilidad poética se trastornará al compás de los cambios de la ciudad y sus espacios”.3 En este espectro se localiza la capital sinaloense sobre la que escribe Ruiz Sosa.
Cada parte de El libro de nuestras ausencias da cuenta de los planteamientos filosóficos, po-éticos del propio Ruiz Sosa: la ficción como una “verdad diferente”, como una vía para “desentrañar las otras verdades posibles”: “a veces uno debe inventarse la voz de los otros para que la propia [no] se haga presente”.4 Una ficción sin autor, hecha con los retazos de un presente narrado por las voces de quienes se ven afectados directamente por lo que acontece. Una escritura horizontal o, para decirlo con Cristina Rivera Garza, una necroescritura: una forma de enunciación que, en la era digitalizada, se des-apropia de aquello que considera suyo.5 Estamos ante una estrategia narrativa que se divorcia de la concepción de un Yo que nombra al mundo y le concede, por designio o por decreto, un sentido. Un correlato de “la muerte del Autor” anunciada por Michel Foucault en los años 1970. La de Ruiz Sosa es una escritura que busca desapropiarse del dominio del mundo y de la realidad a través del logos; una escritura que se abre al otro, a los otros, que establece un enlace con la realidad colectiva. No es un estilo. La voluntad de estilo, como toda voluntad de poder, busca dominar. Dominar las palabras, dominar el sentido. No es un estilo, sino una política de la escritura: una exposición frontal, descarnada, del estado de cosas, de las afectaciones cuyos efectos recaen, siempre, sobre la comunidad (las “guerras” subsidiarias, la desigualdad económica, la sistemática violencia de género, los desplazamientos forzados, los desaparecidos, los muertos del narcotráfico, entre otras). Ese es el espíritu que Ruiz Sosa imprime en su última novela. Su (po)ética. Es ésta una de las fortalezas más evidentes de El libro de nuestras ausencias. Una de sus riquezas notables.
Esta novela coloca a Eduardo Ruiz Sosa como uno de los escritores más luminosos de la literatura contemporánea mexicana. Un narrador cuya obra ya puede identificarse como una de las más completas e interesantes del siglo XXI. Celebramos a la editorial Candaya, por dar vida a un libro emocionante, entrañable y urgente. Por darle un hogar a la obra de un autor como Eduardo Ruiz Sosa. Celebramos a Eduardo. Celebremos leyéndole.
Iván Rocha Rodelo
Historiador, poeta y ensayista. Este año la UAS publicará su libro de poemas Nosología imaginaria.
1 Zavala, O. La guerra en las palabras, una historia intelectual del “narco” en México (1975-2020), México, Ed. Debate, 2022, pp. 21-29.
2 Blanchot, M. La escritura del desastre, Madrid, Ed. Trotta, 2015, pp. 42-43.
3 González Valdés, R. “Culiacán en el siglo XX: la escritura del espacio” en Culiacán en el siglo XX, Azalia López González y Wilfrido Llanes Espinoza (Coords). Instituto Sinaloense de Cultura (Serie Ex Libris), 2022, pp. 227-229.
4 Ruiz Sosa, E. El libro de nuestras ausencias, Barcelona, Ed. Candaya, 2022, p. 137.
5 Rivera Garza, C. Los muertos indóciles, necroescrituras y desapropiación, México, Ed. DeBolsillo, 2019, p. 28.